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Altar Mayor - Nº 93 (17)
Viernes, 28 mayo a las 14:24:39

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 93 – Mayo-Junio de 2004

«LA MALA EDUCACIÓN» DE PEDRO ALMODÓVAR
Por Eduardo T. Gil de Muro

A toro pasado y cuando ya me he aburrido cantidad con la película en que Pedro Almodóvar habla de no sé qué mala educación, la verdad es que voy a tener que reprimir mi ingenua credulidad. Temblé cuando supe que Pedro, unos meses antes de ponerse a trabajar en esta película, dijo aquello de que ya le había llegado la hora de pasarle factura a la Iglesia. Que se iba acordar de él la Santa Madre Romana. Y que guay de los curas y sus pedofilias y sus maneras de ocultar pecados demoníacos. Temblé por la Iglesia. Me compadecí de los curas. Me imaginé casi que, a lo peor, tras la película de Almodóvar, se podía montar por las calles una zarabanda similar a la que, en viejos tiempos, organizaron en Madrid los espectadores que había tenido la Electra de Galdós. Pero he aquí que no. He aquí que nadie ha salido a la calle. He aquí que, de haber salido a la calle, en plan zarabanda, los espectadores que tuvo en Logroño la tarde del estreno de Almodóvar, creo que no habríamos estado en la manifestación ni siquiera una docena. Porque ni doce estábamos en el cine. Y porque la película, por el hastío que había producido a estos espectadores heroicos, ya estaba visto que no iba a levantar los ánimos de nadie. Pedro se había ido de la lengua una vez más. Pedro había amenazado mucho y quiso que nos creyéramos lo de su venganza irrespirable. Pedro, cuando se encontró de verdad con el material que tenía entre manos para contar eso de «la mala educación», apenas si dispuso de más elementos que los que ya había manejado en otras películas suyas. Especialmente iguales a los elementos machacados en La ley del deseo, que es un trabajo de hace más de quince años, que ya es edad para haber crecido un poco.
 

El demonio de la confusión

Si Pedro Almodóvar fuera un director de cine capaz de autoflagelarse en discreto silencio, nunca volvería a traer a la pantalla esos dramas viscerales que lo acongojan desde que era chico y que no tienen respuesta alguna en la psicología de la calle. Pedro cree que es verdad todo lo que sueña. Y sueña, por lo general, infumables maravillas que les suceden a unos personajes que, por no ser iguales a nadie, ni siquiera acaban por entenderse a sí mismos. Pedro juega a los travestis, a los mansamente engañados, a los que no saben entender ni su propio mundo de pasión. Este Padre Manolo que acaba convertido en un señor libidinoso que ha perdido su capacidad de amor y de vergüenza y que es capaz de llegar al delito y a la mentira permanente, es un cura que no es cura, un señor que no es señor, un iluminado que hace de iluminado sentimental y que tiene la desgracia de vivir en un extraño colegio de curas del que Almodóvar dice que guarda algún recuerdo personal aunque también diga que no ha querido contar en la película ninguna de sus peripecias personales. Los niños de este cole no le interesan para nada a Pedro Almodóvar. Ni le divierten. Ni tiene que contar de ellos casi ninguna cosa. La dilecta atención que al niño Ignacio le presta el Padre Manolo apenas si es otra cosa que un confuso amago de amor y sensualidad que -eso sí- tiene un único y pudoroso desbordamiento en el paseo de una tarde de verano a la orilla del río. Ignacio se deja amar por Enrique. Que es otro crío de nueve años con el que -oh extraña disciplina colegial- va al cine del pueblo a ver una película de Sara Montiel (Esa mujer) que no se ha estrenado aún, porque se estrenó algunos años más tarde, pero que es cosa que a Almodóvar no le importa porque lo que le importa es que la Sara tiene la fascinación de los muchachos para que hagan porqueriitas, en el cine.

Se le pueden perdonar muchas cosas al cine de Almodóvar para que quede muy clara su condición de narrador cinematográfico con una singular capacidad para la dirección de actores y para encuadres originales. Se le puede perdonar que nos cuente casi siempre la misma historia de travestis -que le encantan-, de gentes sin prejuicios éticos, de gentes cercanas a una especie de afición litúrgica por la que el mismo Almodóvar ha confesado más de una vez que se siente extrañamente fascinado (en esto, de La mala educación) hay un singular robo de objetos sagrados al que lo mismo le da la patena y el cáliz que los candeleros o el florero vacío. El caso es enredar con las cosas de los curas. No deja de tener cierta melancólica gracia esta fijación del calatraveño.

El caso es la confusión, la mezcla de elementos radicalmente dispares. Cuanto más dispares, mejor. A la postre, cuando esos elementos dramáticos o cómicos -que de todo hay, aunque menos, en la película de Almodóvar- tienen que descargar su fuerza sobre los personajes, tampoco pasa nada. Los personajes no existen. Ni Ignacio, ni Enrique, ni el Padre Manolo, ni el Ángel que no se llama Ángel sino que se llama Juan y que se hace pasar por Ignacio para que el torpe expadre Manolo no entienda nada de nada y llegue al paroxismo del asesinato. Si tiene que matar a su Ignacio de los días del colegio, se convierte a Ignacio en una piltrafa de drogas y se lo sustituye con un Gael guapito que engaña una vez más al mostrenco expadre Manolo.

A Pedro Almodóvar le van a dar el papel de ilustre telonero en la apertura del festival de Cannes 2004. Me alegro. Cannes quiere aprovechar el tirón Almodóvar para hacer como que rejuvenece su vieja condición de escaparate actualísimo del cine. Almodóvar lo va a pasar fenómeno en la sesión. Y habrá aplausos a raudales. Y elogios sin medidas. Y hasta es posible que la película -un poco engañabobos- sea conducida otra vez a los aledaños del Oscar. Me encantaría -por el cine español- que fueran tan felices esas horas. Pero que Pedro no se engañe. La película es mala. La película es torpe y lenta. La película te obliga a mirar al reloj de vez en cuando para calcular cuánto le falta todavía a ese complicado relato que nunca se sabe en qué va a terminar. En la película molesta hasta límites crasos la inanidad de los personajes, la falta de credibilidad a que nos obliga el avaro aprovechamiento de situaciones casi límites en la relación falo-sentimental al borde del masoquismo. Almodóvar ha confesado que tenía que echar de sí esta historia que le estaba molestando como una bola de plomo en el estómago. Bueno: ya la ha echado. La historia era mala y confusa. Y la ha contado de manera igualmente confusa y atrabiliaria. Pedro tiene obligación de empezar a pensar que es posible que la obsesión sexual que arrastra desde hace muchos años -desde antes del colegio de curas en que dice estuvo- es una obsesión que ya no interesa a nadie. No por especial animadversión al autor -que no existe- sino porque nos la ha contado ya muchas veces. Demasiadas. Ah, y la Iglesia, bien, gracias. Sin susto alguno a pesar de lo que Pedro crea.


 
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