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Altar Mayor - Nº 96 (03)
Sábado, 06 noviembre a las 23:36:01

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 96 – Noviembre-Diciembre de 2004

¿EL CREDO A GUSTO DE ARRIO?
Por Juan Luis Calleja [1]

Aparte el jai-alai, los bolos y otros muchos juegos típicos, la mayoría de nuestros deportes y pasatiempos vinieron de Estados Unidos e Inglaterra, poniendo de uniforme mental a masas internacionales y plagando de anglicismos los idiomas. Hasta un antiquísimo ejercicio, atestiguado por la arqueología cretense, el pugilato, se llama hoy boxeo, se disputa en el ring con rounds, knock-outs y según las reglas de Chambers y Queensberry.

Sin embargo, ¿qué diríamos de quien sostuviera que, en la historia de los juegos europeos, nada pintan los ludi de Roma, sus anfiteatros ni las fiestas panhelénicas en el santuario de Elis en Olympia? No lo sé; pero semejante plusmarca de inocencia o de estupidez modernista se queda chica al lado de quienes, de la Constitución europea, borran el Cristianismo; el Cristianismo vivo, cada día, hasta en el calendario.

Aquel letrero repetido miles de veces en papeles y pantallas durante la última olimpiada, ATHENAS 2004, es seguro que nadie, nadie, lo entendió mal ni, siquiera, como el aniversario 2004 de las olimpíadas originales que, por cierto, según mis fuentes, «datan del 776 antes de Cristo»; como mis fuentes, todo el mundo sabe que los europeos y el mundo entero hacen sus cómputos cronológicos según la Era Cristiana, la E.C., siglas cuyo sentido cambian, hoy, algunos por el de «Era común». Otro juego, pero sucio. De ese estilo son las gentes que se empeñan en dejar expósita a Europa, sin la Cristiandad.

Desde antes de Constantino hasta hoy mismo, toda la vida y el pensamiento de Europa han latido, controvertido, hervido y creado en torno, en contra o a favor de la Fe, del Credo y de sus efectos sociales de todo orden. Por supuesto, ese papel lo hizo también el Cristianismo, muy pronto, en otros continentes. Marco Polo encontraba cristianos a cada paso, nestorianos sobre todo, en su estreno de horizontes hacia las inmensas tierras de Kublai Khan.

Como sabemos, fue en los primeros siglos de nuestra Era cuando nestorianos, priscilianos, gnósticos, arrianos, etc. conmovieron tronos, reinos y pueblos, transidos de inquietudes dogmáticas. Antes, y después, de Euricos, Amalaricos, Turismundos, Clodoveos, Leovigildos, etc., hubo herejías, en torno, casi siempre, al misterio de la Trinidad. De los empeños en no entenderlo como en Nicea y Constantinopla, surgieron tales errores. El de Arrio fue sísmico, dilatado y duradero.

De niños, nos enseñaron que, en esta vida, nos jugamos la vida eterna. Y que, si nos importa la actual, tampoco sobrará recordar que el futuro del hombre en este mundo depende, lo mismo, del trato que demos a las leyes divinas del Sinaí y de la Naturaleza: Como las llevemos la contraria, arreglados iremos. Pues bien: hay una pregunta sobre cuatro palabras que a diario repetimos millones de católicos, al menos en español; cuatro palabras que afectan al Credo Niceoconstantinopolitano; el Credo que obedece a Dios y que con Sus leyes señala el camino saludable y necesario para vivir en este mundo y en el otro. Y la pregunta es sobre la versión actual española del punto que Arrio negó.

En latín, decimos que hay un solo Jesucristo, Hijo Unigénito de Dios consustancialem Patri. Consustancial al Padre, se traducía en los misales que usábamos antes del II Vaticano. Ahora, sin misal, recitamos con el sacerdote que el Padre y el Hijo son de la misma naturaleza. ¿Significan estas cuatro palabras, exacta e inconfundiblemente, lo mismo que consustancial? ¿Cortan el paso, en seco, de raíz, a Arrio que negaba la consustancialidad del Padre con el Verbo?

En su portentosa Historia de los heterodoxos españoles (B.A.C. 31 edición, pág. 222) Menéndez Pelayo explica: «Arrio negó la divinidad del Verbo a quien llamaba, sin embargo, Hijo de Dios. Objetáronle que el Hijo es de la sustancia del Padre y, por tanto, Dios; y replicó Arrio, con un distingo bastante pobre, que el Verbo era no homousios o consustancial al Padre, sino homoiousios, o semejante. Y, sin embargo, expreso estaba en las Escrituras: Ego et Pater unum sumus; y Arrio que lo explicaba pon la semejanza, nunca pudo decir qué semejanza era ésta ni en qué se distinguía de la completa identidad».

Por supuesto, la semejanza no basta para hacer de dos seres uno sólo. Un par de hermanos gemelos son semejantes, incluso pueden resultar idénticos; pero siguen siendo dos. Y el caso es que tampoco una misma naturaleza garantiza la unidad consustancial. Un padre y un hijo humanos comparten la misma naturaleza humana, pero también son dos: Dos hombres, en modo alguno consustanciales, por muy unidos que vivan y por mucho que se quieran.

Alude Menéndez Pelayo al lío que se hizo Arrio no pudiendo distinguir la semejanza de la completa identidad. Pero, si no me equivoco, don Marcelino no habría negado que alguien podría también embarullarse tratando de distinguir la completa identidad que se discutía, de la, para el vulgo, completa identidad de dos hermanos gemelos.

Tal vez creyeron los nuevos traductores que el pueblo de Dios entendería que Padre e Hijo, por supuesto, son de la misma naturaleza divina, sin necesidad de este matiz. Pero, aún añadiéndolo, el malentendido no sería descartable, pues divino es vocablo precristiano, aplicado a dioses mitológicos, a césares romanos y a personas y cosas terrenales. En nuestro tiempo, lo usamos de ordinario para dar notas favorables: una mujer divina, un poema divino y hasta un divino gol del Real Madrid, que juega divinamente. Todo esto lo tiene en cuenta el diccionario de la Real Academia al incluir estas acepciones: «Perteneciente a los falsos dioses» y «Muy excelente, primoroso». Y explica otros usos nada espirituales de la palabra, como en «Piedra divina: mezcla de alumbre, vitriolo azul, nitro y alcanfor que se usa como colirio».

Los idiomas humanos nacieron para hablar de lo humano. Sólo una minoría sabe usar, con precisión exacta, el suyo, para explicar y describir asuntos humanos. No digamos, los teológicos. De ello, nos parece un caso importantísimo la expresión «de la misma naturaleza» que no cierra el paso clara e inconfundiblemente a la herejía de Arrio. Si él la hubiera oído allá, en su Cirenaica, tal vez habría pensado, muy a su gusto: ¿De la misma naturaleza? Como un padre y un hijo humanos. Y, como dos gemelos, idénticos, de perfecta semejanza: homoiousios.

Ese truco de prestidigitador teológico es imposible con la traducción literal de consubstantialem. ¿Por qué se descartó el definitivo e irrevocable término consustancial? ¿No convendría, no sería bueno devolverlo a la versión española del Credo?
 


[1]  Juan Luis Calleja es escritor


 
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