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Altar Mayor - Nº 110 (08)
Lunes, 06 noviembre a las 22:05:10

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 110 – Noviembre / Diciembre de 2006

LA CIENCIA Y DIOS
Constantino Quelle Parra *

Corren días en los que la idea de Dios parece ir contra el sentir de la ciencia. Cierto que se puede decir que más que días son años. Ahora bien, en la España actual, hemos de reconocer que el debate ciencia-Dios, se está politizando hasta el extremo de pretender quitar la asignatura de religión de las instituciones de enseñanza.

La Iglesia Católica está viviendo, desde el mundo de la política, uno de los ataques más feroces ¿Por qué? La raíz hay que encontrarla en que se cree que, si bien la ciencia es patrimonio colectivo, la religión lo es individual.

Para atacar esta forma universal de pensamiento (recordemos que el significado del sintagma católico es, precisamente, universal) se usa descaradamente, el cinismo, intelectualmente hablando, de ensalzar otras creencias, aunque éstas, no admitan el sistema democrático en el que se mueve nuestra nación.

La idea cristiana de concebir a Dios (creo que está fuera de toda duda), ha sido y es el soporte que ha hecho posible la forma actual del pensamiento democrático y por tanto, libre.

El humanismo cristiano generado durante años hizo posible la evolución humana, si bien es cierto, que las revoluciones posteriores llevaron a la muerte, incluso a aquellos que la hicieron posible.

Al respecto bueno es recordar que la palabra catedrático (=el que desempeña cátedra y enseña) procede de la catedral que era el lugar donde se enseñaba. De hecho fue la Iglesia la primera que se ocupó de una forma universal de enseñar al que no sabe.

Hoy parece que no conviene recordar esta realidad. Así parece que el debate ciencia y Dios pertenece al mundo moderno y libre de ataduras religiosas. Conviene, si es posible, lanzar unas cuantas ideas que permitan previamente, y al margen de creencias políticas, deslindar ambos campos para, posteriormente, acabar con el debate que se nos antoja manipulado por intereses que, en ocasiones, nada tienen que ver ni con Dios ni con la ciencia.

La ciencia parte de la premisa que no acepta la subordinación de su saber a Dios. La única subordinación posible es la finitud de la razón a quien ella se somete. Por otra parte el sentir religioso reclama su autonomía y rechaza que su saber tenga que estar supeditado al devenir de la ciencia.

¿Es posible encontrar, sin perder la autonomía que ambas reclaman, un camino donde ambas tesis dialoguen y lejos de excluirse se complementen?

Creemos que el intento vale la pena.
 

Dios

No vamos a ser tan necios como para describir lo que Dios es. Lo totalmente otro por definición es indefinible. Benedicto XVI, recordando a San Agustín, lo ha expresado en su primera Encíclica Dios es amor: «Si lo comprendes, entonces no es Dios». El Dios del entendimiento es filosófico, el Dios de la vivencia es teológico, y por tanto religioso.

El Dios de la Biblia siempre tiene referencia al hombre: el Dios de Abraham, el de Isaac o el de Jacob con el transcurrir del tiempo resulta ser el mismo y se convierte en el Dios de nuestros padres. Así lo vio la historia de Israel al ser recapitulada en el Sinaí. Allí es el de Moisés, posteriormente el de los monarcas, profetas y sabios hasta llegar a encarnarse el misterio plenamente en el hombre a través de Jesús de Nazaret. 

En cualquier caso siempre es el Dios de alguien y no de algo. El Dios personal, remite a la persona porque ella misma, en su ser se autodefine como misterio. Sentir, que no definir el misterio, pertenece al ámbito religioso. Galileo (padre al que se retrotrae la polémica que aquí tratamos de aclarar), dijo acertadamente: La Biblia enseña cómo ir al cielo, no cómo es el cielo.

Galileo fue hombre eminentemente religioso, de hecho creemos que este sentir es el que mejor define su carácter científico. La afirmación no es mía. Pasteur ha tiempo dijo: «Poca ciencia aleja de Dios. Mucha acerca a Él».

Más adelante mostraremos el sentir religioso de los grandes genios de la ciencia. De hecho, después de Darwin es complicado afirmar la evolución y rechazar a Dios. El paleontólogo Teilhard de Chardein creía que todo «alfa» busca su «omega», así la creación desde Adán tiende hacia el Cristo.

Actualmente y siguiendo las tesis de la escuela de Goleman con «la inteligencia emocional», es difícil olvidarnos de aquella afirmación de Pascal: «El corazón tiene razones que la razón no comprende».

Dios se aprehende desde el corazón. Y desde él se siente «inteligentemente hablando», su irrefutable existencia porque ella nos hace exclamar que Dios es más yo que yo mismo.

La persona es el centro de la existencia, mas este centro no pertenece a una autonomía absoluta, ya que el motivo del centro no es consecuencia del ser humano, sino de Dios. Así la autonomía, sin perder su genuina humanidad, puede reafirmarse como teonomía.

Conscientemente estamos tratando de definir lo razonable que resulta hablar de Dios desde la ciencia, pues si bien es cierto que la religión es la encargada de definir en lo posible el misterio de la vida, que en sí mismo es un milagro, no es menos cierto que la ciencia, al penetrar en el origen de la vida, afirma con F. Crick, premio Nobel de biología por el hallazgo del ADN que, el origen de la vida se debe a un milagro.

De hecho los cristianos afirmamos que la creación es el mayor milagro. Más aún, afirmamos que el auténtico milagro consiste en tener ojos para verla… y para escucharla.

La primera página del Génesis nos habla del primer hombre (Adán y en él estamos todos), que escuchó (…y dijo Dios) (Gn 1,3) y vio por primera vez la creación, aunque ésta llevara ya millones de años existiendo. Por supuesto que siguen existiendo millones de seres humanos que no han llegado a descubrir, junto a aquel mítico Adán, el milagro de la creación.

Descubrimiento, que como reclaman los evangelistas con Pablo, sólo se da en la plenitud del tiempo de cada ser humano (Ga 4,4).

Y es en esta plenitud donde todo remite a Dios porque todo es un auténtico y único milagro, donde el ser creado en Cristo, se unifica en el Todo llamado Dios.

¿Existe oposición entre Dios y la ciencia? Según estamos observando, no. Antes bien, y como pretendemos demostrar seguidamente se complementan a través de sus delimitados saberes.


La Fe

Delimitar este concepto no es tarea fácil. El Diccionario de la Real Academia Española trata de explicarlo de muy diversas formas. Desde las tres virtudes teologales, será la primera; desde la historia de las religiones, será el conjunto de creencias que configuran a cada una de ellas; desde el lenguaje coloquial, puede ser la fe que tenemos en el médico, o la «fe de vida».

Sus diversas acepciones, creemos que pueden ser las que han motivado el error de la aparente contradicción entre ciencia y Dios.

Si admitimos que la fe remite a Dios, tenemos que afirmar que es un don que viene, por tanto, dado. El ser humano, por ser humano, tiene fe. De hecho, es imposible ser persona y no tener fe.

Sirva a modo de aclaración el siguiente ejemplo: Toda persona (la excepción confirma el ejemplo) nace con dos piernas, ambas piernas son una realidad física que viene dada; todos tenemos dos piernas. Gracias a ellas podemos andar o, en caso contrario, pararnos y sentarnos.

La elección libre de andar, pararnos o sentarnos depende de cada cual. Pero esta elección se debe a que previamente, y sin hacer nada al respecto, cada cual tiene unas piernas que le han sido concedidas sin pedir nada a cambio. Por nacer dentro del ámbito humano tenemos piernas. A éstas les vamos a llamar fe. Luego todo ser humano tiene fe. ¿Cuál es la diferencia entre fe y creencia?
 

La creencia

Nos parece enormemente importante, diferenciar la fe de la creencia. Porque si bien aquella es una realidad que no depende de mí, ya hemos tratado de indicar que me viene dada por el simple hecho de ser humano, la creencia, sin embargo, sí que depende de mí.

Siguiendo con el ejemplo de las piernas, éstas al ser un don previo adquirido por el simple hecho de nacer, son la fe; ahora bien dado que tengo piernas, es decir, fe, puedo andar o permanecer parado, este hecho depende de mí, al igual que la creencia.

En cristiano diríamos que la fe depende de Dios, pero la creencia depende del hombre. La persona que no sea cristiana, tendrá que admitir que eso que llamamos fe es una energía que viene con todo ser humano. Esa energía nos diferencia del resto de los seres creados y hace posible la creación de nuevos ámbitos.

Diríamos más: ¡la creación o no de nuevos ámbitos! Ya que tanto el crear (andar) como el permanecer sentado (no crear), precisan de la condición previa llamada energía (fe).
 

Yo creo

El mundo es, para cada persona, tal y como esa persona lo ve. De ahí la importancia que tiene el transformarnos previamente, para transformar el mundo. La sociedad cambia cuando cada individuo cambia.

Cristo dijo y sigue diciendo en el Evangelio, que su reino no es de este mundo, es decir, del mundo que busca la transformación sólo hacia fuera y no, previamente, hacia dentro. La viga siempre está dentro del ojo de cada uno. Así podemos aprehender que Dios no está en Jerusalén o en Garizin ¿Dónde se encuentra? Como proclama el Evangelio, dentro del corazón de cada ser humano (Jn 4,21-25).

Quien escribe estas líneas, tiene sus propias creencias y su propia concepción del mundo, por tanto es consciente, ¡lo soy!, de esta subjetividad. Pero esta subjetividad, se convierte en objetividad cuando, al explicarlas, el lector que en este momento me está leyendo, comprende y entiende como suyas las afirmaciones que llevo expuestas.

Tal comprensión puede llevar a la conclusión que vale la pena creer en mis palabras escritas. Pero puede suceder lo contrario. Estas afirmaciones no merecen el consentimiento del lector que en estos momentos me está leyendo. Creer o no creer en mi razonamiento depende de Vd. querido y anónimo lector ¿Por qué? Porque para afirmar o negar dicha creencia precisa de libertad y de algo previo que no depende de Vd. y que tiene por pertenecer al género humano: ¡Fe!

Introducidos en esta interioridad a la que conscientemente he pretendido llevarle, podemos desde dentro intuir lo siguiente: Si soy yo el que libremente creo o no creo, es decir, me levanto o permanezco sentado, gracias a que tengo piernas (fe), ¿tiene esta fe algo que ver con la ciencia?

La respuesta es necesaria. Si la creencia parte de mí (según lo expuesto), puedo decir sin equivocarme, el sintagma ¡yo creo!

Creo en el mundo, creo en Vd., lector que me lee, aunque no le conozca, creo en mí, etc. ¿Qué es necesario tener previamente a esta afirmación vital? ¡Fe! Por ello el presente de indicativo del verbo creer se declina en primera persona con tal sintagma: yo creo.

Esta afirmación nos acerca al mundo de Dios, al mundo de las religiones, ya que creer es la condición previa como afirmación libre y personal que hay que dar (María como primera cristiana en la historia de la religión católica dio su «fiat» a la trascendencia y en él, comenzó a escribirse el Evangelio) (Lc 1,38). María pudo, en virtud de su personal creencia, no dar su «fiat» y la historia hubiera sido otra.

¿Lo dicho tiene algo que ver con la ciencia? Muchos desearían poder afirmar que ciencia y Dios nada tiene que ver. Nos hemos empeñado en poder discernir sobre el tema, creyendo que es posible responder con una afirmación.



Yo creo

Si observa el lector, hemos vuelto a titular este apartado con el mismo sintagma que lo hicimos anteriormente ¿Por qué? Porque ahora nos queremos referir a la ciencia y antes lo hicimos en relación a la religión.

Al hablar de fe, inconscientemente la relacionamos con la religión, es decir, con una particular creencia. No debiera ser así, ya que como hemos tratado de explicar, la fe es connatural al ser humano. Ella nos ha llevado, pasando por la personal libertad de cada uno, a decir creo o no creo.

Ahora tratamos de estudiar este presente de indicativo desde otra posible opción. Esta nueva acepción no proviene del verbo creer, sino del verbo crear.

Cuando declino en castellano el presente de indicativo del verbo crear, me encuentro con un sintagma idéntico al anterior. Efectivamente en la primera persona, se declina de igual forma el verbo creer que el verbo crear: yo creo.

Un verbo, creer, nos remite al mundo religioso; el otro crear, nos remite al mundo científico. Y es ahí donde observamos su necesaria complementariedad. Observemos seguidamente esta afirmación. Yo creo para creer, y yo creo para crear.
 

Yo creo para creer y crear

Desde el Génesis, primer libro del Pentateuco, hemos estudiado los mitos correspondientes a nuestra personal concepción judeo-cristiana de la historia. Allí vemos que todo fue hecho y todo estaba bien (Gn 1,10). Aquellos seis primeros días de la creación, están cerrados «amaneció y anocheció», ultimados (Gn 1,31), nada puede hacer el ser humano por cambiarlos ¿Por qué? Porque el hombre todavía no estaba allí.

¿Qué sucedió el día siete? Que Dios descansa (Gn 2,2). Ya no hace la historia. Ahora es el ser humano en su doble posibilidad de varón y hembra quien conjuntamente tiene que seguir el proceso de la creación.

En este día siete no ha «amanecido y anochecido» (Gn 2,4), por tanto es un día abierto ¡estamos en el día siete! La creación bíblica está realizándose aquí y ahora. ¿Quién la crea? El ser humano que, en virtud de la fe, está capacitado para creer.

Cuando alguien desde la fe dada, que parte de Dios, dice yo creo (esta creencia parte desde la libertad del ser humano), objetiviza esta experiencia interior, creando hacia el mundo exterior. Y es que, de hecho, es imposible creer y no crear. Y viceversa, es imposible crear y no creer posible realizar algo distinto del mundo de la experiencia.

Por esta razón cuando esta experiencia humana parte de cada individuo es necesario formularla con el mismo concepto, aunque el verbo sea distinto: yo creo.

Así ha sido desde hace miles de años. El primer relato de la creación es su mejor exponente. El hombre necesita, como imagen del creador, seguir creando, gracias a que cree posible otro mundo diferente.

Cuando no usamos de la fe que nos viene dada y que nos posibilita a creer y crear; cuando el ser humano se ancla sin posible cambio en lo ya adquirido, se vuelven a actualizar aquellas palabras del Evangelio: mi reino no es de este mundo. El reino del auténtico hombre ha de ser transcendido en cada instante. Así será un reino donde impere la buena nueva (Evangelio). Esta radical novedad reclama la constante creatividad en la Creación. 
 

La ciencia y la religión

Llegados a este momento podemos comprender que ciencia y religión son dos creaciones distintas que provienen del don de la fe. La experiencia de Abraham, de Moisés o en la plenitud, de Jesús, ha sido objetivizada en los libros del judaísmo y del cristianismo.

La fe ha hecho posible tal creatividad. Por otra parte, esta misma creatividad ha hecho posible en el campo de la ciencia, creer que todo puede ser mejorado y transformado. Que con Galileo podemos seguir repitiendo que la Biblia no enseña ciencia.

La Biblia es un libro que muestra cómo la Fe reclama seguir creyendo y por tanto creando. Desde esta nueva visión, tal y como anunciamos ciencia y Dios no se excluyen, sino que necesariamente se complementan, pues no se da la una sin el Otro.

Llegados a este punto podemos echar un vistazo a vuelo de pájaro sobre la praxis de algunos de los científicos más relevantes de la historia. Ellos confirmarán si lo dicho se ajusta o no a esta tesis.

La síntesis que proponemos a continuación pertenece a un trabajo mucho más amplio que ha sido realizado con la ayuda de mis alumnos del IES Europa y forma parte de una exposición que se realizó en el día de la jornada cultural sobre la ciencia. Esta exposición la llevamos a cabo desde el Departamento de Religión en el mencionado Instituto de la localidad de Móstoles en Madrid.

Nos ha interesado en esta exposición, demostrar que la ciencia y Dios lejos de excluirse son necesarios. Es más, sin Dios creemos que sería imposible crear nuevas experiencias. De hecho, y como estamos tratando demostrar, la creación es un mandato dado al ser humano (Adán) en los orígenes, cuando supo escuchar aquello de «a imagen de Dios los creó…» (Gn 1,27).

Seguidamente vamos a extraer algunas ideas de la mencionada exposición que muestran la praxis de lo que aquí hemos tratado teorizar.
 

Los científicos creen en Dios

El astrónomo polaco del siglo XV, Nicolás Copérnico, propuso la hipótesis heliocéntrica. Pero ¿habría sido posible tal propuesta si la religiosidad de Copérnico no hubiera influido al tratar de descubrir, siendo canónigo en la Catedral de Frauenburg, las leyes que el Creador había impreso en la naturaleza?

No fueron las Escrituras, sino la interpretación que de ellas hacía el hombre de ciencia, las que llevaron al gran físico italiano Galileo Galilei ante la Inquisición. La épica junto a la lírica del libro de Josué fue mal interpretada. Así cuando leemos «Sol detente sobre Gabaón y tú, luna, sobre el valle de Ayalón», el texto quiere expresar un gran día gracias a que en él fue vencido el enemigo (Jos 10,12).

Las perspectivas de universo de aquel entonces, que no son ciertamente las nuestras, como los paradigmas del mañana no serán los de hoy, llevaron a una interpretación científica del mencionado texto teológico.

Los diversos lenguajes de la Biblia eran desconocidos por aquel entonces. Por ello Galileo, sin dejar de ser creyente y defendiéndose especialmente de los teólogos aristotélicos, afirmó, como ya hemos indicado reiteradamente, que la Biblia enseña a ir al cielo y no cómo van los cielos.

El telescopio de Galileo había acercado el mundo y confirmado la hipótesis heliocéntrica de Copérnico. Sin embargo, ambos no renunciaron jamás a la creencia en Dios. Pues bien, los detractores del humanismo cristiano, especialmente desde entonces, es decir, a partir de Galileo, comenzaron su guerra al diálogo ciencia-religión, cuando, de hecho, la auténtica búsqueda de la ciencia comenzó por la reacción de éstos y otros hombres contra el aristotelismo.

El año en el que moría Galileo nacía otro revolucionario de la ciencia: nos referimos a Isaac Newton (1642-1727). Muchos le confiesan el científico más grande de la historia. Físico y matemático, descubridor del cálculo infinitesimal, de las leyes del movimiento y de la gravitación universal, del espectro de colores de la luz blanca, etc.

Este hombre con su filosofía abrió las puertas del ateismo, de él dijo el poeta Samuel Coleridge «se ha dicho que la filosofía de Newton lleva al ateismo». Sin embargo, la realidad, es que Newton fue en todo momento un fiel creyente que supo unir, gracias a la fe dada, su creencia en Dios y su creencia en la ciencia.

El ateísmo y o actual laicismo, parece olvidar que Newton desarrolló su teoría, para comprender mejor la creación de Dios. En su obra magna los Principia dejó constancia de esta afirmación: «Tan elegante combinación de Sol, planetas y cometas sólo puede tener origen en la inteligencia y poder de un ente inteligente y poderoso... Él lo rige todo, no como alma del mundo, sino como dueño de todos. Y por su dominio suele ser llamado Dios Pantocrátor (Emperador Universal). Es eterno e infinito, omnipotente y omnisciente, dura desde la eternidad hasta la eternidad, y está presente desde el presente hasta el infinito: lo rige todo; lo conoce todo, lo que sucede y lo que puede suceder».

Al oír estas palabras de Newton sobra todo comentario, es su fe, como raíz previa a cualquier creencia, la que mueve, a la vez, su creatividad, Ya hemos dejado dicho que quien cree es imposible que no crea. La praxis de estos hombres es buena prueba de ello.

La lista podía ser todo lo extensa que permitiera este papel, por ello remitimos al lector al texto de Antonio Fernández-Rañada que bajo el título «Los científicos y Dios» ha editado la colección Jovellanos. En él podrá encontrarse una larga lista de estas eminentes personalidades.

No obstante, antes de acabar este apartado, recordaremos a personas como el llamado padre de la herencia biológica, Gregor Mendel (1822-1884). Este biólogo checo es mundialmente conocido por sus experimentos con guisantes. Padre de la genética, que realizó sus trabajos en el huerto de su monasterio en Brno, pues Mendel era monje agustino.

Su descubrimiento resultó tan callado como su mística, pues tuvo que ser Correns, entre otros, quien en Alemania y en los comienzos del siglo XX, redescubriera la genética del agustino Mendel.

Terminamos este breve recorrido por los hombres que han hecho de sus vidas un perfecto diálogo entre ciencia y Dios con dos personalidades reconocidas mundialmente: Einstein y Plank.

Se dice de Albert Einstein que es, posiblemente, uno de los tres científicos más grandes de la historia. Creador de la teoría de la relatividad, premio Nobel en 1917, padre fundador de física cuántica y de la mecánica estadística, y sin embargo, profundamente religioso.

Su religiosidad era casi mística. En varios de sus escritos, y en sus constantes conferencias, dejó constancia de ello. Él confesaba que su intenso sentimiento religioso emanaba de la emoción producida por el orden y la armonía del cosmos.

Para Einstein no existía incompatibilidad entre ciencia y religión, ni creía que ésta pudiera ser eliminada o sustituida por la ciencia. Él se confesaba religioso, y cuando le preguntaron abiertamente sobre el tema, declaró: «Sí soy religioso». En una carta que escribió en el año 1936 dijo al respecto: «Las leyes de la naturaleza manifiestan la existencia de un espíritu enormemente superior a los hombres [...] frente al cual debemos sentirnos humildes».

Einstein tuvo que defenderse de aquellos que le tildaron de ateo por el hecho de tener pensamientos propios sobre la religión. Los que no pensaban por sí mismos y reclamaban un guía espiritual eran tan primitivos como los que rechazaban toda idea trascendental. Así le oímos defenderse de los unos y de los otros cuando dice: «esos ateos fanáticos cuya intolerancia es análoga a la de los fanáticos religiosos».

Resumiendo: para Albert Einstein, según su propio pensamiento: la ciencia sin religión está coja, la religión sin ciencia está ciega.

Por último, ¿qué decir de Max Plank? Premio Nobel en el año 1918, físico alemán que propuso la famosa hipótesis cuántica, base del conocimiento del mundo atómico. El propio Einstein decía de él que era un hombre religioso pues su fuerza de voluntad no nacía de programación alguna, sino directamente del corazón.

Plank había vivenciado el hecho religioso desde su más tierna edad. Nieto y biznieto de teólogos, buscó el Absoluto a través de sus conocimientos: «Nuestro punto de partida es siempre relativo. Así son nuestras medidas [...] A partir de los datos obtenibles, se trata de descubrir lo Absoluto, lo General, lo Invariante que se oculta tras ellos».

Penetrar en ese Absoluto le hizo descubrir la potencia atómica, pero, sin embargo, tal potencia, distaba mucho de reflejar el misterio: «El progreso de la ciencia consiste en el descubrimiento de un nuevo misterio cada vez que se cree haber descubierto una cuestión fundamental».

Los detractores de la religiosidad han dicho de él, que como el filósofo Spinoza o incluso el propio Einstein, no creía en un Dios personal. Sean las propias palabras de Plank, ante la ejecución de su hijo por los nazis, las que respondan: «Lo que me ayuda es que considero un favor del cielo que, desde mi infancia, hay una fe plantada en lo más profundo de mí, una fe en el Todopoderoso y Todobondad que nada podrá quebrantar. Por supuesto, sus caminos no son los nuestros, pero la confianza en él nos ayuda en las pruebas más duras».

Este breve resumen nos ha mostrado que la fe lleva a creer y el creer a crear. Ahora bien, también es posible demostrar, desde la praxis, la teoría expuesta sobre la libertad del no creer.

No creer en Dios es igual a creer que Dios no existe; es, por tanto, otra creencia más que parte, como la anterior, de la fe dada. Veamos cómo, en la praxis, es posible tal afirmación.
 

Los científicos niegan a Dios

Aunque al decir de la ciencia, hoy la afirmación o negación de Dios no pertenece a una constatación objetiva, no es menos cierto que los científicos en su gran mayoría o bien son teístas o bien son agnósticos, difícilmente se declaran ateos.

Negar el infinito es casi imposible en un mundo donde existe la hipótesis de infinitos universos. No obstante, citaremos en este breve repaso por la praxis de la ciencia con relación a Dios, al científico más famoso de los últimos tiempos; nos referimos al físico inglés Stephen Hawking.

Hawking afirma a través de su teoría del Big Bang que la creación habría surgido sin ninguna causa física, es decir, que el universo se crea a sí mismo, sin necesidad de creador.

«Si el universo tiene un principio, podemos suponer que tiene un creador. Pero si fuese completamente auto contenido, no tendría principio ni fin: simplemente sería ¿para qué, pues, un creador?».

Hawking ha creído encontrar una respuesta científica a la no necesidad de Dios; sin embargo, no deja de ser curioso, o mejor, paradigmático, que Robert Jastrow, que fue el director del Observatorio de Mount Wilson, lugar donde se hicieron los descubrimientos en que se basó la idea del Big Bang, hombre que por otra parte se declara agnóstico, confiese que «No es cuestión de otro año ni de otra década, ni de descubrir una nueva teoría, hoy parece que la ciencia nunca será capaz de levantar el velo que cubre el misterio de la creación».

Lo curiosamente chocante es que la teoría del Big Bang coincide (¿casualidad teológica?) con la primera exposición de la creación que narra el libro del Génesis. Para ello bastaría con situar los días 1, 3, 5 frente a los días 2, 4, 6: Piénsese en los tres primeros en cuanto escenario donde actúan los tres segundos (actores). Siguiendo este orden de exposición (1-3-5-2-4-6) la teoría del tiempo tras el Big Bang coincide con la Biblia. No es extraño que Pío XII y posteriormente Juan Pablo II, confirmaran este asombroso parecido con el relato del Génesis (Gn 1-2,4).

Pero sería un absurdo por nuestra parte tratar de indicar que el relato de la primera creación bíblica expresa lo que la ciencia confirma ahora. La Biblia es un libro teológico y no hay que hacer decir a la Biblia lo que la Biblia no quiere decir. Volveríamos nuevamente al principio, es decir, al caso Galileo, y sobre este tema... ya hemos pedido perdón...

Ahora bien, el misterio no ha quedado revelado, todo vuelve a quedarse velado. Robert Jastrow ante lo paradigmático que resulta la comparación del Big Bang con el relato del Génesis dice que el científico «ha escalado las montañas de la ignorancia, está a punto de conquistar el pico más alto y, cuando se alza sobre la roca final, es recibido por un grupo de teólogos que estaban sentados allí desde hace siglos».

Como teólogo, y viniendo de un agnóstico, agradezco sus palabras, pero no tanto por el aplauso que dedica a la teología, sino porque sitúa a la teoría «atea» de Hawking en su justo lugar.

Creer o no creer en Dios reclaman la necesidad previa de la fe. Llegados a este punto de nuestra exposición deseamos resaltar que tanto Mendel como Hawking son hombres de fe. A uno le lleva libremente a decir que Dios existe, a otro a negar su existencia. Creer que Dios existe, exige la fe previa y creer que Dios no existe, exige, asimismo, la misma fe.

La no creencia en Dios o la creencia en Él, es una creencia más en el orden de las cosas creadas. Cuando afirmamos que aquella persona no cree en Dios, de hecho lo que estamos diciendo es que no cree en la forma en la que nosotros creemos, pero ello no quiere decir que esa persona no tenga creencias, ya que el no creer es, de hecho, otra posibilidad más de creer

Desde esta visión de la realidad estamos con Jastrow cuando afirma que los teólogos estaban sentados en la cumbre desde hace siglos. Pero esta afirmación no parte de las creencias, parte de la aprehensión y experiencia a través de los siglos de eso que misteriosamente llamamos fe, y que de hecho, se da en toda persona.
 

Conclusión

Vivimos tiempos de crisis. Siempre que el ser humano no encuentra la forma en la que debe expresar sus mitos, entra en crisis. Los mitos de la antigüedad no tienen vigencia, como Nieche con la idea de Dios, los hemos matado, pero si no nos queremos volver locos, debemos reencontrar la forma de resucitarlos... reencarnándolos.

Todo lo que es genuinamente humano, es abstracto, como la belleza, el amor, la ética, la justicia. Al igual que a Dios, nadie los ha visto, pero vivimos con, en y para ellos.

Los tiempos de crisis son los tiempos de cambios. Pero a río revuelto ganancia de pescadores. El cambio siempre se produce cuando se trasciende el pasado, no cuando se le niega. El laicismo pretende negar nuestra memoria y ella es parte de nuestra realidad. La religiosidad es una constante del ser humano, incluso cuando se la niega.

Lo que no es lógico, es que pretenda negarse nuestra religión con el mismo énfasis que se defienden otras creencias. En el caso que nos ocupa, no es lógico que se defienda la creencia en la ciencia, y se  niegue la creencia en tal o cual religión.

Hemos tratado de demostrar que ambas beben de una fuente común que llamamos fe. No existe, por tanto, rechazo entre ciencia y religión. Ambas son realidades humanas que exigen creer que es posible un mundo distinto.

La fe no tiene adjetivo alguno, la creencia, sí. La fe no es católica, islamista o taoísta, es una fuerza que nos viene dada y misteriosa con la que creamos experiencias religiosas o científicas. Esta es la tesis que hemos tratado de exponer y a través de la que se aúnan ciencia y religión.

Esta unificación la hemos explicado de forma teórica, pero, asimismo, la hemos llevado a la praxis a través de algunos de los científicos más relevantes de nuestro universo. Ellos han sido y son los motores de la historia. De igual forma podríamos haber resaltado a hombres religiosos. Isaías, Buda y Jesús, entre otros. Hombres que han revolucionado al mundo tanto o más que Galileo o Einstein.

Quien se deja guiar por esa fuerza misteriosa que llamamos fe, siempre cree, y quien cree, siempre crea. La creación es el primer mandato bíblico. El mito del Génesis nos hace imagen del Creador (Gn1,27). Se impone, por tanto, seguir creando.

¿Dónde está la polémica entre ciencia y Dios? En aquellos que por anticlericales desearían borrar la memoria histórica. Memoria que ha sido posible, en gran parte, gracias a esos hombres de Dios que al margen de sus personales miserias, han trasmitido los valores que ahora nos quieren enseñar con la novedad de una nueva asignatura sobre la ciudadanía.

Los valores de nuestra sociedad democrática pertenecen al acerbo cristiano. Prueba de ello son las culturas que en su génesis no los tienen. Conviene no olvidar nuestra genética cultural y religiosa. Ella es la base de nuestra ciencia, de nuestra libertad, de nuestra justicia, de nuestra igualdad y de nuestra pluralidad. 

Afirmamos que nuestra fe es católica, por su necesaria y humana universalidad. Así nuestra religión. Pero el saber religioso, como creatividad de una creencia concreta, no es igual a la fe, aunque por la universalidad del cristianismo sirva de sustantivo y proclamemos el sintagma de fe católica, referida a una concreta religión: el catolicismo.

…Y el que tenga oídos para oír…
 


* Constantino Quelle Parra es licenciado en Ciencias Bíblicas, Ciencias Morales, Filosofía y Teología.


 
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