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Altar Mayor - Nº 93 (19)
Viernes, 28 mayo a las 14:18:01

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 93 – Mayo-Junio de 2004

Testimonios del Camino
EL CAMINO HACIA EL ARCO IRIS
Por Werner Osterwalder

Algunas veces me despierto por las noches. Y empieza la película: Ante mí se pierde el camino hacia lo infinito de la Meseta. Me pesa un poco la mochila, la camisa está húmeda y se me pega a la espalda. El sol amanece en el horizonte, los milanos parece que gritan y es así, yo lo sé, que me ha vuelto a atrapar El Camino de Santiago...

Con este año, 2003, llevo ya 15 caminatas a Santiago; guardo 15 «Compostelas» en mi baúl. Algunos amigos me toman por loco, pero eso no me importa.

Todo empezó hace 16 años, cuando en enero de 1987 emprendí el camino clásico por Roncesvalles. En Burgos tenía los pies talmente ampollados, que ya estaba casi convencido de que era mejor volver a casa. Con los ánimos por los suelos me dirigí a una «clínica del pie». Allí me atendió una señora que al ver mis pies exclamó «¡Santísima Virgen! ¿Qué ha hecho con sus pies?». Durante una hora estuvo curando y desinfectando mis pies castigados.

Cuando le quise pagar, me dijo: «Peregrino, esto es gratis. No aceptaré ni una peseta tuya. ¡Si me quieres hacer un favor, reza por mí cuando llegues a Santiago!».

Ese fue el día clave, me di cuenta en ese momento, que tenía que ir y que iría a Santiago.

Ni el frío, ni la nieve más profunda en la Meseta me podían detener ya. El 23 de enero pisé la plaza del Obradoiro. Lloraba de alegría por haberlo logrado y un poco también de melancolía, porque ese Camino ya había terminado. Entonces lo vi todo muy claro: había salido como caminante deportista y había llegado como peregrino. Peregrino por el norte de España y peregrino por dentro de mí.

En la plaza del Obradoiro sentí una felicidad intensa y perfecta, como la había sentido pocas veces o nunca antes.

La tristeza fue de poca duración. Decidí pasar mis sucesivas vacaciones caminando en dirección Santiago mientras mis piernas aguantaran. Caminar para mí significa alegría, y no penitencia.

Adoro España, y Santiago es una meta como ninguna. Desde entonces paso todos los años por alguno de los Caminos de Santiago y así es como conozco y aprecio España como casi nadie.

Sorprendentemente el sentimiento de felicidad y satisfacción es, con cada llegada, un poco mayor...

En 1990 me encontraba en el Caminho Portugués, de Óbidos a Santiago. La Ruta alternativa entre calles de asfalto y playas de arena a la orilla del mar. Las iglesias románicas de las parroquias, como la de Sâo Pedro de Rates o Bravâes se me quedaron clavadas en la memoria.

1991: Ruta a través del País Vasco, Túnel de San Adrián. El 2 de enero subí al monte sagrado de los vascos, al Aitzgorri. Hubiésemos podido ver Inglaterra de lo claro que estaba el cielo, si el mundo no fuera tan redondo.

En 1992 me había llegado la hora de hacer la Vía de la Plata, de Sevilla a Santiago. Las Dehesas después de Mérida, la entrada por la mañana a través del puente romano en Salamanca será inolvidable.

1993 fue Año Santo. Una vez más seguí el Camino francés. Empecé a entablar primeras amistades con otros peregrinos. Amistades que mantengo todavía hoy.

1994. El Camino de Colón. Después de su primer viaje a América, Colón había traído una vela enorme a Guadalupe, como promesa. Caminé siguiendo sus pasos y los de Carlos I desde Córdoba a Guadalupe y Yuste. Luego -como todos los años- desde León a Santiago.

1995. Una aventura, el Camino por Aragón. De Huesca por Loarre y Agüero y por Triste -desde el sur- hacia San Juan de la Peña con su increíble claustro y el Adán desesperado, que para mí significa el principio de la Ruta Jacobea. (El final del Camino está en el Jacobo, que le sonríe al peregrino y le da la bienvenida: «Me alegro que hayas llegado, peregrino, alégrate y no tengas miedo», en el Pórtico de la Gloria)

En 1996 me llamó la Costa del Norte, probablemente la Ruta más antigua hacia Santiago. Desde Irún a Oviedo, luego en el tren hasta León y -como siempre- de León a Santiago. Era un Camino a través de los milenios. Desde época paleolítica (Altamira, Santimamiñe, Menhir Peña Tu) hasta los principios de la época románica: Valdediós, San Antolín, Monte Naranco y San Julián de los Prados en Oviedo.

1997: El Camino de las Catedrales. Desde Monserrat vía Lérida hacia Zaragoza y por Logroño regresé al Camino principal. En la antigua catedral de Lérida sentí la fuerte sensación de que era ahí donde tendría que estar el péndulo de Foucault... (léase Humberto Ecco).

En 1998 tocaba el Camino desde Alicante. La ruta a través de la Mancha, el Camino de Don Quijote. Y así me sentía en algún momento, como caballero errante o confuso, cuando no encontraba los caminos descritos en la guía de José Miguel Burgui, porque sencillamente no existen... A pesar de todo y con una serenidad adquirida con la experiencia de haber pasado por tantos caminos en España, llegué a Toledo. En León vi cumplido un gran deseo: allí me esperaba mi esposa para seguir el Camino hacia Santiago y poder llegar allí juntos.

En 1999 sólo disponía de dos semanas por causa de un trabajo. Sólo era posible hacer el Camino de León a Santiago. Pero en ese año entablé una importante amistad con Cristóbal -otro peregrino- que desde entonces administra guías de caminos desconocidos a Santiago.

2000: Siguiendo a Cristóbal y una de sus guías, hice el Camino desde Madrid a Segovia y Valladolid hacia Sahagún y de nuevo en el Camino Francés.

2001 tocaba de nuevo el Camino desde Levante. De Valencia por Albacete llegué una vez más a Toledo. La Mancha en la pre-primavera: las vides están cortadas, hay pozos artesanos y aceitunas recién cosechadas.

En 2002 quise llevar a buen término el Camino de Levante. Toledo-Ávila-Toro-Zamora-León y Santiago. Por las huellas de los Reyes Católicos a través de Castilla la Vieja por cañadas y senderitos. A pesar de haber estado ya varias veces en Zamora, me sigue fascinando ese «mueso al aire libre de la arquitectura románica».

En 2003 mi amigo Cristóbal me hizo otro regalo: la guía de la Ruta de la Lana de Cuenca hacia Burgos. Todas las personas a las que pedí información -incluso el autor de la guía- me contestaban: ¡imposible! Hay demasiada nieve en enero, no encontrarás ni hospedaje ni dónde comer; además te perderás por el camino, puesto que no está marcado. No tienes la menor posibilidad de lograrlo».

Bastaron esas palabras para despertar mi terquedad por lograrlo contra toda la predicción.

En once días caminé relajadamente y feliz desde Cuenca a Burgos. Ya sólo por ver el cañón de Caracena, vale la pena el viaje, lo mismo respecto a Santo Domingo de Silos, que es un pueblo que despierta mi anhelo.

Tengo que admitir que sin la ayuda de mi amigo, ese camino hubiese sido más difícil. Él me organizó los hospedajes de turismo rural y me acompañó en el espíritu durante casi todo el viaje y durante dos días lo hizo en persona. Llevo 15 años viajando a Santiago a pie y siempre en invierno. 12.000 Km y algo más que un año de mi vida caminando por España.

¿Qué es lo que me queda de ello, qué es lo más importante?

Algunos ejemplos:

Ante todo, la gente que pasa por tu derecha e izquierda del camino.

Entrar empapado en un bar y que el dueño te ponga sin más palabras un plato enorme de migas al lado del vaso de vino.

El campesino gallego que te ruega que le reces por su mujer enferma de cáncer.

En medio de una tempestad de nieve un hombre que te invita a su hoguera.

Los encuentros con los demás peregrinos.

Una vez nos juntamos 6 peregrinos -mujeres y hombres de tres países distintos- en el tramo hacia El Cebreiro. Había una tempestad de nieve impresionante. En la iglesia del Santo Grial de Cebreiro nos reunimos alrededor de la pila bautismal formando un círculo cogidos de la mano y cantamos canciones como, por ejemplo, la Salve Regina. Después de cada canción escuchábamos cómo se desvanecía la melodía. En medio del silencio y de la oscuridad una voz femenina rompió el silencio empezando la oración: «Padre nuestro...» y los demás la seguimos -Notre Pére-Vater unser. Cada uno rezaba en su idioma. Al final nos abrazamos todos y pude constatar que la mayoría de entre nosotros tenía lágrimas sobre sus mejillas...

En Santiago se reconocen los peregrinos que llegaron andando. Son esos que tienen los ojos grandes y brillantes. Unos ojos así los tenía también una mujer argentina, que conocí en la misa del peregrino. Fue como un relámpago, un flechazo. Ya en el saludo de paz nos abrazamos. Sucedió un amor mágico e ingenuo.

No sucedió nada más. Durante tres horas hablamos sobre las cosas importantes de la vida: sobre los sueños, la vida, la muerte, miedos y sobre todo sobre el hecho de habernos encontrado ahí de una manera tan maravillosa, y de donde surgió un amor tan profundo. Era un «amour fou», la mujer tenía la misma edad que mi hijo.

Ante la fachada nocturna del Obradoiro nos despedimos para siempre, sabíamos que era un momento mágico sin continuación. Los dos lloramos. Creo que a muchos peregrinos no sólo se les abren los ojos, también se les abre el alma.

Esa sensación nos lleva por obligación hacia otro encuentro, el encuentro con uno mismo. No tiene nada que ver con el esoterismo. Pero cuando pasas tantos días de viaje solo, es inevitable que por el camino te cruces contigo mismo.

Cada persona lleva dentro de sí la claridad y la oscuridad, el cielo y el infierno, y eso se manifiesta en el Camino.

Este último encuentro es casi imposible de describir. De lo que sí estoy convencido es que podemos toparnos con una parte dentro de nosotros, que cambia nuestra manera de pensar habitual y que sobrepasa los sentimientos cotidianos. También lo podemos llamar «rezar». En el viaje nos podemos acercar a esa fuerza inicial, a ese poder, ese amor, que en las Biblias infantiles es simbolizado como un señor mayor con barba larga.

Cuando era pequeño, mi mayor deseo era llegar a ese lugar, donde el arco iris toca la tierra. Me lo imaginaba mágico: un niño pequeño sonriendo en todos los colores del espectro. En aquel entonces desconocía, que era imposible alcanzar ese lugar físicamente.

Cada vez estoy más convencido, en ese mismo punto debe estar localizado el Santiago real, que tanta gente busca.

Ese sitio no es alcanzable en vida, pero nos podemos ir acercando paso a paso.


 
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