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El Risco de la Nava
El Risco de la Nava - Nº 304
Sábado, 14 enero a las 12:46:33

El Risco de la Nava

GACETA SEMANAL DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 304 – 10 de enero de 2006

SUMARIO

  1. Los militares son ciudadanos, por Pío Moa
  2. La proclama de Mena, por Jorge Trías Sagnier
  3. Pascua Militar, por Aquilino Duque
  4. Preceptos reglamentarios y límites constitucionales, por José Javaloyes
  5. Carta a la COPE, por Luis M. Viqueira
  6. Juan Antonio Cabezas e Indalecio Prieto, por José Mª García de Tuñón


 «Los militares no son mudos ni podemos taparles la boca».
José Bono, Ministro de Defensa, 4 octubre 2005

LOS MILITARES SON CIUDADANOS
Por
Pío Moa

Libertad Digital

¿Cómo podría resolverse el conflicto entre unos gobernantes antidemocráticos y un ejército dispuesto a cumplir la Constitución? Las palabras del general Mena en defensa de la Constitución, y por tanto de la democracia, han sido percibidas como una amenaza por diversas fuerzas políticas. Y no es de extrañar, pues se trata, precisamente, de esas fuerzas que atacan sin tregua la Constitución y la democracia en España, habiendo reducido ya ésta a muy poca cosa en las Vascongadas, y a poco más en Cataluña.

Las observaciones del general sobrarían totalmente en un contexto de normalidad. Pero no hay tal contexto. La Constitución, la ley básica que nos permite convivir en libertad a los españoles, está siendo sistemáticamente vulnerada e invalidada, mediante hechos consumados, por una alianza práctica entre los partidos separatistas y los terroristas. Lo nuevo e inaudito es que un gobierno español actúe como cómplice e impulsor de ese proceso. Un gobierno, no lo olvidemos, presidido por un personaje autoproclamado «rojo» (los rojos han asesinado a mucha más gente que los nazis en el siglo XX), aliado además con los tiranuelos populistas del Tercer Mundo. Por ello las alarmas están sonando en toda la sociedad, y, lógicamente, también en los cuarteles.

Sin embargo nos encontramos ante un serio problema político y legal. El ejército podría intervenir, pero sólo por orden del poder civil, orden que difícilmente recibirá de unos políticos partidarios, según todo parece indicar, de la balcanización de España, del «diálogo» con los terroristas y de la involución democrática. ¿Cómo podría resolverse el conflicto entre unos gobernantes antidemocráticos y un ejército dispuesto a cumplir la Constitución? Esa eventualidad resultaría catastrófica, tanto si los militares recibieran instrucciones de intervenir desde el poder civil como si no.

Afortunadamente, como ha indicado el general Mena, el conflicto está lejos todavía de una crisis tan extrema. Asistimos, desde luego, a un proceso de golpe de estado mal disimulado, pero es posible y preciso detenerlo por medios pacíficos. La pugna se libra en el terreno de la opinión pública, y en él los militares sólo pueden actuar como ciudadanos, no como institución, alertando e informando, denunciando sin tregua el ataque a las libertades y a la unidad de España. Porque debe prevalecer la opinión democrática y pacífica, expuesta, entre cosas, en esas grandes manifestaciones cívicas, tan alejadas de las violencias, saqueos y banderas anticonstitucionales y totalitarias propias del «Rojo de la Moncloa» y sus aliados.

No debe ocultársenos, de todas formas, la dificultad de la tarea cuando casi todos los medios de masas están en poder de esa alianza non sancta o la sirven. Un panorama tan oscuro sólo puede contrarrestarse si cada uno de cuantos sienten la democracia y la unidad de España sale de la pasividad, se moviliza y explica la situación al resto de la ciudadanía. Si así ocurre, el peligro será superado sin traumas. Hace algún tiempo, Rajoy habló de una campaña en ese sentido por parte de la militancia del PP, teóricamente muy numerosa. No he visto traducirse en la práctica la consigna. Quizá esa militancia lo sea sólo de boquilla, o haya sido refrenada por los burócratas del Partido. Pero hay otros cientos de miles de personas que no tienen que obedecer a ningún aparato partidista, y pueden actuar de acuerdo con sus convicciones. Esa es la vía, y no se insistirá en ello lo bastante.
 

LA PROCLAMA DE MENA
Por
Jorge Trías Sagnier

ABC

Bueno, ¿pero qué ha dicho este general para que el ministro de Defensa le arreste y le destituya de forma fulminante? Mena no ha hecho otra cosa que repetir el artículo 8 de la Constitución: las Fuerzas Armadas tienen como misión garantizar la soberanía e independencia de España, defender su integridad territorial y el ordenamiento constitucional. Quizás este general constitucionalista debió decir algo más, como recordaron tantos profesores de Derecho cuando se discutía en el Parlamento vasco el plan Ibarretxe: al amparo del artículo 155.1 de la Constitución, si una Comunidad no cumple con las obligaciones que la Constitución le impone, o actuare de forma que atente al interés general de España, el Gobierno podrá adoptar las medidas necesarias para obligarle al cumplimiento forzoso de sus deberes. Es cierto que, como cuando el plan de marras, después de la aprobación del anticonstitucional Estatuto de Cataluña por el Parlamento catalán, el Gobierno no debió permitir su tramitación en la sede de la soberanía popular. Ahora bien, si el Gobierno, contra toda lógica, hace que prospere y, al final, es aprobado ese Estatuto, ¿qué ocurre entonces?

Eso es lo que ha querido recordar el general Mena, algo que bien podría haberlo dicho el Rey y, de hecho, lo repite de otro modo y constantemente en sus reiteradas llamadas a la unidad de la Nación. ¿Se ha extralimitado el militar? ¿Ha dicho algo ajeno no ya al espíritu sino a la letra de la Constitución? El Ejército, es cierto, no debe opinar sobre política, pero ¿es opinar sobre política repetir lo que dicen las leyes? ¿No queríamos militares constitucionalistas? ¿O, ahora, además los queremos mudos y desarmados?

Esta noche, en el hotel Palace de Barcelona, el Ritz de toda la vida, Vidal Quadras volverá a hablar del Estatuto e intentará movilizar a los militantes populares de Cataluña -justo lo que no hace Piqué- en defensa de la Constitución, como también lo están haciendo los socialistas integrados en «Ciutadans de Catalunya», ya que tampoco está por la labor el PSC-PSOE. Mientras tanto, los independentistas rasgan, sin que nadie se escandalice por ello y protegidos por los «mossos», las páginas de la Constitución en plena calle. Gabriel Elorriaga acertó el otro día al afirmar que el único responsable de la insólita situación que estamos viviendo es el Gobierno de Zapatero.

Quizá sea ya el momento en que el Rey, apoyado por González y Aznar, Guerra y Rajoy, tenga el ineludible deber de poner un poco de orden en la nación. El Rey en su papel arbitral, y los líderes en sus respectivos partidos. No podemos seguir siendo rehenes de unas minorías irresponsables: tanto en la nación como en los partidos. En esta nueva etapa constituyente, en la que nos guste o no ya estamos instalados, tendrían el apoyo de la inmensa mayoría de los españoles.
 

PASCUA MILITAR
Por
Aquilino Duque

Una madrugada cualquiera, unos seis o siete ciudadanos desconocidos penetran en un chalet donde pernocta una familia, la sacan de la cama, toman en rehén a la señora y ruegan al marido que les abra la caja fuerte. Lo que abre éste es la caja de los truenos y deja tiesos a dos de los visitantes y pone en fuga a los demás. Si este señor hubiese tenido unas nociones elementales de educación para la ciudadanía, en lugar de empuñar una pistola sin avisar y causar un derramamiento innecesario de sangre, debería haberse dirigido cortésmente a los intrusos, negociar con ellos y, caso de no ponerse de acuerdo, pedirles que le dejasen usar su teléfono para llamar a la policía que viniera a dirimir el contencioso. Nada más lógico que caiga sobre él todo el peso de la ley, y eso que es de suponer que sus víctimas no eran aforados, es decir, padres de la patria, ciudadanos ejemplares que se habrían limitado a bañarse en la piscina de la finca.

Por la misma regla de tres, el general que en la Pascua Militar recordó los deberes que la Constitución impone a las Fuerzas Armadas cuando la nación está en peligro, debería haber recabado previamente la autorización para decir lo que pensaba de los mismos que ponen en peligro a la nación y que quieren hacer con la piel de toro mangas y capirotes. Un reaccionario personaje de un novelista montañés dice que la democracia es un sistema que no garantiza más libertades que las de los políticos y los delincuentes.
 

PRECEPTOS REGLAMENTARIOS Y LÍMITES CONSTITUCIONALES
Por José Javaloyes

Estrella Digital

Pena que aquel joven militante del PSP de Enrique Tierno Galván no hubiera enriquecido sus capacidades políticas con más amplios rudimentos de constitucionalismo, ciencia en la que tan magistralmente profesaba su jefe político. De haber sido así nos habríamos ahorrado el penoso y desafortunado espectáculo de sus disquisiciones por causa de lo sucedido, el Día de la Pascua Militar, con el impertinente discurso institucional, en Sevilla, del teniente general Mena Aguado, jefe del Ejército de Tierra.

Ni nadie ha objetado el constitucionalismo de las FFAA ni tampoco está claro que ni en el fondo ni en la forma fuera, además de impertinente e incompetente, estrictamente anticonstitucional el discurso en cuestión. Habrá infringido el teniente general otras normas y otras leyes, distintos protocolos y diversas sensibilidades, democráticamente incuestionables y políticamente necesarias; en todo lo cual encuentra su sentido (aunque no la proporcionalidad, que habría de discutirse) el conjunto de correctivos que le han sido aplicados.

Quien sí puede haber franqueado la legalidad por omisión -con resonancias anticonstitucionales- ha sido el Gobierno al que todavía pertenece José Bono, el militante aquel del PSP, como ministro de Defensa, tan desmesurado en inquinas, verbosidades y carencia de la normal circunspección en el desempeño de una responsabilidad política tan delicada como la suya. Cierto resulta que, con todo este revuelo, no ciertamente el de un capote, la Álvaro de Bazán, fragata que estaba en el Pérsico, integrada en un grupo de combate de la Marina norteamericana, ha desaparecido de la escena y del debate sobre presencia indebida (ilegal por desfalco parlamentario) en aguas del Guadalquivir a su paso por Sevilla. Mientras siguen por esclarecer las circunstancias, bélicas o no, del helicóptero caído en el enclave afgano de Herat.

¿En qué «maniobras políticas» -como Bono ha declarado a la SER- ha entrado el destituido teniente general? Eso es mucho decir si se carece de pruebas para sostenerlo. Un militar metido en maniobras políticas contra el Gobierno atiende por el nombre de conspirador y puede incurrir en presunción de golpismo. ¿Y por cuál nombre habría de atender un Gobierno que, en complicidad política, maniobra sin transparencia alguna con fuerzas separatistas y negocia con fuerzas terroristas, enemigas expresas ambas de la unidad nacional; un poder que elude los filtros institucionales previos a la consideración por el Parlamento de una iniciativa anticonstitucional como era el Estatuto de Cataluña: alentado en sus términos más insostenibles por el propio presidente del Consejo?

El problema es que la debida neutralidad política de los militares, a la que el ministro Bono se ha referido para justificar las sanciones que le han sido aplicadas a Mena Aguado, concierne a la política normal y convencional propia de la vida democrática, no a la que afecta al fundamento constitucional, a las condiciones que son previas a la política ordinaria. La facultad de iniciativa del Gobierno alcanza hasta donde la Constitución establece y permite. A nada más. Ése es el problema verdadero que hay planteado. Cuando se ejerce la potestad indebidamente, se pierde proporcionalmente la autoridad y desaparece la confianza de los gobernados.

En ese síndrome habría que incluir el suceso institucional de Sevilla. Y al mismo cuadro clínico, de desconfianza e inquietud, habrán de responder otras expresiones, civiles y mayoritarias, si el asunto del Estatuto de Cataluña no se reconduce finalmente a cauces constitucionales y a términos compatibles con el sentir, en la derecha y en la izquierda, de las grandes formaciones nacionales -incluidas en primer término las de Cataluña- frente a los abusos nacionalistas.

Dentro de cuanto suponga la desconfianza pública expresión de pérdida de autoridad, al menos en términos democráticos, los sondeos de opinión sucesivos van jalonando la caída o retroceso de la confianza y la autoridad por parte del Gobierno. Un Rubalcaba descamisado informaba ayer a sus compañeros de partido, en la Ejecutiva Federal del PSOE, de los supuestos logros socialistas en la reconducción del proceso estatutario, donde los nacionalistas parecen haberse percatado, muy fehacientemente, de que apretaron demasiado en sus exigencias soberanistas. Entendieron, y ahora se caen del guindo, que su interlocutor de la Moncloa, el incapacitado Rodríguez, era la última instancia en la negociación del Estatuto.

De lo mostrado ayer por las cámaras de TVE parece deducirse, en efecto, el propósito de ofrecer imagen de normalidad y proceso reconducido, como si el supuesto «pronunciamiento militar» de Sevilla hubiera dado paso a una «miniloapa» para Cataluña, tal como sucedió -bien que en muy diferente escala- después del 23-F, respecto del proceso autonómico global.

Pero volviendo al comienzo de estas consideraciones, el ministro de Defensa, cuya inmolación por la unidad de España espera pluma en ristre el ectoplasma del poeta Quintana, para hacerle otra oda como la del Dos de Mayo («Oigo Bono tu aflicción y escucho...»), también podría haber recibido de su primer jefe socialista alguna que otra lección de semántica política y militar del siglo XIX. Los Pronunciamientos de esa centuria -siempre liberales- nunca fueron sucesos personales, brotes de fulanismo, sino movimientos rubricados por el nombre de un espadón.

Aunque sí ha estado en lo cierto el ministro Bono en eso de que «en democracia debemos acostumbrarnos a que las últimas palabras hay que buscarlas en las urnas». Así es, bien que con dos salvedades: que la democracia no se corresponde necesariamente con los gobiernos izquierdistas, pues de lo contrario se deslegitimaría a la derecha como ahora se pretende, y que las urnas no dan cheques en blanco a ningún partido. De ellas sólo salen mandatos para cambiar el juego, no las reglas de juego: la naturaleza constitucional del reglamento. Ésta, la Ley Fundamental, necesita para su modificación urnas específicas y específicos mandatos. ¿Cómo reformas estatutarias cabe convertirlas en gateras para reformas constitucionales que rompan los fundamentos nacionales? Rajoy ha dicho que jugando a la ruleta rusa.

Los nacionalistas -acaso se concluyera ayer en Ferraz- no pueden hacer una OPA a España con el apoyo del Gobierno de la Nación.
 

CARTA A LA COPE
Por Luis M. Viqueira

Estimados señores:

Soy Luis Martínez Viqueira, Comandante del Ejército de Tierra, destinado en el EMAD. Tras haber oído el programa de la Mañana de hoy, 9 de enero, no puedo evitar hacerles unos comentarios para mostrarles mi desacuerdo con algunas opiniones vertidas por el Sr. Jiménez Losantos:

- Nos acusa a los militares de emplear plúmbeos discursos burocráticos o de trámite. Es posible que así sea, y que los tiempos de Calderón, Cervantes, Cela o Mingote, todos ellos infantes como yo, hayan quedado lejos. Pero al menos sabemos mantener la lealtad a España, sea quien sea el Gobierno en el poder, ya que de otra forma España no dispondría más que de hordas armadas que actuarían sin orden ni concierto, en vez de uno de los Ejércitos más antiguos y honrados del Mundo. Les aseguro que ayer, como hoy, tragamos bilis por cosas que nos repugnan moralmente, pero la disciplina es el bastión que nos mantiene firmes incluso en momentos que, como ahora, nos sume en la duda y la zozobra.

- El «asunto» del General Mena no ha dividido el Ejército, como dicen ustedes. Seguimos donde siempre hemos estado. Dolidos, temerosos por un futuro que nos preocupa hondamente y soportando comentarios de variado signo que siempre, casi sin excepción, nos son contrarios, quizás porque la mayoría de ustedes son incapaces de comprender qué es un militar y cómo es posible que, en una sociedad hedonista como la nuestra, aún pervivan personas para las que el dinero o el poder no lo son todo.

- Ustedes están dando voz y credibilidad a asociaciones ilegales y que no representan a nadie, como AUME, que funcionan como el negocio de unos pocos y que, por cierto, mantiene unos muy estrechos vínculos con la UGT.

- Me molesta enormemente que para alcanzar los intereses legítimos que se hayan propuesto no duden en pisar la cabeza de quienes, como los militares, nos mantenemos en segundo plano y no solemos responder a las afrentas. Pasó así con el accidente del Yak, con el del helicóptero (sí, accidente, y muy triste) de Afganistán, como con el nauseabundo trato que dieron al «caso Roquetas» este pasado verano.

- Dice el Sr. J. Losantos que los militares están para sufrir en silencio, para desfilar, y para enterrar a los muertos, y que eso le emociona (diciéndolo con cierta sorna) y que nos prefiere callados. Siento desafiar sus preferencias con mi palabra indignada. Para decirle que recuerdo cómo me han dolido muchas veces los ojos de llorar sin lágrimas, portando el féretro de varios compañeros muertos en acción de guerra en Bosnia, o en el entierro de mi Jefe de Compañía, Comandante Rivera asesinado por ETA en Zaragoza, o de mi amigo Carlos Baró asesinado en Irak mientras protegía, con una gallardía sólo al alcance de un caballero español, a sus compañeros, en un esfuerzo tan heroico como inútil, o como tantos militares que han muerto cumpliendo con su deber, callados, como a Vd. le gustan, para que Vd. hoy pueda dormir en paz y mañana vuelva a insultarnos. El origen del problema del Sr. Losantos creo adivinarlo en que mantiene ciertos resabios de su pasado comunista, que le resulta muy difícil disimular.

Es una lástima porque han perdido ya a muchos oyentes que, sociológicamente, les deberían ser afines, por la incontinencia verbal que hace al Sr. Losantos recordar sus tiempos de «luchador» antimilitarista.

Un saludo,
 

JUAN ANTONIO CABEZAS E INDALECIO PRIETO
Por José Mª García de Tuñón

El pasado día tres el eurodiputado asturiano Antonio Masip publicó en el diario La Nueva España de Oviedo un largo artículo que hizo conmoverme porque no puedo creer que pudieran ocurrir aquellas cosas que nos ha contado. Dice que su padre, siendo alcalde de Oviedo en la época de Franco, quiso que el pregón de la Semana Santa corriera a cargo del periodista Juan Antonio Cabezas, pero no fue posible porque se produjo un plante político proveniente del sector azul del régimen. «Bajo ningún concepto se admitía un rojo que, condenado a muerte, había redimido tres lustros de presidio», escribe el eurodiputado socialista.

Como ya no vive su padre que, dicho sea de paso, gozó de gran prestigio y hoy una de las principales avenidas de la ciudad lleva su nombre, y por lo tanto nunca sabremos si las cosas ocurrieron igual que nos las cuenta ahora su hijo, sí hay que decir que al rojo Masip se le ha olvidado contarnos que Juan Antonio Cabezas colaboró como periodista en el mismo diario La Nueva España cuando este periódico pertenecía a la Cadena del Movimiento que dirigían los hombres que él llama «sector azul del régimen». Y no sólo colaboró, sino que el mismo diario también le dedicó reportajes, entrevistas, etc., y siempre tratándolo con el máximo respeto, como no podía ser de otra manera.

Más adelante, el eurodiputado socialista se refiere a una biografía que un hijo de Juan Antonio Cabezas acaba de publicar sobre Indalecio Prieto. Pero lo que no dice a sus lectores es que Indalecio Prieto se declaró culpable ante su conciencia, Partido Socialista y ante España, de su participación en el movimiento revolucionario de Octubre de 1934. Tampoco dice que Juan Antonio Cabezas en su libro Morir en Oviedo, que habla de aquel Octubre sangriento, nos cuenta cómo vio llegar a grupos de mineros que traían de los palacios, iglesias, centros oficiales o simples casas particulares, cantidades importantes de dinero, joyas, armas históricas, cuadros, y otras obras de arte que después entregaban a los miembros responsables del Comité. O sea, que además de asesinar religiosos, quemar la Universidad de Oviedo, volar la Cámara Santa de la Catedral, y otras muchas barbaridades, se dedicaban a robar.

También escribe Masip que el hijo de Cabezas rescata en su biografía sobre el líder socialista otras facetas menos conocidas de Prieto, como son la accidentalidad de las formas de gobierno, que desarrolló antaño, de manera demasiado retórica, otro buen asturiano, Melquíades Álvarez. Sin embargo, lo que olvidó decir es cómo murió Melquíades Álvarez, que como todo el mundo sabe fue asesinado en Madrid por los rojos en agosto de 1936.

Al final hace un canto a la libertad de expresión «cuando no hay ya censuras ni limitaciones vergonzantes». Estas últimas palabras me han llegado al alma e incluso me han emocionado; pero olvida el eurodiputado que la Generalitat, donde manda el socialista Maragall, a través del Consejo Audiovisual de Cataluña, podrá sancionar con multas de hasta 300.000 euros a aquellos medios que no den «información veraz», o prohibir directamente sus emisiones. Olvidó también contarnos que no hace tanto tiempo, con la ayuda del diario El País, se prohibió que unos ilustres profesores e historiadores pudieran dar unas conferencias, en la Universidad de Salamanca, sobre José Antonio Primo de Rivera, después de contar con los permisos pertinentes. Asimismo olvidó que gracias a su Partido, fue cesado el secretario en Asturias de la Delegación del Gobierno, por haber citado en un acto no oficial a José Antonio Primo de Rivera. ¿Es ésta la libertad de la que nos habla el eurodiputado? Yo, desde luego, no me apunto a ella. Al mismo tiempo, habría que recomendarle que tome algún reconstituyente para que vaya recuperando la memoria y así nos cuente la verdad de las cosas y no solamente su verdad.


 
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