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Altar Mayor - Nº 96 (04)
Sábado, 06 noviembre a las 22:52:40

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 96 – Noviembre-Diciembre de 2004

ENVIDIA
Por
Manuel Parra Celaya [1]

Contra todo pronóstico, mi andadura del Camino de Santiago en este Año Jubilar me ha hecho caer en un pecado al que creía ser poco aficionado: la envidia.

La ruta elegida fue la Vía de la Plata -menos frecuentada y explotada turísticamente- por la bellísima variante sanabresa, y desde Zamora, a lo largo de dieciocho días, los pies se iban acostumbrando a la piedra (poco asfalto, por suerte) y el ánimo al sol o a la lluvia, que de todo hubo. Efectivamente, los peregrinos eran pocos, con lo que la impresión de tranquilidad y de sosiego invitaba más a la meditación, a la plegaria mental, a la canción o al chiste con tus camaradas de ruta,

Sería a la altura de Rionegro del Puente cuando vislumbramos un grupo similar al nuestro (unos veinte), del que destacaban dos banderas, la francesa y la azul europea. Conforme nos acercábamos, los oíamos cantar y lo hacían bien, sin voces disonantes, conjuntados. El detalle de las dos enseñas nos atrajo particularmente: la tricolor llevaba en su centro blanco un Sagrado Corazón; la europea, introducía una maravillosa cruz de Santiago en el centro de la corona de estrellas, ésa que se atribuye, según las versiones, a un origen masónico o mariano,

Sentí entonces envidia. Aquellos peregrinos (un políticamente correcto diría «peregrinos/as», cursilería en la que no caeré nunca) afirmaban su carácter nacional, al que dotaban de valores concretos, los cristianos; por si fuera poco, afirmaban su europeidad, forjada, como la antigua, en la marcha hacia el sepulcro del Hijo del Trueno. Estaban en tierra extranjera, aunque europea, y se sentían obligados a que les reconocieran por medio de banderas enarboladas en mástiles de fortuna, improvisados con ramas del camino. El hecho de ir en grupo compacto, cantando al unísono, refrendaba los símbolos de identidad, las creencias y las motivaciones.

Les saludamos amablemente al pasar, y repetimos el saludo en numerosas poblaciones, cuando un grupo adelantaba al otro o lo encontraba descansando. Nos despedimos en la Plaza de la Quintana, frente a la puerta Santa, cuando ya iban a partir de regreso a Francia, acabada la aventura.

Nuestra peregrinación iba siguiendo su itinerario. A lo largo del camino también íbamos encontrando otros símbolos, algunos de carácter negativo; por ejemplo, en la primera población gallega del recorrido -La Gudiña- algún tonto del haba había emborronado el cartel señalizador indicando que aquello ya no era España; a los que veníamos de Cataluña no nos extrañó, por desgracia, la proliferación de tontos en todas las regiones españolas...

Íbamos recogiendo folletos informativos, de gran calidad en su edición por lo general, sobre la Vía de la Plata, pero todos, sin excepciones, nos informaban amablemente de la parte del Camino que transcurría por su Comunidad Autónoma, por su provincia, por su comarca, por su localidad o «concello», Así, teníamos datos abundantes del recorrido por Castilla y León, más tarde por Galicia; del recorrido por Zamora, más adelante por Orense, por Pontevedra, por La Coruña; de los centros de interés de Sanabria, de Padornelo, de Vadra... pero en toda la ruta no fuimos capaces de encontrar una información unitaria, a excepción de nuestra Guía, editada por la Diputación de Sevilla,

No parece mal, a primera vista, que exista ese espíritu local de resaltar lo propio, lo inmediato, las bellezas naturales o las obras de arte del ámbito que nos ha visto nacer; lo grave es atender sólo a ese localismo, con evidente silencio o desprecio de lo que queda más allá de una supuesta «frontera». Así no se hace España y, por supuesto, tampoco se construirá Europa.

Pero, para trascender de lo local o lo general, de lo concreto a lo amplio, en progresivos círculos concéntricos integradores, es preciso que exista una suerte de identificación de aspiraciones, de proyectos, de ideales, de objetivos. El grupo francés peregrino lo tenía claro, con su simbología expresa; el pueblo español no lo tiene en absoluto. Y, así, proliferan quienes rehúsan identificarse como españoles y –lo que me parece aún más grave- los que no conceden la menor importancia al hecho de serlo y, por ello, se sienten a gusto en esta España de los localismos, de los proyectos disgregadores, de las «asimetrías», de la ambición caciquil.

Sí, envidia de los peregrinos franceses. ¿Afrancesamiento? Quizás entiendo más ahora a tantos ilustres patriotas que, en el siglo XVIII, admiraban a la nación vecina, equivocados o no, porque no se podían sentir solidarios con la ruina física de España, con un pueblo incapaz y embrutecido, con la falta de proyecto nacional...

Quisiera para la España de mis sueños y para la Europa del futuro de mis hijos que algún Ilustrado de verdad se dedicara a recortar las capas y a apuntar los sombreros, para permitir ligereza en el caminar histórico y obligación de pensar. Abomino del petimetre y del aldeano, especies que están llevando a España a la asfixia y a Europa hacia la incapacidad.

Que Santiago nos ayude. Y me perdone la envidia, aunque se trate de una sana envidia.
 


[1] Manuel Parra Celaya es Doctor. en Pedagogía y profesor de EE.MM.


 
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