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Altar Mayor - Nº 93 (18)
Viernes, 28 mayo a las 14:22:51

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 93 – Mayo-Junio de 2004

Año Santo Compostelano
A UNOS 600.000 PASOS (3)
Por Juan José Alonso Escalona

Sábado 9 de agosto: Villadangos del Páramo-San Justo de la Vega

A las 5,40 me levanté, duché y vi con alegría que habían mejorado las hinchazones y que las agrupaciones de picaduras tenían mejor aspecto. Me rocié con el spray y bajé a desayunar. Aún no eran las 7 de la mañana.

El Camino sigue por la derecha del Albergue, así que me dirigí hacia él. Está como a unos dos Km. del Avenida III.

La carretera, que atraviesa Villadangos, queda a la izquierda. La crucé y saludé a otros peregrinos que salían del Albergue en ese momento.

Ellos iban al pueblo a comprar comida. No les dije nada, pero pensé que lo tenían bastante difícil, ya que en todo lo que llevo recorrido no he encontrado ningún establecimiento abierto antes del mediodía, a excepción del de Villalcázar de Sirga.

La mañana prometía ser calurosa, como todas las que me habían acompañado por Castilla; pero yo diría que el calor se hace más insoportable por todo el Páramo Leonés. Quizás se deba a que se encuentra más rodeado de montañas que, aunque lejanas, forman una gran «olla» en la que se cuecen todos los seres vivos: yo, entre ellos.

Cruzado un canal, que sirve de lavadero, y a unos doscientos metros más allá, existe una fuente a la izquierda del sendero. No muy lejos, el Camino vuelve a encontrarse con la carretera N-120, P.K. 325.

Procuré alternar este tramo cogiendo, siempre que podía, las pistas que se encuentran a los lados. Esto hacía más llevadera la ruta y se ajustaba más al estilo y espíritu peregrino.

Al llegar a San Martín del Camino, de evidentes resonancias jacobeas, busqué un sitio donde adquirir algo de comida. Vi el letrero de una Panadería y me dirigí hacia él. Una vez más comprobé que es inútil buscar apoyo logístico antes de las 12.

Me acerqué al Refugio Alonso, con la esperanza de encontrar a alguien que me facilitase algo de comida y también estaba cerrado. En ese momento se oyó el reiterado sonido de un claxon y vi que varias mujeres salían de las casas con bolsas y se detenían ante una furgoneta-tienda.

Haciendo caso del refrán, que dice: a donde fueres, haz lo que vieres, me puse a la cola. Una mujer dijo al «tendero» que me sirviera a mí antes que a ellas. Yo iba sudoroso y cargado con mi mochila, lo que, sin duda, la movió a compasión.

Compré una barra de pan, uvas y tres plátanos. El que me atendió quería que llevara más, que sólo iba a cobrarme 200 pts. por todo. Yo se lo agradecí, pero le hice ver que no debía añadir demasiado peso a mi mochila.

Pregunté si había alguna fuente cercana. Me dijeron que al otro lado de donde estábamos había una fuente abundante y muy fresca.

Con mi nueva carga me encaminé por detrás de unos huertos. Efectivamente, un hermoso chorro vertía su riqueza en el lavadero público.

Una señora se encontraba haciendo su colada. La saludé y le pregunté si el agua era potable. Me dijo que bebiera con toda confianza, que era muy buena y muy fresca.

Sentado en el brocal, lavé un racimo de uvas y me puse a comerlas. No eran muy dulces, pero estaban en su punto y muy sanas. Cogí un plátano y, cuando me disponía a comerlo, una pareja de jóvenes se acercó al lavadero e hizo la misma pregunta sobre la potabilidad. Comenté que el agua era excelente.

Les invité a que se sentaran conmigo para comer y conversar un rato, pero se les veía muy comedidos y con temor a importunar.

Les ofrecí un plátano logrando, tras un largo forcejeo, que me lo aceptara la chica, muy joven, supongo que tendría unos dieciocho años. Lo probó y alabó su buen sabor y lozanía.

Cuando se fijaron en mis brazos y piernas, se sorprendieron de que fuera capaz de continuar mi andadura.

Yo les sonreí y pregunté sobre cuántos días llevaban de camino. Me respondieron, con cierto rubor, que «era su primer día y que habían salido de Santa María del Camino. Estaban muy cansados y dudaban de poder hacer todo el recorrido hasta Santiago».

Les animé, llenamos nuestras botellas de agua y, tras cargar con nuestras mochilas, reemprendimos el Camino.

Anduvimos juntos unos dos kilómetros, pero me pidieron que yo siguiera a mi ritmo, ya que para ellos resultaba todavía demasiado rápido.

A pesar de que aún distaban unos seis kilómetros, al fondo de la interminable recta de carretera se divisaba el Hospital de Órbigo. Esta visión de una meta tan rica en la historia del Camino resultaba motivadora, pero conforme más me acercaba a ella, más distante me parecía tenerla.

En este sentir cerca y lejos la meta, como a unos 600 m. del P.K. 333, al final de una hermosa chopera, tomé el camino de la derecha. Un cartel indicaba: «Puente de Órbigo - Santa María del Páramo».

Desde siempre soñé con atravesar el Puente de Órbigo, puente en que tuvo lugar el célebre «Paso Honroso».

El puente, propiamente dicho, construido en función del Camino, es del siglo XIII, si bien en la actualidad tan sólo se conservan cuatro bóvedas apuntadas de la construcción original.

Despacio, admirando y saboreando su historia, embelesado en las columnas anteriores a la entrada de Hospital de Órbigo, en las que se describe la hazaña caballeresca del leonés Suero de Quiñónez, y leyendo con gran interés las inscripciones, no pude por menos de sacar mi cuaderno y resumir la historia en ellas narrada.

«Deseo justo e razonable es, los que prisiones, o fuera de su libre poder son, desear libertad; e como yo vasallo e natural vuestro, sea en prisión de una señora de gran tiempo acá, en señal de la cual todos los jueves traygo a mi cuello este fierro [...] yo he concertado mi rescate, el qual es trescientas lanzas rompidas por el asta con fierros de Milan, de mí e destos Caballeros, que aquí son en estos arneses...» (me cautiva esta caballeresca narración).

Después de derrotar a enemigos tan señeros como el catalán Per Davío y el leonés Gutierre de Quijada, marcharon todos en peregrinación a Compostela y ofrecieron al Apóstol una cinta dorada con una rimbombante leyenda que todavía lleva colgada el conocido busto de Santiago. Todo esto acaeció en el Año Santo Jacobeo del 1434.

Cumplido mi romántico deseo, me entretuve aún admirando la belleza de este histórico paraje. Por debajo del puente corría solemne el río Órbigo.

En una calle de la localidad, a mano izquierda, vi un rústico bar con unas mesas en la acera. Dejando mi mochila en la puerta entré y pedí una ensalada de tomate con cebolla y aceite y pan. Como bebida, una botella de litro y medio de agua bien fría. Me lo sirvieron en el exterior y me sentó de maravilla.

Una vez en la población, lo primero que hice fue entrar en el Albergue para sellar la Credencial. Dio la coincidencia de que los Hospitaleros eran un matrimonio catalán, muy atento y muy español.

Charlamos un buen rato, mostrándose muy interesados por cuanto había hecho yo durante mi estancia en Barcelona.

En la plazuela, situada enfrente del Albergue, sentados en un banco, estaban unos peregrinos reponiendo sus fuerzas. Me invitaron a coger de lo que estaban comiendo. Les pedí disculpas por no aceptar, debido a que había hecho mi colación y, dándoles las gracias, me dirigí a la Iglesia de San Juan.

La visité con calma e, inclusive, me dejaron visitar la sacristía. Más que el valor artístico de lo que queda era su valor histórico el que me interesaba.

Ya en el Camino, como a kilómetro y medio, se vuelve a la carretera en el P.K. 337. Ha cambiado el paisaje; ahora las ondulaciones del terreno, que muestra la vegetación propia del monte bajo (matorrales, tomillo y carrascosas), contribuyen a evitar la monotonía y a alegrar la marcha, a pesar de que las pequeñas subidas y el creciente calor terminan agotando las energías recobradas en la anterior parada.

Pasado el cruce a Santibáñez de la Calzada, que se encuentra a una hora y media de marcha desde Hospital de Órbigo, se llega al desvío para alcanzar la meseta. Es una subida suave, pero continuada de más de un kilómetro. Arriba se encuentra el crucero de Santo Toribio. Desde allí se puede ver al fondo Astorga.

Si la subida me supuso un gran esfuerzo, la bajada a San Justo no fue menor. Es un descenso descarnado, entre piedras y tierra. Tuve que parar varias veces para sacar las chinas de mis botas.

En San Justo de la Vega, lo primero que hice fue preguntar por el Hostal Ideal. Estaba a unos quinientos metros, pero me parecieron kilómetros.

Disponían de habitación, que inmediatamente reservé. Me atendió una señora mayor, muy amable, que me facilitó toallas, me indicó el baño y se ofreció para lavarme la ropa o cuanto pudiera precisar. Me duché, cambié de camisa y bajé al bar a tomar una botella de agua de litro y medio. Subí de nuevo a mi habitación y me acosté. Dormí por espacio de dos horas.

Sobre las siete de la tarde bajé a la Iglesia, que estaba cerrada. Pregunté por el horario de Misas y me dijeron que a las 20,30, después del Rosario.

Paseé por el pueblo y a las 8 entré en la Parroquia de San Justo. Allí saludé al párroco, quien me dijo que, después de la Misa, si quería, me atendería con gusto.

Es una Iglesia moderna, pero aún conserva la espadaña del siglo XIII. Es acogedora e invita a la oración. El mural del Presbiterio no me llegó a convencer; no obstante, reconozco que es muy digno y no distrae.

Al terminar la Eucaristía, el Párroco me invitó a pasar a su casa. Allí me selló la Credencial y hablamos largo rato sobre el Camino de Santiago y cómo se estaba perdiendo su carácter penitencial y religioso, debido a la explotación comercial que del mismo se estaba haciendo. Quedé en tenerle presente en mi abrazo al Apóstol y subí al Hostal. Según subía, se levantó un vendaval tremendo, que desencadenó en una fuerte tormenta. Yo me alegré, porque eso suponía que refrescaría la atmósfera.

Me sirvieron una abundante y sabrosísima cena, que degusté junto a la ventana abierta, por la que entraban gruesas gotas de lluvia y granizo. Me encontré muy a gusto y le di muchas gracias a Dios.
 

Domingo 10 de agosto: San Justo de la Vega-Astorga-Rabanal del Camino

Eran las siete de la mañana y yo totalmente dispuesto para acometer la nueva andadura.

La noche anterior, antes de irme a la cama, la dueña del Hostal me preguntó sobre la hora en que me marcharía. Al saber que mi intención era la de madrugar, me dijo que para ellos suponía un gran esfuerzo, ya que se acostaban muy tarde. Yo le dije que no sufriera y que, si dejaban la puerta cerrada, me indicara donde encontrar la llave para abrir y marchar. Se sintió muy aliviada con mis palabras y me pidió que la acompañara para indicarme el sitio.

Cuando salí a la calle noté el ambiente más fresco lo que me animó y puso optimista. Al pasar por la Iglesia, me detuve. Estaba cerrada. Me quité el sombrero y, junto a un crucero, hice mis oraciones de la mañana. Continué la marcha y, enseguida, encontré el río Tuerto. Cruzado el puente, al fondo se veía Astorga.

A unos dos kilómetros encontré las vías del tren y unos doscientos metros más allá, en el escalón de una casa, me senté para sacarme unas piedrecitas de las botas.

Atravesé el segundo paso a nivel. Una empinada cuesta a mi derecha dibujaba una calle, que parecía principal. A mi izquierda seguía el Camino por el que me introduje en la población. Por el arrabal de San Andrés, siguiendo las murallas romanas, Puerta Sol, llegué al Albergue de Santa María Madre de la Iglesia. La subida, muy fuerte y sin desayunar me agotó.

Cerca del Albergue está el Convento de San Francisco. Llamé y al fraile, que me abrió, le pedí que me sellara la Credencial y le pregunté si, ahora o un poco más tarde, iban a celebrar alguna Misa. Me miró un tanto desconfiado y dijo que me esperara. Al poco salió con la Credencial sellada y me indicó que quizás en la Catedral habría Misa.

Se lo agradecí y fui por la Plaza Mayor, calle Pío Gullón, San Crespo y Santiago hasta la Catedral de Santa María. Aún estaba cerrada, pero al lado, en la Iglesia de Santa Clara iban a celebrar la Santa Misa.

Es una Capilla pequeña, pero preciosa; en sus altares luce una imaginería de gran belleza. Creo que todo esto me ayudó para asistir al Santo Sacrificio del Altar con grandísima devoción y afecto.

Al terminar pasé a la Sacristía para pedir que me sellaran la Credencial. El sacerdote había hecho el Camino a pie y me estuvo comentando un poco la dureza y las compensaciones espirituales del esfuerzo. Me dio la bendición y me animó a que pasara a la Catedral, porque la abrían en ese momento. Es más, me acompañó para que me facilitaran la entrada y sellaran la Credencial.

El sacristán puso el sello y me pidió que hiciera la visita rápido, porque se iba a celebrar la Misa y no dejaban pasear por la Iglesia.

Me asombró el soberbio Retablo del Altar Mayor, obra maestra de Gaspar Becerra (siglo XVI); la Inmaculada de Gregorio Fernández, la Sillería de Juan de Colonia, la Virgen de la Majestad del siglo XI.

Los acordes del órgano y la indicación del Sacristán me obligaron a dejar el Templo, pero hice la promesa de volver para recrearme a gusto y visitar todo con detenimiento.

Busqué dónde poder desayunar, pero todo estaba cerrado. En vista de eso decidí continuar hasta encontrar algún punto donde reponer las fuerzas.

En menos de un cuarto de hora me encontré en la carretera comarcal de Santa Colomba de Somoza. La carretera desciende hacia el valle del río Jerga. A la derecha queda Valdeviejas. Un poco más allá, a la izquierda esta la Ermita del Ecce Homo. Aquí me detuve para ver y rezar.

Mientras rezaba se acercó un señor, que me saludó con afecto y preguntó sobre mi destino y si iba a pie a Santiago. Se encontraba un tanto fatigado, porque venía de hacer «footing». Me explicó que lo hacía todos los días.

Yo, para que se recuperara, le conté un poco desde dónde había empezado el Camino y sobre mi interés por todo lo que era historia y arte. Me dijo que la Ermita sólo la abrían una vez al año.

Cerca de allí hay un mojón sobre el que aparece una leyenda para los peregrinos: «cuidado con los ladrones». Me sonreí al leerlo, pero él me cortó diciendo que era la pura verdad.

No hacía un par de meses que, todavía, había bandas de ladrones. Estos atacaban a los peregrinos y les robaban todo lo de valor. La vigilancia de la Guardia Civil y de la Policía habían logrado parar los atracos, pero aún se daba alguno que otro.

Le dije que no era muy consolador pensar que alguien podía atacarte impunemente y robarte lo poco que llevaras. Asintió y coincidimos en que la civilización del bienestar y de la calidad de vida estaba muy por debajo de las promesas políticas.

De todas formas, añadí, en la edad media también había salteadores de caminos, lo que nos identifica a los peregrinos de hoy con los más auténticos peregrinos de entonces.

Cogiéndome por el hombro y mirándome con afecto me dijo que yo no necesitaba compararme con aquellos, porque se veía que era realmente peregrino. Lo que él sí tenía muy claro era que la civilización actual estaba dando marcha atrás, para identificarse con la barbarie de las civilizaciones primitivas.

Nos dimos un abrazo, prometí tenerle presente ante el Apóstol y se despidió deseándome un buen Camino.

Desviándome a la izquierda, entré en Murias de Rechivaldo. Cruzado el pueblo seguí por la pista por entender que se adecuaba más con el Camino que la carretera de Castrillo de Polvazares, pueblo que, luego me indicaron, merecía la pena visitarse por el singular y cuidadísimo enlosado, que presentan sus calles y patios de las casas.

Siguiendo el tendido eléctrico y en suave pero constante ascenso, salí, al cabo de media hora, al cruce con la carretera, que abandoné para seguir la pista. Allí me detuve para cerciorarme sobre la ruta a seguir. Enfrente mismo nace otra que es la auténtica vía a Santiago. Seguí ascendiendo por ella, con gran esfuerzo y sudor.

Conforme caminaba, iba mirando a izquierda y derecha en busca de una sombra, bajo la cual pudiera descansar y recuperarme.

Sobre un altozano descubrí un roble centenario que me brindaba una frondosa umbría. Era mediodía; el calor y la falta de alimento habían hecho mella en mi ánimo, así que lo mejor era que aceptara su invitación.

Subí penosamente, y dejando caer la mochila al suelo, me tumbé a resguardo de su sombra.

El aroma del tomillo y romero, potenciado por lo reseco de la estación y el viento que nos acariciaba, me reconfortó de tal manera que, en menos de diez minutos, volví a sentir la necesidad de continuar la marcha. En mi mochila aún quedaba una botellita de agua; bebí despacio. Estaba caliente, pero me puso a punto. Desde el altozano se divisaba en el horizonte una población no muy lejana. Consulté la guía y vi que se trataba de Santa Catalina de Somoza.

En algo más de media hora me adentré por su calle Real, que es la ruta jacobea. Aquí hubo un Hospital bajo la advocación de la Virgen de las Candelas; el pueblo entonces se llamaba Hospital de Santa Catalina. Hay un bar, pero estaba cerrado.

A la salida me detuve ante un sencillo crucero; como siempre, me descubrí y saludé al Señor y a su bendita Madre.

El Camino seguía en ascenso y, al cabo de una hora, llegué a El Ganso. Consta de dos alargadas calles (unos 400 metros) a través de las cuales pueden apreciarse varios ejemplares de construcción popular, denominadas teitadas, con su característica sobera o techumbre de paja sobre muros de mampostería neolítica.

La Parroquia, dedicada a Santiago estaba cerrada y no pude admirar una imagen del Apóstol de muy buena factura.

En el siglo XII existió un Monasterio premostratense y un Hospital anejo al mismo.

No encontrando dónde adquirir algo de comer, seguí por la angosta comarcal y como a un Km. divisé unas «barracas», no sé bien cómo definirlas, en las que se leía: sello de la credencial y menú de peregrino. Sin más y, a pesar de que el aspecto no invitaba a detenerse, me quité la mochila de encima y entré pidiendo algo de comer y beber.

Me dijeron si quería chorizo y sidra a lo que asentí sin dudar un momento. La sidra era natural y estaba fresca; el chorizo era casero y picantón, así que tuve que alternarlo con mucho pan y bebida.

No sé lo que me cobraron; lo que sí recuerdo es que me sentí muy animado y con fuerzas para acometer los últimos cinco kilómetros de etapa.

El paisaje cambia constantemente. A la izquierda se aprecia muy cerca la cumbre del Teleno de 2.183 mts. En estos momentos el peregrino se encuentra a más de 1.000 mts de altitud y el camino sigue subiendo.

Recuerdo que pasó una pareja de peregrinos en bicicleta y que se les veía muy fatigados. Antes de diez minutos, los volví a encontrar, pasado el ramal que lleva a Rabanal Viejo, en una curva de fuerte pendiente.

Parados y con las bicicletas en la mano me dijeron que me envidiaban por verme tan fresco a pesar de la dureza del camino y de llevar a cuestas el peso de la mochila. Ellos ya no podían ni con su alma. Les di el grito de ¡Ultreya! y se limitaron a mirarme sin tener fuerzas para nada más.

Al cabo de media hora, cuesta abajo, me pasaron sonrientes dándome las gracias.

Ahora el Camino transcurría entre bosques de encinas y robles.

A unos tres kilómetros antes de Rabanal del Camino se halla el Roble del Peregrino. Por supuesto que yo me dirigí a él.

En el área de este descanso estaba una familia comiendo. Yo llegaba exhausto de fuerzas y había vaciado por completo mi botellita de agua. Les saludé, me miraron con curiosidad y compasión y, pude escuchar a la abuelita que le decía a su nieta: «lleva esta manzana a ese pobre señor».

La niña vino hacia mí y, con temor, me ofreció la manzana. Le di las gracias y le pregunté cómo se llamaba, porque si su nombre era Eva, yo no me atrevería a aceptar su regalo.

Los padres se rieron mucho y me dijeron que se llamaba Mari-Ángeles. Le reiteré mi agradecimiento y volvió muy contenta con ellos.

El padre se acercó al ver que yo miraba mi botellita de agua vacía y me ofreció de su botella llena y fría como el hielo. Rellené la mía, una y otra vez, y las consumí casi sin parar. Estuve, como media hora, charlando con ellos y les prometí tenerlos presentes en mi abrazo al Apóstol.

Me calcé la mochila y continué mi ascenso hasta la Ermita del Santo Cristo, que se encuentra a un Km., aproximadamente, del Roble del Peregrino.

Un pequeño esfuerzo más y me interné en Rabanal del Camino por la pista de la derecha.

La Hostería, de nombre «El Refugio» fue mi primer contacto con el final de esta Etapa. Una vez dentro, me confirmaron tener alojamiento, así que subí de inmediato a la habitación disponible y tras despojarme de mis prendas, empapadas por el sudor, sometí mi cuerpo a una meticulosa y pausada higiene, mediante una magnífica ducha de agua templada. A continuación, me acosté dando gracias a Dios por tanto bien como me había dado.

A eso de las 18 horas me vestí, lavé mi ropa y salí a la calle para acercarme al Albergue que, por cierto, había dos, y visitar la iglesia y el pueblo. La Iglesia de la Asunción estaba cerrada, pero por los vestigios que quedan es románica del siglo XIII; perteneció al Temple.

En el Albergue de los Ingleses, próximo a la Iglesia, no pude entenderme ya que había bastantes peregrinos de habla inglesa y mi persona no merecía mayor atención. Me dirigí al otro, llamado Gaucelmo, donde me sellaron la Credencial.

Luego paseé por la calle de «El Refugio»; el atardecer era muy agradable y me recreé con la panorámica que ofrecía el Pueblo bajo la luz del crepúsculo.

Me encontré con un señor mayor, viudo, y trabé amistad con él. Desde que su mujer había fallecido no había vuelto a venir a Rabanal; de esto hacía cuatro años. Ahora estaba con su hijo y nietos pasando unos días. Mañana volverían a Madrid. Le dejé una tarjeta mía y quedamos en llamarnos, cuando yo regresara de mi peregrinación.

En el Refugio ya se estaba dando la cena. La chiquita, que atendía las mesas, me dijo que tenía que esperar, a no ser que quisiera compartir la mesa con un señor. Le dije que, si él no tenía inconveniente, me sentiría muy a gusto en compartir mesa y charla.

Volvió muy contenta diciendo que el señor le había dicho lo mismo que yo, así que la seguí hasta donde se encontraba. Al verle, enseguida supe quién era. Enfrente de mí tenía a Paco Costas, el presentador del programa «Por una Conducción más Segura».

Me le quedé mirando mientras le señalaba con mi dedo en señal de duda, y él, quitándose las gafas, me alargó la mano y me confirmó que era el mismo que yo pensaba.

Fue una cena realmente compartida. Él estaba haciendo el Camino en bicicleta.

A nuestro lado cenaban dos jovencitas, que le habían pasado en una cuesta arriba, cuando él estaba a punto de abandonar. Me hizo gracia su frase de que «toda España es una cuesta arriba».

Las jóvenes se reían con sus comentarios y él apostaba por la próxima etapa. «Iban a ver de lo que él era capaz».

Hablamos de nuestra profesión, de mi paso por Estudios Moro, a quienes conocía y admiraba. Le hizo mucha ilusión saber que eran primos carnales míos.

Me dio sabios consejos y puedo resumir que me reconfortó mucho su conversación y la clara amistad, que me ofreció. Quedamos en vernos y charlar más ampliamente, cuando regresáramos a Madrid.
 

Lunes 11 de agosto: Rabanal del Camino-Molinaseca

Me desperté a las 5,45 de la mañana. Como me encontraba bastante despejado, no tuve pereza para levantarme, asearme y disponer mi equipaje. La dificultad apareció al recoger la ropa lavada la tarde anterior.

Es una dificultad que he tenido casi siempre. La causa principal estaba en que por más que escurriera la ropa, siempre quedaba un elevado porcentaje de humedad y, por otra parte, eran pocas las horas de secado. Para colmo la noche pasada había sido húmeda y fría.

No obstante, el peregrino pone pocas pegas a las contrariedades de cada jornada, así que me puse las prendas lavadas, como si tal cosa y bien «fresquito» me dispuse a salir del Refugio.

Cuál no sería mi sorpresa al ver que el comedor se hallaba ya dispuesto para los desayunos. Me acomodé en una mesa y gocé de un espléndido café con leche y tostadas de pan de pueblo con mantequilla y miel del Bierzo. Bendito sea Dios que así protege a quienes confían en Él.

Con el saludo de rigor me despedí del encargado y subí calle arriba, para meterme en el Camino.

Por mi izquierda se incorporó una familia completa, bien equipada y acompañada de perro. Nos saludamos y caminamos juntos un buen trayecto. Antes del cruce con la carretera se detuvieron para descansar y comer unos bocadillos; les deseé Buen Camino y, al poco, salí a la carretera en el PK 24.

El panorama era maravilloso. Soplaba el Cierzo y hacía frío; los rayos del sol aún no habían superado la altura. Me encontraba por encima de los 1.300 m y durante seis kilómetros seguí ascendiendo.

En esta ascensión el peregrino se encuentra en un plano de igualdad con las cimas de las montañas que esconden Galicia.

Las vistas sobre Astorga son magníficas. El frío de la mañana ayudaba en la ascensión del monte Irago.

En el Km 27 llegué a Foncebadón. ¡Qué tristeza me dio ver convertido en un montón de ruinas y deshabitado un pueblo que, en el medievo, tuvo tanta importancia que se celebró en él un Concilio (s.X), cien años antes de que el eremita Guacelmo fundase un Albergue y Hospital!. El Camino lo atraviesa; me paré a beber y comer una de las barritas energéticas, que me regaló mi hijo Juanjo.

Sentado en una de las piedras, que pudieron pertenecer al portalón del Albergue medieval, cerré los ojos con la ilusión de sentir la caricia del pasado, de lo desconocido, de lo misterioso y, quizás, de lo sublime. ¡Cuántas gestas, cuánta misericordia y amor se habrían dado en aquellos siglos tan alejados del nuestro!

Rompiendo el encanto de ese momento, me incorporé para continuar la ascensión, metido en una auténtica vereda de montaña. A cada paso la pendiente se pronunciaba más y más, hasta desembocar, nuevamente, en la carretera. En este punto ya se divisaba la Cruz de Ferro; aún faltaban unos 800 metros.

Busqué afanoso una piedra, no una cualquiera sino una, la mía; ni grande ni pequeña. De pedernal, redondeada por las lluvias y los vientos. Una que, entre todas, fuera la mejor, para unirla a los miles de piedras buscadas, como la mía, y dejadas en el cerro que sirve de peana a la gran Cruz.

Al llegar y cumplir con el rito de arrojar mi piedra, me despojé de la mochila y me acerqué a la Ermita de Santiago, erigida en este lugar en el Año Santo Compostelano de 1982.

En torno a la ermita hay una bancada de piedra sobre la que descansaban varios peregrinos, que llegaron antes que yo. Nos saludamos y gozamos, medio en silencio, de la belleza que nos ofrecían el Teleno y los montes Aquilanos, que descienden sobre Ponferrada. La verdad es que nadie deseaba apartarse de este balcón sobre El Bierzo. Nos encontrábamos a 1.504 m de altitud.

Saturados de la belleza contemplada, reemprendimos la marcha. Al poco de caminar por la carretera, me pareció oír el tañido de una campana. Se me abrió el corazón, pensando que era toque de Misa de alguna Iglesia o Ermita cercana. La sorpresa fue mayúscula al descubrir que se trataba de una campanilla agitada por Félix, un Hospitalero que, con su túnica de Cruzado, hace guardia en un rincón de la montaña, junto a Manjarín, para dar hospedaje y frugal alimento a los peregrinos.

Vive como un Robinsón, acompañado de perros. Son muy escasas las condiciones de alojamiento, pero es el único Albergue que se encuentra desde Rabanal.

Nos acercamos todos y cogimos lo que pudimos para servirnos leche caliente. Allí nos sellaron las credenciales y, dejando un donativo, continuamos nuestra marcha.

Media hora más adelante tuve que sentarme en la barrera de protección de una curva para poder culminar la cota más alta de este recorrido. A partir de ahí, todo era descenso.

Si la subida del Irago había mermado mis fuerzas, ahora la bajada machacaba, literalmente, todos los músculos de mis piernas.

A través de cerros de escasa vegetación, en pronunciado descenso, salvando matojos e insectos, con un sol implacable sobre las espaldas, se hacía interminable el recorrido.

Al cruzar el Camino por uno de estos cerros, cuajado de tomillo, espliego y romero, pensé no poder contarlo, ya que la senda pasaba justamente a través de innumerables enjambres de abejas. Atravesar por medio de ellas, sin ser atacado, sólo podía ser fruto de la casualidad o de un milagro. Sinceramente, creí que caería víctima de las abejas. A pesar de ello y encomendándome al señor Santiago, me introduje en el camino.

Miles, cientos de miles, millones de abejas, volaban al rededor de mi cara, manos y piernas, acompañando su presencia con el abrumador zumbido de sus alas, como alertándome de que eran las propietarias del terreno y yo un incómodo intruso, que destrozaba el ritmo de su intenso trabajo.

Hubo un momento en que empecé a hablar con ellas, invitándolas a que siguieran tranquilas en su labor, que yo seguiría mi camino y no deseaba crearlas ningún problema. Ahora que lo recuerdo, me río y me encuentro ridículo; sin embargo, puedo asegurar que la situación no era para menos, sobre todo por la tremenda extensión de su territorio. Creo que tardé unos veinte minutos en atravesarlo.

La miel del Bierzo debe ser excelente a juzgar por la copiosidad, tanto de flores de intenso aroma como de los enjambres allí instalados.

Por suerte, al seguir bajando, su territorio quedó arriba y así me libré de su compañía.

De un salto gané la calle principal de El Acebo, justo al lado de una fresquísima fuente. En ella volví a encontrarme con los peregrinos de la Cruz de Ferro.

Conversamos mientras degustábamos la fresquísima agua y frutos secos, que ellos llevaban. Me recomendaron llevar siempre almendras, avellanas, higos secos o algún preparado energético, ya que en trayectos difíciles, como el que estábamos realizando hoy, ayudaban a recuperarse rápidamente.

El Acebo es el único pueblo de estos parajes montañosos que aún conserva vida.

Me llamó poderosamente la atención un rótulo en la entrada de una casa en el que se leía: Campañas de Publicidad, Prensa, Radio, Anuncios TV. No pude por menos de sonreír y admirarme o, más bien, envidiar a quien era capaz de sacar partido de mi profesión en tan apartado lugar.

Al comentar esta anécdota, me informaron que los habitantes de El Acebo estaban exentos de impuestos a cambio de mantener plantadas, durante el invierno, quinientas estacas señalizadoras del itinerario hasta el Puerto. ¿Podría explicar este privilegio tan osada pretensión de mi colega?

El Camino desciende entre las balconadas de madera de las casas. A la salida del pueblo se encuentra la rústica Ermita del Cementerio. Frente a ella se contempla un sencillo monumento de hierro forjado figurando una bicicleta, adosada a un bordón con su calabaza y venera. Se ha erigido en memoria de un alemán que se despeñó por estos abismos cuando descendía en bicicleta.

Por la carretera, como a unos 3,5 km hay un desvío en el que un cartel anuncia: Por aquí no ofrece dudas de la dirección a seguir.

En diez minutos me encontré en Riego de Ambrós. Es esta una pequeña población, que por su situación y belleza paisajística, se la ve crecer.

La reconstrucción de casas antiguas, así como la edificación de chalet, evidencia su atractivo para quienes vivimos tan alejados de la naturaleza y, a no mucho tardar, se convertirá en un lugar de veraneo y descanso.

Desde su entrada hasta la salida hay aproximadamente un Km. A partir de ahí comienza un atajo de tres kilómetros en fuerte descenso hacia un valle.

Con gran trabajo, y apoyándome en el bordón, fui bajando sobre un terreno desigual, entre cantos, riachuelos y desniveles. Según me adentraba en el valle, la humedad hacía más insoportable el calor.

En una de las curvas, abajo y al fondo vi a un señor, sentado a la sombra, en actitud de observador. Al pasar junto a él, le saludé, y quitándome el peso de la mochila, me tumbé a descansar a su lado. Mantuvimos una larga charla.

Me dijo que se llamaba Félix. Me contó que todos los días bajaba a este punto y, desde ahí, saludaba a los peregrinos, les animaba y hacía amistades. Para confirmar cuanto me decía, sacó de su faja unos cuantos sobres que abrió y me enseñó su contenido.

Eran cartas de peregrinos, que se habían fotografiado con él y que le mandaban una copia recordando el momento.

Me preguntó si yo llevaba cámara. Le dije que no la había traído por no aumentar el peso de la mochila. Lo comprendió, pero me di cuenta de que se puso triste. Le hubiera gustado tener una foto conmigo, me dijo, porque él conocía a las personas y sabía que yo no era uno más. «Saltaba a la vista que yo no iba de turismo sino que me asomaban otras intenciones». Le di las gracias y un abrazo. Se echó a llorar y me pidió: «cuando vea usted a Santiago, le pida por Félix». Se lo prometí.

Me ayudó a cargarme la mochila y se quedó de pie, despidiéndome con la mano, hasta que un recodo del camino ocultó nuestras figuras.

Este encuentro me ha dejado bastante «tocado». ¡Cuánta gente buena está en el Camino, esperando que alguien le hable de Dios!

Un poco más adelante hay una casa hexagonal, a la izquierda de la carretera, que, en este punto, cruza el Camino. Seguí por la senda de la pradería.

Ésta sube y baja con frecuencia y, cada vez presenta más dificultades. De aquí a Molinaseca, se hace axioma aquello de que «si mala fue la subida, peor, mucho peor, será la bajada». El extremo de los dedos de los pies golpea constantemente con la puntera de las botas. La fuerte pendiente obliga a una tensión máxima de los músculos de las pantorrillas. Este ir frenando por entre piedras y desniveles, saltando de un lado a otro para evitar las grietas del terreno, por espacio de hora y media, puede agotar al montañero más avezado.

El camino se hacía eterno. En cada curva esperaba ver el final, pero sólo era el arranque de un nuevo trazado. Al cabo de un rato, me pareció que la pista se terminaba en el fondo del valle al cual descendía en pronunciada pendiente. Lo presumible no era lo que yo pensaba; desde el fondo arrancaba un nuevo ascenso hacia la cumbre del cerro, es decir, una nueva prueba para el maltrecho peregrino.

Cuando ya había dejado de pensar y de calcular, alcancé a ver la Cruz, que la Guía sitúa cerca de Molinaseca. Su imagen borró mi aturdimiento anterior y recuperada la confianza, mi paso se hizo más firme y ligero.

Estaba a punto de culminar la hazaña de este día. Abajo se oía el ruido de una corriente de agua. Cuando llegué a la última curva del Camino, vi a gente bañándose en el río Meruelo. ¡Qué envidia! Aún estaba lejos, a más de 20 minutos de la entrada a la población.

Seguí bajando, sin control, hasta la carretera; a mi derecha estaba la ermita de Nuestra Señora de las Angustias. Me acerqué tambaleante y, desde la reja, traté de darle gracias y pedirle que me acompañase.

Crucé el río Meruelo por el puente de los Peregrinos; es de origen románico. Desde el centro del puente, Molinaseca presenta una panorámica espléndida, si bien yo no me sentía con ánimos para saborear su belleza.

Al enfocar la Calle Real vi el letrero de un Hostal. A él me encaminé, preguntando por posada y fonda. Me dijeron que la habitación valía 4.000 pts y la comida aparte. Dije que me parecía cara, pero que si tenía ducha o baño, aceptaba. Me dijeron que la ducha era compartida para cuatro habitaciones. Me pareció un abuso y me retiré, buscando un sitio donde sentarme y descansar un rato.

Un señor, que había oído la conversación, me dijo que no lo tomara en cuenta, que esa gente era así. Me llevó a un banco y pidió que me esperase.

Al poco oí la voz de una mujer que discutía con este señor y le venía diciendo que no se podía uno fiar de los peregrinos; que casi todos eran unos vividores. El señor argumentaba que yo parecía distinto y que rara vez se equivocaba.

Aparecieron por la esquina de la casa donde me encontraba sentado. La señora me pidió que la siguiera y me condujo a una casa antigua restaurada, con tres habitaciones, salón, cocina, baño, etc. Me dijo que eligiera la cama, que más me gustase, para hacérmela y me dio las llaves. Le pregunté si no iba a venir nadie más a dormir. Me dijo que no, que toda la casa era para mí.

Me enseñó el armario del cuarto de baño donde había toallas, jabón, colonia, etc. Me pidió que, cuando me marchara, le dejara las llaves en el montante de la puerta de entrada.

Le pregunté que cuánto debía pagarle y me dijo que lo que quisiera, ya que, aunque me pidiera mucho, no le iba a compensar del alquiler que cobraba por día para seis personas. No era muy simpática, pero no cabe la menor duda de que su comportamiento no pudo ser más honesto y cristiano.

Relajado por una buena ducha y recuperado de mi cansancio, salí en busca de algún sitio donde pudiera comer. Entré en el Mesón «Casa Marcos», que conserva su arquitectura de casa solariega y, junto a la chimenea, en la mesa 1, me sirvieron el menú. Creo que, entre la espera y durante la comida, consumí más de dos litros de agua.

En la barra tomé un café exprés, bastante bueno y volví a casa para echarme la siesta. Dormí como dos horas y me levanté totalmente nuevo. En el salón me senté para ver algo de televisión, pero fui incapaz de aguantar ni un cuarto de hora.

A eso de las siete bajé al Albergue, que se encuentra a la salida de Molinaseca. En él pude conectar con mis amigos peregrinos; me sellaron la credencial y compré un bocadillo de chorizo y una cerveza.

Al poco vinieron a buscar al hospitalero para atender a unos peregrinos que se encontraban muy mal y con fiebre. El comentario de todos fue: otro más. Con éste ya van siete.

Pedí que me informaran sobre lo que estaba pasando y se extrañaron de que a mí no me sucediera lo mismo. Me preguntaron si yo había bebido de la fuente de Manjarín. Al decirles que estuve a punto, pero que lo evité, porque había una vaca bebiendo y no me apeteció ponerme junto a ella; me dijeron: «pues eso te ha librado. Nosotros lo hicimos y todos estamos que damos pena».

A continuación, busqué una cabina desde donde llamar a mis hijos. Luego recorrí las calles y, realmente, Molinaseca es como un oasis.

Su conjunto da la impresión de Villa medieval, de gran señorío y riqueza. La piedra y la pizarra de sus tejados, unidas a la madera de las solanas genera paz y seguridad.

El río esta canalizado de forma que los habitantes pueden gozar bañándose en sus límpidas aguas, como en pocas partes puede lograrse.

Existen Fondas y Bares, que mantienen ese aire de antigüedad.

En fin que, a pesar de la dureza de esta etapa, paseé hasta casi las once de la noche, disfrutando de sus casonas barrocas, del Hospital de Peregrinos, de su historia y de su belleza.


 
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