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Altar Mayor - Nº 104 (05)
Sábado, 14 enero a las 11:53:14

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 104 – Enero de 2006 (Extraordinario)

EUROPA SERÁ CRISTIANA O NO SERÁ
Por Valentín Arteaga [1]

Un poco de disidencia estaría bien

Estaría bien intentar poner los ojos de la cara y del corazón al menos algo más arriba. En la actualidad hay quienes tienen la pretensión de lograr que no lo intentemos. Están por la eliminación de cuanto tiene visos de atraernos más allá de la realidad tangible y evidente. Quisieran sólo gente con la mirada baja: únicamente existe esto, lo del suelo, y basta. Se han organizado con todos los poderes a su alcance para convencernos que la altura y la extensión del cielo, el sol cosechado y magnífico del mediodía encima de hombres y mujeres, animales y cosas, los colores festivos de la tarde y las estrellas temblantes de la noche, hoy por hoy ya no interesan en absoluto. Pretenden la aparición de una nueva clase de género humano sobre la faz de la tierra. Sin respeto a la libertad, sin moral, sin religión. Y que sólo mire hacia abajo. Lo de más arriba es simple invención.

Sin embargo, estaría bien no hacerles caso. Carecen de todos los derechos para convertir nuestra capa en sayo, para girar el palo de gobierno del molino del mundo o sustituir los nombres de los vientos de los ventanucos de toda la vida por aquellos otros que ellos acaban de bautizar. Antes de que ocuparan, recién llegados, los sillones del salón de sesiones del ayuntamiento, el pueblo y la parroquia eran lugar de malandrines y desalmados. Tienen, como suele decirse, una cara que se la pisan. Si les obedecemos, medrosos y sumisos, cabizbajos y acomplejados, terminaremos por no ver tres en un burro. Es lo que desean. No les importa nuestras manifestaciones y quejas, nuestros argumentos, nuestras razones, nuestras verdades. Se burlan. Se reúnen en sus cenáculos privados y se les desternilla la risa a base de chirigotas. Urge cambiar de arriba las antiguas y luminosas costumbres de la aldea de echar la mirada más allá de la espadaña de la ermita. Somos un resto de desnortados, pobres habitantes del lugar. Y nos niegan el permiso para circular por la plaza como cualquier hijo de vecino.

Estaría bien al menos un poco de disidencia. Es hora de que se enteren que no podrán salirse con la suya: imponer unas leyes cuyo objetivo es rebajar la estatura del ser humano. ¿Pretender construir una civilización a base de derribos y falta de respeto a la libertad, la moral y la religión? ¿O es que les da grima que seamos diferentes? ¿Acaso piensan que el horizontalismo chato y mezquino es el nuevo ideal para lograr que el nuevo día de cada mañana se atranque en los estercoleros? Todo cuanto es transcendente les sobra. Y la luz del sol les hiere en los ojos. Y saltan como basiliscos cuando les arrimamos nuestra linterna a su mirada. Nos tachan de malos vecinos o de gente de segunda clase porque no nos da la gana suicidar la yerba en la palma de la mano. Han decidido por real decreto que no miremos más arriba. Según ellos es delito pronunciar palabras diáfanas como casa, esposa, esposo, hijo... Todo aquel que se atreva a continuar con el vocabulario, tan hermoso, heredado de las viejas y nobles generaciones transcurridas, merecemos ser excomulgados de su liturgia laica sin campanario y sin pila de agua bendita. Piensan que van a lograr que nos acoquinemos, que nos escondamos a la sombra del pretil de la parroquia y, resignados, musitemos que bueno.

No les gusta que les contradiga nadie. Son ridículamente pequeños aunque en la foto oficial aparezcan tan estirados. La canijería de alma genera mucha arrogancia, encorseta la figura y despanzurra el vocabulario de entenderse. Van en busca de que las palabras, primero, se vacíen de contenido y, después, se carguen de odio. Todo lo contrario de su origen: hablar es un acto sagrado. De estas cosas, mejor ni pío. La única verdad que existe es que cada quien, en la cultura del ordeno y mando, se lo pase lo mejor posible a solas.

Caminan hacia la supresión de la convivencia, porque si consiguen que, en el término municipal de su dominio, el personal no mire un poco más allá de sus narices, acabarán con el yo, tú, él... Y se impondrá la oscuridad homicida. Y de caminar así durante un cierto tiempo todavía, el erial se impondrá. Sin valores transcendentales la existencia será un eclipse. Y levantarse cada mañana en busca de nada, una inmensa tristeza civil.

Debemos decir no. Con la mirada alta. Sin gestos pendencieros. Sin ninguna carga de violencia en la actitud. Con esperanza. Elegantemente. No llevan las de ganar, a no ser que nosotros dimitamos y, sin rechistar, nos alistemos al mundo de prudencia o el qué dirán. Es la hora de una contestación lúcida. Cada nuevo tiempo es el de la esperanza y el Espíritu. A fin de cuentas, hemos de tener claro que el cristianismo no es una religión contra las otras ni simplemente al lado de las otras, sino el «alma» de la humanidad. La humanidad sin alma no es posible.

La pregunta: ¿Horizontalismo o transcendentalismo? Para los cristianos no es una pregunta que deba sacarnos de quicio. Lo nuestro no es desentendernos de las realidades de aquí y ahora y llevar los ojos puestos permanentemente en las cosas de arriba. Sin renunciar nunca a estar tomando altura siempre. Apostamos por la dignidad humana, la paz, la justicia y los auténticos valores de la verdadera familia. Nuestra fe nos encarga mostrar al mundo que el sitio justo del hombre está en la transcendencia y que la dimensión sin medida del género humano es Dios. Su altura más alta. Su instancia última. A donde apuntan y señalan los más hondos deseos y los anhelos más insofocables de todo hombre y de toda mujer, aunque no sean conscientes.

Estará bien, por tanto, continuar siendo lo que somos. Gente entre el suelo y el cielo. La nuestra es una sobredosis de misión, a pesar de que veamos que hoy por hoy no está el horno para bollos. No tiremos la toalla, sin embargo.
 

La pretensión de hacer añicos el misterio

El peligro que se cierne, siniestro como un pajarraco, encima del ser humano hoy, es sobre todo escabullirse de la sombra del misterio. Sin él no hay hombre. Es imposible civilización alguna si se prescinde de la dimensión transcendente. Cuando falta ésta toda demencia es posible. Da hoy la impresión que estuviésemos pìsando ya los umbrales de este mundo descompuesto. Cuado han decidido los mandamases del pensamiento único, impuesto obligadamente porque sí y sin más, que Dios es un personaje jubilado, hay que comenzar a temer que la historia esté atascándose peligrosamente.

Particularmente en Europa la sociedad de ahora mismo se encuentra viviendo momentos de especial peligro. Sus dirigentes en general no parecen estar a la altura de las circunstancias. Detentan el poder, y deciden acerca del santo y de la fiesta, la moral y las costumbres, personajillos de escasos gramos de conocimiento acerca del hombre: qué es, de dónde viene, a dónde va. Se han hecho con la vara de medir y, convencidos que medrarán en sus ambiciones de tres al cuarto, han entrado incluso en la intimidad del ciudadano como elefante en cacharrería. A poco que los otros nos descuidemos estará reducido a un montón de añicos el misterio que define y construye al hombre.

El peligro reside no en que cuanto tiene que ver con el misterio, a los titiriteros de la política actual, y los medios de comunicación que a bombo y platillo magnifican sus consignas, les dé igual sino en que están apasionadamente contra él. Pretenden acabar con su influencia. Y como quiera que, por desgracia, su corazón es de tamaño reducido y su formación mental no dé para mucho, confunden la magnesia con la gimnasia, el adviento con las témporas, el obispo del lugar con el antiguo mayordomo de la finca de Villalgordo y los gigantes con los molinos. Y «tocan el vaso pero no el agua», para decirlo con un verso espléndido de Claudio Rodríguez.

Dando la espalda al misterio se camina hacia atrás. El misterio es un farol que alumbra el camino hacia el porvenir. «Tu luz nos hacer ver la luz», le rezaba a Dios el salmista bíblico. Un servidor leyó en cierta ocasión la siguiente pintada en los muros de una ciudad próxima a Madrid: «Dios hizo la luz y el ministro Fulano de Tal fundió los plomos». Tal vez esté ocurriendo esto: que se pretende que las nuevas generaciones deambulen alrededor de la juerga tanteando entre las sombras del sinsentido y la negación de cualquier esperanza.

A fuer de gente detenida adrede en el aquí y el ahora mezclan el misterio con la ideología que no es la suya. Para ellos todo es ideología y propaganda electoral al minuto. Y quienes no están a su favor y sus cambalaches enemigos a exterminar, programas, propuestas e iniciativas a poner entre paréntesis. De esto no se diga ni pío, o a tergiversarlo. Y cuantos opinan acerca de la religión, valga por caso, proceden de épocas remotas. Hay que terminar con ellos. Y así se va de crispación en crispación, pues vivir es igual a una pelea callejera y quien más grita más razón tiene. Total: siniestro como un negro pajarraco se cierne encima del ser humano actual la extinción de cuanto significa transcendencia, espiritualidad o religión. Lástima, desconocen que sin Dios no hay humanismo.

Las religiones y las iglesias tienen la misión de advertir al personal de tal peligro. Más que para defender posiciones y feudos, que también tienen todo el derecho de hacerlo, su tarea consiste en trabajar cuanto les sea posible por la defensa de lo humano profundo. La Iglesia Católica en el caso europeo ha de ser consciente cada día más que su pensamiento no es contra pensamiento alguno o su cultura una contracultura. Lo fundamental del mensaje cristiano es ser noticia de salvación. Del continuo crecimiento del hombre, de todo el hombre, de todo hombre. Frente a viento y marea. Con persecuciones incluso. La Iglesia debe saber y hacer saber que no es una instancia política o una institución de poder, sino el lugar en el que cantan y danzan las primicias del verdadero futuro de la humanidad. El Dios que la Iglesia predica no es un ladrón de felicidad sino un activador de humanismo.

No vale esgrimir consignas que convenzan a los ingenuos manipulados por el ateismo y el laicismo militante de turno que lo cristiano ha de recluirse en lo privado como si ellos, cuantos vociferan en la plaza del municipio, fuesen los dueños de la cosa pública. No es verdad. El universo mundo es general. Y nosotros, cuantos queremos deambular de manera diferente, somos adversarios. Somos todos arrieros y en el camino nos hemos de encontrar. Quienes integramos la Iglesia no constituimos partido alguno ni una cualquiera plataforma más de influencia meramente temporal y transitoria. Mas, eso sí, nos sabemos servidores de la ciudad y, de todas todas, advirtió Jesús a sus discípulos, luz y sal de la tierra. Y ¡ay si la luz se apaga y la sal se desvirtúa!

La sociedad actual puede irse al traste si el misterio, la transcendencia, la espiritualidad, el mensaje encargado por Jesús a la Iglesia dejan de estar presentes en la realidad pública. Distinto es cómo tienen que estarlo a partir de ahora, en el mundo plural. La evangelización hoy, como han recordado los Papas, ha de encontrar nuevos métodos y nuevo ardor. Mas no es de recibo que no se nos permita respirar. Aunque no nos arredra que lo intenten. Mañana ellos se marcharán por donde vinieron y Dios seguirá amaneciendo todos los días detrás de los montes. Es injubilable. Por circunstancias peores ha pasado la Iglesia. Lo que es cierto es que Europa será cristiana o no será.

 


[1] Valentín Arteaga es Prepósito General de la Orden de Clérigos Regulares Teatinos.


 
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