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El Risco de la Nava
El Risco de la Nava - Nº 352
Martes, 12 diciembre a las 13:38:08

El Risco de la Nava

GACETA SEMANAL DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 352 – 12 de diciembre de 2006

SUMARIO

  1. La guerra de las banderas, Minuto Digital
  2. Ingeniería social, Antonio de Oarso
  3. El menú de la ministra, Miguel Ángel Loma
  4. La guerra de los diez años, Jesús Flores Thies
  5. Le entra el mal de altura a Zapatero: «España va de puta madre», Miguel Ángel Orellana
  6. El poeta de ZP y la masonería, Isabel Durán


LA GUERRA DE BANDERAS.
Minuto Digital

El Consejero de Gobernación del reeditado gobierno tripartito catalán, Joan Puigcercós (ERC), ha vuelto a mostrar sus ambiciones de totalitarismo independentista mandando retirar la bandera de España de la sede de su Consejería. Ha sido el presidente de la Generalidad, José Montilla, quien en un gesto meritorio ordenase restablecer la bandera nacional y la señera catalana.

Parte programada de la desmovilización ciudadana tras la muerte del General Franco, ha sido la devaluación de los signos identitarios hasta conseguir inocular en el inconsciente colectivo, que forman parte de la coreografía de grupos ultras «anticonstitucionales». Sólo ante un fenómeno de masas como el fútbol, se ha aceptado la socialización del uso de la bandera de España. Finalizado el minuto 90, la bandera vuelve a ser un símbolo incómodo desalojado de colegios u ocultado en centros oficiales bajo el arco iris de banderas europeas, autonómicas y locales puestas todas en régimen de igualdad.

Como símbolo de la identidad de una Nación, la bandera recibe un trato de respeto exquisito en cualquier país con una democracia consolidada y sin complejos. España, lamentablemente incluye ámbitos de excepción amplios y permanentes.

De poco sirve que el uso de la Bandera Nacional esté regulado de manera inequívoca por la Ley 39/1981, de 28 de octubre, cuyo artículo 3 establece que «La bandera de España deberá ondear en el exterior y ocupar el lugar preferente en el interior de todos los edificios y establecimientos de la Administración central, institucional, autonómica provincial o insular y municipal del Estado».

El Consejero de Gobernación de la Generalidad Catalana se lo ha vuelto a saltar a piola imitando el ejemplo de los 174 Ayuntamientos Catalanes, denunciados por la Plataforma Convivencia Cívica Catalana, ante el Tribunal Superior de Justicia de Cataluña por incumplir la Ley 39/1981.

Pero, leyes a un lado, el complejo que aun muchos españoles anidan con respecto a nuestra bandera es ciertamente preocupante. Medios de información digitales acaban de publicar que el periodista Julio Ariza –Grupo Intereconomía– acudió en su condición de exdiputado autonómico a la sesión de inicio del curso político catalán. A su entrada fue increpado por un diputado de «Ciutadants» por llevar un pisacorbatas con la bandera de España.

De no ser cierta esta información, «Ciutadants» debería desmentirla rápidamente. No en balde este interesante proyecto político cuenta con miles de votos prestados de ciudadanos que, de izquierdas o derechas, se han movilizado por una opción antinacionalista sin complejos. Habrá que ver si algún resquicio de complejo antiespañol sigue estando prendido de la ropa de los diputados de Albert Rivera.

La Bandera es un símbolo de identidad nacional. Su uso debe ser frecuente, normal y gozar del mismo calor que cualquier sociedad democrática y madura desprende hacia lo que la identifica.
 

INGENIERÍA SOCIAL
Antonio de Oarso

Es mucho lo que se puede hacer con las palabras. Es enorme su poder político, aunque tanto se abusa de ese poder que muchos optan por no hacer caso de ellas, tanto si dicen verdad como mentira. Es el precio que hay que pagar por la continua manipulación verbal, en la que políticos y demagogos son los maestros. A veces, crean entelequias como «alianza de civilizaciones», o «proceso de paz», o «paz perpetua», que carecen de sustancia, pero adquieren persistencia por el simple motivo de que suenan bien. Y ocurre también que se producen situaciones cómicas cuando se confunde burdamente una de esas entelequias inconsistentes con un auténtico programa de actuación política. Así pasó cuando los periodistas interpelaron a Moratinos sobre la actitud de Mahmud Ahmadineyad, quien a la semana de que Irán y España hubiesen presentado conjuntamente en la ONU algo parecido a una  declaración de paz universal, manifestó que había que borrar a Israel del mapa. Irritado, Moratinos declaró campanudamente: «¡Esto ocurre por no estar todavía la Alianza de Civilizaciones en fase operativa!».

El «proceso de paz» es también una irrealidad, pero con buena aceptación por la apariencia que arrastra de sensibilidad y altura de miras. Pero son bastantes los analistas que razonan que si los socialistas comenzaron sus contactos con la banda terrorista hace ya años, durante ese tiempo se tuvieron que concretar acuerdos y los pasos a seguir para ponerlos en práctica. Pues no es admisible pensar que tanto tiempo fuese empleado para simplemente ajustar la fecha en que comenzaran las conversaciones y el proceso. Todo está ya acordado, piensan estos analistas, y el proceso de las conversaciones ya concluyó y ahora se trata de aplicar las decisiones tomadas. No creo que les falte razón. ¿Por qué, entonces, Rodríguez asegura una y otra vez que el camino será largo, duro y difícil? Muy sencillo. Eso está también planeado. A Rodríguez le interesa llegar a las próximas elecciones con el falso «proceso» sin terminar, pero cerca de ser concluido. Su campaña electoral se basaría, obviamente, en esta próxima feliz conclusión, que se vería frustrada por completo con la elección del PP. Tendría entonces la victoria asegurada. Algunos opinan, por el contrario, que a la banda le traen sin cuidado los cálculos electorales de Rodríguez, y que tiene prisa. Puede ser. Pero los compromisos necesitan tiempo para ser sustanciados mediante fórmulas acordes con las leyes democráticas y presentados a la población. Esto puede conseguirse con seis años más de gobierno Rodríguez, no con dos años solamente, y luego con un Rajoy que pudiera echarlo abajo todo. La banda no va a encontrar gobernante más útil para sus intereses que Rodríguez. ¿Para qué precipitar las cosas? A no ser que… a no ser que el tema del 11-M vaya a estallar y todos los esquemas hayan de saltar hechos pedazos. No es imposible. 

Así que debemos acostumbrarnos a recibir nubes de verbalismo alienante, engañador. Ya han comenzado. El «proceso de paz» se ha convertido en una expresión no por falsa menos sagrada. Se anatematiza a todo aquél que critica el proceso, como enemigo de la paz, como enemigo de Euskadi. Así como en Cataluña el Partido Popular fue condenado como enemigo de Cataluña por oponerse al nuevo Estatuto, así también en el País Vasco ya ha sido condenado por oponerse al proceso, como enemigo de la paz y del país. Y, en posible concordancia con lo apuntado, surgen aparentes obstáculos que retrasan la marcha del proceso. Ahora mismo, aseguran que está atascado. Se trataría de lentificar, retrasar el curso de los acontecimientos de manera conveniente. El obispo Uriarte ha aportado su grano de arena manifestando que «hay que tener paciencia» con el proceso de paz.

Así, las gentes acomodarán su mente a la idea de un trabajoso esfuerzo de pacificación, de una meritoria labor en pro de la concordia, llevada a cabo por hombres que han puesto los intereses generales por encima de los suyos propios, y que no se han arredrado antes los peligrosos meandros de unos caminos inhabituales.

No se ha llegado a la fase de manipulación verbal y mental que describe George Orwell en su famosa novela 1984, pero los rasgos de técnica propagandísticas que él constataba en las dictaduras comunistas y fascistas se están reproduciendo en los últimos tiempos. Concretamente en España, hace tiempo que no se utiliza la palabra para exponer la verdad, sino para deformarla con vistas a reeducar. Existe una completa desaprensión en esta labor. Los agresores se convierten en víctimas, las verdaderas víctimas en gente que estorba e incordia; se acusa veladamente a los oponentes políticos de provocar incendios y hasta de inducción al asesinato político, con la plena conciencia de que se miente; se demoniza a Estados Unidos, que es nuestro aliado, y se le ríen las gracias a Fidel Castro; se condena a Israel por haber atacado el Líbano, cuando la agresión ha partido del Líbano, etc. En cuestiones morales, se presenta la ética cristiana como anticuada y perniciosa, se alaba la homosexualidad, la manipulación de embriones, el aborto, la pornografía. Se pretende, y con éxito, educar a las masas en los presupuestos morales y políticos que nacieron con fuerza en los años sesenta. Se trata de una labor de ingeniería social tenaz, insistente, que va demoliendo todas las defensas una a una. La palabra es el instrumento. Una palabra deliberada y decididamente mentirosa, al servicio de razonamientos capciosos, alejados de la moral natural y del sentido común. Un verbalismo compuesto de estereotipos, de palabras-proyectil, de descalificaciones gratuitas y falsas protestas de moderación y pacifismo. No se puede decir que sea siempre una labor muy sutil, pero es eficaz en razón de su voluntarismo y persistencia. La nueva ingeniería social va cumpliendo sus objetivos de construcción de una sociedad renovada según principios disolventes del antiguo orden y siguiendo los presupuestos de la contracultura y la contramoral provenientes de los sesenta.

En este contexto, conceptos tales como Alianza de Civilizaciones, Procesos de Paz, Paz Perpetua, y otros, suponen palabras de pura invención, de pura imaginación, sin ningún valor real, pero elevadas al nivel de mitos de una nueva religión laica acaramelada y delicuescente como su creador, Rodríguez; y que, repetidas una y otra vez, adquieren una falsa consistencia y cumplen una función adormecedora.
 

EL MENÚ DE LA MINISTRA
Miguel Ángel Loma

La ministra de Sanidad, doña Elena Salgado, y el Gobierno de progreso Zapatero, preocupados siempre por nuestra salud, andan tan afligidos por la terrible publicidad de una súper hamburguesa que una conocida marca yanqui acaba de lanzar, que han decidido pasar a la acción. Para contrarrestar el pérfido ataque hamburgués, se impulsará desde el Gobierno la publicidad de un plato rico, rico, pero pobre en calorías. Se trata de un guiso a base de legumbres y hortalizas; y es tanta la entrega de doña Elena que está dispuesta a prestar su apellido para bautizarlo, por lo que se denominará «la menestra Gado» (adviértase que se suprime la sal para que resulte más salutífero aún).

En consonancia con esta iniciativa, parece que en un futuro inmediato un concienzudo equipo del Ministerio de Sanidad confeccionará un listado de menús políticamente correctos, que se incluirán en el BOE con un mes de antelación para que el personal pueda ajustarse en su pitanza a los cánones de la nueva cocina de progreso. Es fácil prever que de estos menús quedarán excluidos platos muy característicos de nuestra tierra, pero excesivamente calóricos, como el cochinillo, la butifarra, el botillo, la fabada, las morcillas, los chorizos, el cocido (con tós sus avíos), etc., amén del variado catálogo de dulces a los que somos tan aficionados, y más en estas fechas. Por eso, el Gobierno que no es tonto, intentando paliar las consabidas fricciones que estas exclusiones puedan generar entre las diferentes nacionalidades, naciones y realidades nacionales que integran nuestro Estado, tiene previsto crear una Mesa Plurinacional del Diálogo Multicalórico, el correspondiente Observatorio de la Pringá y una nueva Fiscalía contra la caloría. Todo sea por la salud, el progreso y la libertad.
 

LA GUERRA DE LOS DIEZ AÑOS
Jesús Flores Thies

Coronel de Artillería-retirado

Hace ya muchos años, Jesús Torbado y Vizcaíno Casas sacaron a la luz sendos relatos novelados sobre la España que habría podido resultar de una victoria de la república roja en la guerra civil. Nosotros vamos a meditar sobre esa situación que, pese a las dos novelas y a los empeños de Zapatero y de sus muchachos, sólo es un ejercicio de imaginación. Y para ello, sólo hemos de emplear la lógica más elemental apoyada en hechos reales e históricos sucedidos a raíz de la victoria nacional del 1 de abril de 1939. Y lo hacemos fácilmente por el simple procedimiento de pensar, actividad que podemos hacer libremente y hasta con facilidad, ya que ni somos políticos del sistema ni escribidores de muchos de los «medios» d´estepaís, individuos que da la impresión de que sólo utilizan la cabeza para llevar «esculpidos» de lujo o bisoñés. Allá vamos.

El 1 de abril, derrotado el Ejército nacional, sus principales dirigentes se dispersan o huyen al extranjero, los prisioneros superan el millón y comienzan las represalias y depuraciones mucho más baratas que las que habrían resultado de haber ganado los otros, porque los de la república-roja se iban a ahorrar los tribunales. Entre esta fecha y el estallido de la segunda guerra mundial a primeros del inmediato septiembre, España se ve sumida en una feroz lucha por el poder entre los vencedores, como ya vaticinaba Azaña. El poderoso partido comunista se impone a sangre y fuego a los contados republicanos (cuatro y el gato) y a sus más encarnizados enemigos los anarquistas, pues tiene la ventaja de dominar al Ejército con la ayuda de gloriosos militares como Miaja, Rojo, Hidalgo de Cisneros y otros. Esto provoca miedos y suspicacias en las llamadas democracias no-populares, pero como tienen ellos sus propios problemas con un Hitler desatado, dejan hacer. Primera consecuencia: la guerra civil, con un leve intercambio de protagonistas, continúa. La revolución soñada desde hacía años ya tiene el camino libre, y desde las orillas del Moscova, papá Stalin dictará la política a sus esbirros del PCE, amos de la situación. Si alguno piensa que Churchill o Rooselvet iban a mediar para que eso no ocurriera, mejor es que se pasearan por el Limbo, lugar que hoy ocupa por derecho propio el ministro Moratinos.

Alemania invade Polonia y estalla de una vez la segunda guerra mundial. Lo que pase en España queda ya definitivamente oculto por el humo de la pólvora en Europa, de esa forma la interna guerra civil entre parias de la tierra de uno y otro matiz (los del PSOE a la espera…), puede continuar tranquilamente su camino demoledor. Posiblemente se organice precariamente un Gobierno que dé una imagen de legalidad al inventillo, pero será un gobierno «progresista» y marxista, al que los alemanes, una vez en la frontera, no le pedirán permiso de paso para llegar hasta Gibraltar. Después del paseo militar hasta algo más allá de La Línea, la zona inmediata al Peñón, que los anglófilos llaman «Roca», en un radio de unos 100 kilómetros, más o menos, quedará como la luna después de la conquista alemana de Gibraltar. Como los ingleses, muy enfadados por la terrible pérdida no iban a estarse quietos (ya habrán ocupado Las Canarias), la zona devastada podría ampliarse durante algún tiempo a 150 kilómetros, o quizá más.

Como los españoles tienen ciertos vicios incurables, se largarían al monte a la guerrilla, mezclándose «fachas» residuales y «rojos», para hacerles la vida imposible a los ocupantes alemanes, con las consiguientes represalias, destrucciones y demás «daños colaterales» propios de toda guerra que se precie. Y no olvidemos los liberadores bombardeos de ciudades, puertos, instalaciones fabriles etc. a los que nos someterán nuestros amigos los aliados.

Siguiendo el calendario real, ya avanzada la guerra, los aliados invaden Provenza y España (casi con toda seguridad, España y no Provenza para poder coger la «Muralla del Atlántico» por detrás), con lo que aquí se organizaría la de Dios es Cristo, y aunque España tiene Este y Oeste, no como Italia que carece de ellos (de ahí el parón alemán a los aliados en Monte Casino), posiblemente los alemanes organizarían una defensa numantina en cualquiera de nuestras abundantes sierras que dejarían el terreno para la siembra sin necesidad de arado. Pero como tienen que perder la guerra el 2, 3 ó 4 de mayo de 1945, pues eso, que la pierden, los aliados nos liberan y esta vez, como ya se ha pactado en Yalta, España quedaría dentro de la zona de influencia inglesa y yanqui.

Han pasado, desde aquel 1 de abril de 1939, más de seis años, es decir, que los jinetes del Apocalipsis han cabalgado sobre esta sufrida tierra, seis años más, años de muerte, destrucción y miseria. Todo un lujo.

Y alguien dirá: bueno, se acabó, hasta lo malo se acaba alguna vez; llegará el plan Marshall, la democracia entrará en España y a vivir que son dos días, aunque para algunos muchos más. Bien, si no se es político o periodista de la progresía y cazo, se podría repasar la historia de aquellos países «de la órbita inglesa», como Italia y Grecia una vez acabada la guerra gorda, la mundial. Porque papá Stalin no estuvo dispuesto a dejar que esos dos países se fueran de rositas a los brazos democráticos no-populares, y trató de organizar unas nada despreciables guerras civiles con sus bien entrenados guerrilleros comunistas. Todavía recordamos el Banderín de Enganche que se abrió en la Universidad de Madrid, la de San Bernardo, para ir voluntario a Grecia a combatir el comunismo. Generosos jóvenes que se sintieron Lord Byron modelo siglo XX.

Es decir, que la guerra de los Nueve Años ya se convertía, con suerte (podría durar más, pero ya estamos hartos de sangre) en la guerra de los Diez Años.

Lo que vendría después queda en la mente de Dios. Los optimistas dirán: con treinta años menos se impone la democracia en España; mientras que los pesimistas dirían: pero todos los problemas y causas que motivaron la guerra civil, la de los Tres Años, quedan en el aire, sin cerrar. Y, sobre todo, nos encontraríamos una España mil veces más destruida, arrasada y depredada que lo estaba en abril de 1939, que ya es decir. ¿Se organizaría una consulta popular sobre monarquía o república como en Italia y Grecia? Imposible, porque nadie combatió en la guerra civil ni a favor ni en contra de la Monarquía, pero alguna parodia de consulta popular se inventarían. Como esto ya queda fuera de la Guerra de los Diez Años, lo dejamos para otra vez, pero sería conveniente meditar sobre el hecho de que, como para reconstruir España lo único que hace falta es trabajar, trabajar y trabajar y dejar los rifirrafes político-sectarios arrumbados, estas circunstancias no se iban a dar sobre la España crispada de la posguerra (de la de los Diez Años), así que la reconstrucción y el progreso sería sobre un paisaje político de peleas, enfrentamientos, discusiones, ¡separatismos! y todo eso que hoy tenemos pero, ¡ojo!, lo de hoy se hace sobre una España que se reconstruyó hace ya la friolera de más de treinta años. Así cualquiera.

Moraleja: la victoria nacional, la de Franco, salvó a España de SIETE AÑOS más de sangre, sudor, lágrimas, muerte, miseria y hambre. No es mal bagaje

Sólo hemos seguido un guión basado en las fechas reales, fin de la guerra civil, inicio de la otra, fin del conflicto…, sin andarnos por otras ramas, como por ejemplo, la evidencia de que si los alemanes ocupan Gibraltar y cierran el Estrecho, la guerra seguiría otro curso, que posiblemente habría alargado la guerra mundial… Pero ya hemos dicho que es una elucubración para otro juego de la guerra. Con la GUERRA DE LOS DIEZ AÑOS tenemos más que suficiente.
 

LE ENTRA EL MAL DE ALTURA A ZAPATERO: «ESPAÑA VA DE PUTA MADRE»
Miguel Ángel Orellana

El Semanal Digital

«Pero, presidente, ¿no te das cuenta de que antes de lanzarte a arreglar la casa ajena hay que velar por la propia?». La pregunta, hecha desde una cierta estupefacción por la visita la pasada semana de José Luis Rodríguez Zapatero al Senegal, se la planteaba al jefe del Ejecutivo un conocido periodista en un corrillo durante la recepción en el Congreso con motivo del XXVIII aniversario de nuestra menguante Constitución. La respuesta informal de Zapatero es para releerla varias veces: «¡España va de puta madre!».

Ha llegado un momento en el que Zapatero confunde sus deseos, sus ambiciones, sus odios y resentimientos, con la realidad. Una realidad que palpita al margen de TVE y de la SER. Eso les ocurre a los caudillos cuando creen que solamente ellos son capaces de saber qué es lo que conviene al pueblo y la nación que gobiernan y, por lo tanto, no entienden que haya quien discrepe de sus designios. Antes, con un José María Aznar seguro en el trazo largo, confiado en el porvenir, instalado en el Palacio de La Moncloa, «España iba bien» se mirara por donde se mirara, y ahora, para José Luis Rodríguez Zapatero, «España va de puta madre». Uno añadiría que si se compara con cualquiera de los países tercermundistas a lo largo de la costa atlántica africana, está que se sale. El menor día nos sorprende alegándolo como razón de Estado.
 

Se confirman los peores temores

La respuesta al colega de la prensa del presidente debe ser fruto del mal de altura que acaba afectando a todos los inquilinos de La Moncloa en la necesaria acomodación de la coyuntura a sus esperanzas y, como tal, requiere de un interlocutor lúdico, en vuelo rasante, pelín imaginativo, y desde luego descreído y burlón, lleno de guasa. Porque si uno va en serio y se acerca a las palabras de nuestro gobernante con la fe de un católico recién salido de misa de 12, entonces corre el riesgo de sufrir una seria depresión, muy peligrosas en esta época prenavideña. Y lo digo con una sensación agobiante de tristeza, porque, para cualquiera que sienta un poco, aunque sólo sea un poco, de cariño hacia la patria en la que vivimos y que tanto ha costado construir, contemplar cómo un político sin ninguna clase de escrúpulos es capaz de destruirla resulta del todo doloroso.

España se está convirtiendo a velocidad de crucero en un país virtual, donde nada es lo que parece. País de pandereta y ciencia-ficción en el que el Gobierno juega a gobernar, algunos jueces simulan administrar justicia y la gente que va y viene a su trabajo ve desfilar, por la gran pantalla de la actualidad, todo tipo de desmesuras, desmanes y desmadres, mientras sigue ocupada en sus propios, pequeños y cotidianos menesteres. Y el caso es que la réplica de Zapatero sólo puede ser el producto de una alucinación o de una gansada. Ante el alarmante empobrecimiento de la sociedad y de la clase política, la mirada crítica a lo ocurrido durante los últimos tres años impide advertir la existencia de suficientes motivos para un razonable nivel de autoestima presidencial.
 

Más sombras que luces

Quienes gritaron a Zapatero en la noche electoral del 14 de marzo «¡No nos falles!», y muchos españoles de a pie, no necesariamente votantes del PSOE, que soñaron con una vida política más apacible, con una mayor implicación de los ciudadanos en los asuntos públicos, con transparencia, respeto al discrepante, más empleo, más bienestar y mejor repartido, quienes creyeron ver en el presidente del Gobierno al Tony Blair ibérico, una estrella ascendente en la escena política, un modelo ético en el que mirarse la izquierda tras los excesos del felipismo, no podrán sentirse en justicia más decepcionados. Se ha roto definitivamente el velo de la inocencia de un personaje a quien buena parte de la ciudadanía ha otorgado el beneficio de la duda en torno a los excesos producidos.

Los peores augurios se confirman: o este hombre ha perdido contacto con la realidad o no conoce bien el país cuyo Gobierno preside, porque tamaña demostración de insolvencia, la constante búsqueda de alboroto en el gallinero patrio, el despliegue de un abanico de actitudes antidemocráticas dirigidas a buscar la aniquilación del contrario y, sobre todo, a formar un pensamiento único, la ausencia de miras propias de un hombre de Estado, tendrá sin duda un coste electoral para el PSOE. Hay mucha gente de bien en el socialismo, muchos votantes y militantes de este partido, que no pueden cruzarse de brazos ante la ruindad de las actitudes de su secretario general.
 

Empacho de poder

Y es que incluso los más adeptos del «España va de puta madre» tienen sus dudas. Ya el último sondeo del CIS, nada sospechoso de connivencia con la Oposición, revela un claro empeoramiento de la situación política y económica. La causa zapateril se cuartea. Los agitadores de la doctrina socialista lo atribuyen a la situación internacional, pero el entorno mundial nada tiene que ver en el autoritarismo, los mecanismos de control a media asta, el peor de los escenarios microeconómicos, el desprecio a un partido que representa a media España, los numerosos atajos para evadir el control parlamentario, la instrumentalización del fiscal general del Estado, la coraza mediática a la medida del Gobierno, la vergonzosa e innecesaria sumisión a los amigos ideológicos y la peligrosa e igualmente innecesaria arrogancia frente a la primera potencia del mundo, etc., etc.

El mejor –por no decir único– argumento de réplica por parte del Ejecutivo de José Luis Rodríguez Zapatero y del PSOE sigue siendo «la culpa es de los populares». Pero los ciudadanos no son idiotas. Entre el 14 de marzo de 2004 y el 11 de diciembre de 2006 habita la inevitable secuencia de todo lo que en política, como en los organismos vivos, nace, crece y muere. Pretender convertir al Partido Popular de Mariano Rajoy en chivo expiatorio del estrepitoso fracaso de la gestión gubernamental, es signo de la decadencia y la pérdida de credibilidad del Gobierno. Qué se le va a hacer. El don de saber mirar ciertas cosas desde arriba, cuando se está arriba, sin que el brazo se rebaje a la captura de cosas pequeñas o pegadas al suelo, no adorna precisamente a Zapatero.
 

EL POETA DE ZP Y LA MASONERÍA
Isabel Durán

Libertad Digital

El próximo 23 de abril Zapatero acudirá más feliz que nunca. Ha convertido a su poeta de cabecera en el próximo premio Cervantes, pasando por encima de Joan Marsé, Caballero Bonald o Ana María Matute. Pocos recuerdan ya que Zapatero blandió como lanza para luchar contra los molinos de viento del PP a Don Quijote. Prometió en su discurso de investidura celebrarle y conmemorarle como se merecía, al tiempo que introducía en el panorama político español la figura de su abuelo, el capitán Juan Rodríguez Lozano, a su modo y manera. Hasta que descubrió que el más grande de las letras en castellano nació en Alcalá de Henares, ciudad gobernada hoy por el Partido Popular.

Ahí se terminaron los prometidos homenajes a don Miguel. ZP se pasó por el arco del triunfo, y nunca mejor dicho, a Miguel de Cervantes Saavedra y su quijotesca visión de la política y se adentró en la procelosa reivindicación de su propia y deformada memoria histórica dedicada a levantar las estatuas de Franco mientras erigía un monolito a su propio abuelo en Araya de Luna, el lugar del frente al que nunca se incorporó el capitán Lozano.

El jefe monclovita pues, nunca acudió a ni uno solo de los múltiples actos organizados por el feudo de los populares en el cinturón sur de Madrid en el cuatrocientos aniversario de la publicación de la universal obra y sólo lo hace cada año para asistir en el Paraninfo de la Universidad a la entrega del más importante galardón literario en letras hispanas por parte del Rey.

El próximo 23 de abril Zapatero acudirá más feliz que nunca. Ha convertido a su poeta de cabecera en el próximo premio Cervantes, pasando por encima de Juan Marsé, Caballero Bonald o Ana María Matute. El galardonado Antonio Gamoneda, por su parte, está «orgulloso» de la amistad presidencial y estima mucho «que el presidente tenga esa cercanía y predilección hacia mí y hacia mi obra».

Ambos tienen vínculos visibles y otros más secretos desvelados el pasado 12 de noviembre por Libertad Digital con la prepublicación de La gran revancha. Y es que Gamoneda dirige la Fundación Sierra-Pambley de León, sede de la logia masónica del abuelo de ZP. Allí es donde acudía el capitán Lozano los sábados a las tenidas masónicas de la logia Emilio Menéndez Pallarés nº15 de León. Y allí es donde acudió Zapatero el 25 de julio de 2006, tres días antes de aprobar el Consejo de Ministros la guerracivilista Ley de Memoria Histórica patrocinada por el autoproclamado presidente «rojo».

Estremece el intervencionismo sectario de Zapatero, que no se para en barras. Acierta Jon Juaristi en su columna «Proverbios morales» cuando asegura que «nunca se había llegado en la guerra literaria a los extremos de intervencionismo gubernamental que hemos presenciado en esta legislatura (...). Es dudoso que el recitado televisivo de Rodríguez Zapatero añada lectores a Gamoneda (...). Pero, caray con los poetas del silencio, las catacumbas y la resistencia al poder. Menos mal que depreciaban los premios, honores y reconocimientos oficiales y que sólo debían lealtad a su ideal poético», añade Juaristi.

El «arquitecto» del las palabras, «guía espiritual» de ZP con quien departe fraternalmente en la logia a la que perteneció el «compañero» abuelo Lozano, cuya obra se encuentra recopilada bajo el revelador título de Esta Luz, lo tiene claro en Ira: «De las violentas humedades, de / los lugares donde se entrecruzan / residuos de tormentas y sollozos, / viene / esta pena arterial, esta memoria / despedazada. / Aún enloquecen / aquellas madres en mis venas».


 
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