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Altar Mayor - Nº 95 (11)
Sábado, 02 octubre a las 20:40:27

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 95 – Septiembre-Octubre de 2004

VIVIR CON MARRUECOS
Por José Luis Gordillo Courcières  [1]

Al menos dos rasgos comienzan ser merecedores de estudio en nuestra opulenta sociedad occidental, porque podrían alcanzar a destruirla si no se pone remedio. Enunciémoslos para describirlos luego: son la seguridad y la amoralidad.

Una de las más naturales actitudes del individuo fue, durante milenios, la percepción espontánea de su inseguridad; lo que le enseñó a ser precavido, a estar presto a las defensas individual o colectiva. Sin tal sentimiento no habrían existido hombres audaces, aventureros, luchadores, héroes, patriotas... Pero el habitante medio occidental lleva al menos tres o cuatro generaciones inducido a vivir en una burbuja de seguridad, y hasta le autoriza -a cambio de muy escasas molestias- a ser un parásito. Bien cierto es que un vago absoluto podría hoy subsistir hasta la ancianidad con menos incomodidades que un trabajador: los Estados de la rica Europa se lo garantizan, con lo que están estimulando hábitos de holganza.

Pero hay más. La consecuencia inmediata de tal seguridad, desde la cuna a la tumba, es el encogimiento. El que está seguro cuenta con ser defendido, y nada le atrae hacia el noble cometido de ser defensor; se ha convertido en un sujeto eminentemente pasivo que, por otra parte, exige su derecho a recibir amparo.

El otro rasgo enunciado, la amoralidad, surge paralelo. Con el alto nivel económico parece comprensible que las pulsiones trascendentes pierdan interés ante bien atractivos escaparates. Surge así, con la adhesión hedonista, un decaimiento de los sentimientos religiosos (fuente básica de la moral), todo ello alentado por el desaforado ambiente de permisividad que envuelve al entero mundo de occidente, sobre todo desde el fin de la guerra mundial.

Cuando en un país abundan estos individuos tan asegurados como amorales, es decir, personas sujetas a la comodidad y, simultáneamente, faltos de intereses trascendentales, los gobernantes que deseen seguir siéndolo han de recurrir a fórmulas atractivas para la recluta de Cuerpos indispensables pero que suponen riesgo, por ejemplo, el Ejército. De ahí la necesidad de profesionalizar, de asalariar.

Las sociedades opulentas, por todo lo que hemos escrito hasta ahora, están decayendo en su energía. Cualquier peligro supone para ellas una estremecedora visión de insoportables incomodidades; de lo que se desprende que los países adscritos a tal tipo de sociedad desarrollada y rica tengan indefectiblemente habitantes cobardes. ¿Todos? No, porque el valor, la virilidad, siempre consigue alentar a los individuos saturados de ciertas otras convicciones, por ejemplo, la del patriotismo. Mas la mayoría, sin duda alguna, tiende a respuestas medrosas y encogidas.

Pero todavía hay más: el gobernante de un país como el descrito, con habitantes asegurados  y amorales no puede permitirse solicitar del pueblo ni siquiera modestos sacrificios cuando las circunstancias -internas o externas- lo soliciten, en especial si su jefatura fue electiva (casi tan sólo un sistema autoritario y permanente puede garantizar la abnegación y la renuncia del pueblo llano, en caso de necesidad).

De todo lo anterior se infiere que el gobernante de un país opulento se verá continuamente impelido a hacerlo cada vez más opulento, es decir, cada vez más asegurado ante una grave situación de peligro cualquiera, desde la mínima crisis económica hasta la invasión, pasando por los daños de las catástrofes naturales. ¡Mal panorama para las actuales naciones europeas si no crece en ellas diariamente el bienestar! ¿Quién se conformaría, en condiciones de paz, a trabajar más o a vivir peor (o a ambas desgracias a la vez)? ¿Quién, sumergido entre prosperidades crecientes, y enfrentado a las condiciones bélicas forzadas por otro país, escogería la viril pero peligrosa defensa, teniendo posiblemente que arrodillarse para poder así salvar al menos una parte de su comodidad?

De otra parte, es igualmente cierto que un sistema político basado en sustituciones periódicas de gobierno es más despilfarrador, en lo privado y en lo público, que el dotado de una dirección mantenida. Y otro tanto ocurre con la descentralización administrativa, que resulta tanto más onerosa cuanto menos vigilada por una jefatura (el Estado de las Autonomías, vigente hoy en España, no solamente resulta pernicioso por cuanto estimula separatismos -aspecto que aquí no se estudia- sino que puede calificarse de verdaderamente dilapidador).

Es bien sabido que la aparente opulencia de España carece de reservas, tiene más de oropel que de tesorería. Sólo el tercer renglón de creación de riqueza, el de los servicios, puede alcanzar aquí cierta categoría. De verdadera opulencia relativamente mantenible sólo pueden presumir aquellas naciones con suelo extenso y rico, y numerosa población aunque con pocos habitantes por metro cuadrado; así Estados Unidos o Australia, quizá Canadá, tal vez Rusia, o mucho menos China. Y también países solamente ricos, incluso menos grandes, como aquellos que cuenten con muy destacables yacimientos. Hasta una situación de primera categoría en Europa, como es la de Francia, no alcanza un grado de holgura que le permitiría sostenerse ni siquiera en tiempos de crisis poco importantes.

En España se ha alcanzado un nivel de bienestar sumamente inestable; una futura recesión económica, general o particular, puede quebrar el sistema en pocas semanas. Pero, mientras tanto, el pueblo llano está absolutamente desacostumbrado al sacrificio, porque se ha adaptado a la comodidad y al amparo gratuito (e inclúyase aquí hasta los más recientes llegados inmigrantes, dos millones y medio ya, entre documentados e indocumentados). Por cierto, esos dos millones y medio, que uno sepa, vinieron sin averiguación previa de antecedentes, sin seleccionarlos por sus aptitudes, y sin atender a las necesidades específicas de las empresas españolas; simplemente irrumpieron.

Las circunstancias invitan al desaliento. Existen países bastantes cercanos, de población muy abundante y recia, entre la que impera la carencia de los más imprescindibles bienes; y que en un momento dado de necesidad, o empujados por algún designio superior, no dudarían en buscar violentamente lo que aquí parece sobrar, en tanto que la molicie o el acollonamiento nos dificultaría la defensa. Terrible augurio que por otra parte no desdice una constante histórica bien conocida.

Es sospechable que a estas alturas del artículo, es decir, acabándolo ya, el lector haya comprendido la razón del título de ahí arriba.



[1] José Luis Gordillo Courcières es Licenciado en Ciencias Políticas y Psicología. Tiene publicados dieciséis libros sobre temática varia (Historia, Psicología, Ensayo, Castellogía y Narración), así como numerosos artículos.
 
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