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Altar Mayor - Nº 110 (05)
Lunes, 06 noviembre a las 22:13:01

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 110 – Noviembre / Diciembre de 2006

LA ESPAÑA DE 1930
Antonio Castro Villacañas *

No puede concebirse una Europa carente de España. No se puede entender una España separada de Europa. Pero sería necio desconocer que la geografía y la historia han impuesto que ambas realidades vivan juntas aunque no identificadas y que su vida se realice al mismo tiempo con distinto ritmo. Y sobre todo con un estilo diferente. Puede ser que todo se deba a la romanización de la vieja Iberia, que alcanzó una intensidad y unas calidades diferentes a la experimentada por otros pueblos y otras tierras. Fue aquí, no más allá de los Pirineos, donde nacieron y se criaron ayos de Cónsules y Dictadores, pensadores y poetas romanos, Emperadores... O quizás debiéramos buscar la razón de esa diferencia en que a Hispania llegaron, como algunos dicen, los bárbaros más atrasados, las tribus cansadas de combatir un año tras otro, a lo largo y a lo ancho de toda Europa, sin dar con las tierras más apropiadas para su reposo por poblarlas ya otros bárbaros más adelantados, hasta que al pasar la terrible barrera pirenaica su corazón y sus ojos tropezaron con un territorio y unos hombres abiertos a los alegres pasos de la paz e irreductibles al son huraño de la guerra. O quizás la explicación sea otra: que la Hispania conquistada sin apenas violencia por los suevos, vándalos y alanos –¿dónde están aquí, contra ellos, Sagunto y Numancia, dónde Viriato?– la Hispania visigótica, la Hispania post-romana, se cristianizó y unificó con facilidad e intensidad desacostumbradas... O que, a pesar de ello, no supo soslayar ni resistir en un primer momento los fenómenos políticos y culturales que le llegaron por el sur, hasta el punto de que faltó muy poco (Covadonga, San Juan de la Peña) para que esta doble invasión no cubriera por entero los cuerpos y las almas hispanos y de España; o que desde esos focos iniciales de resistencia a la invasión árabe (detenida para Europa en Poitiers por Carlomagno) se produjera durante setecientos años un fecundo enlace de amor y guerra, de resistencia y entrega, capaz de engendrar una cultura que no tiene par en la Europa central, mediterránea y oriental invadida y poblada por musulmanes poco después de que acabara la Reconquista cristiana de España y hasta nuestros días...

Sí, España es parte esencial de Europa, pero lo es y deberá serlo siempre de una manera propia y diferenciada, para que su pertenencia a tal familia cultural e histórica le dé a ésta el olor, el color y el sabor necesarios en cuanto el hombre cocina, sin por supuesto perderlos ella misma. Porque en cualquier tarea de amor –llámese guiso, boda, aventura o empresa creadora y fecunda– tan necesaria es la aportación y entrega como la puntual y adecuada distancia y reserva. Juntos, pero no revueltos, dicta el sentido común de nuestro pueblo, y ésta es una hermosa herencia cultural e histórica que impone un sello original a las actuaciones y creaciones hispanas de todos los tiempos.

Conforme a esta realidad, el panorama social, político y económico que podían contemplar en España los españoles que alcanzaron su mayoría de edad entre los años 15 y 30 del siglo XX, era tan parecido como diferente al que ellos mismos y sus contemporáneos podían observar en cualquier parte de Europa. Veamos cuales eran las razones de este desacuerdo.

En primer lugar, el nacionalismo español había surgido en 1808, y se había acrecentado a lo largo del siglo XIX, pero (a diferencia de lo sucedido en el resto de Europa) no como una aportación de las tropas napoleónicas, herederas de la Revolución Francesa, a nuestra cultura política, sino como una reacción defensiva contra ellas, iniciada por el pueblo al margen de la vergonzosa entrega y bovina sumisión de la dinastía borbónica y buena parte de la nobleza, la iglesia, la intelectualidad y la milicia... La movilización instintiva y popular contra el francés invasor no se dio en ninguna otra porción de Europa, y ningún otro pueblo europeo puede presumir de haber mantenido como protagonista una semejante Guerra de Independencia, pues la que más se le acerca, la de Rusia, ofrece dos notables diferencias: una es la de que allí el pueblo estuvo desde el primer momento asistido y dirigido por sus clases rectoras, y otra el que en Rusia no se produjo el extraordinario fenómeno social e histórico que en España constituyeron las guerrillas, ni se dieron las resistencias populares y generalizadas que entre nosotros caracterizan el Dos de Mayo madrileño, la batalla del Bruch y los heroísmos extremos de Zaragoza y Gerona.

La Guerra de Independencia sirvió, entre otras cosas, para que el pueblo español tomara conciencia de que pertenecía a una misma comunidad histórica aunque lo hiciera desde su original vinculación a diferentes partes del Reino. Castellanos y andaluces, valencianos, catalanes, aragoneses, vascos, gallegos o asturianos, todos adquirieron el sentimiento de que tenían en común algo más importante que su condición de súbditos de un mismo rey: la pertenencia a una misma fe y la propiedad de la libertad nacional. Fe y libertad, en consecuencia, serán desde entonces las constantes protagonistas de la vida social y política española.

Así, los combatientes de la Guerra de Independencia lucharon primero tanto por la libertad nacional como por su fe religiosa y política en el rey ausente y en la iglesia amenazada, y después –cuando las Cortes de Cádiz asumieron la soberanía nacional– por la fe religiosa, depurada de algunas adherencias temporales; por la fe política en una monarquía moderada o constitucional; y por la libertad nacional, entendida no como la simple independencia de cualquier dominación extranjera, sino como haz de libertades individuales y comunitarias. Claro está que no todos los españoles, combatientes o expectantes, entendían de igual manera la íntima esencia y las últimas consecuencias de esa fe y de esas libertades; por eso, desde el primer momento y sobre todo a partir de las Cortes de Cádiz, el pueblo español –a imitación y en seguimiento de sus minorías rectoras– se dividió, más que en dos corrientes de pensamiento o de creencias fundamentales, en dos órdenes de sentimientos o de talantes: los tradicionalistas, que a su extremo se convertían en reaccionarios, y los progresistas, transformados en revolucionarios cuando extremaban su pasión por el cambio social o político. Si los primeros querían que España se gobernase, conforme a las exigencias de los nuevos tiempos, por un Ministerio responsable ante el Rey y una Constitución respetuosa y defensora de los principios fundamentales del orden social de antaño, los segundos pretendían pura y simplemente que España se rigiera como siempre lo había hecho, es decir, por un Monarca de absoluto poder y políticamente irresponsable. Y si los terceros pretendían librar a España de cuanto supusiera una rémora o un obstáculo para su perfeccionamiento o mejora, los cuartos no entendían que ello debiera hacerse por medio de reformas parciales o atemperadas, sino totales y de golpe y rasga, aún a costa de causar posibles injusticias y una general y continuada inestabilidad del vivir comunitario.

Ambas actitudes y tendencias, con diferentes nombres y más o menos radicalizadas, configuraron y protagonizaron el escenario donde a todo lo largo del siglo XIX y en el primer cuarto del XX se fueron representando las numerosas comedias, los frecuentes dramas y las no escasas tragedias que durante más de cien años componen la historia de España a consecuencia de que ninguna de ellas era capaz de imponerse pacífica y democráticamente a la contraria y de acordar juntas una reciproca tolerancia en aras de hacer fecunda la necesaria convivencia.

Otras peculiaridades de nuestra historia contemporánea han de tenerse en cuenta si queremos comprender mejor el paisaje político y social en que hubieron de moverse los españoles que alcanzaron su madurez vital en los años precedentes, simultáneos y posteriores a la primera gran guerra de Europa.

Una de ellas, trascendental, es el creciente desprestigio de la institución monárquica durante los sesenta años que separan al Dos de Mayo de 1808 –alzamiento popular en reivindicación del monarca y de su familia– de la Gloriosa Revolución de 1868, que pretendió devolver a España su honra y los Borbones a Francia, de donde nunca debieron venirnos. Desprestigio creciente también a lo largo del medio siglo que transcurre desde el golpe de Estado que restaura en 1874 la monarquía borbónica en nuestra patria hasta que en 1931 unas elecciones municipales la hacen caer sin pena ni gloria. Desprestigio creciente, en uno y otro período, por el borbónico afán de tomar parte en la vida política cotidiana, y agravado en el primero por su directísima responsabilidad en el comienzo y la continuación de las guerras carlistas, trascendentes guerras civiles ideológicas y dinásticas.

Otra de nuestras peculiaridades, también ligada por su comienzo a la guerra de independencia, radica en la forzada emigración política, especialmente de la minoría intelectual, provocada con lamentable frecuencia por los distintos cambios de gobierno. Desde los afrancesados a Unamuno, por atenernos a los límites temporales fijados en este estudio, una triste tradición española parece haber forzado el exilio de los vencidos, de los contrarios e incluso de los simplemente rebeldes o disconformes respecto de una concreta situación política. El daño producido por esta forzada emigración, tanto en el orden de la convivencia nacional como en el de la cultura, gravitará siempre sobre los españoles sensibles a las deficiencias de su presente histórico y a las posibilidades de una nueva y mejor España.

Peculiaridad notable, que ha provocado más de un siglo de diferentes conflictos, es la de que entre nosotros no se haya resuelto de modo normal –y satisfactorio para ambas partes– las relaciones entre la Iglesia y el Estado, quizás porque nuestros gobernantes se hayan considerado en todo momento herederos y continuadores de los Reyes Católicos, y con derecho por tanto a tener voz y voto en cuestiones eclesiásticas, o quizás también porque nuestra jerarquía católica se ha constituido desde siempre en tutora y protectora de tan señalados monarcas como de todos sus antecesores y sucesores, y por ello, en su calidad de supremos dirigentes de los españoles católicos, con derecho a opinar e intervenir, incluso en ocasiones a mandar, en materias propias y privativas del Estado.
 


* Antonio Castro Villacañas es abogado y periodista.


 
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