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Altar Mayor - Nº 96 (16)
Sábado, 06 noviembre a las 22:34:02

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 96 – Noviembre-Dciembre de 2004

Año Santo Compostelano
A UNOS 600.000 PASOS (6)
Por Juan José Alonso Escalona [1]

Lunes 18 de agosto: Portomarín-(Sexon)-Palas de Rey

La ventana de mi habitación daba al embalse, justo por encima de la gasolinera. Ver amanecer sobre una panorámica, como la que estaba contemplando, era un privilegio. Pero no debía entretenerme demasiado, ya que la etapa de este día era fuerte y el calor iba a ser muy recio.

Una vez todo en orden, me dirigí a la Taberna para liquidar mi cuenta. Eran las 6,45 h y, aún, estaba cerrada. Hacía bastante fresco y no era bueno sentarse, así que decidí llamar a la puerta. Inmediatamente se asomó José a la ventana y bajó a abrirme.

Le pedí disculpas por haberle hecho madrugar tanto y me dijo que todo lo contrario, que le perdonara, pero es que ayer se acostó muy tarde y se le olvidó poner el despertador. Dijo que entrara y que me prepararía el desayuno.

A las 7,30 atravesaba el puente para empezar por donde había acabado. Al llegar al final del mismo tuve la duda de si ir por la derecha o continuar por la carretera a la izquierda. Esto último me pareció más lógico, ya que a la derecha no había un rastro definido de camino ni de carretera.

A eso de las 8 empecé a preocuparme debido a que no existía ninguna señalización ni indicación que me orientara sobre dónde me encontraba ni hacia dónde debía dirigir mis pasos. Mi marcha en solitario, sin más compañía que los ladridos lejanos de algún perro, sin encontrar casa, aldea o pueblo donde informarme, me iba confirmando en la idea de que, nuevamente, me había equivocado. De todas formas, ya había hecho un buen tramo de camino, unos tres kilómetros y aún tenía la esperanza de que apareciera alguien o algún poblado a no mucho tardar.

La carretera subía en pendiente muy pronunciada; era más bien una pista asfaltada. Iba metida entre bosque muy denso; a mi izquierda, a través de algún claro, veía al fondo el embalse. Tenía la sensación de estar dando la vuelta al mismo.

Entre la maleza notaba agitarse la vida. El camino subía y bajaba en interminables curvas, que impedían la visión de lejanía para poder orientarme.

Al cabo de una hora y media, la zona boscosa de mi izquierda se aclaró y pude comprobar que seguía por la ladera del monte que bordeaba el embalse. Con esta información visual pensé que estaba dando la vuelta al embalse y retornando a Portomarín, pero por la otra orilla. Adopté una actitud estoica y decidí continuar hasta tener mayor certeza de mi situación. Aún estaba en este razonamiento, cuando vi, al final del embalse, algo parecido a una aldea o pueblo. Puedo asegurar que la alegría dio alas a mis pies y, en menos de diez minutos, me encontré ante la primera de las casas de Sexon, así me pareció que llamaban al poblado.

Me acerqué a una señora, que estaba tendiendo ropa en una terraza. Se llevó las manos a la cabeza, cuando le pregunté por dónde podía ir a Santiago. Me dijo: «por aquí, desde luego, que no. Debe volver sobre sus pasos y, aproximadamente, a unos 3 km coger una pista a la izquierda, que le llevará hasta una bóvila y, por detrás de ésta, saldrá a la carretera C-535».

Reacio en desandar todo lo andado, todavía insistí en preguntar si no habría otra opción menos dura. Al decirme que no, di las gracias y volví por donde había venido.

Pedí la ayuda a mi Santo Ángel y lo acepté, viendo en ello un castigo a mi orgullo y presunción. Debía haber preguntado, ante la duda, en lugar de haber confiado en mi lógica.

Al llegar al cruce, que me había indicado la señora, justo en ese momento llegó ella en coche y me confirmó que esa pista era la que debía tomar y que, hasta hacía poco, por ella pasaba la auténtica ruta jacobea. Repetí mi agradecimiento y, con optimismo, emprendí la subida.

Tal y como me había indicado, encontré la bóvila y la carretera en un punto muy próximo al de arranque de esta etapa. Es decir, me encontraba casi en el mismo punto de partida después de tres horas de marcha dura y difícil.

A pesar de ello me sentí con bastante ánimo y energía, previendo un final bonito y feliz.

Antes de llegar a Gonzar hay una fuente en un ambiente fresco, rodeada de árboles. Descansé unos minutos y reanudé la marcha.

La siguiente población, Castromayor, la encontré como deshabitada; algunas gallinas y en un pequeño corral una niña tendiendo ropa; la saludé y se metió corriendo a la casa. Recuerda un poco a las pallozas del Cebrero, pero más sucio y descuidado. En este entorno no esperaba ver una iglesia románica, pequeña pero bellísima. La salida de Castromayor se hace remontando una fuerte pendiente. Desde el alto se puede contemplar quizás la más extensa panorámica que tiene Portomarín.

A dos kilómetros se anuncia un Refugio, entre Hospital de la Cruz y Ventas de Narón. A él me acerqué; se ha construido en la antigua escuela y está al borde de la carretera Lugo-Orense. El mojón 77 sitúa al peregrino en la salida del pueblo Ventas de Narón.

Ahora me encontraba a lomos de la sierra Ligonde; a mi derecha se veía una gran antena de comunicaciones en todo lo alto.

Empecé a descender suavemente y en el mojón 75, pasé por el grupo de casas que forma Prebisa.

Abunda la vegetación y el arbolado propio de esta sierra. En un cuarto de hora me planté en Ligonde, capital del municipio.

Causa muy buena impresión por los vestigios del pasado y la importante extensión urbana. En mi paseo peregrino pude recrearme con la visión de una casa señorial con escudos nobiliarios de los Ulloa, los Traba, los Montenegro y los Varela; con el cruceiro y el templo de Santiago de Ligonde. Este templo dependía de la Orden de Santiago. De la primitiva edificación sólo queda el arco toral y una piedra labrada, situada en la parte baja, cerca de la puerta lateral. Estos restos son románicos del XII o posiblemente anterior.

Al salir, hay un parque natural que invita al descanso; no obstante, yo continué bajando a un vallecillo por el que transcurre el arroyo Ligonde.

En esta etapa las poblaciones se encuentran a muy corta distancia las unas de las otras. Así, nada más cruzar el Ligonde, me encontré en Eirexe y en poco más de media hora en Lestedo.

El recorrido desde Eirexe a Lestedo se hace muy cómodamente y el paisaje es muy abierto. El único inconveniente era el calor que, a esas horas y llevando más de cinco horas de camino, se hacía sentir sobre mis espaldas. Me encontraba totalmente empapado en sudor. Así que, entre ambas poblaciones, y antes de llegar a Portos, me paré en una especie de Fonda habilitada en lo que debió ser un establo.

Dentro, sobre unos troncos, había un tablero que hacía de mesa, y unos tablones al rededor que hacían el oficio de bancos. Un humilde cartel decía «Menú de peregrino». Entré y una señora me atendió con sencillez y agrado; un perro se acercó y se tumbó bajo el banco. Una encantadora niña, de unos seis añitos, me saludó y preguntó si iba a comer. Le dije que sí y su madre, desde la cocina, la llamó para que no molestara. Le dije que no sólo no me importaba el tenerla conmigo, sino que me hacía ilusión poder hablar con ella.

Toda la comida estuvo preguntando: -¿Desde donde vienes? ¿Eres peregrino? ¿Vas andando? ¿Cuántos días llevas de camino? ¿Vas solo? ¿No tienes miedo? ¿ Me dejas ver ese libro? -era la Guía, que dejé encima de la mesa- ¿Has estado aquí, en este bosque y no te ha dado miedo? -señalando una de las fotografías. Bueno, era encantadora.

Una de las veces, en que le dije: -Sandra, dame el salero. Se quedó atónita, mirándome fijamente. -Cómo es que sabes mi nombre? Tú lo sabes todo. Solté una carcajada y ella, todavía mirándome como si fuera un profeta, empezó a sonreír, para terminar riendo abiertamente. 

Su madre salió a regañarla. Le dije que hacía mucho tiempo que no lo había pasado tan bien como en este rato de conversación con su hija.

Cuando ya vio que me ponía la mochila para irme, volvió a preguntarme cómo era que sabía su nombre. Yo, acariciándola, la dije que se lo había oído a su madre; se quedó un poco pensativa y, al final, me dijo que la diera un beso. Pregunté a su madre si le parecía bien y se lo di. Me acompañó hasta la carretera y se quedó diciéndome adiós con la mano hasta que dejé de verla.

Reconfortado con esta paradiña, llegué a Valos. Desde aquí la ruta cambia de dirección y por Lamelas, otra agrupación de casas, coroné, en paralelo con la carretera N-547, el alto del Rosario. En poco más de cinco minutos tomé contacto con las primeras casas, tipo urbanización residencial, y pasado el Polideportivo y el Campo de Fútbol en el que hay un albergue juvenil, entré en Palas de Rey. Esta etapa es de unos 23 kilómetros, pero, a causa de mi error, había caminado nueve kilómetros más.

Bajé hasta el Albergue, situado en el centro, en la Plaza frente al Ayuntamiento. Dentro estaba la Hospitalera; en la puerta había un grupo como de unos quince peregrinos esperando turno.

Entré para decirla que yo buscaría cama en alguna pensión para dejar sitio a otros que pudieran necesitarlo más que yo; sólo quería que me sellara la credencial.

La hospitalera me pidió que me sentara en el banco corrido del vestíbulo y que no se me ocurriera marcharme. Yo más que nadie tenía derecho por mi edad a la acogida. No me dio lugar a réplicas.

Al poco vino un joven que me dijo que le siguiera. Me abrió una sala de cuatro literas, aún no asignadas, y me dijo que ocupara la que más me gustara. Me enseñó el baño y me pidió que lo dejara limpio y seco después de ducharme. Le dije que esa era mi costumbre.

Limpito y aseado bajé a ayudarla. Me dijo que ya estaban ocupadas y asignadas todas las camas. Ahora vería cómo acomodar al resto de peregrinos, que seguro llegarían y a los que habían avisado de su próxima llegada.

Entraron cuatro ciclistas pidiendo cama; les comentó la imposibilidad porque todo estaba completo, pero ellos exigían que se les diera espacio porque tenían tanto derecho o más que los de a pie. -En eso -dijo la hospitalera- no estoy de acuerdo, porque para vosotros es más fácil hacer 10 kilómetros que al que llega con los pies destrozados y que le supondría hacer dos horas más de camino.

Había allí una señora que salió en favor de los ciclistas diciendo que para ella el esfuerzo que tienen que hacer los ciclistas era muy superior al que hacen los peregrinos de a pie, y que, por esa misma razón, creía que tenían preferencia sobre estos.

Los ciclistas, al verse apoyados por la señora, se crecieron y del diálogo pasaron a los insultos, palabrotas y blasfemias. Yo me levanté para poner paz.

Al verme mayor y que con voz serena les pedía, en primer lugar educación ya que nadie les estaba tratando mal, y en segundo lugar respeto hacia todos los que allí estábamos, principalmente hacia la responsable del Albergue, quien, desinteresadamente, atendía no sólo a los que hoy habíamos llegado, sino a cientos de peregrinos que se albergaban al cabo del año, guardaron silencio. Es más –continué-, si alguien debía conocer la normativa por la que se rigen los Albergues del Camino era ella, que había recibido un cursillo de formación antes de ser nombrada Hospitalera.

La señora quiso reemprender la discusión, pero la actitud de los ciclistas había cambiado y tan sólo deseaban que les dieran información: «si se esperaban, qué posibilidades había de hacerles un hueco».

La hospitalera les dijo que muy pocas, pero que, de acuerdo con los que iban a dormir en el suelo, se buscaría un espacio. Al final decidieron marchar a Casanova o Laboreiro (4-6 km).

Me sellaron la Credencial y subí a la Parroquia de San Tirso. Allí me encontré con mi peregrino de Sarria, a quien unas «piadosas mujeres» le habían hecho una cura milagrosa. Nos saludamos con gran afecto y él, muy feliz, me dijo que ya estaba seguro de poder llegar a Santiago.

Como la iglesia estaba abierta, entré a preguntar si habría Misa. Tuve el gozo de que, también este día podía seguir contando con la fortaleza de la Eucaristía.

A continuación fui a una tienda para ver si me podían arreglar el Cassio que compré en Mansilla. El sudor del brazo se había introducido y se paró. En un Bazar cercano me lo arregló un señor muy amable, que no me quiso cobrar nada; como tenían calcetines, le compré un par.

Di una vuelta por el pueblo, para descubrir los vestigios de su antigüedad. Tan sólo vi unas casas con escudos que tenían aspecto de mansión palacio y poco más. Al mirar el reloj, me di cuenta de que se había vuelto a parar. El relojero me dijo que tenía humedad y que era muy difícil secarle totalmente.

Le pregunté si tenían alguno parecido, y me dijo que los tenían idénticos y de varias marcas. Le pedí uno igual al mío y, cuando le fui a pagar, me dijo que eran 925 pts.

Al ver que me extrañaba, me comentó: -supongo que este fue el precio al que compró el suyo -Le dije que la señora de Mansilla me había cobrado 1.850 pts. Se sonrió y me enseñó la tarifa. Le pagué y le agradecí todas las atenciones que había tenido conmigo.

Subí de nuevo a la Parroquia para que me sellaran la Credencial, porque me había dicho la hospitalera que tenían unos sellos muy bonitos. Me pusieron tres distintos.

Como ya faltaba poco para la Misa, salí fuera para esperar la hora. Allí estaba mi amigo peregrino con el presidente de la Asociación Riojana de Amigos del Camino de Santiago. Me lo presentó y me pidió que fuéramos a tomar unas cervezas. Yo le dije que me iba a quedar a Misa; entonces, añadieron, que me esperaban en el bar, que hay al lado del Albergue.

La Iglesia de San Tirso parece ser la mencionada en el Caelicolae de Alfonso III (873) y que sobre ella se edificó la Parroquial de San Tirso. Sólo queda una portada con dos archivoltas de medio punto, asentadas en dos parejas de columnas cuyos capiteles están decorados con estilizados vegetales; su antigüedad puede ser del s.XII.

Por la noche cenamos juntos y, después de dar una vuelta por la plaza y calle principal, me fui al Albergue a descansar.

No pude dormir en toda la noche por el frío y por el calor. Me explico: en la litera de arriba había una peregrina, que no hacía nada más que abrir de par en par la ventana, por la que se colaba un vientecillo frío y húmedo de mucho cuidado. Entonces yo cerraba bien el saco de dormir, y resultaba que el calor era excesivo. Abría mi saco y cerraba con disimulo un poco la ventana; a continuación la vecina la volvía a abrir de par en par. Así toda la noche, amén de un excelente roncador a mi izquierda.
 

Martes 19 de agosto: Palas de Rey-Melide

A las 5 de la mañana la peregrina de la litera de arriba descendió para ser la primera en arreglarse. Su compañero también bajó de la litera contigua.

Yo estaba muy cansado, pero una vez empezada «la movida matutina» es imposible recuperar sueño, así que también me levanté y salí al exterior de nuestra habitación.

Todo el suelo del vestíbulo estaba ocupado por peregrinos, enfundados en sus sacos de dormir.

Alumbrándome con mi linterna bajé a los servicios de la planta. Allí encontré un lavabo y retrete, que todavía estaba libre. Me arreglé rápidamente y subí de nuevo a la habitación.

De los que dormían en el suelo, muchos habían levantado ya el campamento y preparaban sus mochilas. Algunos estaban desayunando en la cocina.

En nuestro dormitorio ya se habían levantado todos; eran las 5,45 h. Recogí mis enseres y, tras dejar mi donativo en la hucha, me despedí.

En la calle se notaba el relente de la noche; el aire era húmedo y más bien frío. Entré en un bar para desayunar; lo hice frugal y rápido.

Con las oraciones de la mañana en mi boca y en mi corazón, descendí hasta el río Roxan. Delante mío iba un grupo de pequeños peregrinos, cuatro niñas y tres niños cuyas edades debían estar entre los doce y quince años. Iban equipados con sus mochilas y bastones y se les veía con una gran ilusión.

Cerca del río se pararon para hacerse, supuse, la primera fotografía de la jornada. Como vieron que iba hacia ellos, me pidieron el que yo se la hiciera. Les dije que me pedían algo muy delicado, porque, si salía mal, se iban a estar acordando de mí y no muy bien. La que parecía mayor respondió que, «de todas maneras, se iban a acordar de mí, así que lo mejor era hacérsela». No me hice rogar. Les deseé Buen Camino y continué ruta.

A un kilómetro, aproximadamente, encontré una laguna que salvé sin mayor dificultad gracias a las piedras situadas a lo largo de la misma. Tras este obstáculo, una pista de excelente firme me condujo a San Julián del Camino. La iglesia de esta pequeña población conserva la cabecera de la primitiva construcción (x.XII) en piedra de sillería.

Seguí por una carreterita que me llevó a La Pallota, núcleo de casas habitado y, torciendo a la derecha, por una corredoira descendí hasta el río Pambre.

Cruzado el río, al otro lado de la pista, dejé las casas de Pontecampaña. Ahí se encuentra el mojón 61. Realmente me parecía mentira encontrarme tan cerca del final. Pero era una realidad y hasta Santiago, mojón tras mojón, me lo fueron recordando.

Subí a Casanova. Visité el Albergue habilitado en las antiguas escuelas Mato y, bajo este mismo nombre, se le conoce. Me sellaron la Credencial y seguí adelante.

En mi juventud y en los largos recorridos a pie, cantábamos: «Entre montes y valles un caserío está...». Es más, en mi marcha por el Camino lo había venido cantando desde que entré en tierras galaicas.

Subir y bajar por valles y montañas, entre verdes praderas y frondosos bosques, y al final de este «tobogán gallego», siempre una casa o varias te dan la bienvenida y se despiden hasta la próxima. Y así, Porto do Bois, y cruzado el río Porto do Bois, Campanilla. Todo ello me condujo a un cruce de carreteras.

Decidí encaramarme, tras un largo regate, dejando entre las dos carreteras el Refugio de Laboreiro, para llegar a esta población. En el regate me situé en la provincia de La Coruña.

Seguí ascendiendo hasta dominar el panorama. Ahí estaba Laboreiro, Campus Leporarius (Campo de las liebres), como lo denomina el Codex Calixtinus.

La Iglesia de Santa María es románica de transición: ábside de tambor, portada con archivoltas apuntadas y moldura de puntas de diamante sobre pareja de columnas. Su tímpano descansa en dos ménsulas con la escultura de la Virgen y el Niño y dos Ángeles. Cerca hay una casona de los Ulloa.

Se conservan también algunos tramos enlosados del viejo Camino, un Crucero y un Puente Medieval sobre el río Seco. Tras el Puente sobre el río Seco están las casas de Disicabo, junto al mojón 56. Aquí me permití salir a la carretera para aprovisionarme de agua en un Bar que se anunciaba a la entrada del poblado. En su interior me encontré con varios peregrinos, entre los que se contaban «mis nietas». 

A media hora, aproximadamente, de marcha, tomé una pista que apareció a mi derecha. Pasé por el mojón 53 y en poco más de cinco minutos cruzaba por una zona de losas, junto a las márgenes del río Furelos; allí se encuentra un albergue juvenil.

Descansé unos minutos, sentado a la mesa frente a otros dos peregrinos, que degustaban unas magdalenas y un vaso de leche. Me ofrecieron, pero decliné la invitación, diciendo que yo acababa de desayunar hacía poco.

Entre Furelos y Melide apenas hay separación; este último ha ido creciendo hacia el valle de Furelos por lo que, desde este punto a Melide no acierta uno a saber dónde se encuentra. Esta falsa apreciación y la dura ascensión hacen que el recorrido parezca más largo. Ya en lo alto, una flecha señalizadora del Camino me condujo a la calle principal. Aquí es desde donde comienza a apreciarse que Melide es una hermosa ciudad.

A pesar de ser una población muy festera y de gran tránsito, tanto peatonal como motorizado, está perfectamente cuidada y atendida. Es grato deambular por sus calles, limpias y cuidadas. Conviven en perfecta simbiosis la ciudad moderna con la monumental y antigua, lo que añade un encanto más a esta población. En pocas partes se encuentran ambos términos tan armoniosamente conjuntados.

Me llamó la atención, conforme avanzaba hacia el Campo de San Roque, un grupo muy numeroso de gente en torno a un puesto callejero. Al llegar allí pude comprobar que se trataba de un cocedero de pulpo, que preparaban y aderezaban para comer en una inmensa nave llena de mesas alargadas y bancos a uno y otro lado de las mismas.

Pregunté si esta actividad se debía a la celebración de algún festejo local. Me dijeron que no, que todos los días del año se hacía el pulpo a la feira y que Melide era famosa por prepararlo mejor que en ninguna otra parte de Galicia.

Al otro lado de la calle vi una iglesia románica; se trataba de la Iglesia de San Pedro, cuya fachada es del s.XII. Una preciosidad, que no quise perderme. Nada más entrar, me di cuenta de que acababan de empezar la Santa Misa. Mi alma se inundó de gozo interior. Dejé mi mochila en un rincón, junto con mi báculo y sombrero. La camisa y pantalón estaban empapados de sudor, lo que me iba a suponer una vergüenza al ir a comulgar, pero el premio era tan grande que anuló mi vanidad y orgullo.

Al poco entraron «mis nietas», que me animaron con su sonrisa.

Después de dar gracias, me entretuve en observar la arquitectura y piedras, que esperaban una adjudicación a museo o a completar restos arqueológicos. La portada principal es una maravilla a base de cuatro arquivoltas de medio punto muy abocinadas y una moldura envolvente, muy decoradas, sobre tres parejas de columnas con capiteles de cogollos e impostas de roleos. A la izquierda de la portada se puede admirar un precioso cruceiro del s.XIV.

Me quedaba muy poco dinero así que me detuve en un Cajero 4B y saqué lo justo para alimento y bebida.

Me hizo mucha ilusión ver que uno de los guardias urbanos paró la circulación para que cruzara. Supongo que fue una deferencia al peregrino que yo, en ese momento, representaba; también pudo ser porque me viera tan maltrecho que le inspirara lástima. En cualquier caso, fue un gesto muy bonito que agradecí con un cordial saludo.

En plena Plaza, donde confluyen la carretera de Lugo a Santiago, la arteria del núcleo monumental, la calle principal y otro ramal, está el Bar Estilo, en cuyo balcón principal había un letrero: «habitaciones». Entré para ver si disponían de habitación sencilla. Me dijeron que sí y no lo dudé.

Subí a ella y creo que no tardé ni un minuto en meterme bajo la ducha. Me sentó de maravilla y, a continuación, hice mi colada que puse a secar en el balcón.

Me cambié y fui derecho a degustar «el mejor pulpo a la feira». Aunque este plato típico gallego no alcanzara la categoría que le adjudicaban, sí merecía la pena integrarse en la costumbre y conducirse al modo usual. Tuve que hacer cola para que me sirvieran. Los platos de madera eran de diversos tamaños y me preguntaron qué tamaño quería; les dije que era para mí sólo. Me dieron el tamaño pequeño y lo aderezaron con aceite, pimentón y sal gorda.

Pagué allí mismo y les rogué que me dijeran dónde podía comprar pan y vino: -Pase Ud. dentro y allí le darán todo -me respondieron. Con mi plato en la mano me introduje en la nave y busqué un hueco dónde sentarme.

Los gritos alborozados de «mis nietas» atrajeron mi atención. Me hicieron un hueco y me dijeron que no comprara nada, porque a ellas les sobraba de todo. Efectivamente, me acercaron su cestillo de pan, la jarra de vino, además de otro plato con chorizo frito. Me hicieron feliz.

Hasta ese momento apenas habíamos cruzado frases y palabras sueltas; esta fue la primera ocasión en que departimos algo más nuestras ideas e intereses comunes.

Tenían prisa y se marcharon, pero me dijeron que no dejara de pasar por el Albergue; ellas se iban a hospedar en él.

Me quedé a solas con un señor mayor de Melide, quien se interesó mucho por mis «nietas». -¡Qué suerte tiene Ud. con sus hijas y nietas; se ve que le quieren mucho! -me dijo. Él, por su parte, no tenía tanta suerte y me contó sus desventuras familiares. Me dio mucha pena, y le tuve que abrazar y consolar, porque se echó a llorar, con tanto desconsuelo, que a mí se me partía el alma.

El sol picaba de lo lindo y subí a mi cuarto. Dormiría como una hora, y a continuación me dispuse para ir al Albergue. Antes, sin embargo, me dediqué a recorrer los monumentos.

La actual Iglesia parroquial conserva la Capilla antigua (1396), cubierta con bóveda estrellada y con magníficos sepulcros del s.XV.

En el altar mayor preside la imagen de Nuestra Señora de Guadalupe. Es en recuerdo del fundador del Hospital de Sancti Spiritus, D. Segade Bugueiro, Arzobispo de México. El Hospital linda con la Parroquial.

Me indicaron que no dejara de visitar el Museo, instalado en la Casa Consistorial, «Pazo y Concello de Melide». Estaba cerrado por lo que bajé al Albergue. Más tarde continuaría mi visita turística.

Sentadas a la entrada del Albergue descansaban mis niñas; se admiraban de que yo siguiera caminando y no diera muestras de agotamiento.

Entré para que me sellaran la Credencial y esperé a que una señora italiana dejara libre a la hospitalera. Me preguntó ésta si iba a quedarme; le dije que había alquilado una habitación en Bar Estilo, porque las noches anteriores de Sarria y Palas me fue imposible dormir. Necesitaba llegar a Santiago si no con las fuerzas de un joven, por lo menos con las de poder abrazar al Apóstol. Yo ya no tenía la fuerza de los jóvenes del año 48, que estuvieron casi diez días sin dormir.

La italiana, al oírme nombrar la Peregrinación del 48, me dijo que le era muy importante hablar conmigo. Estaba haciendo un reportaje sobre el Camino de Santiago y le habían informado de que se iba a cumplir el 50 Aniversario de una magna peregrinación de la Juventud de Acción Católica a Santiago. Estaría sumamente agradecida si yo pudiera facilitarle datos de ese acontecimiento. Le dije que, con mucho gusto y pasamos a un hall donde nos acomodamos para la entrevista. Lo primero fue presentarnos: ella se llamaba Mariafrancesca Olivieri, vivía en Roma y me pidió que la llamara Franca. Yo le di mis datos y, a la recíproca, le dije que podía llamarme Juanjo; como le resultaba muy difícil la pronunciación decidió, si se lo permitía, llamarme Giovanni.

La hice una breve reseña tanto de la figura de Manolo Aparici como de lo que recordaba de la Peregrinación. Además, prometí mandarle todos los datos a finales de año o primeros del 98.

Al saber que yo era publicitario me habló de su hija, que era pintora y que hacía, con una nueva técnica, dibujos y retratos que a ella le parecían maravillosos. Como yo era entendido, le gustaría enseñarme algunos de los dibujos de su hija, para que le diera mi opinión. La dije que ahora iba a visitar el Museo de Terra de Melide y que luego podíamos quedar en la terraza del Bar Estilo y tomar una «birra». Insistió en que me acompañaría, porque a ella le interesaba mucho todo lo relacionado con la historia y el arte.

Fuimos juntos al Pazo-Concello, que ya estaba abierto, e hicimos una visita cultural. Muy interesante y muy bien catalogado; es recomendable su visita.

Al salir, ella se dirigió a la casa donde se hospedaba, para recoger los trabajos de su hija. En un cuarto de hora estaría en el bar Estilo.

Ocupé una de las mesas de la terraza del Bar y esperé, tomándome una cerveza; enseguida vino Franca con una carpeta. Le pareció espléndida la idea de sentarnos en ese lugar. Pidió un Bitter Kas y hablamos de todo un poco.

Los trabajos de su hija me parecieron bastante buenos y me dieron pie para decirle que su hija tenía una gran vena artística; que la cuidara y trabajara, porque podría llegar a ser famosa.

Como yo tenía mucho interés en visitar la Iglesia de Santa María, que una buena señora me dijo que era muy importante, «porque gente entendida decían que, además de ser muy antigua, tenía pinturas de más de cien años y que decían que eran como las que estaban en la capilla «justina» (?) de Roma».

La Iglesia está a poco más de un kilómetro abajo, ya en la salida de Melide.

Al pasar de nuevo por el Albergue, vi que aún seguían sentadas algunas de mis «nietas»; les dije que iba a ver, si aún estaba abierta, la Iglesia de Santa María.

Poco más o menos me dijeron que estaba loco; bajar para luego tener que subir un kilómetro. Les manifesté que no tenía inconveniente en que me acompañaran. Se echaron a reír y me dijeron: Buen Camino.

Estaba cerrada y la llave la tenían en una casa blanca, que estaba al otro lado de la carretera. Crucé y no tuve la suerte de encontrar la persona encargada. Me dijeron que era más seguro buscarla mañana, ya que tenía que pasar por allí para continuar el Camino. De todas formas hice un examen desde el exterior.

Es románica del s.XII, con dos portadas muy decoradas; la meridional de dos arquivoltas sobre dos parejas de columnas y tímpano liso; la occidental, de tres arquivoltas sobre tres parejas de columnas con capiteles historiados y tímpano también liso.

De regreso a la Fonda paseé por calles y callejas. En una de estas, sin salida, había una Chocolatería. Me hizo ilusión y me acerqué. Pregunté si el chocolate se podía tomar con churros; se quedaron dudando un momento y me dijeron que sí, pero que tendría que esperar una media hora para hacerlos.

Mientras, seguí dando una vuelta y vi anunciada una Exposición de óleos de un pintor novel. Estaba patrocinado por la Xunta y el Ayuntamiento.

Lo visité despacio, ya que no tenía prisa, y charlé un buen rato con el pintor: José Manuel Quiño y Rodríguez. Me dio su tarjeta y se mostró muy agradecido por mi visita y conversación. Le animé para que no cejara en su empeño y vería cómo acababa en el Catálogo de Pintores españoles.

Cuando llegué a la Chocolatería aún tuve que esperar un buen rato. Pidieron disculpas, alegando que hacer la masa y preparar todo llevaba su tiempo. Les dije que no se preocuparan y que mejor me sabría.

Los churros no fueron una gran cosa, pero el detalle de hacerlos solamente para mí ya merecía un diez. El chocolate, en cambio, me supo a gloria y esta colación me sirvió de cena.

A las 22,45 me retiré a dormir. La plaza y las calles estaban llenas de gente, pero paseaban y disfrutaban del fresco de la noche de forma civilizada. Pude dormir a gusto.
 


[1] Juan José Alonso Escalona es Lic. en Filosofía y Letras, Doctor. en Psicología por la Academia delle Scienze di Roma y publicista en todas sus vertientes. Ha realizado en dos ocasiones el Camino de Santiago, y las reflexiones que publicaremos durante el Año Santo Compostelano de 2004 corresponden a su andadura en 1997.


 
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