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El Risco de la Nava
El Risco de la Nava - Nº 232
Martes, 17 agosto a las 19:59:21

El Risco de la Nava

GACETA SEMANAL DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 232 – 17 de agosto de 2004

SUMARIO

  1. Bush habla desde Turquía, por Antonio de Olano
  2. Apuntaciones sobre Al-Andalus, por Antonio Castro Villacañas
  3. José Antonio y la primacía de la política como poder ser, por Alberto Buela
  4. Con los saharauis, de Boletín FA
  5. Galería de pendejos: Carme Chacón, vicepresidenta 1ª del Congreso, por Luis Losada Pescador


BUSH HABLA DESDE TURQUÍA
Por Antonio de Oarso

Las recientes declaraciones de George W. Bush durante su última visita a Turquía constituyen un resumen de las líneas maestras de su política exterior respecto del mundo musulmán. Su aparente intromisión en los asuntos de la UE al declarar que Turquía debía incorporarse a este organismo, en realidad no era tal, por lo menos en su intención, pues el mensaje, considerado como una provocacion por Jacques Chirac, no estaba destinado ni a él ni a Europa, sino a los países musulmanes.

Varios aspectos destacan en este mensaje. Uno, el considerar a Turquía un ejemplo para las naciones musulmanas. Después de haberse occidentalizado bajo la férrea dirección de Kemal Ataturk, y regirse en la actualidad por un sistema democrático, homologable al de los países occidentales, Turquía supone un mentís, según Bush, a la fatalidad de un choque de civilizaciones. Bush no cree inevitable este choque y proyecta, a cambio, la idea de la democracia como solución al conflicto. A tanto llega, que incluyó en sus palabras una referencia a la religión musulmana, la que, en su opinión, contiene enseñanzas que conducen a la democracia.

Este planteamiento es el mismo que condujo a la intervención en Irak. La única razón verdaderamente convincente, por su alcance político, para esta intervención es la del establecimiento de una democracia en Oriente Medio, aliada de Estados Unidos, desde la que se pueda ir presionando en las naciones musulmanas del entorno en orden al establecimiento en ellas del régimen de la democracia. El objetivo sería la neutralización del islamismo radical y, con ello, la solución del conflicto árabe-israelí. La existencia de armas de destrucción masiva en manos de Saddam Hussein constituyó la justificación moral para la intervención, que resultaba así entendible y aceptable para todo el mundo. Desgraciadamente, los informes secretos al respecto resultaron incorrectos: o bien eran anticuados, o bien fueron maquillados a impulsos de grupos de presión que deseaban la intervención a toda costa, sin parar mientes en escrúpulos morales. Lo que resulta inadmisible para el sentido común es pensar que Bush construyese una mentira para justificar una intervención, a sabiendas de que el fraude iba a ser descubierto poco después por los inspectores, y eso teniendo en perspectiva una reeleción presidencial.

La creencia de los norteamericanos en la democracia es muy fuerte, quizás excesiva. Está en la médula de su pensamiento, es su religión laica. Y los neoconservadores que tanta influencia tienen ahora en el Partido Republicano, y que piensan que Estados Unidos debe intervenir activamente en todos los conflictos mundiales, enarbolan la democracia como la panacea. Bush coincide con ellos en esta orientación. Los conservadores tradicionales, si bien tienen la misma fe en la democracia, tienden al aislacionismo, y piensan que resulta indeseable que su patria intervenga en tantos puntos del Globo. Lo ideal para ellos sería que cada nación resolviera sus problemas por sí misma.

Si bien Bush se aparta en tal aspecto del conservadurismo tradicional, sin embargo coincide con él en materia de moral y costumbres. No hay por qué dudar de que su encuentro con Billy Graham, el célebre predicador, hace ya muchos años, marcase su vida. Esta circunstancia está presente en sus palabras cuando, al hablar de la conveniencia de la democracia, afirma que no es cierto que ésta sea incompatible con ideales elevados. Él es consciente de que para los musulmanes el mundo occidental está degenerado y que su contacto es corruptor, y de que tienen razones válidas para pensar así. Si bien el cristianismo es una religión superior al islamismo en orden a la civilización, lo cierto es que Occidente ha ido perdiendo a marchas forzadas sus señas de identidad cristianas, y lo que están recibiendo los musulmanes, los iraquíes, por ejemplo, no es doctrina cristiana ni modelos cristianos de vida, sino los detritos de una civilización desnaturalizada: pornografía, aborto, libertinaje sexual, etc. Bush tiene que ser consciente de ello y de que Occidente necesita regenerarse moralmente antes de pretender influir en las naciones musulmanas de otra forma que no sea por vía de la corrupción. La democracia debe llenarse de contenido moral para resultar atractiva a pueblos íntimamente religiosos. De ahí la proclama de Bush de que la democracia no está reñida con la elevación ética.

El mensaje de Bush puede resumirse a tres conceptos: el choque de civilizaciones no es inevitable; la democracia es el destino de las naciones musulmanas y la solución para que este choque no se produzca; la democracia puede y debe tener contenido ético y religioso. Turquía es un ejemplo de nación musulmana que va a ingresar con pleno derecho en el club occidental de la Unión Europea.

El destinatario principal de los beneficios de esa proyección política ha de ser Estados Unidos, naturalmente. Todavía no ha nacido el político americano que no piense en primer lugar en los intereses americanos. Y la democratización de los países musulmanes supondría el surgimiento de estrechos aliados y clientes.

En Estados Unidos hay analistas que piensan que George Bush, al igual que Woodrow Wilson, se mueve en un mundo de abstracciones idealistas en detrimento de la orientación pragmática que debe primar en un buen político y estadista. Es posible que sea así y que sus sueños utópicos se vean frustrados. En cualquier caso, su pensamiento, como producto que es de las distintas corrientes de intereses materiales, ideológicos y religiosos, merece la debida atención. No es aceptable el juicio patoso del comentarista español común, al que su antiamericanismo adocenado le induce a considerar la figura de Bush como simple blanco de diatribas insustanciales.
 

APUNTACIONES SOBRE AL-ANDALUS
Por Antonio Castro Villacañas

La cosa empezó hace ahora cerca de dos siglos. Fueron sus iniciadores -me parece, y acepto cualquier clase de rectificaciones- los ingleses y franceses que anduvieron por aquí a consecuencia de la invasión napoleónica y sus secuelas. Todos ellos se quedaron con la boca abierta cuando descubrieron Andalucía. Luego vinieron los románticos de distintas naciones, incluida la nuestra. Por último, y lo tomo como símbolo, llegó Manuel Machado y escribió aquella machada del árabe español y su alma de nardo. Lo cierto es que desde 1808 para acá ha ido creciendo el mito de Al-Andalus, la excepcional España de las Tres Culturas o de la Tolerancia religiosa, que más de uno quiere resucitar ahora bajo la forma de la España del Mestizaje.

Andalucía, para toda esa gente que agrupo en los párrafos anteriores, es hoy el residuo -no siempre bien conservado y apreciado- de aquel tiempo mejor, cuando mandaban «los moros» y existían en pleno esplendor los reinos de Granada, Córdoba y Sevilla. Luego, dicen esos barandas, llegaron los cristianos y lo estropearon todo. Por fortuna para quienes vemos las cosas desde otra perspectiva, quiero decir para cuantos apreciamos en su exacta medida el valor de lo árabe y de lo cristiano en nuestra cultura, en Europa se han dado -casi de forma sucesiva- dos ejemplos de coexistencia del Islam con el cristianismo. El primero en el tiempo fue el nuestro: desde el año 711 al 1492, es decir, durante más de siete siglos, cristianos y mahometanos lucharon por imponer en nuestra península su respectivo modo de entender el valor de la vida humana tanto en su forma individual como en la colectiva. Por fortuna para Europa, y sobre todo para nosotros, aquí triunfó el cristianismo. Poco después de que los moros -es un decir- tuvieran que repasar el estrecho, al otro lado del Mediterráneo se producía la situación opuesta: los otomanos invadían los reinos balcánicos y llegaban hasta Viena, permaneciendo en aquellas tierras durante medio milenio, prácticamente hasta nuestros días.

Cualquier observador imparcial de las respectivas historias no tendrá más remedio que reconocer la superioridad en todo del mundo cultural y político hispánico sobre el balcánico. Algo por el estilo debemos decir en torno a Marruecos-Argelia y Andalucía.

Ya está bien, por tanto, de idealizar el Islam -aunque sea en su versión andalusí- y de vejar el cristianismo. Ya está bien de propagar desde ciertos círculos culturales y políticos el complejo de culpa y el masoquismo. Nuestros antepasados hicieron muy bien en echar al Islam de nuestra tierra. Gracias a ello, los «moros» que aquí se quedaron y se convirtieron al cristianismo, vivieron, han vivido y siguen viviendo, muchísimo mejor que la población marroquí y argelina, albanesa o turca, etc., durante todos estos siglos, y lo que te rondaré, morena.

No tengo nada contra la evocación melancólica de pasadas glorias, aunque muchas de ellas sean en todo o en gran parte falsas, pero sí respecto de la incorrección política que establece la necesidad cultural e histórica de reconocer -contra toda evidencia- la inferioridad moral, científica y literaria de los cristianos españoles en relación con los musulmanes andaluces.
 

JOSÉ ANTONIO Y LA PRIMACÍA DE LA POLÍTICA COMO PODER SER
Por Alberto Buela

Si la opinión como enseña el viejo Aristóteles es «afirmar o negar algo con miedo a equivocarse», entonces opino que José Antonio fue uno de los pensadores políticos más lúcidos del período entreguerras.

Mi opinión sobre él, se circunscribe a su aspecto de pensador dado que como gobernante político quedó en potencia, a la manera del rumano Cornelius Zelea Codrianu o del peruano Víctor Raúl Haya de la Torre. Al igual que estos dos hombres de su tiempo, no tuvo acceso al poder y no pudo llevar a cabo sus ideas políticas, vinculadas éstas al socialismo nacional europeo más que la fascismo, y de organización socio-económica a través de su ideario sobre el nacional sindicalismo.

Este hecho, que no ya una opinión, y como tal indubitable, hizo que en su discurso o mensaje político tuviera primacía, se resaltara el aspecto del poder ser sobre lo que es. Nos explicamos: Si la realidad no es otra cosa que el conflicto entre potencia y acto, como enseñaran los viejos filósofos. Esto es, si la realidad es no sólo lo que es sino además lo que puede ser, José Antonio, por su formación mental y su contexto histórico-político, otorgó primacía al poder ser en su discurso político.

Esto hace de él, lo que hoy llamaríamos un pensador progresista, pero no porque creyera en la idea de progreso indefinido de la humanidad como han creído y creen los pensadores demoliberales y neoiluministas, sino porque su pensamiento es un pensamiento progresivo, es decir, que va más allá del statu quo reinante o vigente. Es un pensador no conformista en el sentido lato del término: No está de acuerdo con realidad política tal como se da. En este aspecto es emblemático el texto del discurso de fundación de la Falange del 29/10/33 cuando deja planteados temas que, setenta años después, aún no hemos podido resolver:

«Somos un movimiento no un partido, que no es de derechas ni de izquierdas, porque la derecha es la aspiración a mantener la organización económica aunque sea injusta y la izquierda es el deseo de subvertir la organización económica aunque se arrastren muchas cosas buenas [...] El socialismo fue una reacción legítima contra aquella esclavitud liberal [...] pero el socialismo no aspira a restablecer la justicia sino la represalia [...] Queremos que España recobre resueltamente el sentido universal de su cultura y su historia».

De hecho, este texto breve nos muestra que José Antonio se ha transformado en un clásico de la política contemporánea, si por clásico entendemos aquellos autores antiguos a quienes al interrogárseles nos ofrecen siempre una respuesta vigente sobre lo actual.
 

CON LOS SAHARAHUIS
Boletín FA

En más de una ocasión hemos oído al Presidente Rodríguez Zapatero y a distintos miembros del actual ejecutivo afirmar, para justificar la retirada española de Iraq, que no se pueden tomar decisiones en contra del sentir mayoritario de los ciudadanos, aludiendo a la decisión del Gobierno Aznar de apoyar la intervención militar norteamericana. ¿Es coherente ahora que Zapatero y sus ministros estén dispuestos a acercarse a las tesis marroquíes sobre el Sahara, en abierta contradicción con la opinión pública española?

El primer Gobierno de Juan Carlos de Borbón abandonó a su suerte a la población del Sahara, que sufrió la ocupación militar por parte de Marruecos. La ONU apostaba por una descolonización ordenada, reconociendo el derecho de autodeterminación del pueblo saharaui, pero las autoridades españolas hicieron una auténtica dejación de su responsabilidad, dejando de facto a los saharauis bajo dominio marroquí.

Desde entonces, miles de saharauis sufrieron la persecución de la tiranía alahuita y el exilio. Durante años, los refugiados han malvivido en poblados en el desierto argelino, sobreviviendo con la ayuda humanitaria internacional.

El pueblo español es, sin duda, el de mayor activismo prosaharaui en todo Occidente. En cada rincón de la geografía española existe alguna iniciativa o algún colectivo solidario, quizá por esa mala conciencia que persiste por el pésimo papel que protagonizaron nuestros gobernantes en 1975. Sin embargo, todos y cada uno de los Gobiernos que han existido en España desde entonces han estado, en mayor o menor medida, alejados de ese sentir popular, por miedo a incomodar a Marruecos.

El «Plan Baker», surgido en el marco de las iniciativas de Naciones Unidas, pretendía resolver la situación de los saharauis mediante un referéndum de autodeterminación aceptado por las partes. La base de esa consulta había de ser el último censo español, como instrumento más fiable, debidamente actualizado con los descendientes de aquella población. Marruecos, posiblemente como consecuencia de la presión internacional y hostigado por la lucha del Frente Polisario, aceptó aquella vía del Plan de Paz, en los Acuerdos de Houston y en los posteriores acuerdos complementarios de 1999, mientras el Polisario cesaba en sus acciones armadas. Sin embargo, posteriormente Marruecos, en la práctica, ha bloqueado esta posible solución con mil argucias, entre ellas una auténtica batería de millares de reclamaciones contra el censo, que hacían inviable la realización de la consulta popular en un plazo razonable.

Surgió posteriormente el llamado «Plan Baker II», que a grandes rasgos contemplaba una autonomía saharaui bajo soberanía marroquí, pero con una futura consulta de autodeterminación. A pesar de no ser fruto de un pacto, el Frente Polisario sí hizo el esfuerzo de aceptación de esta vía, lo que supuso una gran concesión por su parte, en aras de resolver el prolongado conflicto. Pero Marruecos ha seguido incumpliendo lo que en su momento aceptó, y actualmente asegura que su soberanía sobre el Sahara es incuestionable y que no aceptará ninguna solución que no parta de ese principio, algo que contradice todas las resoluciones de la ONU sobre el asunto.

Rodríguez Zapatero ha asegurado recientemente que hay que buscar una nueva solución que pueda satisfacer a todas las partes y, en sus manifestaciones, ha dado por enterrado el Plan de Paz reflejado en la segunda iniciativa Baker. Las declaraciones del Presidente español han cosechado significativamente el aplauso unánime de los medios marroquíes, pero la preocupación y el rechazo del Frente Polisario y de las numerosas asociaciones solidarias existentes en nuestro país. Zapatero ha dado un giro más a la postura española y ha aumentado así la lejanía entre la actitud gubernamental ante el conflicto saharaui y la sensibilidad del pueblo español sobre el problema.

Desde FA creemos que, aun a riesgo de disgustar a nuestro vecino marroquí, España debería adoptar una postura justa, valiente y decidida de apoyo a las resoluciones de Naciones Unidas, en las que se rechaza que la condición de administrador colonial pueda ser transferible, en las que no se reconoce ningún derecho de soberanía a Marruecos por la ocupación militar que viene realizando del territorio saharaui, y en las que se proclama el derecho de los saharauis a decidir libremente su futuro.

Los miles de hombres y mujeres que tienen el español como segunda lengua y que, en los campamentos de Tinduf, sueñan con regresar algún día a su Patria, se merecen de España algo más que declaraciones contradictorias. Y este pueblo español, que se siente solidario con sus hermanos saharauis, se merece que su gobierno no siga encadenando errores y responsabilidades históricas en este conflicto.
 

GALERÍA DE PENDEJOS: Carme Chacón, vicepresidenta 1ª del Congreso
Por Luis Losada Pescador

En estos tiempos de «talante» y «diálogo» sería bueno recordar el artículo 20 de la Constitución, que contempla el derecho a la libertad de expresión. Y ya puestos a ser más constitucionalistas que nadie, podríamos recordar el artículo 16.3 que establece que «los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y mantendrán las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia Católica y las demás confesiones». O sea, exactamente lo que no ha hecho la vicepresidenta primera del Congreso, Carme Chacón.

A doña Carme le ha sacado de sus casillas la homilía del cardenal primado Monseñor Cañizares en la que se refería a la voluntad de medios y poderes públicos de «despedazar» la Iglesia. ¿No es verdad, ángel de amor, que llegado el PSOE al poder, se respira un mejor talante laicista? ¿Cómo califica usted la expulsión de la FERE del Consejo Escolar? ¿Cómo explica usted la obsesión laicista de suprimir la asignatura de religión, contemplada en la parcialmente derogada Ley de Calidad y demandada por el 85% de los padres? ¿A qué se debe la financiación de la minoritaria comunidad musulmana al mismo nivel que la mayoritaria confesión católica? Yo a eso lo llamo intento de «despedazar».

Lo malo, doña Carme, es que ha topado usted con la Iglesia. Una institución con más de 2.000 años de antigüedad. Y la clave de su longevidad no es la sencillez de su estructura, ni el Gobierno jerarquizado, sino el soplo del Espíritu Santo. Ninguna institución humana aguanta 2.000 años. Y menos con algunos de sus protagonistas.

Pero el laicismo militante se irrita con la expresión pública de la fe. Desearía, como doña Ana Palacio, que el Cristianismo quedara en la sacristía. Pero la fe es naturalmente expansiva. Sale del armario de manera natural. «Se propone, no se impone». El Estado laico respeta, y fomenta el libre desarrollo de la personalidad, incluido -o sobre todo- el hecho religioso. Para el Estado laico, la religión es un bien a proteger y fomentar, sin que la Administración se convierta en tutora ni que la mera confesión otorgue privilegios sociales y políticos. Pero el laicismo militante es diferente. Le molesta la fe. Le escuece la trascendencia. Censura todo lo que huela a incienso. Sospecha de la religión. Cuarentena a los clérigos. Y eso no es Estado laico, amiga Chacón. Eso es persecución, «despedazar» a la Iglesia.

Porque, al fin y al cabo, Monseñor Cañizares no ha hecho otra cosa que recordar la doctrina católica. La misma que reiteró Juan Pablo II en Lourdes: La defensa de toda vida humana desde el momento de la concepción hasta la muerte natural. Doña Carme, ¿a qué está esperando la izquierda para dar la batalla del aborto? ¿Existe alguien más débil e indefenso que el no nacido que se encuentra en el seno de su madre?

A la vicepresidenta primera del Congreso también le ha molestado mucho el discurso de Monseñor Cañizares sobre el mal llamado «matrimonio» homosexual. El prelado no hace sino recurrir al diccionario de la Real Academia de la Lengua que define el matrimonio como «la unión de hombre y mujer concertada mediante determinados ritos y formalidades legales». Monseñor Cañizares señala la evidencia: Legalizar el «matrimonio» homosexual supone quebrar la misma naturaleza humana. Una naturaleza complementaria biológica y psíquicamente. Lo contrario es someter la realidad a la voluntad humana. Y el problema es que la voluntad humana no siempre puede moldear la naturaleza a su antojo. Y la naturaleza se cobra el desatino con IVA incluido. Los testimonios de los «gays» que han salido del agujero rosa así lo avalan. Los dictámenes psicológicos, también.

Pero, ¿a quién le importa la realidad cuando se está hablando de política? De esta forma, los prejuicios ideológicos de Chacón le hacen arremeter contra la Iglesia y contra la libertad de expresión. ¿Qué es el diálogo entonces? Doña Carme debe de pensar que diálogo es lo que harán los nuevos tertulianos de RNE...

Sólo faltaba que la Iglesia no pudiera opinar en materia de moral y costumbres. Pero es que, además, Chacón se ha excedido en su falta de respeto institucional. Un respeto exigible, dado que se trata de la confesión mayoritaria de los españoles. Pero también exigible por tratarse de una institución de añejo arraigo, previa al mismo Estado que formalmente la reconoce, como hemos recordando antes.

Por eso, el exabrupto de la Chacón sí que produce sonrojo. Vergüenza que un poder público desprecie, ningunee y trate de «despedazar» a la confesión religiosa mayoritaria entre los españoles. Por lo demás, los «aprioris» de doña Carme se solventarían viajando un poco. ¿Sabía usted que el pasado fin de semana 40.000 españoles cruzaron a Francia para escuchar al Papa en Lourdes? ¿Sabía usted que la fiesta más importante de agosto es una fiesta mariana? ¿Es conciente de que un tercio de la sociedad española acude semanalmente a su encuentro religioso? ¿Cuánta gente acude semanalmente a las distintas casas del pueblo? Favor de no molestar.

Por lo demás, Chacón insiste en la bondad de la Ley contra la Violencia de Género y defiende la discriminación positiva porque «a las mujeres se las persigue por ser mujeres». De nuevo, la ideología. Esta vez la lucha de clases se transforma en lucha de sexos: hombre explotador y mujer explotada. No obstante, la realidad nos dice que la violencia en el seno del hogar tiene múltiples direcciones. Tal y como hemos informado en estas pantallas, también mueren hombres a manos de sus mujeres. Y no pocos. Suponen cerca del 30%. Pero es que, además, también mueren mujeres a manos de sus hijos. Incluso, a manos de sus padres.

La tragedia de la violencia doméstica es mayoritaria en el eje hombre-mujer, pero no la única. El origen está en un entendimiento del hogar como espacio de lucha. El pulso sustituye al descanso y la comprensión. El roce de la convivencia se enquista y la falta de respeto deriva en violencia. No enfrentar la realidad es la mejor manera de no solventarla. Porque la ideología construye castillos de naipes mentales extraordinariamente endebles. Pero Chacón sigue con sus orejeras feministas. Ya saben: «Una mujer vale por cinco hombres». Vale. ¿Y luego? Luego, nada. Luego, el hastío. Porque, incluso ganando la «batalla», el anhelo de complementariedad sigue vigente. Por eso, los «progres» están profundamente amargados. Lástima


 
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