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El Risco de la Nava
El Risco de la Nava - Nº 240
Jueves, 21 octubre a las 15:17:51

El Risco de la Nava

GACETA SEMANAL DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 240 – 19 de octubre de 2004

SUMARIO

  1. Al margen de un desfile, por Aquilino Duque
  2. Auto de fe en Europa, de Lanoticiadigital.com
  3. La paja y la viga, por Miguel Ángel Loma
  4. Apuntaciones sobre la Pepa y la Nicolasa, por Antonio Castro Villacañas
  5. Las otras guerras de Bono, por Antonio Cabrera
  6. Comentarios, por Españoleto


AL MARGEN DE UN DESFILE
Por Aquilino Duque

A la pregunta «¿Para qué sirven las Fuerzas Armadas?» el único que contestó en su día fue Javier Arzallus cuando dijo que «España no tiene fuerzas armadas para mantener su unidad». Yo no sé si eso es verdad o un piadoso deseo, pero el caso es que entre los cometidos de tales fuerzas no hay un solo comentarista que se atreva a mencionar los que les señala la vigente Constitución del 78. A lo más que alguno llega es a decir que su misión es defender la democracia, es decir, una abstracción que lo mismo significa una cosa que la contraria, pues tan demócratas son los dos «grandes partidos nacionales» como los partidillos regionales o comarcales. Todo demócrata que se respete es antimilitarista, y es justo y lógico que lo sea, aunque sólo sea porque todo ejército tiene una estructura jerárquica. Tal vez sea pasarse de maquiavélico suponer que el mal llamado golpe de Tejero no fue más que una trampa que se tendió a las Fuerzas Armadas para acabar con ellas como «poder fáctico». Con el Ejército como «poder fáctico» serían inconcebibles las frivolidades y las insolencias que se permiten, no ya algunos de nuestros vecinos, sino ciertos compatriotas mal que les pese a los que les viene ancha la propia Constitución.
 

AUTO DE FE EN EUROPA
Lanoticiadigital.com

La vieja Europa ha estado muy cerca de asistir a un Auto de Fe política escenificado por instituciones e ideas muy diferentes de aquellas que hicieron célebre al Santo Oficio a manos de la propaganda protestante.

Los sumos sacerdotes intérpretes del laicismo totalitario han intentado colgar el sambenito de llamas y diablos, distintivo de los condenados a muerte, al comisario en ciernes, Rocco Buttiglione. La militancia católica en el gran salón de la política europea se paga con un alto precio.

Para este auto, el «Santo» Oficio Laico eligió la cobertura institucional del Parlamento Europeo. Portaba el estandarte inquisitorial «fray» Josep Borrell quien blandía el blasón de Santo Domingo contra la tibieza de los eurodiputados que no acababan de suscribir el veto a este político italiano impenitente que, no contento con afirmar que -desde su convicción religiosa- la homosexualidad era un pecado, volvía a la carga afirmando que entre su religión y la política, la primera estaba por encima de la segunda.

Con la progresía totalitaria expectante de la ejecución adivinada y la derecha deseosa de no tener que retratarse, el presidente inminente del Ejecutivo europeo -Durao Barroso- se despachó a gusto invocando la libertad que debe presidir las instituciones europeas para amparar a quienes, como su ministro-comisario Buttiglione, se declaran católicos.

De momento, el relator de la sentencia parlamentaria que condenada al italiano a la degradación, la muerte (política) en garrote y a dar su cuerpo a la hoguera parlamentaria, tendrá que esperar a darle lectura.

Hubieron tiempos en esta misma Europa de confusión terrible entre las instituciones civiles y religiosas. Pocos entonces defendieron la separación desde el respeto, entre ellos, el político español José Antonio Primo de Rivera. Muchos otros buscaron la protección del palio para amparar su carrera política o el combustible para incendiar iglesias.

El laicismo en su versión totalitaria busca con no poco éxito, eliminar la dimensión espiritual del ser humano. El veto a Buttiglione sólo es un ejemplo más de la tolerancia cero de los tolerantes profesionales cuando ha de ejercerse con los ajenos; eso sí, es un pulso que se ha mantenido en una institución supranacional importantísima y delante de millones de ciudadanos a los que se pretende aleccionar.

Tomen nota los tibios porque serán los siguientes.
 

LA PAJA Y LA VIGA
Por
Miguel Ángel Loma

En una reciente Tercera de ABC titulada «La cárcel invisible», denunciaba muy acertadamente el historiador Fernando García de Cortázar la contemporánea tiranía de los modernos gurús, siempre dispuestos a «excomulgar» a quienes se desvíen del férreo corsé intelectual que hoy nos atenaza a través de esa invisible policía del pensamiento que, desde el poder y los medios de comunicación, señalan como objetivo a batir a todo aquel que se salga del rebaño políticamente correcto. Para mostrarnos el alcance de las descalificaciones a las que puede ser sometido un «heterodoxo» actual, García de Cortázar utilizaba reiteradamente a lo largo de su artículo unas referencias peyorativas al falangismo y a José Antonio Primo de Rivera, un tipo de referencias muy habituales en los escritos de este historiador sacerdote a quien parece dolerle sobremanera que los falangistas de la primera hora, muchos casi unos niños (hoy serían menores de edad), saltaran a la primera línea de fuego para sacrificar sus vidas en defensa de España y de la civilización cristiana. Este hecho histórico, difícilmente refutable pero que interesadamente «conviene» olvidar, mueve a García de Cortázar a demonizar sistemáticamente a los azules, pero con ello no hace otra cosa que repetir la misma conducta que él denunciaba respecto a otros. Es obvio que la viga en nuestro ojo nunca nos impide ver la paja (a veces otra viga de similar tamaño que la nuestra) en el ojo del prójimo. Las descalificaciones por parte de influyentes sectores de la intelectualidad eclesiástica española hacia todo lo relacionado con las fuerzas que enarbolaron las banderas del 18 de julio del 36, pretendiendo modificar el pasado y hacernos creer que en la España de Franco la jerarquía eclesiástica estaba poco menos que amordazada, es algo tan injusto como impropio de quien debiera actuar obligado por el respeto a la verdad. Pero por mucho que intenten convencernos, el resultado de la apuesta de buena parte de una clerecía filoprogre por aquellos prometedores «chicos del cambio», con Felipe González a la cabeza (becado en sus estudios de Lovaina por la Iglesia sevillana) a la vista lo tenemos: una sociedad en progresivo proceso de descristianización y que aceleradamente se descompone en sus fundamentos y convicciones más firmes. Ahora, que todo son alertas, quejas y lamentos, incluso por parte de muchos de aquellos clérigos «conciliadores», habría que recordarles que los actuales lodos, que tanto les alarman, fueron engendrados por aquellos polvos de fraternal colaboración con los «compañeros» de viaje socialistas, comunistas y nacionalistas. Conviene olvidarse de aquellos chicos del 36 un tanto levantiscos e indómitos que, aun siendo católicos, nunca se plegaron a que la política nacional les viniera determinada desde el interior de las sacristías. Lo que hoy toca es estar con las nuevas generaciones del humanismo occidental y pasar página definitivamente sobre aquellos «demonios» malolientes de pólvora y trinchera que sin saber apenas de política, se limitaron a dar su sangre por Dios y por España. Olvidémosles..., y si se tercia, no ahorremos un esputo sobre su memoria. Hay que estar con la modernidad y el progreso. Hay que estar con quienes multiplican durante su gobierno el número de abortos, pero no discuten la financiación a la Iglesia ni los dineros para restaurar unos templos cada vez más vacíos.
 

APUNTACIONES SOBRE LA PEPA Y LA NICOLASA
Por Antonio Castro Villacañas

Como la Constitución de Cádiz -primera de cuantas integran nuestras sagradas escrituras políticas- recibió el sobrenombre o apelativo de «la Pepa» por haberse aprobado el 19 de marzo de 1812, día de San José, yo vengo propagando entre mis amigos que la ahora vigente bien merece ser llamada «la Incolaza», pues fue sancionada por el rey Juan Carlos el 27 de diciembre de 1978, festividad del santo Obispo de Neri, ante las Cortes reunidas al efecto. La sagaz prudencia de nuestro monarca y de sus entonces habituales consejeros evitó que la Nicolasa se publicara, como correspondía, en el Boletín Oficial del Estado del siguiente día, 28 de diciembre, evitando así que por los siglos de los siglos fuera conocida como «la Inocentada» por antonomasia, a pesar de serlo -sin duda de ninguna clase- como sabemos muy bien cuantos la venimos padeciendo desde entonces. Bastantes españoles, no obstante, herederos directos por el espíritu ya que no por la carne de cuantos se desgañitaron gritando «¡viva la Pepa!» a principios del siglo XIX, se despepitan ahora por vitorear a la Nicolasa, no mediante manifestaciones o algaradas callejeras sino a través de artículos periodísticos o tertulias radiofónicas.

Dicen que merced a la Constitución de 1978 los españoles gozamos del régimen político más abierto, más liberal y más justo que hemos tenido en toda nuestra historia, pues gracias a él cualquiera de nosotros goza de toda clase de garantías para defender a solas o en unión de otros todo tipo de proyectos políticos, incluidos aquellos que buscan la división de España en varios Estados independientes... Para «los nicolasos», el problema de los nacionalismos separatistas no existe o carece de importancia mientras se mantenga dentro de los procedimientos legales y democráticos establecidos por la Nicolasa. Lo mismo sucede con otra clase de fenómenos sociopolíticos que, curiosamente, han ido creciendo en extensión e intensidad desde que España vive al amparo del clima de libertad que la Nicolasa estableció y representa: por ejemplo, el número de abortos, divorcios, asesinatos más o menos pasionales, delincuentes contra la propiedad o la convivencia, drogadictos, gilipintas, cantores encastrados en el alcohol y la mugre, deficientes estudiantes y ciudadanos mal educados... Hay muchos más en la lista negra que adorna la cintura de Nicolasita, pero tiempo tendremos para irlos recordando antes de que España desaparezca.
 

LAS OTRAS GUERRAS DE BONO
Por Antonio Cabrera

Es muy cierto que para ser ministro no es necesario ser profesional de la cosa. El ministro de Industria no necesita haber trabajado en la mina. Ni el de Agricultura y Pesca precisa, ineludiblemente, conocer los secretos de las artes de la pesca con palangre, o saber podar olivos. Pero si a los ministros, además de adornarles las innumerables virtudes del oficio de político -honradez, inteligencia, sentido común, previsión o prudencia-, les acompaña algún conocimiento de la cosa específica de su cartera ministerial, pues tanto mejor.

Por el contrario, hay casos en los que resulta muy recomendable la cercanía profesional de los ministros a sus carteras ministeriales. No parecería muy adecuado que el bagaje profesional del ministro de Justicia fuera el de la cirugía maxilofacial, o que el de Sanidad tuviera la dignísima especialidad de abogado laboralista, como Felipe González, pongamos por caso. Lo razonable, y afortunadamente hay numerosos ejemplos, es que el ministro de Justicia, si no es jurista, que al menos sea titulado en Derecho y que el de Sanidad, sea médico.

Por ejemplo el ministro del Interior, Alonso, antes de ser nombrado ministro, era juez en ejercicio. Y a todo el mundo le ha parecido de perlas. Sin embargo en el caso del ministerio de Defensa el criterio parece ser justamente el contrario. Cualquiera antes que un militar. Otro complejo de la progresía oficial frente a las FF.AA., residuo intolerable de la desconfianza, y del absoluto desconocimiento, de los políticos hacia nuestros Ejércitos. Y así pasa lo que pasa. Bono ministro de Defensa.

El nombramiento de Bono, peso pesado del PSOE y único del Gobierno socialista fue una sorpresa. Quizás un regalo envenenado del presidente Rodríguez para cortocircuitar su futuro político como Secretario General y sus aspiraciones a la presidencia del Gobierno. En todo caso, su estilo populista (el discurso demagógico florido que tan excelentes resultados le dieron en Castilla-La Mancha) hace chirriar los engranajes de Defensa, acostumbrados al lubricante del rigor y de las formas, sobrias y circunspectas, tan lejanas al parloteo inmisericorde del político castellano-manchego, que olvida que Madrid no es Toledo, ni el ministerio de Defensa el palacete de Fuensalida.

Con estas premisas, y la férrea carga política que Bono ha arrojado sobre el ministerio de Defensa, no es de extrañar que sea el ministro más polémico del Gobierno que en solo seis meses no ha dejado un jardín sin pisar, ni un títere con cabeza. Empezó Bono su actuación ministerial con la retirada de nuestras tropas de Iraq, ordenada por ZP como respuesta del Gobierno socialista a los salvajes atentados terroristas del 11-M. La humillante huida de nuestros Ejércitos, consecuencia de la claudicación política frente al terrorismo islámico-marroquí supuso, además, la traición a nuestros aliados y el abandono de nuestros compromisos internacionales. Continuó Bono su gestión ministerial con el sarao de su toma de posesión, con bandera banda y música, y más de 200 invitados entre destacados dirigentes socialistas y personalidades como Antoñito Gala, Conchita Velasco o Raphael, todos ellos muy conocidos por su afinidad y acendrado amor a la milicia.

Luego quiso celebrar el éxito de nuestra valiente huida de Iraq, y se concedió la gran cruz al Mérito Militar, máxima condecoración de las FF.AA. en tiempo de paz. Tras su publicación en el BOE, y a petición de su hijo -que estaba «triste…, más que triste»-, la quiso devolver, ignorando que el Reglamento de Condecoraciones Militares lo impide. Penoso comportamiento de un ministro de Defensa en ambos casos. Más adelante nos enteramos por la prensa de su afición a utilizar un helicóptero del Ejército para trasladarse desde su casa en Toledo, al despacho en el paseo de la Castellana para evitar atascos. Lo mismo que hizo Alfonso Guerra con el Mystère del Ejército del Aire para ir desde la portuguesa villa de Faro a Sevilla, a ver los toros.

Los problemas de fondo que atenazan a las Fuerzas Armadas no se abordan. El estrepitoso fracaso de la política de profesionalización de los Ejércitos ha tocado fondo, tras décadas de desprestigio y abandono de lo militar, sin distinción de Gobiernos. Cuando Bono pretende modificar la Ley 17/99 de la Función Militar para dar cabida a extranjeros en las FF.AA., y paliar la alarmante falta de efectivos para cubrir las plantillas, olvida, discrimina, ofende e incumple los compromisos electorales de Rodríguez Zapatero con más de 2.000 profesionales de las FF.AA. (Oficiales de Complemento y Tropa y Marinería profesional) actualmente en la cola del INEM, apartados del Ejército -con una mano delante y otra detrás- por el increíble delito de haber cumplido 12 años de servicio -o haber cumplido la edad de 35 años- en aplicación retroactiva de una ley injusta promulgada en la primera legislatura del PP. Pese a las promesas socialistas de paralizar los despidos y reintegrar a los injustamente despedidos, nada ha cambiado. Para eso no se modifica la Ley 17/99. Se estima en 22.000 los soldados españoles que serán despedidos por el ministerio de Defensa en los próximos cuatro años.

Por el contrario, es en la «política» partidista donde ha centrado Bono su desvergonzada actuación ministerial. Su ataque permanente a Aznar, como indecente corolario de un silogismo perverso que adjudica al ex presidente la responsabilidad de la matanza terrorista del 11-M por ordenar la presencia de nuestras tropas en Iraq. O la abyecta instrumentalización política del desgraciado accidente del Yakolev 42 en Turquía, cargando sobre la cúpula militar las responsabilidades de unos hechos que, en última instancia, corresponden en exclusiva al poder político. Y de paso lanzar cortinas de humo sobre la comisión del 11-M, aprovechando la coyuntura para poner firmes a los militares -extendida afición entre ciertos políticos- y sustituir de forma precipitada e ignominiosa la cúpula militar -que disciplinadamente había afrontado la presencia militar en Iraq- reemplazándola por otra tríada de talante más pacífico y zapateril, con el JEMAD, Félix Sanz Roldán, a la cabeza.

Con ocasión de la Fiesta Nacional y el desfile de las FF.AA. Bono ha vuelto a las andadas. Ha politizado unos actos que deberían haber suscitado el mayor consenso, creando estériles polémicas. Ha impedido el desfile de las tropas norteamericanas que desde el año 2001 intervenían como homenaje del pueblo español al norteamericano, tras los trágicos atentados del 11-S. Las mismas que siguen en Rota y Morón y que comparten fatigas con las nuestras en Afganistán. Una ofensa gratuita para mostrar nuestra «independencia» del proclamado amigo y aliado americano que lastrará, aún más, las relaciones con los EE.UU. En absurda compensación, han participado en el desfile ex combatientes de la División Azul, que apoyó a la Alemania nazi durante la Segunda Guerra Mundial, y de la División Lecrerc, que heroicamente liberó París después, eso sí, de la victoria de los norteamericanos. Como guinda de despropósitos, Bono ha buceado en el texto de la secular oración del acto de Homenaje a los Caídos, y aunque según parece tampoco es obra de Aznar, lo ha modificado con el argumento de que el nuevo texto contribuye más «a la paz y la concordia de todos los españoles que las estrofas iniciales, que no juzgo». Son las otras guerras de Bono.
 

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Por Españoleto

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