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Altar Mayor - Nº 110 (07)
Lunes, 06 noviembre a las 22:09:47

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 110 – Noviembre / Diciembre de 2006

IMPRESIONES FEMENINAS ANTE JOSÉ ANTONIO PRIMO DE RIVERA
José Mª García de Tuñón  *

Hay cuatro mujeres contemporáneas de José Antonio Primo de Rivera que en algún momento de sus vidas, por distintos motivos, le conocieron y escribieron sobre él dejando en sus palabras, en algunos de los casos, testimonios de admiración por el fundador de Falange. En otros fue de respeto, aun sabiendo la enorme diferencia que existía, desde el punto de vista político, entre ellas y José Antonio. Me refiero, en este último caso, a las militantes comunistas María Teresa León y Constancia de la Mora, dos mujeres de la alta burguesía que terminaron atraídas por la doctrina de Marx. Al otro lado de la orilla política estaban las falangistas Mercedes Formica y Marichu de la Mora, hermana de Constancia, que abrazaron la doctrina nacional-sindicalista. Todas tuvieron algo en común: las cuatro fueron escritoras, y excepto Marichu de la Mora, escribieron sus memorias; las cuatro estuvieron afiliadas a partidos políticos; y las cuatro fueron mujeres de una gran belleza. Ahora no pretendo escribir sobre el posible paralelismo que existió entre ellas. Cada una tuvo su vida y su circunstancia, y a éstas solamente me voy a ceñir.
 

Constancia de la Mora

«Hacía frío en Madrid aquel día de enero de 1906 en que yo nací». Son palabras de la propia Constancia que vino al mundo en el seno de una familia que pertenecía a la alta burguesía madrileña. Hija de Germán de la Mora, director de una de las compañías de electricidad más importante de Madrid, y de Constancia Maura, hija de Antonio Maura, político de la confianza del Rey, jefe del Partido Conservador y en ocasiones presidente del Consejo de Ministros.

Contaba Constancia cuatro años cuando sus padres le presentan a una institutriz irlandesa que se haría cargo de su cuidado al mismo tiempo que aprendería inglés. La familia pasaba los veranos en Santander y después en Zarauz donde, quien sería una comunista convencida, siente los primeros síntomas de rebelión, aunque aún pasarían algunos años en desarrollarlos. Más tarde la familia veranearía en San Juan de Luz pues una vez finalizada la Guerra Europea la aristocracia española volvería a pasar los veranos en Francia ya que no estaba bien visto quedarse en España.

En 1915 empezó a ir al colegio que las Religiosas Esclavas del Sagrado Corazón de Jesús tenían en Madrid para las hijas de la gente adinerada. Seis años permaneció en este colegio aprendiendo cultura general y también trabajos manuales, propios de las jovencitas de aquella época. Después su familia la llevaría a un colegio de monjas en Cambridge donde permaneció tres años sin venir a España. Sus padres la visitarían durante las vacaciones de verano y, algunas veces, en las de Pascuas. Cuando vuelve definitivamente a España era el año 1923, el mismo en que el general Miguel Primo de Rivera da un golpe militar y se convierte en Dictador a lo largo de cerca de siete años.

Con sus pocos años comienza a asistir a bailes. «Mi primer  baile –dice ella– fue uno que se celebró por la tarde en casa de una baronesa, muy conocida en Madrid por las fiestas que daba». Asistía también, en compañía de su madre, al hipódromo donde los domingos se reunía toda la sociedad madrileña. Algunos jóvenes la invitaban a pasear, pero encontraba sus conversaciones tan insoportables que huía de ellos en cuanto podía. Otros días los tenía ocupados con almuerzos, partidas de tenis, teatro o más bailes. Los momentos de ocio los empleaba haciendo algo de costura y a veces con alguna lectura. Pero ella encontraba su vida muy vacía y aburrida, ni tan siquiera la religión, que era el consuelo de muchas mujeres españolas, le servía de alivio. En vista de lo cual, sus padres le dicen que puede dedicarse a obras de caridad, algo que en aquellos años no solía ocupar a las mujeres hasta verse ya entradas en años. Así y todo acepta, aunque pronto se desilusiona porque sus primeros pasos los da con su madre con la que no estaba de acuerdo, aunque no sabía cómo explicar que encontraba tan «repugnante» aquella forma de ejercer la caridad que no podría nunca llegar a interesarle.

El verano de 1925 lo pasa junto a su familia en San Juan de Luz, como venía siendo habitual en los últimos años, y aquí conoce a quien había de ser su primer esposo, el malagueño Manuel Bolín, hermano de Luis Bolín el del famoso avión Dragón Rapide en julio de 1936. «Yo estaba apoyada en la barandilla de La Pérgola –escribe Constancia– cuando alguien me llamó y levanté la vista para encontrar delante de mí a un muchacho de casi dos metros de estatura. Yo era muy alta y una de mis preocupaciones consistía en que la mayor parte de los hombres que yo conocía me llegaban al hombro. Así es que me quedé mirando al desconocido. Dos días más tarde ya habíamos decidido casarnos» [1]. La boda tuvo lugar en marzo de 1926 y su primera y única hija Constancia María de Lourdes, Luli en abreviatura, vino al mundo en Málaga, donde residía el matrimonio, en febrero del año siguiente; pero el nacimiento de la pequeña Luli no arregló las desavenencias de la pareja que ya existían desde pocos meses después de la boda, hasta tal punto que un buen día tomó la decisión de separarse: «Sentí cierto miedo, debo confesarlo, al romper todos los lazos que me unían a mi marido y su familia, a todo lo que había constituido mi vida durante los últimos cinco años; pero me aterraba mucho más aún volver a reanudarlos: No solamente no sentía el menor cariño por Bolín, sino que pensaba en él y en su conducta con repugnancia y desprecio» [2].

Llegó a Madrid, en marzo de 1931. Tenía sólo 25 años cuando los acontecimientos la obligan a emprender una nueva vida. Había caído Primo de Rivera y la política española entraba en un periodo muy convulso hasta tal punto que después de unas elecciones municipales celebradas el 12 de abril de ese año, se proclamó la Segunda República que fue recibida con gran alborozo por la propia Constancia y que también dio lugar a que regresaran a España muchos de los exiliados, entre ellos el que llegaría a ser jefe de la Aviación Republicana durante la guerra civil, perteneciente a una familia de rancia nobleza carlista por su padre, y, en fin, militante comunista y miembro del comité Central del PCE, el aviador Ignacio Hidalgo de Cisneros que se encontraba en París desde la sublevación de Cuatro Vientos en diciembre de 1930 y con el que se casaría más tarde una vez obtenida la separación de Manuel Bolín después de que las Cortes aprobasen la Ley del Divorcio.

Bolín encomendó su defensa a José Antonio Primo de Rivera que ya comenzaba a distinguirse como abogado de renombre. «Pero el joven Primo de Rivera –escribe Constancia de la Mora–, precavidamente indagó de mi padre si yo era en realidad la mujer “mala y de ideas peligrosas” a quien había que arrancar a su hija a toda costa. Mi padre respondió que no lo consideraba así y el joven abogado rechazó el encargo» [3]. Así pues, poco tiempo después de obtener el divorcio y la tutela de su hija, contrae nuevo matrimonio con Ignacio Hidalgo de Cisneros, teniendo como testigos a Indalecio Prieto, Juan Ramón Jiménez y Marcelino Domingo, el 16 de febrero de 1933, con la oposición de ambas familias. Efectivamente, cuando ya antes de contraer segundas nupcias le había comentado a su padre que iba a pedir el divorcio, este le dice: «Además, ¡divorciarte! ¿tú sabes lo que es eso para nuestra familia? ¿no comprendes el disgusto que nos das a tu madre y a mí? ¿No te basta con ser tú desgraciada o quieres que lo seamos todos» [4]. Esa misma oposición también la tuvo el propio Hidalgo de Cisneros: «En mi familia la noticia de mi matrimonio con una divorciada cayó como una bomba» [5] .

Vino más tarde la guerra civil española –donde Constancia juega un papel importante como censora y jefa de la Oficina de Prensa Extranjera republicana–, y al finalizar la misma el nuevo matrimonio se ve obligado a exiliarse, no sin antes, entre otros servicios a la República, haber cenado en el Kremlin con Stalin, algo que ella en sus memorias calla, pero no así su marido que, por encargo de Juan Negrín, se trasladó a la Unión Soviética, en compañía de su mujer, para comprar a los rusos material de guerra. Habían terminado de trabajar cuando Stalin preguntó a quien todavía era  Jefe de la Aviación Republicana, si le gustaría a su mujer cenar con ellos. Contestó Hidalgo de Cisneros afirmativamente pensando que le daría una gran alegría: «Nunca podré olvidar la cara que puso Conni [6] al entrar en el comedor y encontrarse con Stalin, Molotov y Vorochílov que se dirigían a ella para darle la mano» [7].

La primera del matrimonio en exiliarse fue Constancia que pasa a Francia y después a EE.UU., donde en el mes de julio de 1939 termina de escribir Doble esplendor. En  1945 llega a México y aquí se reúne con su hija Luli a la que no veía desde 1937 cuando se encontró con ella en Moscú donde estaba con otros niños que desde España habían sido enviados a la antigua Unión Soviética. El reencuentro de la hija con su madre no fue todo lo feliz que ella hubiera deseado porque se encontró con la separación de su progenitora con Ignacio Hidalgo de Cisneros de quién además había adoptado sus apellidos. Así se lo dice por escrito a un sobrino del aviador: «No sé si Vd. sabe que yo llevé su apellido durante 14 años y que es el único padre que yo he tenido. Fue la única razón que me hizo volver a México en 1945, con la consiguiente decepción al descubrir que ya nada era lo mismo» [8]. Cinco años más tarde, en un desgraciado accidente de automóvil ocurrido en Guatemala, fallece Constancia de la Mora, que sería enterrada en un pequeño cementerio de México, donde desde entonces descansan los restos de la autora de Doble esplendor, que para el hispanista Edward Malefakis se trata de un gran libro histórico y así lo manifestó durante la presentación del mismo. Ese día el ex dirigente del PSUC, Miguel Núñez, lamentó que la muerte prematura de Constancia «le hubiera impedido conocer las tropelías y crímenes del régimen soviético» [9].
 

Mercedes Formica

El 14 de abril de 1931, fecha de la proclamación de la República, coge a la familia Formica en Sevilla, ciudad donde su padre dirigía una importante empresa, y cuando aún resonaban en la capital hispalense los ecos de la Exposición Iberoamericana. En estas fechas, las ideas políticas de Mercedes no pasaban de rudimentarias, y era incapaz de comprender los cambios políticos por los que pasaba España. El nacimiento de Mercedes fue en Cádiz en 1916, aunque no podemos decir el día ni el mes que siempre se negó a revelar «porque es una ordinariez». Sus primeros estudios de bachiller tuvieron lugar en el colegio de las escolapias Santa Victoria, de Córdoba, como interna, y, más tarde, en el Valle, de Sevilla, regido por religiosas del Sagrado Corazón. Los estudios universitarios, Derecho y Filosofía y Letras, los comienza en Sevilla, pero apenas había cumplido los dieciocho años la familia se traslada a Madrid y aquí los continúa y oye por primera vez hablar de José Antonio. Sobre todo, lo que más le impactó fue aquella frase del fundador de Falange refiriéndose a la derecha que aspiraba a conservarlo todo, hasta lo injusto, mientras la izquierda en el fondo aspiraba a destruirlo todo, hasta lo bueno.

Para muchos estudiantes José Antonio significó la posibilidad de fórmulas nuevas, capaces de solucionar los graves problemas sociales siempre por caminos distintos a los que usaba la derecha y también los marxistas, incapaces éstos de comprender el entusiasmo que levantó el fundador de Falange entre estudiantes y obreros. Por eso, en opinión de Mercedes, la aparición de José Antonio en la vida política produjo un acuerdo tácito entre izquierdas y derechas para declararle una guerra a muerte. Para esta mujer, José Antonio era un joven inteligente, temido, rechazado y ridiculizado por su propia clase social, que nunca fue capaz de perdonarle sus constantes referencias a la injusticia social, al analfabetismo, a las viviendas miserables, a la falta de cultura, al hambre endémica de las zonas rurales, sin más recursos que el trabajo de temporada. Por eso dice Mercedes Formica: «Confundir el pensamiento de José Antonio con los intereses de la extrema derecha es algo que llega a pudrir la sangre. Fue la extrema derecha quien le condenó a muerte civil, en espera de la muerte física, que a su juicio merecía» [10].

Mercedes se afilia a Falange y participa en el primer Consejo Nacional del SEU que tuvo lugar en un piso destartalado en la Cuesta de Santo Domingo, de Madrid. Presenta una ponencia sobre la urgencia de crear una bolsa del libro de texto. La experiencia le había llevado a proponer a las camaradas que hubiesen terminado el curso, donasen los utilizados a un fondo común. Propició el aumento de becas y las instalaciones de comedores y residencias. También oyó decir ese día a José Antonio que los falangistas tenían que ser  «los mejores» y que no debía importar la cantidad, sino la calidad. Una vez finalizado el Consejo fue elegida para representar a la Facultad de Derecho y los asistentes al mismo se retratan junto a José Antonio. Después, con cierta amargura se queja de que «durante cuarenta años la identidad de la muchacha que aparece a la izquierda del jefe de Falange fue silenciada» [11].

A principios de 1936, por problemas de salud, se traslada a Málaga en busca de un clima más favorable. En esta ciudad recibe el nombramiento de Delegada Nacional del SEU y, por tanto, miembro de la Junta Política. La guerra civil la coge en Málaga, pero consigue llegar a Sevilla donde coincidiría con Pilar Primo de Rivera: «Mi único deseo era ir a Sevilla, contribuir a que la guerra acabase y no se derramase más sangre». Pero muerto José Antonio, Mercedes comprende que sus ideas no podían llevarse a cabo y así se lo dice a Pilar Primo de Rivera: «Si te parece podemos ayudar en cierto modo a ganar la guerra pero sin comprometernos en una idea política» [12]. Ella tenía muy claro que Franco no era falangista y entonces comenzó a comprender «que aquello iba a ser lo que fue, un albondigón en el que hubo muchos conversos que para salvarse hicieron méritos muy crueles. Antes de la contienda los seguidores de José Antonio éramos poquísimos, quizás unos dos mil en toda España, y tal vez ni siquiera llegaran a ese número, y en la zona franquista sólo había quedado una minoría, quizás cien o doscientos. Los que estaban en la zona republicana, en Madrid y Barcelona, murieron fusilados. Mi desengaño llegó cuando comprendí que Franco no salvaba a José Antonio porque no quería. Ricardo Gullón, que había sido nada menos que el Fiscal General de la República cuando José Antonio fue juzgado, me dijo que me contaría después de las vacaciones de verano lo que había sucedido con José Antonio y cómo Indalecio Prieto y Manuel Azaña habían querido salvarle la vida. Desgraciadamente cuando regresé a Madrid después del verano Ricardo Gullón había fallecido y nunca pude saber la verdad de los hechos que él conocía» [13].

No había finalizado la guerra cuando contrajo matrimonio con  Eduardo Llosent Marañón que pertenecía al círculo intelectual de Sevilla y que fue fundador de las revistas Mediodía y Santo y Seña, originando ésta última el nacimiento de la Academia Breve de Crítica de Arte, la obra preferida de Eugenio d’Ors, hoy totalmente silenciado a pesar de haber sido uno de los grandes filósofos de las artes que ha tenido España. «D’Ors me llamó –escribe Mercedes Formica– y me expuso la idea de la creación de la Academia Breve de Crítica de Arte, formada por un grupo basado en las colaboraciones de Santo y Seña» [14].

A comienzos de 1944, Pilar Primo de Rivera le propone la dirección del semanario Medina, en recuerdo del castillo de tierras de Campos, única residencia estable de aquella corte andariega de los Reyes Católicos, pero esta aventura no duraría mucho tiempo porque Mercedes no podía con la censura: Estaban prohibidas las referencias a la vida de sociedad, modas y peinados. Tampoco debían emplearse palabras extranjeras como boutique, cocktails, toilette, etc. La censura cortaba las fotos por donde le parecía y vetaba la publicidad de bebidas alcohólicas, ropa interior de señoras, etc. Un buen día se le ocurrió traducir, para publicarla en folletón, la novela Rebeca, escrita en 1938 por la británica Daphne Du Maurier, donde la autora describe la ambivalencia de poder entre los sexos y el sometimiento que la sociedad exige a la mujer dentro del matrimonio. Se rechazó la propuesta por razones de moral y entonces, cansada de tanta censura, presentó la dimisión. Este hecho le hizo volver a recordar a José Antonio, quien desde el primer momento quiso contar con las mujeres y las nombró para cargos de responsabilidad. «En lo que a mí respecta no vio a la sufragista encolerizada, sino a una joven preocupada por los problemas de España, que amaba su cultura e intentaba abrirse camino, con una carrera, en el mundo del trabajo» [15].

Pocos años después recibe carta de Pilar Primo de Rivera pidiéndole redactase una ponencia para el Congreso Hispano-Americano-Filipino que tendría lugar en Madrid. Como Delegada Nacional del SEU que había sido, sintió la responsabilidad de resolver la injusticia laboral con la mujer. Buscó a sus colaboradoras entre universitarias, algunas habían pertenecido al grupo de los vencidos. El trabajo de la ponencia consumía buena parte de su tiempo. Así y todo terminó su primera novela Monte de Sancha y poco después La Ciudad Perdida, las cuales fueron seleccionadas para el Premio Nadal. También la hora de la ponencia se echaba encima, pero le aguardaba una gran decepción porque había sido vetada. Alguien había convencido a la Sección Femenina del talante feminista del trabajo. En aquellos días el término se vinculaba a mujeres de ideología marxista o de izquierda avanzada. «Mi disgusto no tuvo límites. Significaba la destrucción de una protesta relacionada con el gravísimo problema que afectaba a buena parte de la sociedad» [16].

Cuando el 22 de abril de 2002, fallece Mercedes Formica –«una de las figuras más importantes de la España contemporánea», escribió Natalia Figueroa en La Razón–, algunos periódicos dedicaron varias líneas a esta abogada, pionera en la lucha por los derechos de la mujer, y, sin embargo, tan olvidado o ignorado su trabajo. «Es cierto que las feministas, por ejemplo, me han ignorado completamente. Puede que porque, entre otras cosas, mi feminismo fue distinto del suyo; yo era más serena, menos irritable, menos agresiva. Y, desde luego, aquella foto mía con José Antonio me colocó, para ellas y para muchos otros, el sello de fascista. Nadie se molestó en averiguar si lo era o no, y nadie reconoció mi labor. Sólo las investigadoras en universidades y medios extranjeros se han ocupado de mi trabajo» [17].

Y así era. Cuando a la fotógrafa Inge Morath la enviaron a España para hacer un reportaje sobre una mujer española excepcional, por encargo de la revista Holiday Magazine,  alguien le apuntó que esa mujer era Mercedes Formica [18].



María Teresa León

Era hija de Ángel León Lores, coronel que sublevó su regimiento siguiendo al general Miguel Primo de Rivera en su aventura dictatorial, y de Oliva Goyri de Llera, ambos pertenecientes a la alta burguesía. Nació María Teresa en Logroño el 31 de octubre de 1903, aunque su infancia y adolescencia trascurriría, principalmente, en Barcelona, Madrid y Burgos. De ella contaría años después Ernesto Giménez Caballero que fue la mujer que llevó a Rafael Alberti «hacia el sueño comunista» [19]. «¿No sabes Rafael que soy tu aliento?», escribiría más tarde María Teresa.

Desde muy pequeña estaba acostumbrada a seguir a su padre que se cansaba de todo y pedía un nuevo destino. Niña de militar inadaptada siempre, con amigas de paso, la vida le parecía hecha para acomodar los ojos a cosas nuevas: veraneos, parientes y luego a comparar: «esto es mejor que lo otro». Con muy pocos años entra en contacto con sus tíos Ramón Menéndez Pidal y María Goyri que la iniciarían poco a poco en el camino de las letras que fueron para ella escuela de aprendizaje de actitudes vitales y fuente de inspiración literaria. Apenas cumplidos los 18 años, se casa en Barcelona con Gonzalo de Sebastián de quien tendría dos hijos, Gonzalo y Enrique.

Un día se encontraba muy feliz porque había salido a pasear con su padre, colgada de su brazo. «Me gustaba salir con mi padre, ir a las carreras de caballos, sentarme con él en las Ramblas. Éramos tan felices cuando nos íbamos juntos a conquistar el mundo» [20]. Y precisamente es en uno de estos paseos por las Ramblas y Paseo de Gracia el momento en que ve a los hijos del general Miguel Primo de Rivera. Cuando escribe sus Memorias recordaba así ese día: «¡Qué jovencita es y ya casada! Eran los tiempos del golpe militar de Primo de Rivera. Los hijos de Primo de Rivera estaban entre los soldados del regimiento. Uno de ellos era muy rápido, muy inteligente. A la muchacha le parecía absurdo no poderles ya sonreír porque estaba casada y qué diría el teniente coronel del segundo si la viese. Era un buen mozo. ¿Quién cerraría los ojos de aquel soldado que yo no volví a ver? ¿Y por qué cayó si tal vez…? Sí, tal vez fue una equivocación política. ¿No hubiera sido más acertado mandarlo a morir a otra parte, por ejemplo a Burgos? Años de guerra civil. Aquel soldado que yo nunca más volví a ver estaba preso, preso político. ¿Qué efecto hubiera producido José Antonio Primo de Rivera en Burgos, frente a frente con el Caudillo? Seguramente no hubiera sido trasladado a hombros por toda España para ser enterrado con una sonrisa de triunfo en el Escorial porque… el eliminador que mejor eliminare, buen eliminador será» [21] .

En 1924 comienza a colaborar en el Diario de Burgos bajo el seudónimo de la heroína de Gabriel D’Annunzio, Isabel Inghirami. Cuatro años más tarde realiza con su marido su primera visita a la Argentina donde lleva en su capital una gran actividad cultural, impartiendo conferencias y escribiendo algunos artículos. Publica  Cuentos para soñar que edita en Burgos y que prologa su tía María Goyri. En esta misma ciudad edita también La Bella del mal amor. Cuentos castellanos. Poco después de regresar de la Argentina se separa de Gonzalo Sebastián y se marcha a Madrid donde conoce a Rafael Alberti con quien, desafiando los convencionalismos de su entorno, se casaría el 5 de octubre de 1933, una vez obtenido el divorcio de su primer marido. Desde ese momento, con el poeta gaditano compartió todo, hasta los casi cuarenta años de exilio: en Francia, Argentina e Italia.

La llegada de la Segunda República les sorprende en Rota, y pocos meses después tendrían la oportunidad de que la Junta para Ampliación de Estudios pensionara a María Teresa y Rafael con el objeto de estudiar el movimiento teatral europeo. Después de viajar por varias capitales del viejo continente llegan en 1932 a la Unión Soviética, que «marca una inflexión vital e intelectual en su radical antifascismo» [22]. Al año siguiente fundan la revista Octubre, y en el tercer número se publica Huelga en el Puerto, la primera obra de teatro de María Teresa. La Revolución de Asturias les coge en la Unión Soviética a donde había vuelto para asistir a un Congreso. De nuevo en España, reciben una invitación del líder comunista italiano Palmiro Togliati: «Por qué no sois vosotros los que vais a Norteamérica a explicar lo que acaba de suceder en Asturias» [23]. Aceptan y el Socorro Rojo les paga el viaje.

Cuando estalla la guerra civil, el matrimonio se encontraba en Ibiza, donde permanecen unos meses hasta que consiguen pasar a Madrid. Cuando llegan a la capital de España encuentran su casa de Marqués de Urquijo cruzada por una banda de papel donde se podía leer: «Requisada para la Contraguerra». Rompen el papel y entran y encuentran el piso todo revuelto. Los libros tirados, las camas volcadas. Empezaron a hacer inventario de lo que faltaba, y sin pensarlo dos veces, María Teresa de dirige a la calle Miguel Ángel, donde estaba el comité anarquista. Trató de calmarse y saludó a los compañeros reunidos: «Les advertí que habíamos vuelto y estábamos decididos a no dejar entrar a nadie en nuestra casa. Rieron de mi enfado, amablemente. Tomamos café. Yo, por preguntar algo, les dije: “¿Por qué habéis cambiado el nombre de esta calle que era tan bonito?”. Uno de ellos me contestó, dulcemente: “Porque nada con los santos”. ¡Si les hubiera escuchado Miguel Ángel!» [24]. Al año siguiente de nuevo viaja el matrimonio a la Unión Soviética con motivo de un Congreso Internacional de Escritores Antifascistas y son recibidos por Stalin. Le habían dicho que Rafael era un poeta español. «Yo, una mujer». Cuando finalizó la visita, un ayudante del dictador les dijo: «Han estado ustedes con el camarada Stalin dos horas y cuarto, nadie estuvo más» [25].

Durante la guerra, María Teresa despliega una gran actividad como actriz, autora y ensayista. Fue, incluso, fundadora de Nueva Escena, la sección teatral de la Alianza de Intelectuales en cuyo edificio Miguel Hernández irrumpe un día y, al ver el festín que se estaba preparando, no pudo ocultar su enfado ante lo que él creía, con razón, un gran derroche mientras otros camaradas morían en los campos de batalla; el poeta dirigiéndose entonces a Alberti le dice: «Aquí hay mucha puta y mucho hijo de puta» [26]. Al parecer, estas palabras fueron escuchadas por María Teresa León, quien muy enfadada, se dirige al autor de El rayo que no cesa, y le dice: «No tienes ningún derecho a hablar así de una mujer y extender ese juicio a todas las mujeres de la Alianza. Eso no es de hombres. A la contestación suya, yo le pegué una bofetada» [27].

Finalizada la guerra, el matrimonio se ve obligado a exiliarse y en el exilio nace Aitana, su hija. Cuando vuelven a España, casi cuarenta años después, el actor e historia viva del doblaje español, Salvador Arias, muy amigo del matrimonio, declaraba que a su regreso no se le había hecho ningún caso a María Teresa León. La enfermedad ya había comenzado a hacer mella en ella, pero mantenía todavía su capacidad intelectual. Los nuevos amos de la cultura que ya comenzaba a florecer por aquellos años miran para otro lado porque se encuentran con una mujer enferma. Incluso Alberti abandona a su esposa y pone sus ojos en los de otra mujer: María Asunción Mateo, con quien se casaría más tarde y a quien dejaría todos sus bienes, dejando al margen a su única hija, Aitana.

En una clínica geriátrica situada en la localidad madrileña de Majadahonda fallecería el 13 de diciembre de 1988 María Teresa León y Goyri. Alguien escribió que quiso ser, y lo cumplió, la estela de un cometa rutilante y gaditano llamado Rafael Alberti; pero la estela llegó a brillar tanto como el propio cometa, aunque fuera siempre a su zaga. El día del sepelio solamente un reducido grupo de personas acompañaron en silencio a una mujer que fue calificada de bellísima, que había pertenecido a la  Generación del 27 y que dejó una extensa obra literaria.
 

Marichu de la Mora

Cuenta Dionisio Ridruejo que fue en La Granja, en casa del matrimonio Tomás Chávarri y Marichu de la Mora, donde conoció a José Antonio. Vivían los Chavarri en una casa alquilada del XIX y a la llegada del poeta ya se encontraba en ella la poetisa Ernestina de Champourcín, que más tarde se casaría con Juan José Domenchina, conocido poeta y secretario particular de Manuel Azaña. «Poco después –escribe Riduejo– llegaban de Madrid José Antonio Primo de Rivera y Agustín de Foxá. El primero era, de dos años atrás, mi jefe político, pero sólo lo había visto en algunos actos públicos» [28].

Marichu era un año más joven que su hermana Constancia –que «se pasó de rojerío», solía decir la primera–, y ambas recibieron idéntica educación bajo la tutela de sus padres. Estudiaron en los mismos centros de enseñanza, y como en cualquier familia, Marichu heredaba de su hermana el uniforme del colegio y cuando no, los vestidos de calle. Nada hacía presagiar entonces que con el tiempo las dos hermanas de la Mora tomarían caminos distintos, sobre todo, en lo que a la política se refiere. Representaban pues, el clima de división que se vivía en España en aquellos años  de la Segunda República.

Con el paso del tiempo y después de haber tenido varios pretendientes, Marichu, la más guapa de las hermanas, se casa en marzo de 1929 con Tomás Chavarri, un joven de buena posición que  carecía de trabajo cuando se casó, pero que después hizo bastante fortuna con las finanzas. El matrimonio tuvo cinco hijos, pero a pesar de ello nunca llegó a ser lo que ella había soñado, pues, aunque nunca se separaron legalmente, el distanciamiento entre ambos era evidente después de nacer el último hijo. Su  propia hermana Constancia llegó a escribir: «Yo sabía que Marichu no podía ser feliz con su marido» [29]. Estando así las cosas, un buen día se afilia a Falange algo que, según  Constancia, llegó a preocupar a su madre: «Y con la tendencia que tenía mi madre a dejar volar su fantasía, atribuía el entusiasmo de mi hermana y mis primas por la política a que todas estaban, más o menos, “platónicamente” enamoradas de José Antonio Primo de Rivera, el agraciado y joven jefe de la Falange» [30].

Antes de dar comienzo la guerra colaboró estrechamente al lado de Pilar Primo de Rivera en la organización de la Sección Femenina, que se crea en el mes de junio de 1934, para ocuparse de los falangistas presos y atender a las familias de los caídos que iban ya siendo muchos. Por otro lado la biógrafa de ambas hermanas, Inmaculada de la Fuente, nos cuenta, en un reciente libro, que llegó a mantener correspondencia con José Antonio. Incluso trascribe algunos párrafos, pero al mismo tiempo explica una historia difícil de entender para que sea cierta. Esta biógrafa sostiene que a la muerte de José Antonio, Marichu entregó a Ridruejo las cartas para que se las guardara, pero que, sin embargo, el itinerario de las mismas y su conservación, están rodeados de enigmas. «Inicialmente, se cree que el poeta las guardó en la caja fuerte del colegio Trilingüe de Salamanca, sede central de la Falange durante la Guerra Civil. No está claro si fue el incendio que asoló esta sede el que estuvo a punto de convertirlas en pavesas, o si se quemaron en otro accidente posterior. Lo más probable es que, en efecto, fuera en el incendio del colegio Trilingüe donde las cartas fueron, en buen parte, pasto del fuego. Lo que parece cierto es que las cartas originales fueron destruidas parcialmente, ya que entre los papeles de Ridruejo sólo se conserva uno ligeramente chamuscado y bastante deteriorado. La destinataria, que se sabía muchos párrafos de memoria, copió los trozos que se salvaron, rehizo las cartas en su mayor parte y se las volvió a dar a Ridruejo» [31]. Pero la biógrafa comete algunos errores porque una de las cartas dice que tiene fecha 2 de mayo de 1936 y que la escribe desde Alicante y ese día José Antonio aún estaba preso en Madrid. Otra del 4 de junio donde pone en boca del fundador de Falange estas palabras: «Ayer fui al Supremo e informé…» [32]. Pero se equivoca porque al Supremo fue el día 5, el mismo día que lo trasladan a Alicante. Hay una tercera que fecha el 9 de julio donde la biógrafa declara que le envía unos renglones para que los lea «antes de que te marches», sin embargo no deja de sorprender que a pesar de estar fechada en julio, asegura que las cartas desde la cárcel las escribió entre «mayo y junio de 1936». Al mismo tiempo nada explica dónde y cuándo vio esas cartas, o lo que quedan de ellas o, simplemente, las que rehizo Marichu. En otro momento apunta que las notas y cartas más íntimas las custodia el hijo del poeta, pero nada sabemos si esos papeles están también en poder de ese hijo [33].

Tampoco hace referencia a ellas la propia Marichu cuando en 1938 escribe un artículo que precisamente tituló José Antonio en la cárcel que, entre otras cosas, decía: «Elorza, director de la Modelo de Madrid, se sentía halagado de tener en su mano el acceso de las visitas al jefe de Falange Española y le gustaba que pasasen por su despacho las visitantes femeninas que él consideraba adornaban su cárcel. Lo hombres, camaradas de Falange o amigos particulares, esperaban en larga cola en el patio que les fuera permitida la entrada. Elorza daba preferencia a las señoras. El locutorio de los presos políticos era pequeño con gran semejanza a una jaula, pero los barrotes bastante espaciados y sin el refuerzo de tela metálica permitían la entrega o cambio de cartas y paquetes. Amelia Ruiz de Alda, puntual visitante diaria, hablaba en voz baja con Julio su marido, casi siempre en el mismo rincón. José Antonio era, naturalmente, eje y centro de las visitas; aparecía vestido de mono y frecuentemente con botas de jugar al foot-ball; entre las órdenes y las consignas encontraba unos minutos para la conversación amable, contaba con humor anécdotas de su encarcelamiento y hablaba y proyectaba unos capítulos de esa novela que él escribía mucho más con la imaginación que con la pluma y en la que tenía puesta una enorme cantidad de orgullo…» [34]. En las siguiente líneas sigue sin hacer ningún tipo de referencia a esas hipotética cartas. Y el articulo lo termina con estas palabras: «Se acercaba el mes de julio y con él el día del Alzamiento Nacional. Las cárceles de Alicante iban a quedar aisladas y silenciosas como si estuvieran en otro mundo. De la esperanza primero y después  de su desesperanza, de lo que han significado estos último meses para José Antonio en la cárcel de Alicante, sólo sabemos lo que puede decirnos nuestra imaginación angustiada. Allí quedan lejanas e invisibles, sus últimas palabras y sus últimos pensamientos» [35].

Por ausencia de la falangista Dora Maqueda, que aún estaba en zona roja, Pilar Primo de Rivera nombra secretaria de la Sección Femenina a Marichu de la Mora quien leyó los estatutos en el primer Consejo de 1937 que tuvo lugar en Salamanca. Poco tiempo después, cuando Franco firmaba el Decreto de Unificación, Pilar y Marichu se encontraban visitando las provincias de Galicia y León, «y en León fue, donde a través de la radio nos enteramos de lo que sucedía y, la verdad, nos sentó muy mal…» [36]. Al año siguiente, con motivo de celebrase el segundo, pasa a ser delegada nacional de Prensa y Propaganda por haberse incorporado ya, a la zona nacional, Dora Maqueda. Este mismo año aparece el primer número de la revista Y dirigida por Marichu de la Mora y en donde colaborarían escritores y poetas falangista como Eugenio d’Ors, Dionisio Ridruejo, Eugenio Montes, etc. En el subtítulo de la revista hubo un poco de titubeo. El del primer número era «Revista para la mujer nacionalsindicalista»; el del segundo «Revista de las mujeres nacionalsindicalistas», y el tercero «Revista para la mujer», que es el definitivo. El último número se publica en enero de 1946. Después Marichu, como escribió la profesora inglesa Kathleen Richmond que mantuvo una entrevista con ella el 27 de octubre de 1997, va alejándose de lo que «fueron los puntos de arranque de su trayectoria personal. Cuando hubo explorado aquellas oportunidades, se marchó para hacer carrera fuera» [37], quizás porque como también dijo Pilar Primo de Rivera a Franco: «Falange no era lo que se nos hacía creer, sino una sombra. Que no teníamos poder real, sino sólo un poder representativo, un poder fantasma» [38].

Marichu de la Mora falleció el 1 de noviembre de 2001 y fue la mujer que, según dicen algunos, inspiró a Dionisio Ridruejo «muchos de los poemas de la nueva obra que andaba escribiendo, Primer libro de amor» [39].



* José Mª García de Tuñón es licenciado en Empresariales y escritor y articulista.

[1] DE LA MORA, Constancia: Doble esplendor. Gadir Editorial, S.L. Madrid, 2005, 2ª edición, pág. 99.

[2] Ibíd., pág. 142.

[3] Ibíd., pág. 215.

[4] Ibíd., pág. 206.

[5] HIDALGO DE CISNEROS, Ignacio: Cambio de rumbo. Vol. 2. Editorial Laia, S.L. Barcelona, 1977, pág. 68.

[6] Con este nombre era conocida familiarmente desde su vuelta del colegio de Cambridge, donde así la llamaban sus compañeras inglesas.

[7] HIDALGO DE CISNEROS, Ignacio: op. cit., pág. 300.

[8] DE LA FUENTE, Inmaculada: La roja y la falangista. Dos hermanas en la España del 36. Editorial Planeta, S.A. Barcelona, 2006, pág. 372.

[9] Diario El Periódico, de Barcelona, 17 de febrero de 2005.

[10] FORMICA, Mercedes: Visto y vivido. Editorial Planeta, S.A. Barcelona, 1982, pág. 131.

[11] Ibíd., pág. 175.

[12] RUIZ FRANCO, Rosario: Mercedes Formica. Ediciones del Orto. Madrid, 1997, pág. 60.

[13] Ibíd., pág. 61.

[14] FORMICA, Mercedes: Escucho el silencio. Editorial Planeta, S.A. Barcelona, 1984, pág. 115.

[15] FORMICA, Mercedes: Visto y vivido, op. cit., pág. 158.

[16] FORMICA, Mercedes: Espejo roto y espejuelos. Huerga y Fierro editores, S.L. Madrid, 1998, págs. 29 y 30.

[17] Revista Época, nº 635, 28 de abril de 1997.

[18] Diario El Mundo, Madrid, 2 de abril de 1997.

[19] GIMÉNEZ CABALLERO, Ernesto: Retratos españoles. Editorial Planeta, S.A. Barcelona, 1985, pág. 168.

[20] LEÓN, María Teresa: Memoria de la melancolía. Editorial Losada, S.A. Buenos Aires, 1970, pág. 69.

[21] Ibíd., pág. 78.

[22] VV.AA.: María Teresa León. Memoria de la hermosura. Fundación Autor, Iberautor Promociones Culturales. Madrid, 2005, pág. 16.

[23] LEÓN, María Teresa: op. cit., pág. 115.

[24] Ibíd., pág. 56.

[25] Ibíd., pág. 85.

[26] FERRIS, José Luis: Miguel Hernández. Ediciones Temas de Hoy, S.A. Madrid, 2002, pág. 399.

[27]LEÓN, María Teresa: op. cit., pág. 289.

[28] RIDRUEJO, Dionisio: Casi unas memorias. Editorial Planeta, S.A. Barcelona, 1976, pág. 53.

[29] DE LA MORA, Constancia: op, cit., pág. 269.

[30] Ibíd., pág. 269.

[31] FUENTE, Inmaculada de la: La roja y la falangista. Dos hermanas en la España del 36. Editorial Planeta, S.A. Barcelona, 2006, págs. 144 y 145.

[32] Ibíd., pág. 141.

[33] Por otro lado, sorprende bastante que, de haber existido estas cartas, Dionisio Ridruejo no haga la más mínima referencia a ellas en sus memorias.

[34] Revista Vértice, nº XVI, noviembre 1938.

[35] Ibíd.

[36] PRIMO DE RIVERA, Pilar: Recuerdos de una vida. Ediciones Dyrsa. Madrid, 1983, págs. 109 y 110.

[37] RICHMOND, Kathleen: Las mujeres en el fascismo español. La Sección Femenina de la Falange, 1934-1959. Alianza Editorial, S.A. Madrid, 2004, pág. 212.

[38] MOYA VALLE, Antonio-Prometeo: Últimas conversaciones con Pilar Primo de Rivera. Caballo de Troya. Barcelona 2006, pág. 263.

[39] MORENTE, Francisco: Dionisio Ridruejo. Del fascismo al antifranquismo. Editorial Síntesis, S.A. Madrid, 2006, pág. 75.


 
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