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Altar Mayor - Nº 96 (02)
Sábado, 06 noviembre a las 23:37:06

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 96 – Noviembre-Diciembre de 2004

AL COBIJO DE LA CRUZ
Por Anselmo Álvarez Navarrete, OSB [1]

Cuando el pasado mes de junio la disposición de Dios y la decisión de los hermanos de mi Comunidad se aunaron para encomendarme este servicio abacial, sólo encontré unas palabras para expresar lo que experimenté en ese momento: «aquí estoy Señor para hacer tu voluntad». Una voluntad inescrutable y providente, ante la que me siento «agradecido por el pasado, confiado en el Futuro». Esta confianza es la que me permite creer que va a ser Dios quien tome en sus manos el porvenir de esta Comunidad y que yo seré solamente su instrumento. Os pido que todos me ayudéis a no defraudar ni la confianza de Dios ni la de mis hermanos.

Al recapitular ahora ese pasado me vienen a la memoria, en primer lugar, aquellos que estuvieron en el origen de mi vocación. Ellos alentaron el espíritu religioso de una familia que dio fruto en mi llamada al sacerdocio y a la vida monástica, como antes lo había dado en la muerte, con rasgos martiriales, de mi padre, cuyos restos reposan a unos pocos metros de este altar.

En esa evocación y agradecimiento incluyo a todos los que han contribuido a la formación de mi espíritu (y de mi mente), a los que me han educado para la vida monástica y sacerdotal, a los que, a lo largo de muchos años, me han acompañado con su oración, su ejemplaridad, y la lección de su fidelidad en el servicio de Dios.

Quiero también expresar mi gratitud a todos los que esta tarde habéis querido uniros a la Comunidad y a mí para celebrar esta festividad de la Santa Cruz y participar en la ceremonia de la Bendición. Muy en particular al Emmo. Sr. Cardenal Rouco por su amable ofrecimiento para conferirme esta Bendición, no menos que por su presidencia en otras celebraciones recientes como el funeral de nuestro Padre Abad Ernesto y en la ordenación sacerdotal de tres de nuestros monjes. Hacia él va mi ferviente agradecimiento personal y el de la Comunidad.

En él incluyo al Sr. Arzobispo de Toledo y Primado de España, amigo entrañable de los monjes, y a los Sres. Obispos Almería, Ávila y Administrador Apostólico de Getafe, Auxiliar de Madrid, que en diversos momentos nos han hecho patente su calurosa proximidad. Asimismo, a los Abades de Solesmes, monasterio que es cabeza de la congregación monástica a la que pertenece el nuestro, y los de Silos, Montserrat (representado en su Abad emérito), Leire, con su titular actual y su anterior Abad. E igualmente a los abades procedentes de Francia y Luxemburgo, de los monasterios de Fontgombault, Clervaux, Kergonan, y Trior. A todos ellos, que han querido venir a acompañar y alentar al nuevo Abad, las más expresivas gracias.

Las extiendo también a los representantes del Patrimonio Nacional, sobre todo a la persona de su Presidente, el Sr. Duque de San Carlos. Con esta institución desearnos reforzar los vínculos que nos unen y trabajar conjuntamente para el mejor servicio de este lugar, al que el refrendo popular hace uno de los más visitados y admirados de España. De su excelente disposición tenemos ya pruebas abundantes.

Asimismo, a los Sres. Alcaldes de San Lorenzo de El Escorial y Guadarrama, vinculados tan de cerca al Valle.

El itinerario que para mí se inició en el seminario de Madrid y que continuó en la Abadía de Silos, desembocó en este Monasterio de la Santa Cruz del Valle de los Caídos cuando, hace ahora 46 años, el esfuerzo generoso de la Abadía silense puso 20 de sus monjes al servicio de esta Fundación. De ellos la mayor parte ya han cambiado los claustros del Valle por los atrios del cielo. Hoy deseo poner su memoria a los pies de este Santo Cristo, y expresar, en la persona de su actual Abad, Padre Clemente, la gratitud de todos nosotros por aquel gesto y por la herencia humana, espiritual y monásticas recibida de Silos.

A lo largo de esos años todos nosotros hemos vivido, sufrido y gozado los avatares de un recorrido lleno de azares. Ha sido una historia de gracia a través de la cual hemos aprendido que no eran los hombres sino la providencia la que nos había asignado el sentido primordial de nuestra presencia en este lugar, sentido que no era otro que el de permanecer al pie de la Cruz, en una ofrenda de nuestra vida que nos asimilara al que en ella ofreció la suya.

Estamos celebrando la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz. Diariamente nuestra mirada se vuelve a ella y su sombra nos cobija. Cada día comprendemos un poco mejor que su misterio encierra a la vez el misterio de Cristo y del hombre. Ella es el Árbol de Vida en el que el mundo debe recrear la suya. La Cruz es la victoria dada al hombre. En ella ha quedado aniquilado todo lo que le es antagónico: el mal, el pecado, la muerte. En ella ha sido «borrado el decreto que nos había condenado».

A ella subió la Vida para dar vida en su muerte a todo lo que había perecido. Nadie puede vaciar el misterio de la Cruz, en el que ha sido depositada la sabiduría y el poder de Dios frente a la necedad impotente del pecado y del mal. Por eso hay esperanza para futuro del hombre: porque nadie puede anular la Vida, la Verdad y el Bien, que es el orden divino en el que el hombre ha sido introducido.

«La Cruz, dice un viejo texto cristiano, permanece firme, en pie, mientras todo vacila al rededor de ella»: Stat Crux. Es el lema que he escogido para mí. Aquí en el Valle con frecuencia nos detenemos a contemplar el galopar precipitado de las nubes sobre la Cruz. No es un pasatiempo, sino una ocasión para la reflexión. De igual manera que las nubes pasan y su estela se disipa de inmediato, también las generaciones, con sus obras y proyectos, pasan velozmente unas tras otras: sólo persiste la Cruz y lo que se ha dejado marcar por ella.

«Paraos en los caminos y preguntad: cuál es la vieja senda; seguidla y hallaréis la paz». La Cruz se ha convertido en la encrucijada de todos los caminos humanos, que convergen en ella para recuperar la dirección perdida. Para recuperar la paz con Dios; la paz de los hombres entre sí. La Cruz es el lugar por excelencia de la reconciliación.

En ella se realiza la confluencia final de direcciones que parecían opuestas e irreconciliables. El mundo y el hombre se unifican con Dios y entre sí cuando se encuentran en la Cruz. Es allí donde son convocados, después de haber sido invitados a la mesa en la que Jesús repartió el pan y la sangre para la vida y la unidad del mundo y de la que se levantó para ir a la Cruz. Junto a ambos nace y se renueva cada día la humanidad.

A la sombra de esta Cruz del Valle, desde el interior de esta Basílica, los monjes ofrecemos cada día la liturgia de la reconciliación, de la unidad y de la paz: «paz para los que están lejos y para los que están cerca». Paz para los que un día enfrentaron sus ideas y sus espadas y que hoy descansan en un gran sepulcro único, al pie de la Cruz, como el de Cristo al pie del monte Gólgota, a la espera de la misma resurrección. El símbolo con que se quiso sellar aquella hora de España fue una Cruz y un altar. Siguen en pie para que desde ellos se extienda por todos los ángulos de España la sangre del sacrificio que redime y la oración que reconcilia. Que lo que ha unido la sangre de Dios no lo separe el hombre.

Como el profeta, también nosotros oramos «incesantemente por la nación y por la ciudad de Jerusalén», es decir, por el pueblo y los pueblos de España, en una plegaria diaria de intercesión en favor de su paz y su prosperidad, así como por la conservación de lo más precioso de nuestra herencia que es la fe de ese pueblo. Desde aquí esta Comunidad observa y acompaña los pasos de nuestra sociedad, y ora para que no llegue a ponerse en peligro de ruina nuestro patrimonio espiritual, moral e histórico.

«Qué dará el hombre a cambio de su vida y de su alma», preguntaba Jesús a sus oyentes. ¿Qué dará España a cambio del espíritu, de la cultura y del humanismo que han fecundado su civilización? ¿Qué proyectos alternativos realmente válidos podemos contraponer, en España o en Europa, a los que han sido nuestra razón de ser: el servicio a Dios y al Evangelio de Cristo, a la persona humana, al orden fundado en la recta razón y en la ley divina?

No se construye una sociedad amputando previamente sus raíces, o procediendo a invertir sus fundamentos históricos. Un Pueblo, Nación o Estado no se asienta sólo en un territorio o en una Constitución, sino ante todo en los gérmenes seculares de su historia y de su alma colectiva. Los Pueblos tienen también una entidad orgánica y casi genética cuyos rasgos fundamentales no pueden ser trastornados sin que se conmuevan sus cimientos. Comprenderlo así forma parte de la sabiduría de esa colectividad y de sus dirigentes.

Cuando una sociedad deja colapsar su espíritu la obra que construye es ilusa. Para que una obra sea humana y positiva necesita ser imagen del espíritu del hombre, que es espíritu de Dios. El hombre no posee nada cuando se ha desposeído del espíritu. Con él pertenece a una raza divina y humana; sin él no se pertenece ni a sí mismo.

Dios parece haber sido convertido hoy en el oprobio de Europa y, por extensión, de España. Su expulsión de nuestro horizonte es la decisión más desdichada jamás adoptada por Europa. Nunca los europeos han pensado tan pobremente acerca de sí mismos, y con ello Europa entra en la época más dura y opaca de su historia. No quiere ni el Nombre de Dios, ni su Ley, ni su Providencia, ni su Cruz: ¿qué le queda? ¿La protección de algún Gran Hermano?

La orfandad de Europa no va a ser llenada por ningún otro nombre, ni poder ni providencia humanos. Más bien, debe enfrentarse a la advertencia: «los pueblos que olvidan a Dios se hunden en la fosa que hicieron» (Sal 9). Y Jesús subraya en el Evangelio: «La planta que no haya plantado Mi Padre será arrancada de raíz» (Mt 15, 14). Por eso oramos con el profeta (Sofonías) para que Dios dé «a nuestros pueblos labios puros para que invoquen el Nombre del Señor», «Nombre único en el que podemos ser salvados», única piedra angular capaz de cimentar la ciudad humana.

Nuestra invocación se dirige también a María, la Virgen Madre que «permanecía en pie junto a la Cruz», y unimos a la suya todas las intercesiones para pedir a su Hijo que alce su Brazo Poderoso para salvar a su pueblo. Para pedirle que ilumine nuestras inteligencias a fin de comprender que la verdad no ha pasado de Dios al hombre, ni de la Iglesia a las leyes humanas que ignoran las divinas, ni del Evangelio a los sabios de este mundo. Que sólo es perdurable lo que tiene sus raíces en la acción y en la palabra de Dios. Todo lo que es Paz y Libertad, Justicia y Amor y Verdad, está en ella.

Con esta Virgen del Valle, junto a todos los que reposan hermanados en esta Basílica, en particular con los que ya han sido declarados beatos, con la multitud de santos españoles que, sobre nuestras cabezas, rodean al Cristo Pantocrator, nosotros los monjes del Valle, sólo deseamos mantener nuestra vigilia de amor y de esperanza junto a la Cruz.

A la sombra de esta Cruz del Valle, desde el interior de esta Basílica, los monjes ofrecemos cada día la liturgia de la reconciliación, de la unidad y de la paz: «paz para los que están lejos y para los que están cerca».

Como el profeta, también nosotros oramos «incesantemente por la nación y por la ciudad de Jerusalén», es decir, por el pueblo y los pueblos de España, en una plegaria diaria de intercesión en favor de su paz y su prosperidad, así como por la conservación de lo más precioso de nuestra herencia que es la fe de ese pueblo. Desde aquí esta Comunidad observa y acompaña los pasos de nuestra sociedad, y ora para que no llegue a ponerse en peligro de ruina nuestro patrimonio espiritual, moral e histórico.

 


[1]  Anselmo Álvarez Navarrete, OSB es Abad de la Abadía Santa Cruz del Valle de los Caídos. El presente texto corresponde a la alocución pronunciada en la Eucaristía de su Bendición Abacial el 14 de septiembre de 2004, en la Basílica del Valle de los Caídos.


 
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