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Altar Mayor - Nº 105 (19)
Miércoles, 01 marzo a las 12:18:14

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 105 – Febrero de 2006

LA TODOPODEROSA INFORMÁTICA
Por Jesús Flores Thies  [1]

Todo avance científico representa también un avance para la Humanidad (Perogrullo). Y, además, un avance irreversible. Los que hemos conocido los albores del cine sonoro o los años heroicos de la  aviación, ya estamos curados de espanto ante cualquier avance de la ciencia por muy espectacular que sea. Sin que eso quiera decir que no lo sepamos valorar.

Pero, al igual que el invento de la imprenta puso en guardia a la cristiandad ante los peligros de su mal empleo, nosotros, que somos unos carcas, ponemos en guardia a los usuarios de la amplia gama informática sobre los peligros, para ellos y los demás, si se emplean esos espectaculares avances de forma descontrolada.

Hoy tenemos, de la forma más normal y sin que nadie se asombre, teléfono (además de la nube de móviles), nevera, televisores (con frecuencia, más de una), cadenas musicales, aparatos de vídeos y de DVD, micro-ondas, lavadora de ropa, de platos, tostadores eléctricos, batidoras, radios (ya nadie podría decir cuántas radios hay entre todos los componentes de la familia), cámaras de fotos (muchos tienen ya las digitales) y hasta cámaras de vídeo; relojes de pulsera de todas las marcas y clases, muchos de ellos durmiendo en cajones, además del de la cocina, el del salón, los despertadores...; y hay quien, además, tiene aire acondicionado y esa gama de aparatitos para orientarse en el coche o por la calle por medio de un satélite artificial, artilugios para enlatar música en un chisme ridículamente pequeño y, a lo que vamos, ordenadores.

Aquí, en el capítulo ordenadores, se abre un amplio abanico pues es la base de un fax, de una impresora, de un «escáner»..., además de la posibilidad de enlazar con alguien de Bechuanalandia en un plis plas, como si llamáramos a la tía Eduvigis que vive en la otra esquina de la calle, y por el mismo precio. Y más cosas que se pueden hacer y conseguir por medio de ese aparato que se ha instalado como el rey despótico en millones de hogares.

Cualquier chaval de esos que «chatea» (palabrota que ha impuesto su valor informático sobre el alegre «chateo» del bar o de la tasca, que es la versión buena y  noble), que se pasa las horas con los juegos de ordenador que, cuando se levanta, ha matado a más enemigos que en diez Waterloos, o que escribe frases horribles cuando enlaza con sus corresponsales informáticos en eso del «chateo» o en los terroríficos foros, se quedaría asombrado si le dijéramos que nosotros, no los godos o lo burgundios, hemos sobrevivido durante años sin nada de lo que hemos citado en párrafos anteriores. No teníamos ninguno de esos artilugios. Teníamos, eso sí, fresquera, que daba al patio de vecinos, y los que gozaban de nevera, ésta era de hielo que se traía en barras de algún establecimiento cercano; la lavadora se llamaba Petra y era de Cáceres; la radio era de aquellas con cortinilla de tela junto al dial, y hasta algunos hemos conocido la de galena; reloj, el del comedor, de pesas y que era del abuelo, en cuanto a relojes de pulsera, posiblemente habría un solo reloj, el del padre, con la esfera algo amarillenta.

Como ya el cine es sonoro, sería absurdo e inútil que le quitáramos el sonido a las películas o que empeñados en las excelencias del blanco y negro, dejemos la pantalla sólo en tono de grises. Hemos progresado, pese a la edad, y aceptamos regocijados, como diría la Biblia, estos avances de la ciencia y de la técnica. Y tenemos casi todas esas cosas antes citadas y, pese a ello, sobrevivimos. Porque hemos sabido tener y saber utilizar. Recordamos un chiste gráfico en el que una mujer habla y habla y habla por teléfono, mientras que el marido, aburrido y mordaz, cuelga del cable teléfónico la ropa de la colada como si dijera: «tendrá tiempo de secarse». Hoy, no siempre se podría hacer, pues ya se impone el teléfono inalámbrico...

Y vamos a decir cuatro cosas de la informática. Este invento ha destrozado el hábito de la lectura, en algunas casos ha impedido tan siquiera iniciar esos hábitos. La mayor parte de los jóvenes no lee, como no les obligue la tarea en casa del colegio, y a regañadientes. La mayor parte de esos jóvenes no saben escribir porque, al no leer, no aumentan su vocabulario, no se acostumbran a las palabras escritas y cometen faltas ortográfica en cantidades exportables. Cuando se leen los «foros» informáticos se queda uno anonadado ante lo que allí sale a la luz. Pero hay un error muy común al creer que, al meter información, textos, fotos, cartas... en archivos, en CD u otros sistemas, se reduce drásticamente el espacio porque un disco de esos puede contener tres libros, mientras que los tres libros ocupan un espacio nada desdeñable. Antes de seguir, aviso a quien quiera ser aconsejado, que no tire cartas, fotos y otras cosas archivables porque puede quedarse sin nada en no mucho tiempo. En primer lugar, hay que decir, que se ha observado que es mejor imprimir un texto algo largo del ordenador, que leerlo en su pantalla. No conozco a nadie que lea libros en el ordenador, y cuando los mensajes son muy largos, se leen a salto de mata. Pero lo malo es que aquello que hemos archivado hace siete u ocho años en determinado tipo de disquete, no podemos reproducirlo porque ese sistema caducó, y los ordenadores actuales no lo reproducen. La solución sería pasar los discos caducables en otros discos más actuales los cuales, dentro de no mucho tiempo, serán obsoletos porque han aparecido otros y otros y otros... Los pequeños disquetes de 3,5” ya ni se venden y los nuevos ordenadores no tienen la rajita salvadora para poder reproducirlos. Los CD de 12 cm de radio son sustituidos por otros, mucho más pequeños, que tienen una capacidad asombrosamente mayor. Es decir, que va avanzando la técnica mucho más deprisa que su sombra.

Resumiendo: todo lo que se pase a archivos informáticos, hay que conservarlo, no hay más remedio; y si se tienen ganas, y sobre todo secretaria, ir actualizando los sistemas de archivo, los malditos disquetes, hasta el fin de nuestros días. Después, ni se sabe.
 


[1] Jesús Flores Thies es Coronel de Artillería-retirado.


 
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