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Altar Mayor - Nº 93 (16)
Viernes, 28 mayo a las 14:27:05

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 93 – Mayo-Junio de 2004

En la cima de México
EL CITLALTEPELT, EL VOLCÁN DE LAS ESTRELLAS
Por César Pérez De Tudela

Los volcanes siempre han suscitado el interés de las antiguas culturas. En los últimos años la exploración de estos conos altivos e imponentes, constituye para mi un reto incomparable para conocer la geografía de la Tierra.

Entre los 20 y 30 grados de latitud norte, la cordillera norteamericana se separa en dos ramales, las de sierra Madre oriental y la occidental. Ambas encierran las altas tierras mesetarias de México, en donde se encuentran la sierra Tarahamare y la sierra de Nayarit. El nevado Colima es su punto más alto (4.380 metros), un volcán que ha renacido a la actividad en estos últimos años, callado desde 1909. En el paralelo 20, ambos ramales orográficos vuelven a unificarse para continuar hacia América Central en una sucesión de volcanes sobre altas mesetas, áridas e inmensas pendientes de arcilla esquistosa y grandes arenales de lava reseca...

Más arriba, precisamente en el punto confluyente entre los Estados de Puebla y Veracruz, se levanta muy erguido un extraordinario cuadro de nieves y glaciares: Citlatepetl, Popocatepetl, Ixtacciuhuatl y el Nevado de Toluca.

Viajar a México es siempre un gusto añadido al viaje turístico general. La gente mayoritariamente va a las playas de Yucatán, y a sus pequeñas y paradisíacas islas, mientras que los viajeros más mayores recuerdan Acapulco, la preciosa bahía del Estado de Guerrero, que hizo mundialmente famosa la voz hombruna de María Félix, la novia de América, con bastante menos presupuesto que los actuales planes de desarrollo turístico. Eran tiempos de mayor ingenio y menor gasto.

Mi camino como periodista explorador es distinto. No busco los hoteles exquisitos, ni las preciosas piscinas. Mis acciones son más propias de un peregrino, sobreponiéndome al cansancio. Yo también, sin ser María Félix, hice famosa en España la montaña del Aconcagua y cientos de expediciones españolas fueron llegando a su cima después de haber leído mis aventuras en periódicos, revistas, programas de radio y televisión. Lo mismo le ocurrió al Naranjo de Bulnes y a otras regiones del planeta. Un periodista de la aventura tiene que caminar, escalar, vivir intensamente la emoción y contarlo, aunque haga calor, frío, o el cansancio le invada. Luego sus crónicas y reportajes los leerán otros que quieran o quisieran seguir ese mismo camino. Así es el nuevo y poderoso turismo de la aventura, es decir acción y esfuerzo antes del descanso cómodo y seguro en las playas y hoteles cosmopolitas.

Estados Unidos de México es un país diverso y complejo. Síntesis de un irrepetible mestizaje, surrealista y mágico. México es la herencia rotunda del pasado con las viejas culturas en la calle, en los mercados y en las iglesias... Por ello los norteamericanos de la otra Unión, los poderosos vecinos, están enamorados del México hispano. Porque México no mató el pasado como hizo EE.UU. exterminando a sus primitivos indígenas en guerras que además proclamó heroicas, guardando en rígidas reservas a sus escasos supervivientes. México está vivo y esa es su gloria, la misma que contempló Cortés, forajido y genial guerrillero, legitimado al ser nombrado capitán general de la Nueva España, en 1522 por el emperador Carlos.

Otra vez estoy en México, paseando por el Zócalo, visitando la impresionante catedral, símbolo del triunfo hispánico sobre Cuauhtemoc, con el nacimiento del México amable, distante y también profundo de hoy. Este pasear sería suficiente para escribir una bonita crónica de comodidades acompañadas de unas fotos de parecida belleza.
 

El Citlaltepelt, es la cima

En autobús, mirando el paisaje y las caras curiosas de tanta gente, me voy hacia Puebla, la gran ciudad provinciana de casas señoriales, en dónde pasear por las calles constituye por sí mismo la esencia del viaje.

Noe, un mexicano altruista, hijo y nieto de guías del volcán más alto de América del Norte, viene a recogerme. Juntos viajamos durante tres horas más para llegar a ese pueblito perdido bajo la gran montaña blanca: el Citlaltepelt indígena, el volcán que los españoles llamaron Orizaba y que seguramente las antiguas culturas prehispánicas ya escalaron para adorar al dios Tlaloc y pedirle lluvia que regara los ásperos territorios que lo circundan.

El presidente del municipio me recibe en su despacho de la moderna casa blanca de gobierno, rodeado de papeles, con el sombrero ancho y mexicano en la cabeza.

-Este español es un periodista que quiere subir a la cima para escribir luego en los periódicos- dijo Noe presentándome.

-Solamente podemos llevarle hasta la base del volcán en un automóvil de la Policía.

Dando tumbos, entre quebradas y baches, dos agentes policiales, uno recién llegado al cargo y otro más veterano como piloto, me acompañaron por los secos vericuetos, cruzando bosques y dejando muy abajo la vida. Enseguida noté la sequedad de la altura y el ligero malestar que siempre la acompaña.

El refugio de Piedra Grande, a 4.200 metros, y unos obreros que trataban de canalizar –inútilmente- los torrentes de agua del glaciar, eran los únicos testimonios de la civilización.

Al atardecer me quedé solo después de haberme fotografiado junto a las cruces de los muertos en la montaña. ¿Cuántos? ¿Cómo se puede morir en una montaña que no es famosa precisamente por sus peligros o su dificultad? Tumbado dentro del refugio escucho los golpes de viento, violentos, y medito sobre esta nueva aventura mía preludio de una larga serie de expediciones por la Tierra... ¿Tendré las suficientes fuerzas?

Yo hubiera querido escalar la montaña junto a algún compañero, pero mis amigos del Turismo me dejan solo. Con un colaborador podría haber realizado fotografías y video para dejar constancia de la ascensión, pero al fin, casi como siempre en la vida, me encontraba solitario frente a la noche, empeñado en encontrar el camino hacia el glaciar, saltando de piedra en piedra, rodeado de una completa oscuridad, en un constante y agotador viaje nocturno hacia la claridad del glaciar que me conduciría a la cima. Como una sombra, optimista y temerosa, fui ascendiendo por vericuetos rocosos, hasta que me di cuenta que tenía que ponerme en los pies los crampones.

Cuatro horas después estaba amaneciendo y llegaba al borde del glaciar Jamapa. Vi la enorme superficie helada, carcomida por la sequedad con inverosímiles cristales y agujas heladas que crujían, rompiéndose a mi paso. Acometí la empinada cuesta directamente hacia la cima, dejando a la derecha el contrafuerte del Sarcófago por encima de los 5.000 metros. El día se presentó luminoso, lo que me animó en el ascenso. No podía fallar, la escalada sólo era cuestión de ir subiendo pisando el hielo quebradizo, amordazando el cansancio... Por encima de los 5.500 metros la pendiente aumentó y saqué el piolet de la mochila para apoyarme en él. Fue entonces cuando caí en la cuenta de que me encontraba sobre una gran grieta negra, protegida por unas costras heladas que se rompían a mi paso. Es decir estaba sobre un hondo precipicio negro mantenido por unos secos cristales de hielo. Pensé con horror que aquella sencilla ascensión podía convertirse en una trampa mortal... Un compañero podría sujetar la cuerda y asegurarme ante la posibilidad próxima de caer al negro y desconocido abismo... Pero yo estaba solo. Rectifiqué el rumbo de la escalada hacia mi izquierda, evitando la grieta, pero más allá aparecieron otras resquebrajaduras del seco glaciar que se descomponía por muchos sitios. No tenía más opción que continuar o bajarme con alguna dificultad, muy próximo al final. Decidí seguir subiendo directamente, por la derecha de unos promontorios rocosos que surgían como isletas en el glaciar. La pendiente era muy acentuada, pero ya buscaría un camino menos derecho para descender...

Mientras subía esos últimos centenares de metros pensaba en el peligro de escalar solo y sin quererlo debí de echarle la culpa a la sensatez de la edad: un veterano tiene siempre más razones para el miedo y la prudencia que un adolescente. ¿Seguía siendo yo el que siempre fui, o el que siempre quise ser?

Por fin llegué al borde del cráter, entre ráfagas de viento muy violentas que me ponían en delicadas situaciones, pisando una superficie resbaladiza por el azufre. -«¡Cuántos riesgos hay que aceptar para llegar hasta aquí!», pensé, como si fuera un principiante. En la última parte de la ascensión fui constatando en el cambio que esta montaña ha experimentado en los últimos cinco años. Cuando estuve con mis compañeros del Colegio de Abogados de Madrid encontré el glaciar completamente diferente, mucho más sencillo, aunque me felicité por mi decisión, intuitiva y urgente de bajar sin alcanzar la cumbre. Hoy también he actuado bien... aunque no hago prácticamente ninguna foto, preocupado con encontrar la mejor ruta de descenso. Sabía que si llegaba a la cima no sólo inauguraría mi Proyecto «Trece Volcanes» sino que volvería otra vez a llenarme de optimismo y luz. Hoy me encuentro cansado y solo pienso en bajar, ponerme a salvo, llegar abajo y volver pronto a Madrid, a mi casa... ¡Una casa a la que poder volver! Vengo una vez más de lo alto.

En Tlachichuca sólo deseo descansar. Sin duda los años cumplidos se hacen notar. Tampoco los datos que recibo sobre la ascensión que acabo de realizar me hace ser más optimista. El Citlaltepelt no es tan fácil como yo siempre lo había calificado. Sus 5.700 metros se elevan formando un cono casi simétrico sobre las llanuras circundantes y el Golfo de México. En estos últimos meses han encontrado la muerte en esta montaña muchos alpinistas y montañeros por caída, cerca de 20 muertos en el transcurso de 30 expediciones. Hace mucho tiempo que no se daban unas condiciones tan peligrosas. Ya no soy aquél, pero estoy contento rodeado de cansancio, recuperando las fuerzas para proseguir mi Proyecto Internacional «Trece Volcanes».

Otra vez volvía de México. El país unido a España por la religión, la historia y los negocios con el moderno turismo como futuro. Y todo ello basado en esa unidad que la lengua propicia y acerca, quizás el don más trascendente del hombre:

«El triunfo será de quien convierta el gemido en canto». dijo León Felipe.

Y el canto se transformó con los años en «mexicanidad»: «chamba», «chingar», «encuerar», «pinche», «piruja»...


 
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