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Altar Mayor - Nº 111 (55)
Viernes, 19 enero a las 12:39:20

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 111 – Enero de 2007 (Extraordinario)

SOBRE EL SER DE ESPAÑA
Luís Antonio Vacas Rodríguez  *

Ahora recuerdo, que en su día y sobre este tema, confeccioné unas fichas con las respuestas a la pregunta ¿Qué es España? que fueron publicadas en la prensa, durante la denominada época de la transición con las respuestas dadas por muy diversos personajes españoles, comenzando por S. M. el Rey D. Juan Carlos I, cuya respuesta era la siguiente: «Mi país, al que amo con todas mis fuerzas y tengo el honor de servir». De las cincuenta fichas que en su día realice he seleccionado una muestra de una decena, para no cansarles. Después de S. M., responde Jordi Pujol lo siguiente: «Para los catalanes, Cataluña es una realidad milenaria. Una realidad que sabe convivir con otra realidad a la que llamamos España». José Bono Martínez nos dice: «España es ni más ni menos que el conjunto de necesidades, de exigencias y aspiraciones de todos los ciudadanos que viven y trabajan en este trozo del planeta. Constituye, por tanto, una realidad plural –de personas y pueblos– que sólo adquiere sentido si plantea soluciones de modo conjunto y solidario, con propuestas justas y libremente aceptadas». Para, Felipe González Márquez, «España es hoy, una nación europea [...] y la participación en una democracia indivisible [...] de que España llegue a ser definida como una sociedad abierta a la modernidad, en la avanzada de la historia». El señor don Agustín Rodríguez Sahagún, nos dice: «España, además de ser nuestra patria y de responder a una realidad geográfica, histórica y humana conformada a lo largo de milenios, a través de esa encrucijada de pueblos y culturas [...] y por su capacidad de ser nexo de unión entre Europa, Ibero América, y el mundo árabe, desde una de las más fecundas aportaciones culturales a la civilización y al mundo Occidental». Sencillamente, el extremeño Juan Carlos Rodríguez Ibarra, opina que «España es, lo que seamos capaces de hacer que sea». Y el deportista don Juan Antonio Samaranch: «España es un país diverso, en el que se dan posiciones extremas». No obstante, para el biógrafo del Rey, José Luís de Villallonga: «Un país maravilloso para estar de vacaciones». El académico Juan Luís Cebrián nos dice: «Durante los últimos cinco siglos, España ha sido la historia de la intolerancia. Desde hace diez años, es la historia de un reencuentro: de españoles consigo mismos». Y para la recientemente desaparecida Rocío Jurado: «En primer lugar, España es mi principio y mi fin. Me siento orgullosa de España, y la amo en lo bueno y en lo malo, y también pienso que es un país de enorme trascendencia cultural en la Historia Universal». La chipionera, tan española de alma y de corazón. Finalmente, Jaime Peñafiel, nos dice que «España no es que no sea Europa, ni siquiera la puerta de Europa. España es tan sólo la portería. Seguimos siendo un patio de vecindad, una corrala del siglo XIX donde lo que interesa son las tetas de Marta Sánchez y la entrepierna de otra Marta. Ojala Gibraltar hubiera llegado hasta Vigo. Otro gallo nos cantaría». Creo, que con esta muestra de respuestas se refleja el actual nivel cultural. No obstante, veamos qué nos dice el diccionario de sinónimos de Roque Barcía:

Nación quiere decir pueblo. La Nación es hoy para nosotros lo que era el pueblo y la ciudad para los latinos: una grande comunidad política y civilizada. Nación, pueblo. En la idea representada por la voz pueblo hay más individualidad y menos dignidad que en la representada por nación. Usamos esta última cuando hablamos de instituciones del territorio, de régimen político, del idioma de la literatura propio y particular de alguna gran fracción de la humanidad y decimos pueblo cuando hablamos de sus costumbres, de sus hábitos, de los hechos en que toman parte sus individuos como tales. La nación es un ser ideal más compacto, más homogéneo, más abstracto en cierto modo que el pueblo. La nación es el todo; el pueblo es la suma de las partes que componen la nación; pero excluyendo la idea de los grandes vínculos que ligan a las mismas cuando se da a su conjunto el nombre de nación.

Patria, pueblo. Patria del latín pater patris. Pueblo significa reunión, masa, de donde viene población. Toda comunidad política que se establece en un territorio, que marca sus fronteras y vive con sus leyes, puede ser nuestro pueblo. El pueblo es asamblea. La patria es origen. Hacemos códigos para los pueblos. Suspiramos por nuestra patria. La primera patria es el rescoldo de la familia, el calor del hogar en que nacemos, el regazo de nuestra madre. Las demás patrias, los demás pueblos vienen después. Está en mi arbitrio elegir pueblo, como está en mi arbitrio elegir vecindad.

No está en mi arbitrio elegir patria, como no está en mi arbitrio nacer. El hombre no puede señalar su cuna, como no puede señalar su sepulcro.

La Patria es el pueblo que da a los hombres la Providencia. La Patria es memoria, lengua, derecho, dogma, también amor, porque la patria es el pueblo de nuestros padres. El pueblo nos impone deberes, La patria nos hace verter lágrimas.

Nosotros entendemos que España es una realidad geográfica, histórica y cultural, formada por personas desde hace milenios, las cuales comparten un destino común en este planeta. Por sus raíces cristianas y la fe en su destino, se convirtió en descubridora de nuevos mundos y madre de naciones a las que trasmitió su lengua y su fe. Por todo ello, como nobles hijos de tal estirpe, tenemos el honor y el orgullo y el deber de servirla y protegerla, defendiéndola hasta la última gota de nuestra sangre, como así lo hicieron también, nuestros padres y abuelos.

Charles Van Doren, en su Breve Historia del Saber nos dice: «Nadie ha podido nunca definir qué significa exactamente la palabra nación, pero tenía y todavía tiene, algo que ver con una serie de cosas compartidas como lengua y tradiciones y también con la capacidad de defenderse a sí misma contra todos los enemigos. Una nación que no puede defenderse a sí misma no puede perdurar, y los príncipes se aseguraron de que sus súbditos comprendieran esta cuestión y no protestaran demasiado por los impuestos necesarios para financiar la defensa».

Actualmente, el profesor Enrique Rojas, nos dice: «La enfermedad de Occidente (al cual pertenecemos) es la abundancia: tener todo lo material y haber reducido al mínimo lo espiritual». Y además, añade que: «La situación actual es grave, porque empieza a descuidarse la educación intelectual». No puede existir auténtico progreso, sin una profunda conducta moral.

Ya sabemos, que: «Todas las civilizaciones anteriores florecientes se derrumbaron precisamente porque ascendían unos pocos, sobre la miseria de los demás. Porque falló el amor al prójimo, aunque no lo vean. El individualismo, léase si se quiere capitalismo, no puede dar más de sí. No puede ser más humano y, por tanto, no puede ser divino. Tiene enraizado el egoísmo. Pues hay que sustituirlo mal que le pese, y no precisamente por un monstruo, sino por el espíritu. [...] Hemos olvidado la trascendencia del humano. Nuestro individualismo nos ha llevado a este callejón sin salida si no buscamos otra dirección».

Pero seamos prudentes; ya decía el profesor Adolfo Muñoz Alonso, que: «Las palabras son la altanería de la razón, el silencio la genuflexión de la inteligencia. Al silencio y en silencio las cosas se revelan en lo que verdaderamente son: silencio sonoro de Dios en los hombres».

Remontándonos por los surcos de nuestra historia, hacia el III Concilio de Toledo (589), se nos dice por Teodoro González, que:

No sabemos de quién partió la iniciativa de celebrarlo. Pudo ser Recaredo o quizá San Leandro, de quien dice el Biclarense que fue el organizador de todos los asuntos del concilio, junto con Eutropio, abad del monasterio servitano.

Es el mismo rey quien convoca a todos los obispos de España visigoda. Asisten también algunos nobles y varios obispos arrianos. Las reuniones se celebraron en alguna de las basílicas de la ciudad de Toledo. Asistieron 62 obispos católicos y cinco vicarios, representando a obispos que no podían asistir. El concilio comenzó el día 8 de mayo del año 589.

Por otra parte, José Antonio Vaca de Osma, en su libro Así se hizo España nos dice que: «Plinio el Viejo decía que Hispania era el segundo país del orbe romano. Roma une y urbaniza. Ordena, explota y crea. Surgen ciudades y villas, no muy grandes pero perfectas; el municipio es la base de la participación del pueblo en un orden a la vez jerárquico y democrático; se explota la riqueza, minas, agricultura, ganadería, industrias, pesca... La seguridad es grande; el “pan y circo” la tan criticada y tan deseada fórmula se complementa con la de “cultura et cura”, que acercan a una perfección vital pocas veces alcanzada. ¡A veinte siglos de nosotros y a los pocos años de la pobreza tribal celtibérica!».

El profesor Luís Suárez, en su libro Los Reyes Católicos, nos dice: «Para ellos el cristianismo era la verdad absoluta a la que es imprescindible someter toda conducta, pues fuera de ella anida únicamente el error. Por encima de las leyes que construyen los hombres y sancionan los reyes en virtud de su “poderío real absoluto” se encuentra siempre la ley de Dios, que define, explica y sostiene el orden moral sin el que la sociedad misma no puede existir».

Para el profesor A. A. Parker, de Edimburgo, es: «El Renacimiento, el periodo en que España emergió como nación unida –aunque no centralizada–; en que se inició la expansión imperial en ultramar, y en que tuvo que asumir unas responsabilidades imperiales de otro tipo cuando en 1519, su rey fue elegido sacro emperador romano con el nombre de Carlos V. La España renacentista fue una potencia mundial –la primera de los tiempos modernos– en un sentido que no podía aplicarse a ningún otro país de esa época».

Don Claudio Sánchez-Albornoz, nos señala que: «Hemos convenido en que el hombre es historia y Ortega ha sostenido que los pueblos cambian al paso rápido de las generaciones. El ayer es siembre distinto del hoy como es el hoy distinto del mañana. No hay dos siglos hispánicos idénticos. Pero ello nos autoriza y nos obliga a tener por españoles a cuantos dentro y fuera de España, a través de la historia han pensado, sentido y vivido como era habitual pensar, sentir y vivir en Hispania a la sazón, desde mucho antes de Viriato hasta mucho después de Prim».

No puede, por tanto, sorprendernos el que Camoens dijera: «Portugueses y castellanos, porque españoles lo somos todos».

No obstante, el profesor Sánchez-Albornoz, concreta más cuando nos dice: «El estilo de vida de los pueblos es hijo de la cópula entre la tierra y la historia –de la cópula entre la tierra fuente de vida y de emociones y el hombre en lo que tiene de ser histórico– repetida a lo largo de los siglos. Cópula iniciada en la remota prehistoria y repetida en un multimilenario proceso biológico de transformación y selección de especies históricas en el que, naturalmente, se han entrecruzado y activado recíproca y continuamente vida y cultura».

Nada tiene de particular que a los de mi generación aún nos resuene en los oídos aquellas palabras afirmando que: «Entraña y estilo, he aquí lo que compone a España». España no es un territorio. Ni un agregado de hombres y mujeres. España es ante todo una unidad de destino. Una realidad histórica. Una entidad, verdadera en sí misma, que supo cumplir –y aún tendrá que cumplir– misiones universales.

Por lo tanto España existe:

1.      Como algo distinto a cada uno de sus individuos y de las clases y grupos que la integran.

2.      Como algo superior a cada uno de esos individuos, clases y grupos, y aún al conjunto de todos ellos.

Luego España, que existe como realidad distinta y superior, ha de tener sus fines propios:

1.      La permanencia en su UNIDAD.

2.      El resurgimiento de su vitalidad interna.

3.      La participación, con voz preeminente, en las empresas espirituales del mundo.

«La vida es para vivirla, y sólo se vive cuando se realiza o se intenta realizar una obra grande, y nosotros no comprendemos obra mejor que la de rehacer España». Finalmente, García Morente, nos dice:

No; no hay dos Espaas frente a frente. Hay una España, la España eterna, que se ha levantado en un esfuerzo supremo de afirmación apasionada contra unos grupos de locos o criminales, instrumentos ciegos de ajenas ambiciones y propósitos. Ahora, por conveniencias de su causa, esos hombres del internacionalismo proclaman respeto y adhesión justamente a todo lo que han estado pisoteando y destruyendo durante tantos años. Ahora hablan de independencia nacional, cuando saben muy bien que son ellos precisamente lo que de veras defienden. ¿Por qué? Pues porque han comprendido que en el fondo de las almas españolas el sedimento patriótico tiene hondas raíces, que, en último término la emoción nacional es la única que puede estimular la bravura de nuestro pueblo a los extremos de la heroicidad.

Y a este heroísmo se refería Julián Marías, cuando nos decía, que: «El español ha sido siempre –y es todavía– uno de los hombres más fácilmente dispuesto a jugarse la vida; la historia entera de España lo atestigua. Pero tiene cierta pereza para jugarse algo que sea menos que la vida».

Considero de interés, el recordar las palabras de mi gran maestro en metalurgia y Académico D. Felipe Calvo y Calvo, cuando nos decía: «El magisterio superior ha de ser ejemplar para que en él se nutran y vivan en plena corrección de estilo. Ejemplar en suficiencia de conocimientos, en pureza de vocación, en moralidad de ejercicio». Y además aclaraba, que: «Tuve el privilegio de que mi vida transcurriera sin interrupción de magisterio, y esta singular circunstancia fue decisiva para poder hacer de un hombre vulgar un Académico. De la Escuela de mis padres –Maestros Nacionales– pasé a la de D. Emilio Jimeno (Universidad) y ahora a la de los que espero que algún día se consideren mis discípulos». (Y yo entre ellos)

Suyas son, estas recomendaciones al Niño y que nos recuerdan a los poemas de Rudyard Kipling.

Cuando el mundo te descubra lo que aquí aprendiste, pero tarde ya para que tú te asombres.

Cuando, asomado a tu vida, sientas compasión por los que tanto ignoran. Cuando, abraces tu deber, sin sentir sudor de bíblico castigo.

Cuando sepas, por igual, hacer y pensar. Cuando tu voz diga lo que el corazón te manda. Cuando, desde tu rincón, admires el mundo alabando a Dios. Cuando a tu prójimo distingas con la caridad de un santo. Cuando sepas darlo todo para disfrutar con nada.

Cuando con amor perdones; cuando tengas sólo hermanos.

Cuando gustes a qué sabe la envidia domada y huelas la flor del odio enterrado. Cuando, esplendido, ahogues tu egoísmo adulto.

Cuando puedas comprender la sencilla grandeza de saberte amado. Cuando tus ausencias, los vientos traigan lo que ahora no aprecias.

Cuando muchas mañanas, el sol te sorprenda asido a tu afán. Cuando tengas prisas por crecer, y dejes tu niñez con pena. Cuando veas que tus padres gozan esa felicidad entera. Cuando los despides hasta el Cielo, y los honres, aquí labrando esta tierra. Cuando encuentres tu moza y la hagas tu esposa.

Cuando, siendo señor, la hagas tu señora.

Cuando lleguen los hijos aprendiendo virtudes que nunca han leído. Cuando tú les duermas, mientras ella vela la felicidad de todos. Cuando los eduques con el rigor de tus besos, y con la caricia de tu justo enfado. Cuando hagas, con la vida, cuentos, en los que digas quienes son los buenos. Cuando goces, llorando, tus alegres penas.

Cuando lleves, sereno, tristes alegrías.

Cuando sientas que hay un hombre metido en tus huesos. Cuando esperes tranquilo sabiendo qué esperas.

Cuando reces, de verdad, sólo un Padrenuestro.

Entonces, hijo mío, bendecirás al Maestro que vino a esta escuela, para hacerte hombre, haciéndose él niño.

Estos eran los Señores Maestros de mi infancia y mocedad y no los «trabajadores de la enseñanza», que ahora pretenden educar a mis nietos. Sin alma en la educación, esto no tiene solución.

 

* Luís Antonio Vacas Rodríguez es doctor en Ciencias Químicas.


 
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