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Altar Mayor - Nº 111 (38)
Viernes, 19 enero a las 13:54:43

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 111 – Enero de 2007 (Extraordinario)

ESPAÑA O LA RESURRECCIÓN
Arturo Robsy *

Se milite o se profese, hay que llegar a una idea que contenga verdad, suficiente verdad, para comprender este mundo nuestro y visto desde nosotros: «España es algo». Como es habitual en los últimos doscientos años, no nos pondremos de acuerdo en cómo es pero, al menos, tendremos que coincidir en que «algo es España» y que lleva mucho siéndolo.

O sea, España tiene un ser sobre el que es necesario preguntarse, un ser al que atribuimos acciones propias y desarrollo en el tiempo. Un modo, un estilo que no es igual a ningún otro; una cultura, trasmitida desde milenios, que conlleva que todos los españoles compartamos una visión del mundo; una actitud ante lo conocido y frente a lo desconocido. Una historia y un parecido de familia.

Al ver cuántos aspectos componen el ser de España, es necesario afirmar que todos están unidos en algo, regidos por algo, en tanto que el ser implica unidad: España es una y tiende a la permanencia. Frente a ello, hay españoles de vuelo rasante, anteriores a la llegada de los celtas, o quizá supervivientes de aquellos estados celtíberos que, siendo españoles todos, se combatían por no ser uno. Si es para pacificar España, la peor solución es dividirla.

Uno de estos seres arqueológicos, Jordi Pujol, ha llegado a la teología y, en connivencia con algún obispo, ha declarado, incluso en Madrid, a domicilio, que la unidad de España no es un bien moral y que, por lo tanto, a la Iglesia le toca callar sobre que se hagan cuartos con ella. Bien se le notaba que para él, paradigma de catalanes cerriles, la unidad de España es un mal moral, la distancia entre el burro y la zanahoria que le hace andar. Con la unidad no hay Cataluña alucinada, y la condición necesaria para la «nación catalana» es la ruptura del ser de España. Años lleva tratando de exportar esa idea a las otras regiones. Y avanzando tozudamente en ello.

Ha conseguido estrechar las mentes de  muchos aislándolas de la historia ejemplar, y ha cerrado los alcances de no pocos clérigos, antaño inteligentes, que sabían que lo común a todos, el cemento de la unidad, era y es el catolicismo: la luz del mismo Dios. A despecho de tal conocimiento, el presidente de la Conferencia Episcopal, «Un tal Blázquez», se ha puesto a la rueda del fanático y nos ha dicho que «la unidad de España es una cuestión que no nos incumbe a nosotros» (los obispos, se entiende; la Iglesia, se entiende).

Este obispo timorato al menos, y otros no siempre católicos, cuenta con que el universo español, aunque sin unidad territorial, seguirá manteniendo la misma fe. Como Zapatero calcula que, aunque dividida la Patria en diecisiete, podrá gobernar en todas a través de un partido fuerte implantado en cada una. Parece que no supieran lo que pasará si perdemos el principio de atribución de nuestras relaciones con el mundo, o sea, la Patria, lo español.

«Un tal Blázquez» no puede haber olvidado «detallitos» evangélicos como que «el reino dividido perecerá»: no se puede decir mejor la importancia de la unidad. Póngase en dimensión humana: cuando se disgregan las partes del hombre (cuerpo y alma; substancia y forma) sucede la muerte. Se deja de ser.

La Historia ya ha corrido esa suerte: se ha fraccionado bajo la presión de intereses turbios y tal parece que España fuera el franquismo y, por lo tanto, urgiera desmembrarla. Aquellos reinos celtíberos se acometían a menudo porque había una razón clara. Aquellos reinos cristianos, tras la ruptura de la unidad romana y visigótica, se combatían por lo mismo, aunque fuera en contra de la urgente Reconquista. Aquellos locos de la Primera República pelearon entre cantones con una saña digna de mejor causa que la tribu. Aquellos malvados destructores de la Segunda, encendieron, desde los inicios, los mecanismos de la muerte: abatir la unidad religiosa, la unidad moral y la territorial.

Algo indiscutible figura en el ser de España, y con suficientes experiencias históricas: dividida en cuatro o más reinos, quedará abocada a las guerras internas, a las pendencias civiles y, quizá, a una nueva lucha por la reunión de lo que hoy se destaca, de lo que hoy «es cuestión que no nos incube a nosotros». Y quien no sea católico, que recuerde a la España musulmana caída en los reinos de taifas: se trata de una ley universal, que sin duda conocen los que predican que la unidad no es un bien moral aunque saben que es garantía de paz y prosperidad.

Los que atacan esa unidad saben o debieran saber que nos conducen al enfrentamiento inevitable. Que lo hagan fanáticos sectarios como Pujol, Carod, Arzallus y Zapatero, es natural, dada su malevolencia hacia cualquier empresa común. Pero que lo hagan los obispos es un pecado de sangre por el que tendrán que rendir graves cuentas a la izquierda del Padre.

España es una discusión permanente, pero es. La diferencia de potencial entre el esfuerzo del ser y la pereza del no-ser o no-entender. A España le han hecho lo peor: convertirla en asunto político. Politizarla hasta la raíz de su nombre. Y hacer creer a tantos que el fanatismo está en la unidad y lo razonable en la fractura. Pero España sigue siendo razón de estado. Y Razón.


Una como letanía de España:

–España, esperanza burlada. Canto constante. Piedra de toque. Batalla del tiempo perdido. Madre sin descanso. Novia adolescente. Comunión enorme. España, a Dios gracias.

–España, leal compañera; camino y meta; sueño y materia. Hija de Dios. Verso recto. Flecha hacia la eternidad; segunda alma; honra profunda; voz de los siglos; idea de ideas; antorcha del alba; espuma del coraje; fuego de la memoria; seña eterna. Polvo sudor y hierro, España.

– Sangre de la sangre; ruda canción; voz de la voz; lealtad dura; atajo de Dios; doctrina de caballeros; aventura de vida; gloria de Dios; esfuerzo eterno; vela de armas. Hermana de la luz, España.

–España mar. España río. España lumbre. España agua.

–Principio de la voz. Consuelo del fuerte. Ansia altiva. Muerte pequeña. Instante de gracia.



* Arturo Robsy es periodista y escritor.


 
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