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Altar Mayor - Nº 104 (34)
Jueves, 12 enero a las 08:32:31

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 104 – Enero de 2006 (Extraordinario)

POESÍA RELIGIOSA
Por José Mª García de Tuñón [1]

Decía José García Nieto, premio, entre otros, de la poesía religiosa en 1979 de «San Lesmes Abad» y autor de estos versos: Gracias, Señor, porque estás / todavía en mi palabra…, que «la mejor poesía española de todos los tiempos había sido escrita por religiosos» [2]: San Juan de la Cruz, Fray Luis de León, Santa Teresa de Jesús, están en las más altas cimas. Pero no vamos a escribir en este artículo sobre la poesía de éstos, sino de la poesía religiosa escrita por autores poetas como Gerardo Diego, Rafael Alberti, Leopoldo Panero y Miguel Hernández y que, en esta ocasión, dedicaron a la Virgen María. «Poesía es oración», se ha dicho y una de las figuras de la poesía del siglo XX, Dámaso Alonso, escribió: «Toda poesía es religiosa. Buscará unas veces a Dios en la Belleza. Llegará a lo mínimo, a las delicias más sutiles, hasta el juego, acaso. Se volverá otras veces, con íntimo desgarrón, hacia el centro humeante del misterio, llegará quizá a la blasfemia. No importa. Si trata de reflejar el mundo, imita la creadora actividad. Cuando lo canta con humilde asombro, bendice la mano del Padre. Si se revuelve, iracunda, reconoce la opresión de la poderosa presencia. Si se vierte hacia las grandes incógnitas que fustigan el corazón del hombre, a la gran puerta llama. Así va la poesía de todos los tiempos a la busca de Dios» [3].

Gerardo Diego es, para algunos, el gran impulsor de lo que se conoce como Generación del 27, un grupo en el que se inscriben figuras tan diferentes como Rafael Alberti, Federico García Lorca, Jorge Guillón, Luis Cernuda, Vicente Aleixandre, Pedro Salinas, etc. También «el católico poeta –que no poeta católico– por antonomasia en esta generación» [4]. Nace en Santander el 3 de octubre de 1896 y estudia en el Instituto de esa capital, terminando el bachillerato en 1912. A continuación comienza la carrera de Letras en Deusto pasando después a Salamanca y más tarde a Madrid donde termina en 1916 con sobresaliente que le otorga un tribunal formado por Ramón Menéndez Pidal, Manuel Gómez Moreno y Américo Castro. En 1920 consigue la cátedra de Lengua y Literatura españolas siendo su primer destino el Instituto de Soria: Quien os vio no os olvida / azules de Soria, azules… Vendrían más tarde los destinos de Gijón, Santander, y el  Instituto Beatriz Galindo de Madrid, donde se jubilaría en 1966. Los últimos años los pasa en su casa de Pozuelo de Alarcón. Escribe artículos para distintas publicaciones y en 1986 se le concedió la medalla de oro al Mérito en el Trabajo. A partir de este momento apenas sale a la calle, incluso deja de frecuentar la tertulia literaria del Café Gijón. Su mujer declaraba a Lid: «Gerardo está enfermo. No tiene nada en concreto, sólo muchos años. No escribe ya y lee muy poco. Pasa el día callado, se aburre, está como ausente, aunque conserva la lucidez» [5], y con su muerte desaparece una de las máximas figuras de la Generación del 27, aunque él prefería llamar «grupo».

Gerardo Diego es el único de los poetas de su generación que escribe una poesía de sentido católico y sintió en 1924, por primera vez, la conciencia de que su deber era no sólo cantar, sino rezar en verso. Por eso su hija Elena declaraba, en cuanto a la poesía religiosa de su padre, que «hay referencias directas en algunos de sus libros, pero en realidad las vivencias como creyente impregnan toda la obra de mi padre» [6]. Y así escribió Via crucis para el uso de cuantos devotos quisieran utilizarlo al recorrer las Estaciones dentro de la iglesia. Decía el poeta que lo difícil fue empezar y encontrar el tono deseado, pero para llegar a Dios no hay más camino que el del amor que vence y perdura. Cuando en cierta ocasión le preguntaron que concretara desde cuándo se había sentido poeta, contestó: «A mí me causó gran impresión la lectura de un libro de texto, Retórica y poética, donde antes habían estudiado mis hermanos (éramos diez), y que más tarde leyendo una biografía de Juan Ramón Jiménez, resultó que él también había estudiado. Había allí un comentario a la Oda a la Ascensión, de Fray Luis de León, y leyéndolo se me abrieron los ojos y comprendí las muchas cosas que se podían decir en unas pocas líneas» [7]. En 1971 publicó Versos divinos, donde el poeta reunía la mayor parte de su poesía religiosa, incluso obras enteras como Ángeles de Compostela que hace que Gerardo Diego se nos muestre como un poeta católico «que sabe interpretar los temas de la religión con visión serena, soltura y originalidad» [8]. A la Virgen le dedicaría el soneto titulado A la Asunción de Nuestra Señora que habla de asunción, pero la asunción no se menciona. «Habla de la Virgen, y su presencia no se nombra. Hay formas de hablar sin hablar» [9]:

¿Adónde va, cuando se va, la llama?
¿Adónde va, cuando se va, la rosa?
¿Adónde sube, se disuelve airosa,
hélice, rosa y sueño de la rama?

¿Adónde va la llama, quién la llama?
A la rosa en escorzo, ¿quién la acosa?
¿Qué regazo, qué esfera deleitosa
qué amor de Padre la alza y la reclama?

¿Adónde va, cuando se va escondiendo,
y el aire, el cielo queda ardiendo, oliendo
a olor, ardor amor de rosa hurtado?

¿Adónde va el que queda, el que aquí abajo,
ciego del resplandor, se asoma al tajo
de la sombra transida, enamorada?
[10].

                         * * *

Rafael Alberti nace en El Puerto de Santa María, a la sombra de las barcas de la bahía de Cádiz, el 16 de diciembre de 1902, donde vivió hasta los 14 años cuando se traslada con su familia a Madrid, convirtiéndose en un asiduo visitante del Museo del Prado donde se dedicaría a copiar los cuadros y a comprender hasta el cubismo, antes que a terminar sus estudios de bachillerato que había comenzado en el colegio de los jesuitas de Cádiz. Su afición a la pintura sirvió para que después dijera: «Tengo la ventaja de que, como he sido un pintor en mis comienzos, y lo he sido siempre aunque no pintara, volviendo a mi vocación primera en el año 1946, cuando se aleja de mí la inspiración poética tengo a mi disposición el signo gráfico» [11]: ¡El Museo del Prado! ¡Dios mío! Yo tenía / pinares en los ojos y alta mar todavía…

En 1920 fallece su padre y es entonces cuando el poeta deja a un lado la pintura y dedica más tiempo a la poesía: «Desde aquella noche seguí haciendo versos. Mi vocación poética había comenzado» [12]. En la Residencia de Estudiantes de Madrid hace amistad con García Lorca, Aleixandre, Dalí, Buñuel, todos ellos integrantes de la Generación del 27. En 1925 por su libro Mar y tierra inspirado en la nostalgia de su Andalucía marítima, luego publicado como Marinero en tierra, recibe el Premio Nacional de Literatura que comparte con Gerardo Diego, que lo ganaría con Versos humanos. A la muerte de Gerardo Diego, Rafael Alberti recordaría al poeta cántabro con estas palabras: «Conocí a Gerardo Diego en 1925, cuando fui a cobrar el Premio Nacional de Poesía que me concedieron aquel año y él se encontraba en la ventanilla para cobrar otro [13]. Me dijo: «Soy Gerardo Diego». Yo lo conocía, pero sólo de nombre, a través de unas colaboraciones en la revista Ultra, muy de la vanguardia de entonces, y por haber leído un libro de versos muy bonito, El romancero de la novia. Charlamos y quedamos muy amigos» [14]. En 1926 aparece La Amante y en 1927 El alba del alhelí. Con Moradas y sermones, 1929, abre una nueva etapa que encontrará en Sobre los ángeles su mejor expresión.

En la década de los treinta se casa con María Teresa León, que según Giménez Caballero, fue la mujer que llevó al poeta «hacia el sueño comunista» [15], ya que en 1931, después de una honda crisis que le hizo perder la fe que había tenido unos años antes, se afilia al Partido Comunista y, tras una visita a la Unión Soviética y otros países europeos, funda junto su mujer la revista Octubre. Durante la guerra civil española comienza La arboleda perdida, libro de memorias que irá ampliando y modificando a lo largo de su vida. En marzo de 1939 se exilió a Francia y luego a Argentina donde fija su residencia. Libros significativos de su paso por este país pueden ser Entre el clavel y la espada, A la pintura y Baladas y canciones del Paraná. En 1963 fija su residencia en Roma donde escribe Roma, peligro para caminantes y Canciones del Alto Valle del Aniene. Vuelve a España en 1977 y es elegido diputado en la lista del PCE, cargo que abandona en los primeros meses porque no pudo soportar la rutina parlamentaria. En 1983 recibe el Premio Cervantes y el día de la festividad de Santa Lucía de 1988 fallece en Majadahonda, en un centro geriátrico, abandonada a su suerte, su esposa María Teresa León. Rafael Alberti que no quiere morir porque la mar no muere nunca, repetiría muchas veces, fallece en El Puerto de Santa María el 28 de octubre de 1999 y en su despedida no faltaron los puños en alto, ni el canto de La Internacional, ni la bandera tricolor mientras Aitana, la hija de Alberti y María Teresa León, abrazaba la urna con las cenizas de su padre y Aznar y Ana Botella visitaban a Asunción Mateo, la segunda mujer del poeta. Con éste se fue el último de su generación y en conjunto un gran poeta, «pero no un poeta de primerísimo orden, como creen muchos que lo ponen a la par, y aun por encima, de Lorca», dice Vicente Gaos en la introducción al libro Antología del grupo poético de 1927 [16].

A la muerte del poeta gaditano se publicaron numerosos artículos de homenaje a su obra. Víctor García de la Concha, por ejemplo, nos decía que «de Alberti me gusta todo, y mucho. Pero si he de elegir un título me quedo con Sobre los ángeles» [17]. Para Radio Vaticano, a través del jesuita Giuseppe De Gennaro, «Rafael Alberti no era un "rojo incorregible", sino un hombre libre, un izquierdista muy comprometido, que leía a los místicos y que no se cansaba de leer estrofas del Cántico espiritual de san Juan de la Cruz» [18]. Es posible, de ser ciertas estas palabras del jesuita, que esa lectura influyera en Alberti para escribir el Triduo del alba, compuesto en honor de la Virgen del Carmen y dedicado a su madre:

«Mi libro comenzaba a ser una fiesta, una regata centelleante movida por los soles del sur. Hice un Triduo del alba –tres sonetos– a la Virgen del Carmen, patrona sonriente de la marinería, que dediqué a mi madre, la que se conmovió profundamente, deduciendo que con aquellas líricas oraciones mi ya advertida indiferencia religiosa se avivaba» [19].

Los sonetos los tituló: Día de coronación, Día de amor y de bonanza, y Día de tribulación, que es el que reproducimos:

¡Oh Virgen, remadora ya clarea
la alba luz sobre el llanto de los mares!
Contra mis casi hundidos tajamares,
arremete el mastín de la marea.

Mi barca, sin timón, caracolea
sobre el tumulto gris de los azares.
Deje tu pie, descalzo, sus altares,
y la mar negra verde pronto sea.

Toquen mis manos el cuadrado anzuelo
–tu escapulario–, Virgen del Carmelo,
y hazme delfín, Señora, tú que puedes…

Sobre mis hombros te llevaré a nado
a las más hondas grutas del pescado,
donde nunca jamás llegan las redes [20].

                           * * *

 

Miguel Hernández, el poeta puente entre los españoles del 27 y los españoles de la postguerra, nació en Orihuela el 30 de octubre de 1910. Cuando el poeta cumple la edad escolar es matriculado en un colegio privado llamado Nuestra Señora de Monserrate, donde permanece algo menos de un año. Sus biógrafos, a partir de que abandona este colegio, desconocen dónde siguió sus estudios, si es que los continuó, aunque creen que su padre le encargaría labores típicas de las tareas familiares entre las que pudieran estar el cuidado del ganado y siempre lo que su corta edad le pudiera permitir. En 1918 ingresa en las escuelas del Ave María, regido por jesuitas, donde estaría cinco años hasta su ingreso en el colegio de Santo Domingo que también estaba dirigido por aquellos. En este colegio alcanzaría excelentes notas que le valieron para ser Príncipe, Edil y Emperador, títulos con los que sus educadores distinguían a sus alumnos más aventajados. Pero esta buena racha que tiene en los estudios no llegaría a verla nunca acabada porque su padre, que pasa por malos momentos económicos, decide sacarlo del colegio, cuando aún no había cumplido dos años de estancia en él, y le busca un trabajo en un comercio textil.

Durante todo este tiempo Miguel no pierde ocasión de leer todo cuanto puede, sobre todo periódicos y revistas que es lo que más tiene a mano y algún libro que le prestan, donde siempre espera ojear algún poema mientras cuida de sus cabras. Cuando dispone de tiempo, que es muy pocas veces, visita la Biblioteca Pública y allí se encuentra con Bécquer, Zorrilla, Espronceda, etc., a los que lee con profunda admiración. A su corta edad el poeta ya sabía lo que quería y que no era otra cosa que escribir poemas mientras realizaba el trabajo que le encomendó su padre. Incluso consigue publicar su primer poema en un medio escrito (en este caso en el semanario local El Pueblo de Orihuela), titulado Pastoril, que le sirve para abrir las puertas de futuras colaboraciones en semanarios y revistas como, por ejemplo, Actualidad, El Gallo Crisis y Voluntad que le valdría para entrar a formar parte de un pequeño grupo literario donde se encontraba Ramón Sijé, que con el tiempo se convertiría en uno de sus principales apoyos, hasta tal punto que para algunos «la irrupción de Ramón Sijé en el círculo de amistades de Hernández fue determinante para entender ciertos aspectos de su obra y de su personalidad» [21]. Sin embargo esta buena relación se iría enfriando con el tiempo por culpa de la influencia que el poeta tuvo de Pablo Neruda. A la muerte de Sijé, el 23 de diciembre de 1935, Hernández diría a un amigo: «Yo estoy dolorido por haberme conducido injustamente con él en estos tiempos. He llorado a lágrima viva y me he desesperado por no haber podio besar su frente antes de que entrara en el cementerio» [22].

Un buen día decide trasladarse a Madrid y conoce a Giménez Caballero que participaría después en Orihuela en el homenaje a Gabriel Miró. Miguel Hernández tendría la oportunidad de volver a ver al hombre que meses antes había conocido en Madrid y del que había esperado mucho más de lo que al final resultó. A los pocos días de este homenaje, Hernández publicaría su primer libro Perito en lunas, edición costeada por el canónigo de Orihuela, Luis Almarcha [23]. Escribe después la pieza teatral La danzarina bíblica, sin abandonar su obra poética. Con este bagaje y con la ayuda de varios amigos, retorna de nuevo a Madrid donde le comienzan a salir mejor las cosas y en donde se relaciona con Luis Rosales y Luis Felipe Vivanco que intervienen a su favor ante García Lorca para que éste le ayudara a estrenar su obra de teatro El torero más valiente, pero del poeta granadino no obtendría ninguna respuesta. Insistiría más veces con idéntico resultado porque el poeta de Orihuela le hacía sombra y no lo podía soportar: por eso el Premio Nobel José Saramago, en la clausura del II Congreso Internacional Miguel Hernández, dijo, refiriéndose al día en que Lorca rehusó acudir a casa de Vicente Aleixandre porque se enteró de que allí estaba el autor de El rayo que no cesa: «El talento del genio no da derecho a menospreciar a los demás y eso no se lo perdono a Lorca» [24].

Cuando Miguel Hernández comienza a ser valorado estalla la guerra civil y el poeta se enrola en la 1ª Brigada Móvil de Choque, no incompatible con su nombramiento de comisario político. Todavía tiene tiempo de acudir a Valencia y participar en el II Congreso de Intelectuales en Defensa de la Cultura. Comienza a escribir su obra Pastor de la muerte y viaja a Rusia para estar presente en el V Festival de Teatro Soviético. A su vuelta se encuentra con la agradable sorpresa de que se han publicado sus obras Teatro en la guerra, Viento del pueblo y El labrador de más aire; pero llega cansado y con la salud muy quebrantada que le obliga a descansar. Cuando la guerra está tocando a su fin publica El hombre acecha, al mismo tiempo que comienza un nuevo calvario para el poeta porque es detenido y condenado a muerte. Para evitar un trágico final, los falangistas Rafael Sánchez Mazas y José María Alfaro se entrevistan con el general Varela que acompañaría después al primero a ver a Franco. Consiguen computar la pena impuesta por la inferior en grado que serían treinta años.

En la cárcel un día es visitado por Dionisio Ridruejo que iba acompañado por otros que componían «el grupo de la revista Escorial» [25], quienes, al parecer, tenían la intención de hacer cambiar al poeta su posición ideológica. Hernández está enfermo, muy enfermo, y algunos amigos falangistas, Manuel Augusto García Viñolas y Pedro Laín Entralgo, hacen gestiones para que el enfermo sea trasladado de Alicante a un sanatorio de Valencia donde estaría mejor atendido, pero no se consigue el traslado a su debido tiempo porque la orden llega cuando ya estaba desahuciado. En ese momento el poeta decide contraer matrimonio canónico con Josefina, pero no por su gusto sino más bien por ella; aunque otros opinan que «no lo hacía por proteger a su mujer, sino porque jamás se desprendió de sus sentimientos religiosos». Fallecía poco después en la madrugada del 28 de marzo de 1942.

Miguel Hernández vivió su fervor católico bajo la influencia de su íntimo amigo Ramón Sijé y fruto de su creencia publica, con sólo 23 años, un auto sacramental que tituló: Quién te ha visto y quién te ve, y sombra de lo que eras. Incluso hay quien considera que «los poemas hernandianos publicados en El Gallo Crisis constituyen uno de los corpus poéticos de poesía religiosa más relevantes de nuestra literatura moderna» [26]. Y fue precisamente en esa revista donde publicó el siguiente soneto que tituló: A Maria Santísima (En toda su hermosura):

¡Oh elegida por Dios antes que nada;
Reina del Ala, propia del zafiro,
nieta de adán, creada en el retiro
de la virginidad siempre increada!

Tienes el ojo tierno de preñada;
y ante el sabroso origen del suspiro
donde la leche mana miera, miro
tu cintura, de no parir, delgada.

Trillo es tu pie de la serpiente lista,
tu  parva el mundo, el ángel tu simiente,
Gloria del greco y del cristal orgullo.

Privilegio Judea con tu vista
Dios, y eligió la brisa y el ambiente
en que debía abrirse tu capullo [27]
.

                    * * *

 

Leopoldo Panero nació el 17 de octubre de 1909 en Astorga –muy cerca de la catedral y del palacio episcopal, la obra que diseñara Antonio Gaudí–, y apareció en el panorama poético español en el año 1928 cuando aún no había terminado su carrera de derecho; después ampliaría sus conocimientos estudiando lengua y literatura francesa en las Universidades de Tours y Poitiers, así como lengua y literatura inglesa en la Universidad de Cambridge. Algunos dicen de él que tuvo la buena y la mala suerte de pertenecer a la generación de 1936. La mala porque venía detrás de la de 1927; y la buena  «porque vivió una época en la que era fácil replegarse hacia el culto de la belleza pura» [28]. En el momento presente se encuentra en una discreta penumbra, por eso el poeta Carlos Bousoño ya denunciaba, en su momento, la injusticia no generalizada lógicamente, con que sus versos eran vistos «por algunas personas aficionadas a la poesía a causa de los elementos ideológicos que tales versos encierran, tan opuestos a lo que en el momento actual demandamos muchos españoles» [29].

Los Panero en Astorga eran toda una institución. Terminada la guerra, parte de la familia Panero se instala durante largas temporadas en Madrid donde el poeta coincidiría en la tertulia del Lyon, entre otros, con Luis Rosales, Luis Felipe Vivanco, Gerardo Diego, tertulia que se fundiría más tarde con la de Manuel Machado. Y lentamente retornaron las costumbres de siempre. Un día Manuel Machado tiene la idea de establecer una academia literaria o más bien una especie de tertulia literaria que llevaría el nombre de Musa Musae. En la tercera reunión, Panero se reveló como poeta. Fue en el mes de abril de 1940 en el Museo de Arte Moderno: con voz grave, Leopoldo Panero dijo el romance a Joaquina Márquez, el amor del poeta que había conocido en Guadarrama y que fallecería poco después.

El concepto de poesía de Leopoldo Panero se parece mucho al de Antonio Machado, poeta éste que más influyó en su obra. Sin embargo, esa influencia no parece estar en su Canto personal. Carta personal a Pablo Neruda, en contestación al Canto general del poeta chileno, obra muy discutida por unos y por otros, incluso objeto de las más malévolas descalificaciones. «Todavía los amigos discutimos si Leopoldo hizo bien o hizo mal en acudir a la llamada, dejando correr a su generoso corazón y atacando a un poeta temible por su fama...», escribía Antonio Tovar [30]. Carlos Bousoño, dice que en el Canto personal es «donde se halla lo peor de nuestro poeta» [31]. Sin embargo, para Eugenio Montes el magnífico CP había venido a oponerse al hueco palabrero y retórico Canto general de Neruda. De todas las maneras su Canto personal fue motivado, entre otras cosas, por el insulto del poeta a Dámaso Alonso y Gerardo Diego y nuestro poeta quiso salir en su defensa; asimismo, por la indignación que «al poeta astorgano le produjo el ataque del chileno a España» [32], «porque todo el poema de Neruda es un insulto a España», nos dice Dionisio Ridruejo [33]. Por esta obra le concederían en 1953 el premio 18 de julio.

El poeta fallece en su casa de Castrillo de las Piedras (Astorga) el 27 de agosto de 1962. En el momento de producirse el óbito tenía en preparación La verdad en persona, poema que trataba sobre Cristo porque Dios estuvo siempre presente en la poesía de Leopoldo Panero como punto de referencia a esperanzas y angustias porque la fe es la base sobre la que se asienta la vida de un hombre y es indudable que se comunica a las diversas manifestaciones de su actividad. Y dentro de esta manera de interpretar el mundo el poeta se ha acercado al tema mariano. «Es una hermosa excepción, un singular ejemplo de profunda contemplación de María. Constituye, sin duda, un verdadero modelo de su alta calidad poética» [34]. Por la composición poética dedicado a la Virgen, que reproducimos a continuación, solamente los últimos versos debido a su extensión, bastaría para ser recordado y celebrado como poeta: Virgen que el sol más pura:

Tú, Virgen, que las hojas,
y el ruido de la nieve cuando nieva,
y el peso de las nubes en el campo,
y todo lo que flota y lo que vuela.
Yo sé que te he mirado,
y que aún en mis pupilas tu presencia,
humanamente desvalida, vive,
y que mi fe en tus ojos se recuerda.
Yo sé que es imposible,
yo sé que te he mirado en lo más cerca
que tiene el corazón, y allí te he visto,
allí como azucena,
sólo aroma y penumbra,
tallo solo que tiembla.
Yo sé, oscuramente,
cómo nace la voz, cómo secreta
nace la voz, María,
todo es recuerdo en el amor, y espera
[35].
 

 Con estos cuatro poemas que hemos reproducido de otros tantos poetas, solamente a modo de ejemplo, queda reflejada la influencia que la Virgen María tuvo en la vida espiritual de muchos vates porque, como ha dicho el Papa Juan Pablo II, la Madre de Dios, la «llena de gracia», nos hace pensar en el vínculo excepcional entre esta «mujer» y toda la familia humana.

 


[1] José Mª García de Tuñón es licenciado en empresariales y escritor.

[2] GARCÍA NIETO, josé: en el semanario El Español, nº 362, 6-12 de noviembre de 1955, pág. 31.

[3] ALONSO, Dámaso: Poetas españoles contemporáneos. Editorial Gredos (3ª edición), Madrid, 1988, págs. 375 y 376

[4] CHAMPOURCIN, Ernestina de: Dios en la poesía actual. Biblioteca de Autores Cristianos. Madrid, 1970, pág. 12

[5] Citado en el diario La Nueva España, de Oviedo, el 10 de julio de 1987, pág. 22.

[6] Diario La Nueva España, 3 de julio de 2003, pág. 16.

[7] Ibid., 4 de febrero de 1973, pág. 35.

[8] DÍEZ DE REVENGA, Francisco Javier: Gerardo Diego. Antología de sus versos. Espasa Calpe, S.A. Madrid 1996, pág. 36,

[9] CONTRERAS MOLINA, Francisco: María, belleza de Dios y madre nuestra. Editorial Verbo Divino. Pamplona, 2004, pág. 110.

[10] Ibid., pág. 103.

[11] ALBERTI, Rafael: Prosas. Alianza Editorial, S.A. Madrid, 1980, pág. 13

[12] ALBERTI, Rafael: La arboleda perdida. Memorias. Editorial Seix Barral, S.A. 7ª edición. Barcelona, 1988, pág. 136.

[13] Según la Gaceta del 12 de junio de 1925, el premio era de 4.000 pesetas, cifra muy importante para aquella época.

[14] Diario Abc, Madrid, 10 de julio de 1987, pág. 3.

[15] GIMÉNEZ CABALLERO, Ernesto: Retratos españoles (Bastante parecidos). Editorial Planeta, S.A. Barcelona, 1985, pág. 168.

[16] Antología del grupo poético de 1927. Edición de Vicente Gaos y actualizada por Carlos Sahagún Ediciones Cátedra, Madrid, 2001, pág. 38.

[17] Diario La Razón, Madrid, 29 de octubre de 1999, pág. 25.

[18] Diario El Mundo, Madrid, 30 de octubre de 1999, pág. 57.

[19] ALBERTI, rafael: La arboleda… op. cit., pág. 167.

[20] ALBERTI, Rafael: Marinero en tierra. Editorial Castalia. Madrid, 1972, pág.132.

[21] FERRIS, José Luis: Miguel Hernández. Ediciones Temas de Hoy, S.A. Madrid, 2002, pág. 76.

[22] Ibid., pág. 278.

[23] MARCO, Joaquín: El poeta elemental. Diario Abc, 8 de marzo de 1992, pág. 51

[24] Diario La Razón, 31 de octubre de 2003, pág. 24.

[25] SÁNCHEZ VIDAL, Agustín: Miguel Hernández, desmordazado y regresado. Editorial Planeta, S.A. Barcelona, 1992, pág. 306.

[26] SÁNCHEZ VIDAL, Agustín: Miguel Hernández. Antología poética. Barcelona, 1993, pág. 49.

[27] CONTRERAS MOLINA, Francisco: op. cit., pág. 167.

[28] ALLER, César : La poesía personal de Leopoldo Panero. EUNSA. Pamplona, 1976, pág. 23.

[29] BOUSOÑO, Carlos: Con la frescura de Lope. Diario Abc, 27 de agosto de 1987, pág. 27.

[30] Citado por HUERTA CALVO, JAVIER: en De poética y política. Instituto Leonés de Cultura. León, 1996, pág. 21.

[31] Diario Abc,  27 de agosto de 1987, pág. 27.

[32] ALLER, César: op. cit., pág. 146.

[33] PANERO, Leopoldo: Canto personal. Carta perdida a Pablo Neruda. Introducción Dionisio Ridruejo. Ediciones Cultura Hispánica. Madrid, 1956, 2ª edición, pág. 13.

[34] CONTRERAS MOLINA, Francisco: op. cit., págs. 199-200.

[35] Ibid., pág. 192.


 
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