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El Risco de la Nava
El Risco de la Nava - Nº 348
Miércoles, 15 noviembre a las 12:28:39

El Risco de la Nava GACETA SEMANAL DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 348 – 14 de noviembre de 2006

SUMARIO

  1. Los aborteros de Europa, Minuto Digital
  2. La pederastia, próxima estación, Miguel ángel Loma
  3. En el aniversario de Juan Negrín, José Mª García de Tuñón
  4. Aire fresco en el callejón, Jesús Casla
  5. Conversaciones en torno a los sesenta, Antonio Castro Villacañas
  6. Carta… a la ministra Narbona


LOS ABORTEROS DE EUROPA
Minuto Digital

Es una cuestión de pulso firme. Si no te tiembla la mano, con la ayuda de la pantalla del ecógrafo, llegas hasta el corazón, lo llenas de dioxina y lo vacías de vida. Infarto fulminante y el niño muerto sale aún caliente de las entrañas de la madre.

En mitad de la «católica» España, ha tenido que ser la televisión pública danesa, DR, la que muestre en pantalla cómo se practican abortos ilegales impunemente. El reportaje, grabado en cámara oculta en la clínica Ginemedex de Barcelona, perteneciente al grupo CBM, revela que el precio del asesinato es de unos 6.000 euros.

Aprovechando la Ley despenalizadora del aborto –promovida por el PSOE y mantenida por el PP– la clínica «asesora» a la supuesta madre abortiva para acogerse al supuesto de que el niño comporte riesgo para la salud síquica de la madre. Sin el menor de los escrúpulos, el psiquiatra parece rellenar un informe proclive al aborto con la indiferencia de quien pone los resultados en una quiniela. Poco después, la dioxina se abrirá camino por entre el vientre de la madre hasta apagar el pálpito del niño en un infarto súbito. Cuestión de pulso.

La denuncia del reportaje de la Televisión Danesa (http://www.dr.dk/) se basa en las investigaciones que hace dos años realizó el periódico británico Sunday Telegraph (suplemento dominical del Daily Telegraph). En España, esta denuncia se topó con un silencio mediático apenas roto por la revista Época.

El semanario británico, denunciaba además a la fundación British Pregnancy Advisory Service (BPAS), la más grande en el Reino Unido en la promoción de este asesinato legal. El Sunday Telegraph demostraba que la BPAS recomendaba a las mujeres británicas viajar a Barcelona para abortar, señalándoles específicamente la clínica Ginemedex. La gravedad de la denuncia era mayor aún al tratarse de una fundación financiada en un 70 por ciento por dinero público. La paradoja del tiempo hacía que el tópico de las madres abortivas españolas con posibles viajando a Londres se invertía siendo ahora las británicas las que venían a abortar a España.

España apostó desde hace décadas por el turismo como eje crucial de nuestro desarrollo económico. Junto con los alemanes, los ingleses son el colectivo mayoritario de turistas que visitan España. De entre ellos habrá ahora que extraer al grupo de los que no apuestan por el binomio tradicional de sol y playa sino por la dosis letal de dioxina que con pulso firme, llena de muerte una vida por estrenar.

Repugnante mérito éste de convertirnos en los aborteros de Europa. Retengamos esto cuando se oiga el eco electoral de votar al mal menor estando aún caliente la carne muerta del último niño asesinado.
 

LA PEDERASTIA, PRÓXIMA ESTACIÓN
Miguel Ángel Loma

La aparición de un partido político en Holanda que reivindica su legalización, y el hecho, más grave aún, de que un tribunal holandés haya considerado legítima la pretensión pederasta, marcan el disparo de salida en Europa hacia una nueva conquista del progresismo anticristiano, y nos alerta de que la legalización de la pederastia será el peldaño «evolutivo» futuro sobre el que nos toque descender. 

Por ser suficientemente conocidos, en asuntos de similar escabrosa naturaleza, me atrevo a aventurar sobre los pasos que se seguirán en la estrategia: al principio nos venderán que todos los pederastas son enfermos que no pueden dominar sus impulsos, para en último momento concluir que, en realidad, se trata más bien de una nueva opción sexual, enriquecedora para mayores y menores.

Con tales pronunciamientos comenzarán a pulular por los diferentes platós televisivos, variopintos defensores de la pederastia, con algún que otro intelectual de talla (de talla progresista) avalando las tesis entre sonrisas, y calificando de intolerantes a quienes se atrevan a disentir. Se rodarán películas que nos presentarán el tema de forma amable y edulcorada, donde el pederasta es el héroe encarnado por el último actor de moda. Aparecerán extrañas estadísticas realizadas por avanzadas universidades demostrando las bondades para los menores de las relaciones sexuales, cuando éstas son «conducidas» por mayores de edad sanos, serios y responsables. Nos ofrecerán curiosos estudios sobre privilegiadas civilizaciones perdidas donde la pederastia era moneda de uso común, maravillosas y ocultas civilizaciones finalmente erradicadas por la exterminadora cultura judeo-cristiana. Resucitarán a egregios personajes históricos de demostrada pero oculta pederastia que en su tiempo constituyeron un referente moral para el progreso de la humanidad. Y hasta en la misma Biblia encontrarán velados pasajes que hay que reinterpretar.

Finalmente, cuando se considere que el patio contiene suficiente estiércol para que germine la semilla, se planteará la batalla decisiva tras la exposición a los cuatro vientos de un caso «estrella» susceptible de mover las sensibilidades populares, en donde un menor haya podido salir de una penosísima situación gracias a las atenciones y cuidados recibidos por un exquisito pederasta. (Para ese momento, obvio es decirlo, ni el pederasta ni la pederastia se denominarán así, sino que habrán adoptado otros nombres que inspiren menor rechazo).

Tras la consabida paliza mediática y propagandística, el obstáculo moral, que hoy nos parece insalvable, de la falta de juicio y madurez física y psíquica, en los niños, para prestar el libre consentimiento a este tipo de prácticas, así como el comprobado daño de las graves secuelas que tan espurias relaciones dejan en el menor que las padece, será finalmente derribado ante la indolencia generalizada de un pueblo que, mirará para otro lado, con la repetida excusa de que cada uno hace con su cuerpo lo que quiere.
 

EN EL ANIVERSARIO DE JUAN NEGRÍN
José Mª García de Tuñón

Cuando escribo estas líneas, 12 de noviembre del año en curso, se cumplen 50 años de la muerte en París de Juan Negrín que siendo ministro de Hacienda con Largo Caballero ordenó transferir los depósitos del Banco de España a la Unión Soviética, para garantizar durante la guerra civil el suministro de armamento a la República. Posteriormente fue jefe de Gobierno (1937-1939), cargo que compartió con la cartera de Economía y Hacienda y, desde 1938, con el de Defensa.

Como cualquier político tuvo sus valedores y también detractores. Entre los primeros tenemos, por ejemplo, a Gabriel Jackson que ha pretendido siempre rescatar a Juan Negrín de algunas falsedades que, en su opinión, se consideran ciertas. Entre los segundos tenemos al cenetista Diego Abad de Santillán quien para él Negrín fue un holgazán cuyo dinamismo se agotaba en ajetreos inútiles, en festines y harenes sostenidos por las finanzas de la pobre República. Para el régimen de Franco fue el enemigo rojo, la zarpa de los comunistas, aliado en las purgas llevadas a cabo por los agentes de Stalin, el hombre que robó las reservas de oro del Banco de España y las envió a Moscú.

Pero no es de su pasado político de lo que quiero escribir porque tampoco es éste el momento. Pero sí deseo referirme a su ministro de Justicia, Mariano Ansó, que en su libro Yo fui ministro de Negrín, hace una cita de José Antonio Primo de Rivera, apenas conocida, y que, sin embargo, tiene interés histórico para los estudioso del fundador de Falange. Escribe Ansó que cierto día encontró a Negrín muy preocupado cuando los dos paseaban:

Anduvimos bastante tiempo antes de que el silencio se rompiese. Fui yo quien le interpeló, seguro de que pasaba algo grave y anormal:

–¿Qué? ¿Malas noticias de la guerra?

–¡Peor! –me contestó desabridamente: De nuevo se hizo el silencio, y esta vez fue él quien lo rompió: –Tengo necesidad de hablarle de algo que me angustia, pero necesito su promesa de silencio absoluto sobre lo que le voy a decir. ¡Han fusilado a José Antonio Primo de Rivera!

Después, en medio de la oscuridad, siguieron caminando despacio. Apenas podían verse las caras, pero Ansó estaba seguro de que los dos estaban perturbados.
 

AIRE FRESCO EN EL CALLEJÓN
Jesús Casla

Ante la acusada radicalización de nuestra vida política –de nuestros políticos, realmente–, el abismo que día a día se abre entre los dos partidos políticos principales y sus diferentes formas de interpretar lo que debe y cómo debe ser España, surgen varios interrogantes: ¿es posible una vía alternativa?, ¿podemos esperar una bocanada de aire fresco en un espectro político esclerotizado y, con frecuencia, de espaldas a la sociedad? Es más, ¿cabe la esperanza de que surjan nuevos actores, nuevas compañías de la farándula? –perdón por el símil, pero estarán de acuerdo conmigo en que muchas veces nuestra política parece un sainete de cuarta–. ¿Es posible, en definitiva, una renovación de fondos y formas en esta manida y desgastada forma de hacer política? ¿Cómo lograr que los españoles se intereses por la política no sólo cuándo ésta implica escándalos o amenazas para la convivencia? ¿Cómo se podrían inocular nuevas ideas y caminos a nuestra política?

¿Se podría de ese modo provocar que los profesionales de la política –los que viven por y para la política– intuyeran que algo están haciendo mal cuando apenas la mitad del electorado acude a las urnas?

Probablemente sea ingenuo esperar una respuesta a estos interrogantes por parte de una clase política enrocada en sus posturas –muchas veces atávicas–, más pendiente de la moqueta y el coche oficial que de escuchar el latido social y atender las verdaderas demandas y necesidades de sus votantes, que no son pocas.

Desde luego, no podemos discutir a nuestros políticos su pragmática visión estratégica para mantenerse en la cresta de la ola. El creciente desinterés por la política, plasmado en el preocupante descenso del índice de votantes, como en el referéndum de la Constitución europea (42,32% de participación), el del estatuto catalán (50,59% de abstención) o en las elecciones autonómicas catalanas (56,77% de participación), evidencia que la clase política sigue jugando su partido ajena al clamor del graderío. Cualquier comercial neófito o vendedor ambulante sabe que el cliente siempre tiene razón y debe prestarle toda la atención. Claro que el ambulante si no vende no come. Ahí empiezan las diferencias.

Más allá del típico corrimiento de escaños entre los partidos de siempre, los recientes comicios autonómicos en Cataluña, han aportado como novedad la aparición de una formación –Partido de la Ciudadanía– que pone en jaque el decorado y las tendencias habituales. El Partido de la Ciudadanía hace su aparición precisamente en una comunidad autónoma –la del 3%, Maragall dixit, ¿recuerdan?– avasallada por la corrupción y el sectarismo nacionalista en materia urbanística, lingüística y mediática, con preocupantes brotes de violencia ideológica y exclusión social.

Hay otra forma de hacer política sin tener como únicos y manidos referentes los postulados de izquierda, derecha o los nacionalismos. Tan sencillo como prestar atención a las demandas, anhelos y necesidades de los votantes. No sé el alcance y repercusión que llegará a tener el Parido de la Ciudadanía, ni si responderá a las expectativas generadas; pero no me cabe ninguna duda de que la política española necesita nuevas fórmulas, nuevas propuestas y, también, nuevas caras. El surgimiento del Partido de la Ciudadanía es un claro aviso a nuestros políticos –los que viven por y para la moqueta y el coche oficial, quiero decir– para que se dejen de (sus) batallitas y de guiños y poses, siempre en clave electoral, para centrarse en las cuestiones esenciales que nos preocupan y ocupan día a día.

El surgimiento de plataformas o partidos ciudadanos –al menos nominalmente– responden, por lo general, a situaciones de hastío y a largos procesos de degeneración política. Viví de cerca la reacción ciudadana argentina entre 1999 y 2001. Después de muchos años de continuas decepciones con sus dirigentes –realmente la situación no ha mejorado sustancialmente–, a los ciudadanos no les quedó otra alternativa que salir a la calle, cacerola en mano, para reclamar sus derechos, expresar sus demandas, reconocerse mutuamente como sujetos activos y aglutinar ese esfuerzo colectivo en plataformas de defensa de sus derechos y exigencia de los deberes del Estado. Fue un proceso inédito que, como algunos temían, ha acabado infiltrado política y sindicalmente para que no tuviera mayor repercusión electoral, como así ha sido. Con los años, ha entrado en un callejón sin salida que la aparente recuperación económica puede terminar de desactivar sin que de veras se haya conseguido, como pretendían, revertir las formas de hacer política en aquel país. La mejor prueba de ello es que el partido peronista condujo al descalabro en los ´90 y sigue gobernando hoy.

Como en el caso argentino –quizá allí por razones más pedestres y estomacales que en nuestro país–, la acción ciudadana que se puede estar gestando en España debería servir de alarma. Los movimientos e iniciativas ciudadanas evidencian el vigor y la salud moral de una sociedad. En todos los casos son síntoma de que algo se está haciendo mal o sencillamente no se está haciendo. Las multitudinarias manifestaciones convocadas por la Asociación de Víctimas del Terrorismo (AVT), el creciente desinterés mostrado en las últimas citas electorales y la aparición del Partido de la Ciudadanía ponen en la palestra el alejamiento de los políticos y las políticas que desde hace tiempo se vienen poniendo en práctica en España, por falta de escrúpulos, por complejos, por cobardía, por inoperancia o por rutina.

Aunque no tiene por qué situarse en una posición equidistante entre PP y PSOE, el Partido de la Ciudadanía –y quizá otros que surjan siguiendo su estela– puede servir de referente para las grandes formaciones, así como de plataforma de expresión que abra los ojos a los profesionales del coche oficial, tan insensibles y lejanos. Llegado el caso –perdonen mi más que probable ingenuidad– podrían llegar a ocupar el lugar de las formaciones nacionalistas. Se mitigaría, de ese modo, la perversidad de nuestra ley electoral que proporciona a los aldeanismos políticos un poder político desproporcionado y, con ello, la posibilidad de asaltar impunemente las arcas del Estado –y el Estado mismo– a cambio de su apoyo para conformar mayorías. La política nacional podría volver a ser política nacional de verdad.

Es probable que todo esto no sea más que un alarde de ingenuidad. PP y PSOE, por diferentes razones, no van a permitir fácilmente el surgimiento de formaciones intermedias que, en todo caso, les van a restar apoyo electoral. De ahí, los nervios de Mariano Rajoy. Los 90.000 votos del Partido de la Ciudadanía y sus tres escaños representan mucho más que ese testimonial 3,04 € de respaldo electoral. Representan la posibilidad de soñar con un soplo de aire fresco en un espectro político que cada día se asemeja más a un callejón sin salida.
 

CONVERSACIÓN EN TORNO A LOS SESENTA
Antonio Castro Villacañas

Mi tertulia, ya podréis imaginar, está compuesta por hombres mayores de cincuenta años. El más joven, Abel, el ferretero, acaba de cumplirlos y por ello nos pagó una ronda especial del vinillo que solemos tomar como aperitivo. Yo soy el segundo de los más viejos, con 81, y Roberto me precede con 84 en la lista de los octogenarios. Ya irán saliendo, Dios mediante, edades y otras circunstancias de los demás tertulianos si lo exige el guión de estos relatos documentales.

El caso es que, por culpa de nuestra edad, la mayoría de las veces en la tertulia se mezclan los asuntos de actualidad con temas del pasado, ya que todos estamos de acuerdo en pensar que el hoy es hijo –más o menos legítimo– del ayer, y padre –legal o putativo– del mañana.

Del pasado hablamos el lunes último porque José Luis, el secretario municipal, «progre» consciente, quiso saber si los tertulianos universitarios recordábamos con nostalgia nuestra vida estudiantil. Yo me apresuré a decir que por haber sido delegado de mi promoción en los cinco años de carrera, elegido por mis compañeros mediante la oportuna votación al principio de cada curso, recordaba aquel tiempo sin demasiada nostalgia pero con mucho agrado. Bien es verdad que yo entré en la Universidad el año 1943, cuando la Segunda Guerra Mundial estaba en pleno apogeo, y la dejé como alumno el 48, recién terminada, por lo que está claro que los estudiantes de entonces –como todos los españoles– estábamos muy condicionados por lo que había pasado, estaba pasando, y comenzaba a pasar más allá de nuestras fronteras.

–Los que vivimos el movimiento estudiantil de los 60, veinte años después que tú –dijo Carlos, el médico– sí que lo recordamos con nostalgia.

–Eso es porque a estas alturas los estudiantes de entonces nos estamos acercando a la jubilación –aclaró el bancario Eduardo.

–Destacados personajes de nuestra cultura, como Albert Boadella, el de Els Joglars, o Fernando Savater, –precisó José Luis– recuerdan en sus memorias con gran cariño aquella etapa porque el régimen de Franco espoleaba y daba un sentido al ansia de libertad de los estudiantes...

Roberto, el viejo policía municipal, quiso saber si el régimen franquista estaba entonces a favor o en contra de los universitarios. No entendió su ironía nuestro secretario. «La Universidad se cerraba cada cierto tiempo por orden del Ministro de Educación –dijo–, y los estudiantes alternábamos las clases con las carreras delante de la policía». «Menos uvas, menos uvas, caballero, que yo por entonces daba servicio en la Moncloa –replicó Roberto– y me acuerdo muy bien de las contadas veces que cortaron el tráfico los que hoy presumen de eso...». «Más de uno –insistió José Luis– conoció las cárceles y las torturas policiales», y de nuevo le contestó quien fue guardia de la porra con su chulesco «menos uvas, caballero, que yo no he conocido racimos tan grandes». «La verdad es –dijo el médico– que en mi Facultad se organizaban por entonces muchas reuniones semiclandestinas, y asambleas de Facultad pese a estar prohibidas», y el bancario añadió «todo eso servía para incrementar el encanto de hacer algo vedado».

–¿Qué hacían entonces los estudiantes del Opus Dei y los democristianos? –pregunté yo, con sana intención de orientar el debate.

–En su mayor parte, intentaban pasar inadvertidos; algunos pretendían acreditarse como demócratas... Pero en aquella época los estudiantes –explicó José Luis– considerábamos que el Opus Dei formaba parte del sector enemigo. No en balde el gobierno franquista estaba formado en su mayoría por ministros del Opus, en especial a partir de 1969.

Yo insistí en mi curiosa indagación:

–¿No creíais que el Opus fuera una fuerza renovadora de la democracia?

–Todo lo contrario –aseveró el secretario–. Yo pensaba, y sigo pensando, que los del Opus hicieron todo lo posible para que aquel régimen continuara...

–Eso no es cierto –protestó Antonio, el veterinario–. La gente del Opus intentó darle una buena salida al franquismo. Igual hicieron los democristianos.

–Estoy de acuerdo –intervino el médico–. Recordad que al principio sólo existía un sindicato estudiantil, el SEU. La coincidencia entre unos y otros era el crear sindicatos autónomos y democráticos.

–Sí –dije yo entonces–. Por eso se pensó que matando al perro se eliminaba la rabia. Quiero decir: sin el SEU, se pensaba que la Universidad y los estudiantes entrarían en una etapa de tranquilidad y perfección escolar.

–¿Y no fue así? –preguntó el ferretero.

–No, no pasó nada de eso, sino todo lo contrario. La Universidad ha ido desde entonces cuesta abajo. –El médico se mostraba algo excitado. –Ha bajado mucho la calidad de su enseñanza, ha bajado mucho más el nivel de las actividades extraescolares...

Todos estuvimos callados durante algunos momentos. Yo los aproveché para, arrimando el ascua a mi sardina, concluir la discusión preguntando:

–¿No creéis que algo parecido sucedió poco antes y poco después de la muerte de Franco? ¿No creéis que también ha bajado mucho desde entonces la calidad de vida, el nivel moral y espiritual de España y de los españoles?
 

CARTA…  A LA MINISTRA NARBONA
…@...

Estima ministra Narbona.

Su propuesta de «multar» en el recibo del agua a quien gaste más de 60 litros/día es muy interesante. Estoy completamente a favor. No he podido menos que calcular cómo va a ser un día normal para conseguir no superar este gasto.

Me levanto a las 7 para ir a trabajar. Una ducha de 4 minutos gasta unos 100 litros. Creo que mal empezamos. SÓlo me ducharé cada 2 días. Meteré los pies en un cubo, me enjabonaré y apagaré el agua. Así hasta terminar. Creo que podré consumir unos 35 litros.

Utilizo el inodoro, pero no puedo tirar de la cadena, consumiría 15 litros. Así que tengo que dejar mis deposiciones hasta la noche. 

Menos mal que trabajo a 80 kilómetros de casa y regreso a las 9 de la noche. Prefiero pagar un 85% de impuestos en la gasolina antes que malgastar el agua. Ya sabía yo que en algún momento, la burbuja inmobiliaria y vivir tan lejos de mi ciudad tendría algún beneficio.

Antes de llegar a casa me he parado en el bar de abajo y sin que me viera el dueño he hecho aguas menores.

Voy a cocinar, llenar la cacerola ya son 7 litros más. Es estupendo que su colega el ministro del gas haya decidido subir un 5% el precio, así dejaré de cocinar, no gastaré agua y con el ahorro podré encender un poco la calefacción cuando llegue el frío. 

Gracias a que hice caso a la ministra de vivienda, vivo en un piso de 38 metros. Así no me entran plantas y no las tengo que regar, si no tendría que deshacerme de ellas.

He conseguido aguantar el último pis del día hasta justo antes de meterme en la cama. Huele muy mal en el baño por la deposición de la mañana, pero lo consigo. Una sola cisterna en todo el día. Me lavo los dientes con un vaso de agua. Error, necesito 2 vasos. Casi un litro más. Me lavo la cara con el barreño de la ducha de por la mañana. El resumen de un día así:

  • Ducha en barreño: 35 litros.
  • Uso WC: 15 litros.
  • Cocinar: 8 litros.
  • Dientes: 1 litro.
  • TOTAL 59 litros. Lo he conseguido.

¡¡¡NO ME VAN A CASTIGAR POR MALGASTAR EL AGUA!!!

Además ahora voy a poder pagar la subida del IBI, de la gasolina o del cine con lo que saque de vender un lavavajillas y una lavadora. Ya no puedo lavar la ropa o los cubiertos porque consumen unos 120 litros por lavado.

Estoy encantado con esta propuesta. Así ustedes podrán seguir vendiendo electricidad a Europa proveniente de la energía hidroeléctrica.

Gracias por hacerme la vida tan maravillosa. No puedo bajar a la ciudad por «La Zona Azul». No puedo beberme una caña de 1,90 € por si me quitan 6 puntos. Ni cruzar una calle que resulta es sólo para residentes (curiosamente todo el centro ya es sólo de residentes). No puedo coger el coche porque la gasolina vale 1 €. Ni ir a cenar porque vale 30. Mi hipoteca subirá un 20% este año, y no podré irme de vacaciones. Menos mal que el ADSL lo puedo pagar, aun siendo el más caro de Europa, porque sigue siendo barato respecto a ir al teatro. Gracias por esta propuesta y hacerme el día a día más fácil.


 
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