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Altar Mayor - Nº 93 (15)
Viernes, 28 mayo a las 14:29:02

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 93 – Mayo-Junio de 2004

Remembranzas
PRESENCIA DE ENRIQUE SOTOMAYOR

Por
Mario Tecglen

Uno de los últimos días de 1941, hace 62 años, cayó en el frente ruso el falangista voluntario de la División Azul Enrique Sotomayor Gippini, fundador del Frente de Juventudes. Y por su muerte heroica le fue concedida la Medalla Militar Individual.

Estas frases sólo pretenden mantener su presencia. Dedicándole un recuerdo cordial. Que no caiga en el olvido uno de nuestros valores más significados.

Enrique nace en la calle Alcalá de Madrid el 14 de mayo de 1919, en la misma casa del castizo Teatro Apolo, residencia de José Gurumeta, su bisabuelo —que también era el mío—. Lo bautizan en la Iglesia de San José y se vuelven todos a Bilbao, que es donde viven.

Estudia el bachillerato con notas brillantes, y al terminar decide estudiar en Madrid la carrera más difícil de la época: Ingeniero de Caminos Canales y Puertos.

Es alto y espigado. Tiene los cabellos rubios y rizados, y sus gafas de miope le confieren desde muy joven un cierto aire de intelectualidad.

En Madrid, en 1935, se dedica exclusivamente a estudiar. Ni diversiones ni amigos: nada; hasta que el azar le permite presenciar el pavoroso incendio de la Iglesia de San Luis de los Franceses en la calle de la Montera.

Las tremendas llamaradas iluminan la azulada noche madrileña, pero también iluminan la mente sensible de aquel católico muchacho formado en el Amor y en el Temor de Dios. Con una indignación que le arrastra hasta el llanto, promete, como Saulo de Tarso, que dedicará toda su vida y su esfuerzo, e incluso luchará si fuera preciso, a defender la Fe Cristiana y evitar aquellas atrocidades imperdonables.

Para que su promesa adquiriera alguna eficacia, ya lo sabía, el único camino a seguir era alistarse en Falange Española. Y de la misma forma en que meses más tarde se escuchó a Miguel Fleta en «La Canción del Falangista», se dieron en su persona los versos de aquella letra:

Alistado voy, con la juventud, a la lid de nuestra fe.

Y debutó, pletórico de ánimo, en la peligrosa labor de vocear y vender el semanario FE por las calles de Madrid.

Y dio porrazos; y recibió porrazos. Sólo porque, al amparo de aquella República Democrática, vendía un semanario de altos ideales. Continuando hasta que un camarada bilbaíno escribió a sus padres: «Tienen ustedes que llevarse a Enrique de Madrid. Lo van a matar. Es demasiado valiente y demasiado valioso. Inventen algo, lo que sea, pero sáquenlo de aquí. Y, por favor, no le hablen para nada de esta carta. Me llamaría traidor».

Sus padres consiguieron llevárselo a Bilbao, apareciendo en su casa con un cargamento de libros y revistas. Quería tomar conciencia del controvertido pensamiento social, político y filosófico europeo. Y leyó a Joaquín Costa, y a Marx, y a Ramiro Ledesma, y a Hegel, y a José Antonio, y a Maeztu, y a Mussolini; y así llegó al 18 de julio.

Huyendo de las milicias, se trasladaron a Algorta, donde, frente al Golfo de Vizcaya, continuó leyendo al tiempo que pergeñaba, desarrollaba, concretaba un proyecto de largo alcance que, protagonizado por toda la Juventud Española de uno y otro bando, acometiera una profunda revolución social y económica que volviera a situar a España en el lugar que por su historia le correspondía.

En junio de 1937 entran en Algorta las tropas nacionales. Se enrola inmediatamente y termina la guerra en Madrid, donde intima con los que serían sus camaradas entrañables Carlos J. Ruiz de la Fuente, Alberto Crespo y Eduardo de la Iglesia, que creen en él y en su proyecto, y a través de ellos se lo presentan a Manuel Valdés Larrañaga, cofundador con José Antonio de Falange Española. Valdés lo encuentra extraordinario y le gestiona una entrevista en Burgos con Serrano Suñer. La respuesta de Serrano es tajante: aquel proyecto hay que presentárselo sin pérdida de tiempo al Generalísimo.

Enrique espera en Burgos el momento preciso.

La entrevista de Enrique Sotomayor con Franco se produce en los últimos días de junio de 1939. No quiere presentarse solo y lo hace acompañado de dos amigos militares. Los tres van de uniforme. Franco entra en el recinto y pregunta cuál de ellos es Sotomayor; él, entonces, se adelanta y, después de presentar a sus compañeros, comienza un arriesgado preámbulo en el que le advierte, en nombre de la juventud, que estará siempre a su lado como Caudillo Militar, pero que como Caudillo Político todavía no lo conoce, y no puede prometerle nada hasta saber cómo va a plantear los graves problemas sociales y políticos que afectan a la nueva España.

Los militares acompañantes están asustados. Temen que a Franco no le guste aquel planteamiento. Sin embargo, todo se reduce a un ligero movimiento de cabeza en señal de asombro.

Enrique comienza su exposición rebosando fogosidad y convencimiento, y al notar que el Caudillo aumenta su atención, se crece y, con el entusiasmo juvenil que le caracteriza, añade comentarios, con timbres calientes, cultivando la lírica, que consiguen contagiar de emoción a su excepcional oyente.

Franco, entonces, le expresa que él, desde hacía algún tiempo, ya venía pensando algo muy acorde con lo que acaba de escuchar; y que sería nombrado Delegado Nacional del SEU para que, desde la juventud estudiantil, pudiera ponerlo en práctica.

Al salir le comentó Franco a su ayudante:

-«Acabo de conocer a un nuevo San Francisco Javier. Su mismo fuego. Su misma limpieza de corazón».

Pero el tiempo pasa y el nombramiento no aparece. Se presume que su generoso y revolucionario proyecto está en crisis.

Por fin, después de un Consejo de Ministros, el nombramiento prometido sale, pero a favor de otro camarada.

La generosa voluntad de Franco al aceptar un Frente de Juventudes, de largo alcance, aglutinando en un gran Proyecto Nacional a toda la juventud de uno y otro bando, queda demostrada, pero tuvo que haber en los políticos de su entorno fuertes disidencias para que a nuestro Enrique le cortaran las alas.

Sin embargo, es nombrado Secretario General del sindicato estudiantil. Enrique lo acepta por principio de disciplina, y su nuevo cargo le permite celebrar en el Teatro Calderón de Madrid un acto político en el que expone su proyecto de Frente de Juventudes ante más de mil jóvenes falangistas.

Empieza denunciando la situación de miseria en que se encuentra el pueblo. Recuerda la trágica lección que acaban de recibir. Y les alienta a acometer una profunda Reordenación Económica y Social que afecte a toda la juventud de uno y otro bando.

-«Hay que poner a la Juventud en Pie de Paz -exclama ante una juventud enardecida-. Hoy acecha a nuestra Revolución, y aún al Estado, el más grave de los peligros: El enfangamiento de las esperanzas».

Y nació, diferente, pero nació el Frente de Juventudes, aquella magna organización que acogió en sus centurias a millones de jóvenes de todas las clases sociales y de todas las ideologías familiares, y los formó en sus Campamentos Juveniles. Donde aprendieron a convivir, y a cantar, y a rezar, deseando para todos, simplemente, Una España Mejor.

Las altas jerarquías del momento empiezan a tacharle de exaltado y le llegan las horas bajas. Se vuelve a Bilbao, y en el plazo récord de año y medio consigue licenciarse en Derecho con notas extraordinarias. Dirige más tarde el sevillano diario FE y, no faltaba más, cuando España se lo pide, se alista en la División Azul.

Es allí, en la 2ª Compañía de Antitanques, donde la noche del 3 de diciembre de 1941, después de que el enemigo dejara fuera de combate una posición en Possad, en la que quedaron tendidos varios muertos y heridos con la imposibilidad de retirarlos por encontrarse el campo totalmente batido, Enrique, una vez más, arriesga la vida para evacuar a Enrique Ruiz Vernacci, su camarada malherido, que está pidiendo ayuda. Y es allí, donde encuentra la muerte, ya cerca de la posición, cuando lo trae en sus brazos corriendo.

Hoy pido a los lectores de este hecho histórico que por un instante imaginéis la estampa de aquel hombre, bueno y valiente, que llevando en brazos a su camarada herido, le va alentando con sus mejores frases de alivio y esperanza mientras corre camino de la salvación, pero que, en ese trance de elevada humanidad, le alcanza la muerte de un tiro en la mejilla, cayendo los dos sobre el suelo helado.

Enrique Ruiz Vernacci fue recogido y posteriormente trasladado con heridas graves al hospital de campaña, y sobrevivió.

Años más tarde le fue concedida a Enrique Sotomayor la Medalla Militar Individual a título póstumo.

En este aniversario, y después de haber estudiado con cierta profundidad su biografía, me sorprendo pensando y considerando cuántos y cuántos, católicos cómo él, habrán llegado a la santidad con menos merecimientos.

Fue un San Francisco Javier de nuestros días que nos dejó mucho y lo dio todo antes de cumplir los 23 años.


 
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