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Altar Mayor - Nº 93 (04)
Viernes, 28 mayo a las 14:53:38

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 93 – Mayo-Junio de 2004

SOBRE LA UNIDAD DE ESPAÑA
Por
Juan Velarde Fuertes

Nos encontramos, en estos momentos, ante un nuevo planteamiento de la enrevesada historia de esa creación de la Edad Moderna que es el Estado-Nación. No es posible olvidar, en este sentido, la beligerancia claramente anticatólica que éste adoptó. Recordemos los deliciosos diálogos entre Settembrini, el anticlerical nacionalista seguidor de la Revolución Francesa y del Risorgimento italiano, y el jesuita Naphta, crítico de todo eso, en la gran novela de Thomas Mann, La montaña mágica. Los españoles tampoco podemos olvidar cómo, desde el Estado-Nación, intentamos crear otra cosa en Europa, interrelacionada con el Imperio y el orden católico mundial. Fuimos derrotados, y tuvimos que liquidar nuestros deseos en 1648, en la Paz de Westfalia. Ahora, esa misma España, que adquirió personalidad en el concierto mundial ya en la lejanía del Concilio de Toledo, y de Recaredo, al separarse, definitivamente, del Imperio Romano, que buscó incansablemente recuperarla durante la Reconquista, hasta consolidarla con los Habsburgo Trastámara, continúa experimentando los choques del nacionalismo romántico, básicamente anticristiano, que estallan durante el siglo XIX y que, desde entonces, se convierten en su calvario. Mucho ayudó la subterránea influencia krausista con sus tesis de que existen entes vivos en las regiones. En el mundo, con la sacralización de los pueblos, esto se unió a la fantasmagoría racista, que concluyó en las aberraciones nacionalsocialistas, condenadas por la encíclica de Pío XI Mit Brennender Sorge.
 

Nacionalismo aldeano

Pero el mundo, a lomos de la Revolución industrial, ha proseguido con tal ritmo que ha convertido a ese nacionalismo romántico en aldeano. ¿Tiene algún sentido hablar, por ejemplo, de las fronteras españolas que se estudiaban en las Geografías, y del modo como aún se promulga para las regionales desde los ámbitos nacionalistas-separatistas por nacionalismos trasnochados, cuando nadie sabe situarlas en el espacio exterior donde, por ejemplo, España tiene a Hispasat y colabora con proyectos de la Agencia Espacial Europea? ¿Acaso Europa tiene fronteras en Marte? ¿O cuando el Tratado de la Antártida decide cómo las naciones miembros del mismo, entre ellas España, tienen algún papel en el territorio? ¿O cuando -recordemos el famoso conflicto del fletán- los mares y las famosas aguas territoriales tienen otros planteamientos? ¿O cuando pasa a existir, con una fuerza política mayúscula, la Unión Europea, que, de paso, abomina de separatismos nacionalistas en su seno? ¿O cuando en el mundo se afianza el euro?

Crear situaciones que rompan la unidad de España, además, significa atentar al nivel de vida de sus habitantes. Por supuesto que existen zonas, regiones, donde un triunfo separatista sería una catástrofe. El virus del nacionalismo es deletéreo en lo económico. Hace ya muchos años que una investigación de Hertz sobre los Estados danubianos probó que la liquidación del Imperio austrohúngaro supuso una crisis permanente para las múltiples naciones que de él surgieron. Al mezclarse el comunismo con este nacionalismo, se creó en ellas algo muy parecido al subdesarrollo. Sólo podrán salir de él olvidando ambos sueños, como si de horribles pesadillas se tratase, al integrarse, dentro de un proceso que está en marcha, en la Unión Europea, y que más se parece al viejo planteamiento del Imperio austriaco que al que se puso en marcha tras 1918.

El motivo del avance de la miseria mancomunada con el nacionalismo es claro. En primer lugar, crea mercados pequeños, que las ínfulas nacionalistas impiden disolverse en otros mayores. Con mercados pequeños, como dentro del análisis económico explicó Allyn Young definitivamente, en un artículo publicado en The Economic Journal en 1928, y como para España demostró Perpiñá Grau, en otro aparecido en Weltwirtschaftliches Archiv en 1935, las series productivas que los atienden son pequeñas; luego, las fábricas sólo podrán generar poca producción, con lo que la productividad será, forzosamente, baja; y si esto es así, que lo es, los costes serán altos. Altos costes generan precios altos, y los precios altos restringen la demanda, con lo que el mercado se reduce más aún. Así se inicia, como mostró Myrdal para siempre en su ensayo The negro problem, publicado en 1944, un proceso de causación acumulativa negativa, esto es, de círculo vicioso en el que pobreza engendra cada vez más pobreza. Normalmente esto se acompaña de empeoramientos en la distribución de la renta -mil veces relacionados con la floración de prácticas corruptas-, con lo que la pobreza se transforma en miseria para los más humildes.
 

El mundo va por otro lado

Esas zonas donde lo que triunfa es el nacionalismo, como consecuencia de algún fenómeno separatista, pasan, adicionalmente, a ofrecer, fruto del empobrecimiento, de las presiones relacionadas con los que se han opuesto a los radicalismos en este sentido, un conjunto de tensiones sociopoliticas considerables. Recordemos, en Europa, lo que siempre se habló de uno de los frutos ya citados de ese nacionalismo, el llamado avispero de los Balcanes. A partir de 1989, al caer el Muro de Berlín, esa liquidación de la guerra fría generó la aparición del fenómeno de la globalización económica. El mundo rico se intercomunica, hoy en día, intensísimamente, y las inversiones acuden, o rehuyen, a las naciones, según se estime que tienen regímenes políticos estables o inestables. Sin este flujo de inversiones, leamos cómo CEPAL señala, en el reciente Balance preliminar de las economías de Iberoamérica y el Caribe 2003 (Santiago de Chile, diciembre 2003), que uno de los motivos de preocupación de estas naciones es «que la inversión extranjera viene declinando». Si Cataluña o el País Vasco se separasen, ambas regiones -y, aunque en menor grado, eso se experimentaría en el resto de España- verían esfumarse los capitales extranjeros. Mercados pequeños e inversiones raquíticas extranjeras conducen, aceleradamente además, en estos tiempos, a la catástrofe económica, y a un desarreglo en la convivencia.

Intelectualmente, a estas alturas del siglo XXI, es imposible ser separatista. El mundo va por otro lado y, por eso, va a castigar a todos los que, de modo irracional e insolidario, se embarquen en algo que navega hacia el naufragio.


 
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