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Altar Mayor - Nº 98 (01)
Domingo, 13 febrero a las 21:10:18

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 98 – Febrero de 2005

DILAPIDAR LA HERENCIA
Por Emilio Álvarez Frías

No es nuevo que los hombres se cieguen y dilapiden la herencia que reciben de sus mayores quienes, para crear su patrimonio o para incrementarle, tuvieron que trabajar duro, con sacrificio, dejándose la vida en muchas ocasiones para que los que les reemplazaran en ley de vida recogieran una situación mejor que la que ellos encontraron, la disfrutaran con juicio y cordura y la acrecentaran con inteligencia y esfuerzo en la medida de lo posible. Ya en la parábola del hijo pródigo (Lc 15,11-14) Jesús de Nazaret expone el tema, si bien más con el ánimo de poner de manifiesto que era más importante el regreso de ese hijo que disipó su parte de la herencia que el mal uso dado a lo que seguramente con desvelo había conseguido allegar el padre. Pero el hecho, en sí, evidencia cómo es posible despilfarrar disparatadamente una heredad que había costado reunir.

¿Estamos dilapidando en España la herencia acumulada durante siglos?

Desde que un día los españoles decidieron que era preciso encontrar soluciones al hambre, a la pobreza, a las indignantes desigualdades sociales, a los odios que por todo ello se iban enquistando en la interioridad de los individuos, incluso a limpiar las mentes de quienes las iban llenando de rencores, resentimientos y aversiones, y para ello se lanzaron a una lucha entre hermanos, generaciones enteras se han sacrificado para, desde la ruina, crear un patrimonio, incrementarle día a día, con la voluntad puesta en transmitirle saneado a las siguientes generaciones.

Del enfrentamiento encarnizado entre hermanos se llegó, tras la depuración en los campos de batalla, al entendimiento, la comprensión, el deseo de trabajar en un esfuerzo común, enterrando discordias anteriores, concediendo el perdón a quien lo precisara, siendo generosos en el olvido los que más perdieron. Buena muestra de ello es el Valle de los Caídos, donde se encuentran hermanados en la muerte tanto los que estaban en una como en otra trinchera. El monumento a la reconciliación de los españoles, de las dos Españas, que es el Valle de Los Caídos, debería ser lugar de peregrinación de todos cuantos en algún momento de su vida sienten que por su mente cruza un pensamiento de odio hacia sus semejantes, un atisbo de egoísmo que perjudique a los otros, una idea contraria a la necesaria paz que debe reinar entre los españoles de cualquier latitud.

Mas vemos que de la Patria ilusionada que día a día fueron haciendo esas generaciones como patrimonio a transmitir se ha olvidando el sacrificio que ello costó y se está despilfarrando su unidad y cohesión, rompiendo ese acervo común para arrancar cada grupo una tajada a la que manejar y deshilvanar, quebrando la unidad entre las tierras y los hombres, fomentando de nuevo el enfrentamiento entre éstos, cegando las mentes al pensamiento racional que es sustituido por la influencia de los manipuladores que a través de todo tipo de medios hacen ver a lo negro como blanco, lo feo como bello, que la verdad está en la mentira que ofrecen, que los valores morales son antiguallas que hay que sustituir por lo progresista que nadie puede garantizar dónde se encuentra, que sobre la vida y la muerte se puede decidir al margen de la propia existencia vital del hombre, que todo se puede modificar a voluntad, que la libertad sin límite alguno es lo que debe sustituir al libre albedrío que limita esa libertad a lo que es justo y responde a las leyes de la naturaleza, que el hombre de hoy no ha surgido por generación espontánea sino que es consecuencia de la estructura que se ha ido fraguando a través de la evolución física y mental a lo largo de los tiempos.

¿Cabe preguntarse si, como el hijo pródigo, estamos dilapidando la herencia recibida en lugar de acrecentarla para legarla a las generaciones venideras? La respuesta, al menos desde mi perspectiva, es afirmativa.

Estamos dando la espalda a los valores fundamentales que a través de la cultura y la religión hemos recibido. Hemos olvidado el sentido de Patria que ha de unir a todos los españoles en la idea común e ilusionada de trascender colectivamente con el legado de la herencia recibida. Estamos destruyendo la unidad de la nación en aras de crear territorios dirigidos y controlados por minorías iluminadas que quieren encerrarse en su terruño. Abandonamos la cultura en manos de desalmados que la manipulan hasta hacerla irreconocible, con lo que el hombre pasa a ser un número en la sociedad impersonal que le aguarda. Despreciamos la vida de los demás haciéndola irrelevante, por lo que no hay inconveniente alguno en impedir que los niños concebidos se asomen a la vida, o impulsando a que los mayores, que ya no sirven y sí son incómodos, aceleren su marcha de entre nosotros. Rompemos la familia haciendo escarnio de sus valores, e igualamos al sagrado concepto de matrimonio la unión de seres de un mismo sexo, rompiendo la ley que rige la naturaleza entre las diferentes especies que pueblan la tierra. Fomentamos el odio entre seres que piensan distinto cuando el hecho del disenso debiera utilizarse para continuar con mayor conocimiento el progreso de la humanidad y acrecentar el patrimonio a legar. Quebramos el sentido de la humildad y consideramos al otro como inferior, como insignificante, y le insultamos, le mancillamos e intentamos hundirle en lo profundo del olvido y el desprecio de los demás.

Realmente estamos dilapidando la herencia que hemos recibido de las generaciones que se han sucedido a través de los siglos, con sus luces y sus sombras, con lo bueno y lo malo que pudieron tener, para gastar vanamente en fuegos de artificio el patrimonio acaudalado con esfuerzo y tesón. Una pena.

Máxime cuando, si se repasa la historia, se puede apreciar que unos tiempos buenos han sido sustituidos por otros malos, y al contrario, en series continuadas; que nunca se rompe esa sucesión por lo que los esfuerzos de los dilapidadores, costará más o menos tiempo, serán enderezados por la acción de otras generaciones que vuelven a poner las cosas en su sitio para que la cultura, las ideas, la ciencia y el hombre en suma puedan continuar su evolución en busca del auténtico progreso.

¿Por qué, por tanto, empeñarse en dilapidar la herencia?

Aunque siempre nos quedan los brazos del Padre que recibe al hijo pródigo que con humildad vuelve a la casa de la que nunca debió salir.


 
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