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Altar Mayor - Nº 95 (10)
Saturday, 02 October a las 21:43:44

Altar mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 95 – Septiembre-Octubre de 2004

ESPÍAS TRAS LAS CANDILEJAS
Por Joaquín Albaicín  [1]

Nunca había escuchado hablar de la actriz checa Lida Baarova hasta adquirir en una librería de saldo el ejemplar de Semana en que se informaba de que la ex diva del cine alemán, tras el descubrimiento de su escondite en un manicomio próximo a Munich, había sido entregada a las autoridades comunistas de su país para ser juzgada como espía de la Gestapo… Y jamás volví a leer u oír mención de su nombre hasta hace unos días, cuando gracias al libro dedicado por Anthony Beevor a otra gran dama de la pantalla nazi, Olga Chejova[2], he sabido que la Baarova seguía viva en 1975, cuando viajó a Berlín para rodar a las órdenes de Rainer Werner Fassbinder Las amargas lágrimas de Petra von Kant. Tuvo Fassbinder más suerte que Visconti, quien cuatro años antes había luchado, con denuedo pero en vano, para persuadir a Greta Garbo de regresar al cine interpretando a la Duquesa de Guermantes de A la búsqueda del tiempo perdido.

Es curioso que, si la retentiva no me traiciona, la portada de aquel ejemplar de Semana con el artículo sobre Lida Baarova -aparecido en los quioscos en el otoño de 1945- fuera precisamente ocupada por Olga Chejova, y que quien por primera vez supiera por él de ambas se haya enterado también gracias a un solo libro de la peripecia subsecuente y el destino final de las dos. La revista, en efecto, se hacía eco de los rumores según los cuales Olga Chejova, la misma cuya imagen diera la vuelta al mundo retratada junto a Hitler en una recepción de Ribbentrop, no sólo viviría en la zona soviética de Berlín bajo la protección del KGB, sino que compartiría además lecho con el laureado mariscal Zhukov.

Aquella foto a la vera de Hitler reaparece hoy en la cubierta del magnífico libro de Beevor, al que los medios han prestado días atrás la merecida atención. Las fotos antiguas, como las revistas muy pasadas de fecha, tienen un encanto particular: el mismo, quizá, que esas cajas de latón decoradas con motivos cinegéticos que un día contuvieron bombones o galletas y terminan siendo costureros. Todo amor queda, a la postre, reducido a cromo y, todo busto paradigma de seducción, a postal amarillenta. Esta de la Chejova junto a Hitler -cuyo ramalazo ya advirtiera Dalí y era notorio en El triunfo de la voluntad, donde se ve también el plumero a otros jerifaltes nazis sin necesidad de que viniera ningún historiador reciente a descubrírnoslo- ha retenido esa pátina que deja siempre como firma la luz opaca y artificial característica de los paraísos políticos ajardinados a mayor gloria de la claustrofobia, donde la gente vive feliz a la espera de que el camarada del bloque vecino le denuncie por contrarrevolucionario o comunista para quedarse con su radio o meter impunemente mano a su hija. En realidad, salta a la vista que cuantos vestidos de gala y con ínfulas de grandeza asistieron al agasajo dicho no eran más que una panda de obreros. Simplemente, hasta el horror necesita un poco de confitura, que en el caso de los nazis se solía llamar Wagner. En Moscú hacían algo parecido, pidiendo a Nehru que enviara un ballet hindú al Kremlin. Pero en realidad eran lo que eran: gente que gastaba -y sigue gastando- millonadas para que un ser humano viva en el espacio en condiciones miserables.

El libro de Beevor, que incluye estampas tan sabrosas como la quema por Goebbels, en su última visita a su casa de campo, de la fotografía de su admirada Baarova o la lúgubre y surrealista celebración del cumpleaños de Hitler en los jardines del búnker con la vanguardia del Ejército Rojo ya a dos tiros de piedra, interesa no sólo por el retrato de la Chejova -dirigida por Murnau y Ophuls, entre otras celebridades- y la investigación que se hace sobre sus conexiones ocultas con la inteligencia de dos mundos cerrados. Es también la semblanza de lo que fue hasta la muerte de Stalin la peripecia del célebre Teatro del Arte fundado por Stanislawsky y cuya primera dama fue Olia Knipper-Chejova, tía de la protagonista y viuda del famoso dramaturgo, autor de El jardín de los cerezos. Por él desfilan Conrad Veidt, que huyera de la Alemania del Tercer Reich para terminar dando vida al oficial nazi de Casablanca, y un Misha Chejov que dio clases a Gregory Peck y Marilyn Monroe con el método de su maestro Stanislawsky como Biblia.

Y es un mosaico de agentes secretos, empezando por la pareja formada por el hermano de Olga, Liev Knipper (ex combatiente de Koltchak, escalador y compositor de nota), y Mariya Garikovna, espía por parte de padre (residente ilegal del NKVD en Alemania y Escandinavia), de madrastra (residente del NKVD en Washington) y de padrastro (organizador del asesinato de Trotsky). ¡Ah, la telaraña de los espías! Cada uno, en rigor, caza en la suya. En la de Alcázar de Velasco, por ejemplo, corrían siempre los langostinos e incluía juergas flamencas con Canaris en colmaos a las afueras de Algeciras, respiros sin duda muy de agradecer por el almirante ejecutado a indicación de Hitler. No menos suntuoso era el ambiente del que emergería Ramón Mercader, verdugo de Trotsky, que preparaba lubinas en los fogones del Ritz de Barcelona y las cenizas de cuya madre, Caridad, empleada de la embajada castrista en París en los años 60, seguramente reposan cerca de las de Antonio Gades, fiel hasta el fin a un «querido Comandante en Jefe» al que dudosamente la Historia absolverá. También las memorias de Julián Gorkin -quizá mis favoritas, junto a las de Buñuel, las de Clarito y las de Belmonte plasmadas por Chaves Nogales- ofrecen una amplia gama de perfiles conspiratorios, del Komintern sobre todo. Y conviene leer las de Manabendra Nath Roy para enterarse de que tanto el PC mexicano como el español fueron prácticamente fundados por un brahmán bengalí, en tándem con el Borodin inmortalizado por las novelas de Malraux...

Uno de los más morbosos encantos del mundo de los espías reside no tanto en la ropa interior gastada por éstos como en su absoluta falta de moralidad, patente en la soltura con que -cuando el gaznate está en juego- los elementos más fanáticos de cualquier extremismo se reciclan sin pudor como perros de presa de sus enemigos de toda la vida: valgan a modo de ilustración los sádicos de la SS contratados como oficiales de seguridad por la RDA y otros países comunistas, o integrados en su nómina funcionarial por los servicios americanos. No menos dignas de mención son las embarazosas situaciones a que, a veces, el espionaje da pie. Que se lo pregunten, mismamente, al «príncipe» Sergei Obolensky, antiguo oficial zarista emigrado a Nueva York que, tras el lógico bache social -diestramente capeado empleándose en un hotel-, escaló hasta casarse con una Astor y convertirse en vicepresidente de Hilton International. Anticomunista furibundo, no le suscitó reparo alguno ingresar en la OSS (agencia precursora de la CIA), donde, en los días previos al desembarco de Normandía, sus mandos le ordenaron trabajar con la Resistencia. Durante la liberación de la ciudad de Chateauroux, tras pronunciar un discurso desde el balcón del ayuntamiento, Obolensky hubo de saludar militarmente a los maquis que desfilaron ante él puño en alto, y recibir de ellos un ramo de rosas... Gajes del oficio.

Está sin duda por escribir, y a ver quién es el Beevor que se decide, el libro de quien acaso fue -de creer a tantos- la gran espía al servicio del estado franquista: Niní Montiam. Si sobre las cornucopias de los camerinos se han escrito con pintalabios muchos mensajes en clave, no poco podría haber dicho de esto quien en plena guerra civil estrenara en Sevilla La Danza de los Velos de Pemán. ¿La Chejova de Franco? En un recorte de prensa de 1946 -uno de tantísimos-, se resalta ya su «carácter misterioso e intrigante». Algunos la han calificado como «la mejor diplomática del anterior régimen»[3]. Varios hombres pasaron por su vida, como por la de la Chejova, a raíz de un primer matrimonio fallido a los quince años y, si ésta perdió a su amante, oficial de la Luftwaffe, en la batalla de Inglaterra, también uno de los amores prematuramente fallecidos de Niní tenía, por su puesto en la General Motors, que ver con las hélices. Amiga de Evita, pieza clave en el envío a España de trigo argentino y -al parecer- causante de la destitución como embajador de Areilza, habría muerto fusilada (como Mata Hari y su propia hermana, Arminda, asesinada al tratar de impedir la salida hacia Moscú del oro del Banco de España) de no impedirlo el chekista enamorado de ella. Algunas de las misiones que se le atribuyen -como la de entrevistarse por encargo de Franco con Scarface para pedirle cuentas por usar un pasaporte español falso- se inscriben -dada la fecha de fallecimiento del gangster- en la línea de las charlas de Imperio Argentina con Hitler y las hazañas de Rafael El Gallo en las junglas americanas. Menos improbable es que, como sostuviera, preparara la fuga a España de su amiga Claretta Petacci y su hermana. A esta última, de hecho, la acogió en su casa madrileña. Dicen también que fue ella quien logró traer a España a Armstrong, Collins y Aldrin para que Antonio Bienvenida les diera un apretón de manos y regalara una montera.

En Interviú escribió en los 80 las columnas Alta Sociedad y Los protagonistas de Niní Montiam. Mas no se encontrará en ellas la menor alusión a ese mundo secreto, vox populi -con fundamento o sin él- en los cenáculos madrileños. El chinchín de las copas de champaña, una montaña de fotos dormidas en un baúl y su célebre «fichero», un bargueño donde clasificaba en dos columnas de cajoncitos a adversarios y amigos, son la silente y -a buen seguro- nada explícita herencia de una vida dedicada a las relaciones públicas... tanto a la luz de los focos como en la penumbra de los bastidores.

 


[1] Joaquín Albaicín es escritor, conferenciante y cronista de la vida artística, autor de la novela La serpiente terrenal (Anagrama, 1993), En pos del Sol: los gitanos en la historia, el mito y la leyenda (Obelisco, 1997) y El príncipe que ha de venir (Muchnik Editores, 1999), entre otras obras.

[2] BEEVOR, Anthony: El misterio de Olga Chejova (Crítica, Barcelona 2004).

[3] Murió la Mata Hari de Franco, en Interviú nº 514 (marzo de 1986).

 
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