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El Risco de la Nava
El Risco de la Nava - Nº 353
Miércoles, 20 diciembre a las 13:46:39

El Risco de la Nava

GACETA SEMANAL DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 353 – 19 de diciembre de 2006

SUMARIO

  1. Proclamación de la Navidad, Arturo Robsy
  2. La falsa moderación, Antonio de Oarso
  3. Las verdades argelino-saharauis y el parón turco, Minuto Digital
  4. El loro, la lechuza y los observatorios, Miguel Ángel Loma
  5. Primera conversación en torno al rey de todos los españoles, Antonio Castro Villacañas
  6. Hizbulá o la conquista del Estado, Fernando José Vaquero Oroquieta
  7. Carta abierta a Loyola del Palacio, Rosa Díez


PROCLAMACIÓN DE LA NAVIDAD
Arturo Robsy

La noche, llana. Los pastores, entre artemisas, locos por la cosa de la estrella que corre los cielos de plata y quiebra la noche en busca de la luz del mundo.

El arcángel, en alto la espada de llamas, hace la alegre guardia y dice a las gentes «In caelo veritas».

La Virgen se peina. San José piensa en el misterio del mundo. La vaca quiere hocicar al niño. El buche lo mira con esos ojos de agua profunda, lágrimas de Dios.

Se asoma al portal la gran estrella y el niño es del color de las pajas mientras escucha el gozo mecánico del universo. Los planetas se alinean en la oscuridad.

El tiempo bulle.

Y, entonces, dos mil años.

 

Una muy Feliz Navidad deseamos a nuestros lectores. Que el Niño Dios alumbre vuestro Camino.

Que la paz anide en vuestros corazones.

Que el amor sea guía de todas vuestras actitudes.

 

LA FALSA MODERACIÓN
Antonio de Oarso

Una crítica desfavorable de La rabia y el orgullo, de Oriana Fallaci, vertida por una periodista que ahora se ha pasado a la política activa, me ha obligado a reflexionar de nuevo sobre la trampa de las palabras. Porque la crítica se refería fundamentalmente a una pretendida falta de moderación de Fallaci. A la periodista le parece que el discurso de la italiana es de trazo grueso y de carácter maniqueo y le llega a resultar repelente. Se deduce que lo que a ella le gusta es el lenguaje modoso y que la verdad expresada de forma cruda y dura le horroriza. Está en un grave error al primar la moderación formal sobre la moderación de fondo.

Fallaci emplea palabras hirientes y hasta feroces. Es tremendamente apasionada. Pero su apasionamiento no le aparte ni un milímetro de la verdad. Los datos que aporta son objetivamente ciertos, y su diagnóstico sobre la decadencia de Occidente, también exacto. En consecuencia, su mensaje, al atenerse a la verdad con fidelidad, es moderado en esencia. La verdad, expresada con exactitud, siquiera con palabras duras, supone moderación. Echar agua al vino podrá suponer una ventaja para el paladar y la salud de un hipotético bebedor, pero resulta inmoderado respecto de la pureza del vino. G. K. Chesterton, empleaba esta metáfora para referirse a los cristianos que con la intención de adaptar la doctrina a los tiempos modernos, iban suprimiendo todo aquello que fuera difícil de aceptar para las mentes actuales. El resultado era un «cristianismo aguado», como él decía. No lo juzgaba moderado, sino desnaturalizado. Es decir, muy poco moderado. Extremadamente blando y sin sustancia. ¡Y qué diría en los tiempos que corren!

La auténtica moderación no tiene nada que ver con la blandura, sino con la precisión con que se expresa la verdad. Hay mucha confusión sobre este punto. Confusión interesada, producto de la manipulación del lenguaje. Se ha introducido el concepto de centrismo como sinónimo de moderación y como ideal a seguir. Se preconiza el término medio como la suprema virtud. Pero se aplica este término medio de manera indiscriminada. No se repara en que es acertado si en los extremos se colocan dos defectos contrapuestos. Por ejemplo, entre la cobardía y la temeridad, dos defectos opuestos, el término medio, el valor prudente, sería lo correcto. Pero si los dos polos son una virtud y un defecto, el término medio, el centrismo, supondría la más completa mediocridad. Entre la limpieza y la suciedad, el término medio nos abocaría a una suciedad moderada, lo que no nos haría atractivos para nadie. Seríamos moderadamente repugnantes.

En política, la moderación falsa, el centrismo falso, se utiliza constantemente. Se ha establecido como dogma incontrovertible que en cualquier conflicto las dos partes tienen una parcela de razón, por lo que ambas deben ceder para llegar a un acuerdo que traiga la paz. Es una falsedad flagrante. Si se aplicase a los pleitos judiciales, nadie ganaría nunca un pleito plenamente, ni sería derrotado por completo con la añadidura, a veces, de tener que pagar las costas del juicio. Esto es lo que ocurre en la realidad.

En el conflicto con el terrorismo se tiende a obrar con esta falsedad, sobre todo cuando hay obispos como Setién y Uriarte muy convencidos de que hay que hacer concesiones, y un presidente Rodríguez muy dispuesto a hacerlas.

Oriana Fallaci conocía muy bien estas debilidades, y las consideraba como lo que son: esto es, debilidades. A Fallaci no le gustaba la debilidad, sino la fuerza y la justicia. ¿Hay que criticarla por esto? Ella escribía a las claras lo que muchos piensan y no se atreven a decir. Y era moderada, porque expresaba la verdad. Comprendía que todo Occidente está sumido en una falsa moderación, que no es sino la cobertura de la cobardía. Esto la encolerizaba porque preveía que íbamos al suicidio colectivo.

¿Es acaso moderación que nos dediquemos a criticar las moderadas palabras del Papa en mayor medida que las brutales reacciones de los musulmanes ante ellas? ¿Es moderación referirnos a las Cruzadas como la maldad suprema, sin hacer mención a la gigantesca expansión a sangre y fuego de los musulmanes por territorios cristianos? ¿Es moderación acoger amorosamente a los musulmanes en nuestras tierras y dejar que los cristianos vivan malamente en guetos en las suyas? ¿Es moderación permitirles levantar sus mezquitas (mil ya en Alemania, ochocientas en Francia), ofreciéndoles en España terrenos para la construcción de la mayor mezquita de Europa, mientras los cristianos no podemos abrir una iglesia en sus naciones? Y así se podría seguir indefinidamente… No. Esto no es moderación alguna. Es extremismo de la peor calidad. Porque es el extremismo del masoquismo, de la humillación, de la cobardía, y del deseo perruno de conciliación. Denunciar esta situación tan descomedida, tan falta de equidad, tan desorbitada, es signo de moderación.

No es, pues, Oriana Fallaci ninguna extremista. Por el contrario, es moderada. Es exacta y veraz en sus apreciaciones. Es Occidente el que se ha apartado, al parecer, definitivamente de la moderación que representan la firmeza y la justicia, cayendo en el extremismo de la decadencia. La periodista que ha criticado a Fallaci se ha equivocado de medio a medio. No ha sabido distinguir entre el fondo y la forma. No ha comprendido que si las palabras de la italiana son duras, no por ello dejan de ser exactas.
 

LAS VERDADES ARGELINO-SAHARAUIS Y EL PARÓN TURCO
Minuto Digital

Las aspiraciones del Gobierno de Turquía de entrar en la UE acaban de recibir un jarro de agua fría tras las condiciones impuestas por los negociadores de la Unión. En la práctica, el «in passe» que se impone a varios de los capítulos de la negociación supone, en la práctica, aparcar «sine die» su entrada como nuevo socio comunitario.

De nada ha servido el gesto turco de abrir un puerto y un aeropuerto al Chipre invadido por los herederos políticos de Atatürk. En esta ocasión, las presiones de Grecia y Austria han sido suficientes para que el país de mayoría musulmana, con amplios sectores militantes en el islamismo radical, se quede de nuevo pendiente de una futura reactivación de las negociaciones.

La larga cambiada con la que la UE aplaza la demanda turca –apoyada por el Gobierno de ZP– ha coincidido con otro revés internacional al gobierno socialista español. Sin duda, se trata de la llamada de atención del presidente de Argelia, Abdelaziz Buteflika, por el desentendimiento del gobierno de Madrid del compromiso con los saharauis.

El Sahara sigue siendo uno de los episodios más vergonzantes de la política internacional de España. Abandonados por un Régimen en sus últimos estertores a los pies de la Dictadura Alahuita aventada por Francia y EE.UU., los saharauis han sido manoseados por la izquierda española hasta límites indignos. No queda al margen de estas indignidades el alineamiento del Frente Polisario.

El último manoseo se lo ha vuelto a pegar el PSOE ahora gobernante al dictado de su Ministro de Asuntos Exteriores.

El plan de Autonomía para el Sáhara con el que Marruecos piensa saltarse a piola el mandato de la ONU de celebrar un referéndum a partir del censo elaborado por España, se está abriendo paso con el silencio cómplice de la progresía española cuando no con su aplauso traidor.

La credibilidad de un Gobierno depende crucialmente del cumplimiento de sus compromisos y en el caso de El Sáhara, el presidente argelino ha dicho abiertamente al español que su descrédito es grande.

Los saharauis deben considerar un futuro libre junto a España, al abrigo de nuevas traiciones de la izquierda. Fórmulas sobradas existen en el Derecho Internacional, para que un Sahara libre de la tutela marroquí reencuentre en España un aliado que lave su cobardía de 1975 con una alianza leal y recíproca, asentada en un puente social, económico y político entre esta parte de África y Europa.
 

EL LORO, LA LECHUZA Y LOS OBSERVATORIOS
Miguel Ángel Loma

Cuentan de un tipo, bastante caradura, que antes de realizar un viaje por tierras tropicales, recibió el encargo de un amigo para que le trajese un loro. Pero el tipo sólo se acordó del encargo momentos antes de su vuelta, al pasar junto a una tienda de animales. Como en la tienda no había loros, compró el ave más exótica que encontró: una lechuza de vistoso plumaje y grandes ojos, pero con nula capacidad parlante. A su regreso, sin cortarse un pelo, le entregó la lechuza a su inocentón amigo diciéndole que era un loro sumamente especial, pero que debido al estrés del vuelo, al cambio de hábitat, etc., etc., tardaría en emitir sus primeras palabras. Cuando al cabo del tiempo los amigos volvieron a encontrarse, el tipo de la cara de cemento preguntó al otro si ya hablaba el loro, y el ingenuo le contestó: «¡Hombre, hablar, hablar..., no habla; pero se va fijando, y pone muchísima atención!».

Si ayer la moda era constituir Plataformas, lo que hoy se lleva son los Observatorios. Cuando cualquier Administración, con responsabilidades de gobierno, se enfrenta a un problema que no sabe cómo atajar, crea un Observatorio. Los hay contra esto, contra lo otro, y contra lo de más allá. Prácticamente no hay tema que no disponga ya de su respectivo Observatorio. Hombre, solucionar, solucionar..., no es que solucionen gran cosa; pero engordan el bolsillo de unos pocos que observan los problemas con muchísima atención.
 

PRIMERA CONVERSACIÓN EN TORNO AL REY DE TODOS LOS ESPAÑOLES
Antonio Castro Villacañas

Mi tertulia matinal y vaga, esa que hacemos todos los días media docena escasa de personas a partir de las doce en torno a dos vasos de vino o dos cañas de cerveza por cabeza, unas veces gira en torno a temas profundos y otras se entretiene en comentar asuntos de actualidad o noticias llamativas de cualquier clase. El tertuliano más proclive a poner sobre la mesa algo sorprendente es el Correo del Rey, un cincuentón casi sexagenario que merece ese nombre por trabajar en la estafeta del pueblo, y el de inquisidor por ser amigo de averiguar cuanto se refiere a nuestros gustos y aficiones. A mí suele demostrarme ciertas dosis de afecto en forma de preguntas que no dudo en calificar de capciosas e incluso de impertinentes.

Ayer, aprovechando un intervalo de la conversación sobre Cataluña, Vasconia o Rodríguez, que es ahora el aperitivo nuestro de cada día, me lanzó a bocajarro:

–Y tú, cuando escribes, ¿cómo lo haces?

–Pues como todo el mundo –le contesté entre la clara expectación de nuestros comunes amigos.

–Quiero decir que si para dar rienda suelta a tus ideas necesitas rodearte de cuestionarios, notas, recortes de artículos y comentarios ajenos, libros y otras zarandajas.

–Para escribir cartas no se necesita nada de eso –dijo el veterinario.

–Eso está claro –replicó el correo–. Yo me refiero a lo que hace falta para escribir artículos, poesía, novelas...

–Lo primero de todo, creo yo –intervino el médico– que será el tener ganas o ilusión de meterse en esas faenas.

–No estoy seguro –me creí obligado a precisar–. Lo más fundamental me parece que es el tener alguna idea dándote vueltas por la cabeza o cosquilleándote en el corazón; una idea que necesitas transmitir a los demás, al mayor número posible de personas...

Todos asintieron, pero el correo creyó oportuno no dar por terminado el tema y volvió a preguntarme:

–Estamos de acuerdo. Lo primero es tener algo que decir, lo segundo querer escribirlo, y lo tercero saber hacerlo. Pero yo te pregunto...

Le interrumpió el médico:

–A lo mejor este saber escribir es lo más fundamental, porque a mí me parece que casi todo el mundo siempre tiene algo en el corazón o en la cabeza, y no le faltan ganas de comunicárselo a los demás. Lo que no tenemos, y me pongo yo el primero, es la gracia que sí tienen los que saben utilizar la pluma.

–Ahí quería ir yo –insistió el cartero–, a que éste –y me señaló con su tinto–, me dijera qué utensilios necesita indispensablemente cuando escribe. Porque en alguna parte he leído que los únicos materiales de verdad precisos son un diccionario de la lengua y un manual de sinónimos y antónimos. Tú –volvió una vez más a brindarme un trago–, ¿qué necesitas tener a tu lado para empezar a escribir y estar seguro de que lo harás a tu gusto?

Me permití el lujo de jugar a erudito:

–No creo que cuantos hombres y mujeres han escrito algo a lo largo de los siglos, ni siquiera los que nos han dejado escritas cosas que realmente valen la pena, tuvieran a su lado ninguna clase de manuales o de diccionarios... Para escribir, incluso para escribir bien, los únicos utensilios realmente necesarios son un papel, un lápiz o una pluma, y una mesa, o cosas equivalentes. Yo di mis primeros pasos de periodista a base de lápices, y tengo un recuerdo especial de unos que llamábamos «fáber»; con ellos cubrí las páginas de muchos cuadernos o bloques, cuadriculados o en blanco. Luego utilicé esas plumas que había que mojar en unos tinteros incorporados o no a la mesa. Las plumas eran de acero, ajustadas a mano en un plumín, lo más común de madera; tardé mucho en usar estilográficas, pues eran caras, casi inalcanzables, sobre todo las seguras, esas que retenían la tinta y no te manchaban los dedos, la camisa o el traje, pues de todo hubo antes de que llegaran los bolígrafos, que también tuvieron lo suyo en sus primeros pasos... Un momento feliz fue el de tener mi propia máquina de escribir, fija primero, luego portable, que utilicé muchos años a base sólo de cuatro dedos, los mismos que empleaba en las máquinas de las redacciones o de las oficinas a que tuve acceso, incomparables aulas donde aprendí esas y otras muchas cosas...; los mismos que ahora utilizo para todo, incluso para «echar cuentas», en el ordenador que recoge en su pantalla y en sus archivos cuanto se me ocurre, y lo transmite luego, si se lo mando, a la impresora o a donde me convenga o apetezca; el mismo ordenador que resuelve mis dudas, si las tengo, sobre qué palabra debo utilizar para expresar mejor mis ideas e impresiones sobre éste o aquel tema, y me proporciona otra equivalente si no me conviene o no quiero repetirla... En el ordenador están, pues, el diccionario y el repertorio de voces antónimas y sinónimas, dos o tres enciclopedias, y hasta completos archivos y bibliotecas cargados de todo tipo de datos e informes. Cerca, pero no a mano, guardo también muchos libros, quizás demasiados, de historia, política y toda clase de literatura, leídos los más, consultados o intensos los menos de ellos.

Llegados a este punto, algunos de mis lectores, si los tengo, se preguntarán –y con razón, como lo hicieron mis contertulios–, qué relación tiene lo hasta ahora expuesto con la situación social y política de España. Se lo explicaré, Dios mediante, la próxima semana.
 

HIZBULÁ O LA CONQUISTA DEL ESTADO
Fernando José Vaquero Oroquieta

Las elecciones legislativas celebradas en Líbano, en mayo y junio de 2005, dieron el triunfo, inequívocamente, a las fuerzas antisirias de la «Alianza del 14 de marzo» encabezadas por Saad Hariri y su Movimiento Futuro, hijo del primer ministro asesinado el 14 de febrero de 2005; el sunita Rafik Hariri. Así, las urnas avalaron la multitudinaria movilización ciudadana conocida como «revolución del cedro», espoleada por los asesinatos de periodistas y políticos antisirios; y que provocó la retirada de Líbano de los contingentes militares del país vecino tantos años allí estacionados. Pero, desde entonces, se han sucedido varios episodios que han distorsionado dramáticamente la escena libanesa.

El más importante ha sido el conflicto bélico desarrollado entre Hizbulá e Israel en el pasado verano; desatado por varios ataques terroristas de la milicia extremista chiíta contra objetivos enemigos en suelo hebreo. Pero Israel no sólo no derrotó a Hizbulá, sino que su prestigio como potencia militar hegemónica de la región fue deshecho.

En correspondencia, Hizbulá salió muy reforzado. Y, pese a algunos tímidos intentos de la comunidad internacional que pretendían su desarme, medida acordada por la ONU hace ya varios lustros, su milicia quedó encumbrada por la que su líder Hasan Nasralá calificó como «victoria divina». Pero concurre otra circunstancia: Hizbulá es la única milicia que ha sobrevivido a la larga guerra civil libanesa. Todas las demás se disolvieron y entregaron las armas. Es más, una de ellas, la mayoritariamente cristiana Fuerzas Libanesas, fue perseguida policialmente y muchos de sus militantes asesinados o continúan desaparecidos sin esperanzas en su retorno con vida. Su líder Samir Geagea, acusado de varios asesinatos, fue encarcelado en 1994, permaneciendo en prisión hasta 2005. Hoy lidera el homónimo partido, uno de los más votados por los cristianos; realizando llamamientos a la unidad nacional, la firmeza democrática y al empleo únicamente de métodos pacíficos... Una encomiable rectificación que, sin duda, los líderes de Hizbulá no han experimentado.

¿Qué sentido tienen, hoy mismo, las multitudinarias manifestaciones que vienen sucediéndose, contra el gabinete de Fuad Siniora, lideradas por Hizbulá? El mismo que el asesinato, acaecido el pasado 21 de noviembre, del ministro de Industria, el cristiano Pièrre Gemayel: atropellar a la voluntad soberana del pueblo libanés manifestada en los pasados comicios. En este contexto, la negativa de los prosirios a la constitución de un Tribunal Internacional, que investigue y juegue los asesinatos de personalidades libanesas antisirias, no deja de ser un objetivo secundario.

Hizbulá no es una fuerza democrática. No cree en la democracia. Y sus apelaciones a la misma son pura retórica; aunque encuentre comprensivos exegetas en nuestra apocada Europa. Hizbulá siempre ha sido un movimiento totalitario marcado por el estigma de su naturaleza inicialmente terrorista. No descarta, por ello, saltarse cualquier norma, del tipo que sea; si ello le rinde buenos réditos en su marcha hacia la conquista del poder.

Perpetró durante años acciones de terrorismo internacional sin escrúpulos ni diáfanos motivos, salvo el del odio a los judíos. Y atacó a Israel cuando tuvo ocasión. Pero su objetivo, en última instancia, no era derrotarlo, sino debilitar al Estado libanés, restándole legitimidad y apoyos. Y lo ha conseguido.

No parece sencillo que pueda desatarse una nueva guerra civil; no en vano, el ejército regular está formado por un 55 % de chiítas, que integran, además, unidades homogéneas según el credo religioso de sus miembros. Si a ellos les sumamos la fogueada y exultante milicia de Hizbulá, así como el apoyo del Presidente de la República, el maronita Émile Lahud, no parece factible que los rivales del extremismo chiíta y sus aliados puedan resistir militarmente en el supuesto de un decidido golpe armado que, todavía, no puede descartarse.

Las razones que vienen sumando, Hasan Nasralá y sus oportunistas aliados, a sus exigencias de dimisión de Fuad Siniora –que si es un lacayo de los americanos, que si se inhibió en la guerra contra Israel, que si habría informado a los judíos de la localización de los líderes de Hizbulá para quitarse problemas internos, que si ha perdido apoyos populares– únicamente son excusas fruto de una mentalidad y una estrategia golpistas por completo ajena a la cultura democrática.

Todos sus movimientos convergen en una única dirección: el golpe de Estado. Los asesinatos de personalidades antisirias, la guerra contra Israel, la retirada del gabinete de Fuad Siniora de 6 ministros prosirios, el asedio de los manifestantes extremistas del palacio del Gobierno legítimo, las amenazas directas a sus rivales, su constante invocación al enfrentamiento civil.

¿Quién sale beneficiado en esta ocasión? En todo caso, el eje Damasco-Teherán, que se refuerza con la más o menos encubierta incorporación de un nuevo socio que tienen fronteras con Israel; ganando peso en una eventual estrategia regional de pacificación de Irak. Y, mientras tanto, Irán continúa con su programa nuclear.

Se consolide o no ese eje, triunfe o no la estrategia golpista de Hizbulá, es evidente que alguien saldrá perdiendo en cualquier caso: los cristianos libaneses y del resto de países de Oriente Próximo. Recordemos: más de medio millón de cristianos iraquíes, católicos caldeos y asirios, ya han marchado al exilio; mientras continúa la sangría de los cristianos palestinos.

Y Europa, replegada en sí misma, sin fe en su destino y en sus antiguos valores, mirando cómodamente hacia otra parte.
 

CARTA ABIERTA A LOYOLA DE PALACIO
Rosa Díez

Querida Loyola:

Estos días se han dicho muchas cosas rememorando tu personalidad. Es verdad que ninguno de los adjetivos con los que se te ha descrito me ha resultado inapropiado para definir tu perfil de mujer pública, de política apasionada: firmeza, lealtad, trabajo, tesón, compromiso, rigor...

Todas esas cualidades son las que cualquiera que haya seguido tu carrera pública habrá podido percibir. No dicen de ti nada que no supiéramos. Pero nos ayudan a recordar lo que hemos perdido con tu muerte. Te apasionaba la política; y ponías toda tu sabiduría, todo tu empeño, lo mejor de lo que eras, en defensa de las cosas en las que creías. No dabas nunca ninguna batalla –por difícil que pareciera, o por pequeña que pudiera aparentar ser–, por perdida.

Sabías de la importancia que tiene lo simbólico en ese mundo de las tinieblas liderado por ETA. Por eso en las cuestiones que tienen que ver con los valores, siempre estabas alerta para defender las posiciones morales, éticas, prepolíticas. Nunca bajabas la guardia frente al terror y a sus cómplices. Tenías convicciones firmes; y las defendías con la cabeza y con el corazón.

Nos encontramos en la política europea; pero te conocí en la política vasca. Ahí sí que siempre fuiste –fuimos– verdaderas cómplices. Es verdad que durante tu cargo de Vicepresidenta de la Comisión Europea, coincidiendo con la época en la que yo era portavoz de los socialistas españoles en el Parlamento Europeo, tejimos muchas complicidades en defensa de los intereses de España. Ambas sabíamos bien que los ciudadanos nos habían elegido para que les representáramos superando la sigla partidaria defendiendo todo aquello que fuera de interés de Estado. Y que estábamos en las instituciones europeas para defender la posición de España y para construir Europa. Nos entendimos bien, ¿verdad?

Pero como te decía, te conocí y te empecé a apreciar en tu verdadera dimensión humana en la política vasca. Que es política española y política europea; pero que tiene su centro de compromiso, su centro de atención, en Euskadi. Ahí sí que ponías siempre el corazón. Siempre estuvimos en la misma trinchera. Siempre estabas delante, allá donde hacía falta, respondiendo a la llamada de Basta Ya, de la Fundación para la Libertad... Presente en tantos funerales, en tantas manifestaciones, en tantos duelos, en tantos actos políticos de reivindicación de espacios de libertad. Te recuerdo encontrándonos en algún pasillo del Parlamento Europeo, tú apresurada, dirigiéndote hacia cualquier reunión internacional para hablar con tus colegas de Transportes, de Energía..., de las cosas que eran de tu competencia en la Vicepresidencia de la Comisión. Pero siempre te parabas y siempre hablábamos de «lo nuestro». A veces había buenas noticias; avances en la lucha contra el terror, en la implicación de Europa, en la batalla contra la impunidad de los cómplices. Juntas celebramos el Premio Sájarov para Basta Ya; juntas celebramos la firma del Pacto por las Libertades y contra el Terrorismo. Juntas constituimos, en un acto memorable, la Fundación para la Libertad.

Juntas también hemos llorado sin lágrimas después de demasiados atentados mortales. Nos llamábamos, muy brevemente, para darnos la noticia; y/o el pésame, cuando alguna de las dos estaba unida por lazos de amistad con las víctimas. Cuando teníamos alguna cuestión complicada de defender ante la Comisión Europea, que requería de esfuerzo y persuasión y –otra vez corazón–, lo hablábamos contigo. Y tú nunca defraudaste nuestra confianza.

Loyola, nunca tuvimos esa confianza de amigas, esa relación personal que lleva a las personas a hablar de libros, de cine, de cocina, de viajes. No; nunca hablamos de nada que no tuviera que ver con nuestro compromiso vital. Y no sé si hubiera sido posible, en otras circunstancias, construir una relación de otro tipo. Pero anoche, cuando supe que te habías muerto, sentí una pérdida que no tiene nada que ver con la ausencia política. He sentido dolor por la ausencia de la mujer, de la compañera. Y me he dado cuenta que las batallas que hemos librado juntas por los valores, por la vida, por la libertad de todos, me unieron a ti mucho más personalmente de lo que nunca pude pensar.

Lo he comprendido hablando el miércoles por la noche con un amigo. Me preguntó si te conocía mucho. Dije, «sí, bueno, mucho no... Fuimos candidata en el 99, encabezamos las listas del PP y PSOE, debatimos un par de veces en las teles, nos vimos luego en Bruselas y en Estrasburgo...». Pero según iba contestando a su pregunta me di cuenta que todo eso sólo reflejaba parte de la verdad, el envoltorio. Que nuestra complicidad como seres humanos tiene poco o nada que ver con esa coyuntura que hizo que nos encontráramos en Bruselas. Por eso he querido escribirte esta carta. Porque, como te he dicho antes, he comprendido que te encontré en un lugar, en un espacio político, determinado por la confrontación electoral. Pero que esa es la parte menos importante de lo que hemos vivido. Que mi respeto por ti está basado en lo que hemos tratado de construir juntas en otro espacio, en aquel en que nos encontramos defendiendo nuestro compromiso con los valores democráticos. Me he dado cuenta, al saber que ya no estás, que donde te conocí, te respeté, te valoré, te sentí cómplice y compañera, fue luchando por la libertad de todos nuestros conciudadanos. Y que eso une a las personas mucho más que la ideología, que la procedencia social o que la historia personal.

Por eso con la noticia de tu muerte sentí la ausencia del gran ser humano que eras, Loyola. Porque tengo la certeza de que hemos perdido una gran combatiente. Porque sé que te echaremos en falta en las batallas que todavía tenemos que librar. Porque tú eras incansable, tenías convicciones firmes, tenías constancia, tenías paciencia. Te echaremos en falta por todo lo que eras; pero también porque vivimos tiempos difíciles, tiempos en los que hacen faltas personas como tú, decididas a propiciar el reencuentro, a darse la mano por encima de barreras ideológicas para combatir al único enemigo de la democracia que es ETA. 

Loyola, has de saber que tu familia y tus amigos íntimos han de estar muy orgullosos de haber podido compartir contigo su vida. Yo sólo puedo decir, sencillamente, que me alegro de haberte conocido. Que admiro tu pasión, la firmeza de tus convicciones y el corazón que siempre pusiste en su defensa. Que considero que has sido un ser humano extraordinario, una gran mujer.

Loyola, allá donde quiera que estés, descansa en paz.

15 de Diciembre de 2006


 
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