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El Risco de la Nava
El Risco de la Nava - Nº 272
Jueves, 02 junio a las 14:50:27

El Risco de la Nava

GACETA SEMANAL DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 272 – 31 de mayo de 2005

SUMARIO

  1. Felipe González y el Valle de los Caídos
  2. El ejemplo francés, por Antonio Cabrera
  3. Censura en camisa, por Aquilino Duque
  4. Llamamiento, por Pío Moa
  5. Políticos descerebrados, por José Mª García de Tuñón
  6. Carta de una víctima al Presidente del Gobierno
  7. ¡Toma ya!, de Hispanidad


FELIPE GONZÁLEZ Y EL VALLE DE LOS CAÍDOS

El presidente del Gobierno Español, Felipe González, en declaraciones al semanario británico The Observer (17 noviembre 1985), anuncia que, cualquier día, sorprenderá a los españoles visitando el Valle de los Caídos:

«¿Por qué no debería ir? Es territorio español ¿verdad? Sin dudarlo, iré cuando aparezca la oportunidad».

Simultáneamente el diario El País publica unas extensas declaraciones de Felipe González, en las que, entre otras cosas, dice:

«Hay gente que se ha propuesto intentar hacer desaparecer los rastros de cuarenta años de historia de dictadura. A mí eso me parece inútil y estúpido».

Ver Diario 16, 18 noviembre 1985
 

EL EJEMPLO FRANCÉS (Francia dice no a la Constitución europea)
Por Antonio Cabrera

«Francia se ha expresado democráticamente. Habéis rechazado mayoritariamente la Constitución europea. Tomo nota». Así comenzaba la breve alocución que el presidente de la República francesa, Jacques Chirac, dirigió a los franceses tras conocer la victoria del no en el referéndum al tratado cons-titucional europeo del pasado domingo 29 de mayo, rechazado masiva-mente por la ciudadanía francesa con casi un 55 % de votos en contra.

Y agregaba: «el 16 de junio el Consejo de Europa se reunirá en Bruselas. Allí defenderé las posiciones de nuestro país teniendo en cuenta vuestro mensaje». Y concluía: «Habéis expresado vuestras inquietudes y vuestras esperanzas. Los he escuchado y os responderé dando un impulso nuevo y fuerte a la acción de Gobierno. En los próximos días sabréis mis decisiones sobre el Gobierno y las prioridades de su acción».

El mensaje de Jacques Chirac -que dirigía a sus compatriotas apenas una hora después de haberse cerrado los colegios electorales- cobra toda su grandeza institucional habida cuenta que los resultados del referéndum le descartan previsiblemente como candidato al palacio del Eliseo en el 2007 -Chirac no es Rodríguez, naturelment- y que pondrán un punto final de estrepitoso fracaso a una década como Jefe del Estado y a su carrera política. Toda una lección de transparencia, respeto a la voluntad popular y limpieza democráticas. ¡Chapeau M. Chirac!

Además de cambiar radicalmente el panorama político en Francia, abrir con dos años de adelanto la batalla electoral para la elección del presidente de la República y provocar, sin duda, un cataclismo político en la Unión Europea, lo que resulta más revelador de los resultados del referéndum sobre el Tratado constitucional europeo es la constatación de la pujanza de la democracia francesa.

Al contrario que en España -la comparación resulta inevitable-, la fortaleza de su sociedad civil es extraordinaria. Como se ha puesto de manifiesto durante la campaña del referéndum, en el país vecino existe una compleja red de miles de asociaciones, organizaciones e instituciones donde se cristaliza, promueve y difunde la opinión pública al margen de los partidos políticos. Envidiablemente hay países, como Francia, donde la democracia reside realmente en el pueblo, que expresa e impone sus criterios a los partidos políticos que, en último término, sólo son un cauce para expresar la voluntad popular en las urnas. Y no al revés, como España, donde la voluntad de los ciudadanos es suplantada por la de los dirigentes de los diferentes partidos políticos, constituidos en jueces y árbitros inapelables de la opinión pública.

No es que la sociedad francesa haya enloquecido de repente apoyando mayoritariamente los criterios de la Liga Comunista Revolucionaria de Olivier Besancenot o los del Frente Nacional de Jean-Marie Le Pen. Es que la ciudadanía francesa en un momento clave de su Historia ha dado, una vez más, una muestra insuperable de responsabilidad y madurez política, acudiendo masivamente a las urnas y votando por encima de intereses de partido. Por eso ha hecho posible que el sí al referéndum que patrocinaban los partidos mayoritarios, desde el centro derechista UMP (Unión Movimiento Popular) de Chirac, Nicolas Sarkozy y Jean-Pierre Raffarin, al PS (Partido Socialista) de François Hollande y Laurent Fabius, el centro liberal UDF (Unión Democrática Federal) de François Bayron o Los Verdes del inefable Yann Wehrling, hayan sucumbido a los minoritarios partidarios del no como el FN (Frente Nacional) o los testimoniales PCF (Partido Comunista Francés) y LCR (Liga Comunista Revolucionaria).

Esta independencia de criterio de la sociedad civil francesa no solamente ha desarbolado a Jacques Chirac y a su partido. El referéndum también ha fracturado al partido socialista en dos mitades. Por mucho que Hollande achaque el resultado a un voto de castigo al presidente Chirac, el hecho incuestionable es que un 60 % del electorado socialista ha votado no. La guerra civil ha estallado en el PS y se prevé un congreso extraordinario en los próximos meses.

Los franceses ya no idealizan Europa. Hablan de paro y deslocalizaciones. No se sienten ciudadanos de un espacio geográfico del que no pueden fijar sus límites, ni citar sus capitales. Han votado como Le Pen, pero sin arriesgarse a elegir a Le Pen. Han castigado a Chirac, pero sin colocar a Fabius en el Eliseo. Han reprobado a la clase política, pero sin peligro de involución. ¿Podrá hacer lo mismo la sociedad española en la manifestación contra cualquier negociación con los asesinos de ETA del próximo 4 de junio? Yo no pierdo la esperanza.
 

CENSURA EN CAMISA
Por Aquilino Duque

Al serenarse, es un decir, las aguas después del maremoto vaticano que supuso la muerte de Juan Pablo II y la rápida exaltación de Benedicto XVI, todos aquellos, dentro y fuera de la Iglesia, que disentían del primero y vetaban al segundo, se sacuden el polvo que mordieron y vuelven al asalto de la Piedra sobre la que Cristo edificó su Iglesia. En obra de poco tiempo, he oído decir que los desmanes litúrgicos del Vaticano II se deben en exclusiva al Papa Wojtyla y que su Pontificado estuvo lastrado por la paranoia anticomunista, de ahí que haya apostasiado un cuarenta por ciento de la Iglesia militante. Ya en otra ocasión me permití observar que la paranoia anticomunista fue sustituida por la paranoia antifascista y, en estos últimos años y entre nosotros, por la paranoia antifranquista, única y obsesiva ideología de la clase política que padecemos.

Todo el que tenga un mínimo de inteligencia y de vergüenza sabe que las razones de la presunta paranoia del Papa polaco eran mucho más reales que las de la paranoia efectiva de los demócratas de toda la vida, retoños muchos de ellos en nuestro país, cuando no servidores, de la «terrible dictadura» gracias a la cual hicieron carrera. En este punto, quisiera salir al paso de ciertos críticos, con cuyas ideas simpatizo aunque no con sus paranoias, cuando censuran a los que ponen a salvo al jefe del Gobierno socialista de las torpezas y fechorías de sus ministros diciendo que proceden igual que los que ponían al «dictador» al margen de las fechorías y torpezas de sus servidores.

Ya decía el jacobino Saint-Just que no se reina impunemente, pero aun así me parece injusta la paranoica comparación, pues no hace falta hacer memoria para afirmar rotundamente que lo peor del «franquismo» eran los «franquistas». No me dejarán mentir los nombres de Suárez, Martín Villa, Calvo Bustelo, como se llamaba éste antes de montarse en el guión del protomártir para hacer carrera, y tantos y tantos que sería prolijo enumerar. Les faltó tiempo, apenas muerto aquél a quien juraron adhesión inquebrantable, para aplicarse a lo que el difunto había logrado evitar, a saber: el descuartizamiento de España y la trituración de sus valores y sus instituciones, o, dicho con palabras de otro que tal, el general Gutiérrez Mellado, «la entrega al enemigo de los frutos de la victoria», que era justamente lo que éste y otros andaban negociando a cencerros tapados mientras tranquilizaban a un público aún poco preparado para la zarrapastrosa democracia que se le venía encima.

A mí me da no sé qué de opinar sobre lo ocurrido treinta años después, pues todo lo que pueda decir llevo treinta años diciéndolo y, como yo, otros que han muerto ya o que aún están vivos, pero murados en vida por la peor de las censuras que existe, que es la censura de la democracia. Esa democrática censura no la ejercen los políticos, sino los periodistas sobre todo, al menos los que se nutrían y se nutren del famoso «fondo de reptiles», y en especial los que pasaron de una obediencia a la contraria sin más esfuerzo que el que hace todo buen ofidio para mudar de camisa.
 

LLAMAMIENTO
Por Pío Moa

Libertaddigital.com

Hago un llamamiento a crear un movimiento ciudadano que alerte a la totalidad de la población y plante cara a la actual alianza entre separatismo, terrorismo y demagogia que nos empuja al caos  En 1976, tras más de un siglo de convulsiones a menudo sangrientas, y de gobiernos de excepción, la gran mayoría de los españoles acordamos una reforma política que estableció la convivencia en libertad, recogida en la Constitución de 1978. Pese a algunos defectos, inherentes a cualquier obra humana, el acuerdo constitucional ha permitido casi treinta años de paz, libertad y prosperidad, a pesar de que siempre han estado amenazadas, siempre perturbadas por el terrorismo y sus cómplices.

Hoy esos logros están en peligro y nadie debe cerrar los ojos al riesgo de volver a las epilepsias del pasado. Desde hace unos años fuerzas poderosas presionan sin descanso por lo que llaman Segunda Transición, y por cambios en la Constitución y los estatutos de autonomía. Sin duda la Constitución y los estatutos pueden reformarse, pero sería suicida hacerlo según el interés y el gusto de partidos cuyo objetivo declarado es la disgregación de España; partidos que han amparado y se han beneficiado del terrorismo; que han sembrado el fanatismo y el rencor, que han explotado la guerra civil como instrumento para resucitar los odios y arruinar la reconciliación; que allí donde han podido, como en Cataluña, han reducido las libertades y derechos ciudadanos, o, en el País Vasco, los han arruinado prácticamente. La anterior Transición nos llevó de una dictadura a la democracia. En estas condiciones la Segunda Transición sólo podría hacernos retroceder de la democracia a las viejas convulsiones.

El peligro, aunque creciente, parecía dominable hasta la matanza de Madrid del 11 de marzo de 2004: 191 muertos y más de mil mutilados y heridos. El terrorismo islámico, nadie debe olvidarlo, comparte con los separatismos el doble objetivo de desintegrar España y destruir su democracia. Y ha logrado con esa matanza, de un solo golpe, cambiar drásticamente la política de un país como España, novena potencia económica mundial y democracia supuestamente firme. Lo consiguió gracias a la debilidad de unos políticos, al oportunismo de otros, y a la confusión y el choque psicológico producidos en millones de españoles por la brutalidad sin precedentes del golpe. Desde aquella matanza el peligro se ha vuelto mucho más acuciante.

Nunca un atentado alcanzó sus objetivos de modo tan completo. Sus autores aspiraban a dejar a los iraquíes a merced del mismo tipo de asesinos de Madrid, y por lo que respecta a España lo lograron. Pero su éxito no paró ahí: desde ese momento se invirtió, dentro de España, la política de defensa del Estado de derecho y aplicación de la ley al Terrorismo Nacionalista Vasco, política que tan excelentes resultados venía produciendo. La ETA ha vuelto a ser legalizada, vulnerando la ley y los pactos democráticos. Se pretende que la claudicación ante los asesinos, bautizada como diálogo, traerá «la paz», como si los terroristas tuvieran interés en ella y la causa de sus crímenes radicara en la anterior defensa de la libertad y el derecho por el Estado. Sobre tal inversión perversa de la realidad se pretende dividir y desacreditar a las víctimas directas y a cuantos propugnan el imperio de la ley, tachándolos de interesados en la violencia.

Asistimos hoy a una política de apoyo y supeditación a grupos abiertamente separatistas, que se jactan de su decisión de fragmentar España e imponer en sus regiones sistemas antidemocráticos y excluyentes. Asistimos a una política de amistad y concesiones a tiranías extranjeras, incluyendo la de Mohamed VI, que no oculta su apetencia sobre territorios españoles. Asistimos a campañas de falsificación de la historia y de apología del golpismo causante de la guerra civil. Todo ello realizado con los instrumentos del Estado y mediante hechos consumados y tratos oscuros, pervirtiendo el lenguaje para presentar lo inadmisible como deseable y anestesiar la conciencia de los ciudadanos españoles con ilusionismo verbal.

Esta política funesta está haciendo degenerar a la democracia en una demagogia rampante, está destruyendo el espíritu y la letra de la libre convivencia alcanzada en 1978 después de un siglo de frustraciones, y amenaza traernos un nuevo desastre. Al arrasar la reconciliación y la paz en la libertad, legadas por la Transición y basadas en el respeto a la ley, los responsables de tal política adquieren una inmensa responsabilidad histórica.

Las conmociones del pasado han generado un espíritu pesimista, según el cual «los españoles no tenemos remedio» y estamos predestinados a arruinar nuestras mejores oportunidades. Nada más falso. Pero se impone reaccionar a tiempo, antes de que la pendiente a la catástrofe se vuelva demasiado empinada para detenerse. Los ciudadanos que aman la democracia y la unidad de España, voten al partido que voten, deben hacerse conscientes del peligro. Debemos impedir absolutamente el deterioro de nuestras libertades y la desintegración de España en pequeños estados más o menos tiránicos, atrapados por la discordia, insignificantes en el plano internacional y objeto de las intrigas de otras potencias.

Hago un llamamiento a crear un movimiento ciudadano que alerte a la totalidad de la población y plante cara a la actual alianza entre separatismo, terrorismo y demagogia que nos empuja al caos. En las manos de todos está impedir un nuevo fracaso histórico de nuestra convivencia.
 

POLÍTICOS DESCEREBRADOS
Por José Mª García de Tuñón

Todos hemos contemplado hace unos días cómo Carod-Rovira hería los sentimientos de todos los hombres de bien cuando a este político descerebrado se le ocurrió la bufanada de posar para el inefable Maragall colocando sobre su cabeza una corona de espinas sin tener en cuenta que para los católicos esa corona está considerada como un símbolo sagrado. Pero no contento con todo esto, el presidente de la Generalidad buscó a otro candidato para hacer igual fotografía. Y todo esto ocurría en una de las calles de Jerusalén. A este despropósito la Conferencia Episcopal emitió, con algunas horas de retraso, un comunicado que decía que la escena reflejada en la fotografía «ha causado indignación a muchos creyentes y no creyentes en España y en todo el mundo». Más tarde, Pascual Maragall, cuando el mal ya se había hecho, pidió disculpas al arzobispo de Barcelona.

Sin embargo, no ha sido éste el único incidente que este par de impresentables protagonizaron en aquel país. De la corona de flores dispuesta para el acto en memoria de los seis millones de judíos víctimas de los nazis, el propio personal de la Embajada de España procedió a retirar la bandera española que iba junto a la corona y dejar solamente la catalana. El Ministerio de Exteriores español pidió un informe con todo lo ocurrido y el ministro Moratinos nos ha dicho y quiere hacernos creer que la floristería fue la culpable de la retirada de la bandera española. Al parecer ha sido la explicación que le ha transmitido nuestro embajador Miralpeix. De momento no sabemos nada más, pero mucho nos tememos que todo quedará en lo que ellos llamarán simple «anécdota»; o lo que es lo mismo: «no ha habido intención política, sino mala gestión por parte de los funcionarios», según quiere hacernos creer también Pascual Maragall. Y todo esto ocurría unos días después de que Carod-Rovira se ausentara de un acto homenaje al fallecido ex primer ministro isrealí Isaac Rabín porque según  Carod no ondeaba la bandera catalana.

Pero no acaba aquí lo que hacen algunos políticos catalanes. Al parecer, existe un libro editado por el Ayuntamiento de Barcelona, que compara el Holocausto nazi con el muro de Cisjordania. A este respecto, el embajador de Israel en España ha enviado una carta al alcalde de Barcelona pidiendo la retirada y rectificación de esas afirmaciones. Tras este nuevo escándalo Maragall ha manifestado, para quitar hierro al asunto, que es «una comparación infeliz y desproporcionada». Así y todo, las noticias que llegaron en un primer momento era que el Ayuntamiento no pensaba modificar esas palabras porque lo que decía el libro es una opinión de los propios autores. Más tarde cambiaron de opinión y el alcalde, Joan Clos, prometió revisar el texto y retirar aquellas frases que pudieran herir al pueblo judío.
 

CARTA DE UNA VÍCTIMA AL PRESIDENTE DEL GOBIERNO
Fina Saavedra
, Delegada para Galicia de la Asociación Víctimas del Terrorismo

Señor Zapatero: Soy una víctima del terrorismo que quiere expresar sus sentimientos en estas convulsas fechas en las que parece que nadie nos tiene en cuenta en esta sociedad que usted preside, sobre todo después de los últimos acontecimientos y tras las elecciones en el País Vasco. 

Déjeme decirle, señor Zapatero, que se nota mucho que usted nunca ha tenido que vivir callado, excluido, reprimido y, lo que es peor, vejado y relegado de su propio país. Me alegro de que haya sido así pero me veo en la obligación de recordarle que hay muchas familias que hemos vivido y viven así. Sin ir más lejos mi familia y yo hemos soportado esta situación durante doce largos años en el País Vasco. Todo ello para terminar con el peor de los finales: el asesinato de mi esposo, un hombre de bien y respetuoso con todos y, sobre todo, con el estado de derecho, cuyo único pecado era (para esas alimañas carroñeras de ETA) vestir un uniforme.

 Señor Zapatero, quiero recordarle que el estado de derecho que usted preside debe ampararnos a todos pero que yo, por desgracia, veo que no es así porque, como le digo, tras los últimos acontecimientos y el anuncio de negociaciones con esa banda de asesinos me siento desamparada como ciudadana y, lo que es peor, otra vez ignorada y vejada como víctima del terrorismo. ¿Dónde está su talante, señor presidente? Yo también reclamo ese talante como ciudadana y más como víctima porque, como tal, he pagado un precio muy alto, el más alto que se puede pagar por una sociedad en paz  y en la que los ASESINOS no deben tener cabida ni representación.

 Dice un refrán que no hay peor ciego que el que no quiere ver y eso es lo que le pasa a usted con el Partido Comunista de las Tierras Vascas. ¿Que no hay pruebas? Yo no soy jurista pero, eso sí, tampoco ciega ni sorda, y esa gentuza nos puede decir más alto pero no más claro a quién sirven. Usted dice que no ve indicios ni pruebas que los vinculen con ETA, y yo creo que los árboles no le dejan ver el bosque. Esos árboles que, a mi humilde entender, son esos votos que los asesinados ya no ejercen y esa ingenuidad, o diría mejor afán de protagonismo, de pasar a ser el gran libertador de nuestro país. Pues bien, yo desearía ser la persona más equivocada del mundo pero a conversaciones anteriores me remito, como las de Argel y Suiza. ¿Es que no son suficientes dos tropiezos en la misma piedra para saber que con los asesinos no se puede negociar? ¿Es que no nos damos cuenta de que en esta negociación no son equiparables los términos?

 Señor presidente, las víctimas ponemos nuestros muertos sobre la mesa, pero, ¿qué ponen los asesinos? La experiencia ha demostrado muchas veces que ETA solamente conoce el lenguaje de las armas, el pin pan pun, como ellos dicen, y utilizan la buena voluntad y los deseos de paz que existen en nuestra sociedad para engañarnos a todos con treguas ficticias y conversaciones vacías que emplean para reorganizarse, rearmarse y afianzarse más en sus acciones sangrientas.

Señor presidente, quisiera ver de una vez por todas que esa tolerancia de la que hace gala con otros colectivos se extiende también hacia las víctimas del terrorismo, que llevamos muchos años esperando que se nos escuche y que se nos haga justicia en nuestro propio país. No sé si se da cuenta de que somos más de mil víctimas a las que esa banda de asesinos ha condicionado la vida y la de nuestras familias. Más de mil personas con los brazos abiertos a la paz, que es lo que más deseamos, pero también abiertos a la justicia y a que cada parte asuma su condena. La nuestra es vivir sin nuestros maridos, padres, hermanos y amigos, pero la de los terroristas es vivir entre rejas.

Somos más de mil personas que posiblemente no sumen muchos votos pero, señor presidente, somos mil votantes y mil ciudadanos con los que usted no está cumpliendo. Una parte importante de su país, que también es el nuestro, a la que está abandonando y dejando a su suerte. Porque ¿quién  piensa en nosotros, en nuestros muertos, en cómo sería nuestra vida si no se oxigenase a los terroristas con tantas conversaciones y se les aplicasen las leyes del estado de derecho?

Yo me he visto sola educando a mis hijos, sin que ninguna universidad les regale un aprobado o una matrícula como ocurre con los terroristas. Pero yo no le pido nada, señor presidente, tan sólo lo que me corresponde como ciudadana, que es ver cómo se cumplen las leyes que rigen el Estado en el que vivo y que no excluya a los casi mil asesinados y más de 5.000 heridos como consecuencia del terrorismo que asola nuestra sociedad.

Siento ahora mismo que parte de mis impuestos van a servir para pagar las balas y las bombas que van a dejar otra vez tanto dolor, amargura y soledad en nuestra sociedad. ¿Está permitiendo eso, señor presidente?
 

¡TOMA YA!
Giscard d'Estaing: Si los franceses rechazan su texto, «la única solución es volver a votar»

Tomado de Hispanidad

El padre de la Constitución europea está dispuesto a aprobarla, lo quieran los europeos o no lo quieran. Sus impactantes palabras fueron pronunciadas en víspera del referéndum francés. Según Giscard, no será posible hacer una nueva Constitución ni mejorar la suya. Las previsiones en Holanda aún son peores. Europa corre el riesgo de convertirse en una aristocracia elitista. La economía europea, pendiente de un referéndum político en uno de los 25 países miembros.

Europa se despabila aún de las impactantes palabras de Giscard d'Estaing, el que fuera presidente de Francia con los liberales-centristas y padre de la Constitución Europea. Chirac amenazó y suplicó a los franceses un «sí» a la Constitución pero no se atrevió a tanto : para Giscard, si los franceses dicen «no» el domingo 29, tendrán que votar otra vez el mismo texto, se supone que hasta que digan «sí». Las declaraciones de Giscard a la televisión francesa La Chaîne Info (LCI) no dan pábulo a equívocas o malas interpretaciones. Giscard afirma que aunque se produzca un «no» francés, «el proceso de ratificaciones evidentemente continuará en la Unión Europea, porque pararlo sería injurioso para los otros países. Es un asunto de 25 países, no un asunto francés».

Por si no había quedado claro, d'Estaing recalcó que todos los países que digan no a la constitución, a su constitución, «deberán volver a votar».

Según Giscard, «no habrá voluntad política para volver a empezar el trabajo». En otras palabras, no admite una nueva Constitución ni un nuevo texto mejorado: ha de ser el suyo.

Recordemos que tras la consulta francesa viene la holandesa, donde las encuestas aún auguran mejores resultados a quienes se oponen a la Constitución Europea. Es igual; las palabras de Giscard, grado 33 de la francmasonería, casi sonrojan, en el sentido de que ratifican el déficit democrático sobre el que se está construyendo Europa. Lo peor es que en Bruselas se extiende el mismo rumor desde hace tiempo: se vote lo que se vote, ha de ser «sí». Se habla de que «no hay plan B», aunque nadie se ha atrevido a ser tan abiertamente antidemocrático como Gisard. Otrosí, surge la curiosa teoría, cuyo origen nadie reconoce, de que sólo se replanteará un cambio Constitucional, un volver a menear el proceso, en el caso de que sean cinco los países que digan no.

Pero la prueba de déficit democrático más grande sería que la ratificación en países que no han sometido el reto constitucional a referéndum, fuera superior a los que sí lo han hecho. En ese caso, habría que hablar de una Europa aristocrática, formada por las instituciones de Bruselas y por la clase política de los 25 países miembros, interesadas en dotarse del mayor número posible de cargos públicos. Enfrente estarían los ciudadanos, que no sienten el menor entusiasmo ni por esta constitución ni -y esto es lo más grave- por el propio proceso de unidad europea.

La confusión en Europa es máxima, especialmente en el ámbito económico. Las últimas encuestas (Le Monde proporcionaba al «no» un 54%) provocan disparates como los del padre de la Constitución. Todo está pendiente del resultado del domingo, y nunca un pueblo ha sido tan presionado como el francés para que apruebe un tratado Constitucional. por las buenas o por las malas.

Por cierto, una de las argumentos más importantes para el «no» ha radicado en el visto bueno inicial de Bruselas a la integración de Turquía en la UE.

* * *

Este es el talante de quienes hablan a boca llena de libertad y democracia. Si éramos partidarios del no a la Constitución elaborada por el masón D. Giscard, tras estas declaraciones se nos quitan los pesares de sentir sobre nuestros hombros la preocupación de pensar que hemos sido maliciosos al considerar que tenía que tener trampa. Ahora nos lo deja claro el señor d’Estaing: si tanto empeño tiene en que se apruebe la Constitución elaborada por él es palmario que a España no la ha de beneficar y será exclusivamente para la grandeza de la Francia.


 
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