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Altar Mayor - Nº 111 (35)
Viernes, 19 enero a las 13:59:45

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 111 – Enero de 2007 (Extraordinario)

CRÓNICA DE ESPAÑA: LA EUROPA NECESARIA
Carlos Pérez Martínez
*

Esta «Crónica de España», urdida desde el exclusivo testimonio personal, nace traumatizada por el susto que le produce al cronista el necesario acercamiento a la realidad más próxima de cada día. Son las mismas minucias de las pequeñas discrepancias las que alertan del estado de algo que no funciona. Está en la mente de todos que la situación de España es mala: las discrepancias sólo giran en torno a la terapéutica que sería necesaria. Para los optimistas, bastaría con una invocación actualizada del pregón del Alcalde de Móstoles: «España perece víctima de la perfidia satánica: españoles, acudid a salvarla». Para los escépticos, se necesitaría una campaña intelectual en torno: «España necesita un exorcismo. Españoles: inventémonos un nuevo 29 de octubre». En cualquier caso, sobre todo, parece que se necesitaría una nueva: Eugenio, o proclamación de la primavera, que airee las amenazas y aliente las esperanzas.

Asombra, en principio, que la amenazante desintegración de España –que es, claro, el principal problema que asola al país– no parezca alarmar al conjunto de la población. ¿Por qué? Cuando alguien, aunque raramente, se ha formulado el tema, siempre se ha respondido a sí mismo echando la culpa «a los otros», quienes quiera que sean «esos otros». Desde aquí, se nos ocurre pensar si no será un tema demasiado elaborado para una sociedad saturada cada día, a la vez, de grandes hazañas y de grandes cataclismos que se contemplan, gracias a Dios, desde una razonable «seguridad» de todo tipo. No está claro, ni mucho menos, cuáles son los fundamentos de esa «seguridad», ni hacia dónde hay que dirigir los esfuerzos para indagarla. Y parece un proceso demasiado complejo para atacarle aquí, casi como de pasada. Hay seguridad, a pesar del paro y del terrorismo. Hay seguridad, tal vez porque la inmigración traiga, a sus espaldas, una experiencia mucho más desarbolada y dolorosa frente a la que nuestro futuro parece prometedor: téngase en cuenta que esta es la generación de arribada y que los problemas, como en Francia, acaso explosionen con la generación siguiente, pero, por ahora no existen. Se siente seguridad porque la preparación intelectual no proporciona argumentos para el análisis del momento histórico presente y dé la verdadera situación del país que, además, unas estadísticas insuficientes contribuyen a difuminar. Hay seguridad, porque las acciones protectoras del Estado y de sus organismos sociales, y las de las mismas familias, contribuyen muy poderosamente al alejamiento de los fantasmas más inmediatos de las incógnitas de cada día, Todas estas seguridades –las demás que, de alguna manera, podría aportar cada uno– están anestesiando al cuerpo nacional. Por otro lado, y situados en nuestro entorno, es evidente que tenemos que dar expresas gracias a Dios por todas estas seguridades, porque, si de alguna forma se evolucionara hacia el sentimiento inverso de «inseguridad colectiva» habría motivos para asustarse de sus posibles consecuencias nacionales inmediatas.

Esta seguridad universal –porque alcanza a todas las capas sociales»– no debería ocultar que no ofrece ninguna garantía del mantenimiento del presente «status» ni siquiera en un próximo futuro, y que la posible «balcanización» de España no es sólo una figura retórica que se nos proyecte desde el exterior, sino que es, más bien, una amenaza expresa amagada ya desde nuestras mismas autonomías y, sobre todo, desde la carencia de ideólogos políticos, sustituidos por simples caciques del poder. Por eso, todos quieren ser «nación», como si la palabra, convertida en talismán y soflama, les fuera a conferir la fe, la esperanza y la caridad laicas sobre la Historia, de las que exhiben tan lamentables carencias. Este páramo nacional está exigiendo una pronta reacción si no queremos que el «El ser de España» desaparezca para siempre. España necesita un exorcismo, tal vez, como acabamos de apuntar, un exorcismo en la línea del del 29 de octubre, y le necesita ya, con un planteamiento rotundo y una luminosa claridad de ideas, de proyectos y de propósitos. Lo difícil de la intención es que el mundo no ofrece sugerencias ni alternativas y que, además, el gradiente de la Historia, que presenta valores crecientes cada día, no nos da reposo para que las inquietudes alcancen cierta madurez, desde la que lanzarse a nuevas metas. Desde esta urgencia, habría que acudir a la profunda racionalidad de José Antonio para que modulara este preocupante «nada» de hoy.

Este «nada» nuestro hodierno, que se pretende llenar con invocaciones; constantes y continuas a lo intrascendente es fruto de nuestras incapacidades históricas de todo tipo. Basta soportar el contenido de los programas de nuestras emisoras –públicas y privadas»– para conseguir cierta percepción de «dónde estamos» y «a dónde quieren llevarnos». Esto, para quienes crecimos con la idea de que «España es una unidad de destino en lo universal» constituye casi un insulto a nuestra inteligencia. Por eso no podemos superar el trauma: nos hemos formado con esa idea de España y ahora es inaceptable la tesis de quienes quieren convertirla en una «Nación de naciones». Lo grave es que, mientras nos perdemos en estas disquisiciones, por graves y trascendentes que sean, el mundo sigue creciendo y nuestro tamaño se contrae. Este «nada» político del país está alcanzando tales niveles que es ya una amenaza para el mismo «ser de españa». Es verdad que el sostenimiento de la economía –animada por el consumo, la especulación y la corrupción– parece mantener al bienestar colectivo, pero los profesionales alertan a diario sobre los riesgos latentes que pueden aflorar en cualquier momento. La carencia de recursos de la Administración, que sólo sabe rectificar y retro-rectificarse a sí misma, en un lamentable espectáculo de insolvencia e incapacidad, no puede augurar un cambio de tendencia en esta progresiva liquidación del Estado. El bochornoso espectáculo de nuestra política internacional –aunque circunstancialmente jaleada por quienes buscan nuestra rendición en Gibraltar– no puede ocultar la evidencia de que en las Cancillerías nos han tomado las medidas y de que cada día se nos relega a un rincón más oscuro en los debates internacionales. Todos estos parámetros –del panorama de la decadencia internacional; de los separatismos; del terrorismo elevado al rango de interlocutor internacional; de la conjura contra el mismo idioma español, que ya nadie se preocupa de usar con un mínimo de rigor, y no digamos nada del pretendido esplendor de la Real Academia; de la blasfemia contra la «Fe», que siempre ha sido el último bastión de España que ha dado, en el siglo XX, tantos santos a la Iglesia como el resto del Orbe Católico– son algas de las amenazas visibles más reales contra la línea de flotación del «Ser de España», contra las cuales, por su misma gravedad, se impone una pronta reacción si no se quiere que se alcance uu punto de no-retorno desde el que cualquier reacción se haga más problemática y hasta imposible. Hemos llegado al punto de tener que decirnos, para sostener nuestra moral, que el «Ser de España» tiene auténticos valores universales cuya desaparición no es concebible. Lo cual es motivo de esperanza, aunque se precise compatibilizarlo con la realidad de que nuestra potencia política no puede propiciar protagonismo alguno allende nuestros límites. El «Plus Ultra» de nuestro escudo está hoy lamentablemente recluido al «Non Plus Ultra» originario de los navegantes fenicios. Claro que también es verdad que algo nos queda:

No es Babilonia ni Nínive enterrada en olvido y en polvo, ni entre momias y piedras Reina que habite el sepulcro, la nación generosa, coronada de orgullo...[1].

aunque lo cierto es que todo conspira para que nuestros recuerdos y nuestras memorias parezcan simples fuegos de artificio. Yo, personalmente, no puedo dejar de sentir la hispanidad como algo propio [2], pero dudo que pueda dejar de apostar hoy por las urgencias de Europa. Es una trilogía universal «Empaña, Hispanidad, Europa– que pocos pueblos podrían evocar. Y, por eso mismo, es decir, por la universalidad y las particularidades de esa trilogía es tan difícil armonizar sus diferentes postulados singulares.

La Hispanidad se desintegró bajo las consignas de la Revolución Francesa, que acuñaron el nefasto «Latino América». Y ahora, cuando hemos querido reaccionar, el mal estaba tan avanzado que nuestras autonomías no son otra cosa que excrecencias y ramificaciones de aquellas aventuras decimonónicas. Y, como colofón de todo ello, y aun definición de una nueva posición de partida, es evidente que, si aquí nos cuesta tanto superar nuestras autonomías, no tenemos derecho a escandalizarnos por lo que tantos «condottieri» americanos, de los siglos XIX y XX, han hecho con la hispanidad, desbaratándola en una veintena de cantones.

Este escenario nacional nuestro nos lleva, como único campo viable de esencia y de actuación, hacia Europa y hacia la Unión. Europea. La Unión Europea es, hoy, como la plasmación política de Europa: las dos son la misma, y distinta, realidades. La Unión Europea es lo concreto; Europa es la entelequia, el ideal, lo que existe más allá de lo concreto y que inspira y da forma a lo teórico y lo abstracto. Por eso, es mucho más fácil hablar de la Unión Europea que hacerlo de Europa. En el pasado existía Europa, y esa Europa que existía entonces era, también, Unión Europea. Entre sus pueblos existían lazos más fuertes que las tendencias disgregadoras de siempre y que ya en su día, y mucho antes de que la idea de Europa ni siquiera se vislumbrara, hicieron exclamar a Roma: «Divide et impera». Por esos antecedentes, y aun de la misma realidad, sin más que forzar un poco el rigor semántico, se puede hablar de Europa y de la Unión europea de forma indistinta, aunque esté claro que habría que distinguir entre ambas. La Unión Europea, con más o menos personalidad y fortuna, está presente en el mundo y Europa es cono el himno nacional que la representa, es decir, la Novena Sinfonía. ¿Por qué no se interpreta este himno con más frecuencia, en todos los actos en los que puede encontrar justificación: por ejemplo, en los partidos de la «Champions» en los que compitan dos países de la Unión? Y es que, frente a los que apuestan por el «Asturias: Patria querida», suspiramos por la Novena Sinfonía.

Europa nació en el medievo, cuando Runa cayó por su propia saturación histórica y los pueblos que la invadieron se encontraron, de pronto, con que habían dejado atrás su «nivel de Peter», es decir, su nivel de incompetencia. Naturalmente, no lo sabían, pero por esa tan pobre materialidad política propia no podían hacer nada. El resultado, más que una catástrofe, fue el vacío. Enseguida, por esa situación, la Cristiandad, que había alentado más o menor en la sombra política de las últimas décadas de Roma, tomó la batuta y se puso a dirigir la orquesta. Resultó una emocionante ópera, que aún hoy se evoca con emoción por creyentes e historiadores. Básicamente, la Europa teórica de hoy se reconoce heredera de aquellos compases, aunque el ruido inherente a todo proceso acústico ha introducido distorsiones que dificultan la sinfonía única desde los nuevos ritmos de la Historia.

Esta Europa fue, durante mucho tiempo y desde sus comienzos, algo absoluto. Hoy se quiere que lo sea también, pero cada quisque quiere identificar ese absolutismo con su propia idiosincrasia. Por eso, los chirridos entre los discursos de unos y otros. Sin duda que Europa no es hoy, por eso, la misma Europa que siente España, o la que siente Alemania, o la que siente Noruega. Y, por eso, para empezar a andar, se ha inventado la Unión Europea:

Caminante, no hay camino,

se hace camino al andar.

A Europa la sustituye, así, la Unión Europea, y la Unión Europea campa y camina ya por el mundo. La Unión Europea nace creada por sus «Padres Fundadores», con el propósito de una integración política cada vez más estrecha entre sus países miembros, para llegar así, tal vez incluso en su imaginación, a la Europa teórica. Pero ya De Gaulle la desvirtuó con su «Europa de las Patrias», con lo que Europa pasaba a ser una «Nación de naciones», como alguien se quiere inventar ahora para España. Esto acerca a España y a Europa en sus planteamientos teóricos básicos. La España de las Autonomías y la Europa de la Unión Europea contemplan sus Unidades Integrales como propósitos poco menos que utópicos e inalcanzables. No es necesario señalar que esto es, para nosotros, un error de partida inaceptable aunque no se nos oculte que constituye, hoy, lo «políticamente correcto» por antonomasia.

Volvemos, pues, a Europa, y esto no es un recurso de última hora, tras nuestros reiterados fracasos de los últimos siglos, sino un retorno a los orígenes después de haber querido pasear por todo el globo, en solitario, esas mismas esencias de todos que ahora queremos seguir defendiendo desde dentro de casa. No es cuestión de echar la culpa a Rocroi, ni traer a cuento a los Campos Catalaunicos, pero lo cierto es que si Europa se pudo formar y conformar en el medievo fue porque, durarte siete siglos, la tuvimos bien guardadas las espaldas –en Candonga, en Las Navas de Tolosa, en Lepanto– contra todas las fuerzas del Islam. Desde el principio fuimos Europa y ahora buscamos integrar, e integrarnos, en su núcleo más trascendente. Habrá que insistir mucho sobre esto, y estudiarlo hasta en sus mínimos detalles, para evitar que cualquier crítica superficial pueda desbaratarlo. Esta integración en las esencias de Europa es, además, y sobre todo, una superación de nuestros problemas –esos que tanto nos preocupan y nos asustan– por arriba. Diluida la Hispanidad en diversas seudo-alianzas y grupúsculos, incluso en ocasiones enfrentados entre sí, y sin una economía suficiente para alentar aventuras oceánicas, la salida natural para España es Europa, cuyos últimos rincones quedan, en el peor de los casos, a sólo un par de horas de vuelo en avión. Por eso, nos guste o no, y, más allá de todos los argumentos o simpatías que aquí estamos esgrimiendo, «Europa nos es necesaria».

Europa es, pues, nuestra elección y, por eso, podemos y tenemos que pensar en la Unión Europea desde dentro. Hay mucho que está cambiando a nivel universal y esos cambios arrecian con nuevos riesgos y peligros para Europa. Estamos entrando en una nueva era y a esa Europa se la cierra la puerta de la era a la que nació tras la Segunda Guerra Mundial, en Bretton Woods y en San Francisco y que ha venido regulada por la hegemonía de los EE.UU. Al final de esa Segunda Guerra Mundial se olvidaron las causas que la habían disparado –la reclamación del derecho a las colonias de unos países frente a los que las detentaban– y se impuso el criterio, visceral, por lo demás, de los EE.UU. de montar un nuevo Universo de países independientes, sin relación alguna, o muy diluida, con las antiguas metrópolis. El resultado fue un acceso mucho más fácil a las nuevas naciones de las multinacionales americanas. La política necesaria para ello se llevó a cabo con gran habilidad y acierto, y al final se configuró el universo de la guerra fría en el que el mundo se dividió en dos bandos, uno de los cuales estuvo capitaneado por los EE.UU. durante décadas. Durante este período, y a pesar de su derrota en la guerra, dos países –Alemania y Japón– alcanzaron una clara preeminencia sobre el resto de los aliados por su condición de muros de contención de la URSS, sin que ello implique, ni mucho menos, el menosprecio de sus demás valores y capacidades reales singulares. El final de la Guerra Fría con la caída del Muro de Berlín en 1989 y el hundimiento de la URSS en 1991, trajo una «nueva era», esta de hoy, que evolucionó de forma muy distinta a como, en principio, cabía imaginar. No sólo la caída de la URSS puso a los pies de los EE.UU. a todo el universo, sino que, además, con su tecnología electrónica digital puntera parecía disponer de unos avales que la garantizaban un periodo secular de «Pax Americana». Así nació la primera «Globalización».

El cambio experimentado por el mundo es estos tres lustros ha sido brutal y esa misma globalización que prometía décadas de esplendor por occidente, se ha convertido, sin cambiar de nombre, en la máxima amenaza para la Unión Europea. La bajada de la guardia por los EE.UU., por la desaparición de las amenazas directas, y la asimilación de las nuevas tecnologías por las recientes mega-naciones –China, la India y la nueva versión de Rusia– han cambiado la faz del mundo de arriba abajo. El hecho está ahí y no parece necesario probarle; al mismo tiempo, también han caído el protagonismo y la fuerza americanos. Esta situación, de hecho, configura un nuevo tiempo, ese al que venimos calificando de «nueva era», y a los parámetros de riesgo que cercan a la Unión Europea. En suma, todo lo que actualmente se viene definiendo con el mismo calificativo de «globalización», aunque ahora sea una cosa distinta. Esta globalización, es decir, esta «nueva globalización» es como la nueva era y el nuevo riesgo la Unión Europea.

Este tiempo se presenta condicionado por fenómenos físicos y políticos cuya coincidencia en el tiempo contribuye a prestarles mayor entidad y a darles mayor trascendencia. La crisis del petróleo y de la energía; el calentamiento de la atmósfera y de los mares; la progresiva disminución de recursos; la explosión de la población; la avalancha del transporte y de las comunicaciones; la dictadura de la electrónica; etc., todo esto está aquí y ha llegado para quedarse y, por eso, habrá que convivir con ello: con los servicios que presta y con las servidumbres que imponen. Todas estas facetas deberían jugar a favor de la Unión porque, en general, la población europea está mejor dotada para moverse y manejar estos conceptos que las de otras sociedades, aunque la nuestra, es decir, la española, no esté precisamente entre las mejor provistas. Pero estas ventajas no son suficientes para compensar otras realidades e inclinar a su favor la balanza de las relaciones internacionales.

En estos nuevos tiempos de la globalización, la Unión Europea experimenta las dificultades dimanantes de la forma como ha evolucionado la balanza de poder en el mundo desde que los parámetros de esa revolución hicieran su irrupción. Lo curioso de estos cambios es que esta vez no han llegado traídos de la mano de unos agentes extraños, que les hayan impuesto a mandobles de espada y disciplinas de silogismos. Esta vez se les ha dado acceso desde dentro, casi como invitándoles a entrar para que tomaran posesión de nuestra casa y luego nos pusieran de patitas en la calle. Los EE.UU. han diseñado y puesto en marcha unas reglas de juego en cuya trampa han caído ellos mismos y, por supuesto, la Unión Europea. Al admitir, y aún alentar, al juego a las hipersociedades, han propiciado la entrada en escena de China, India, Brasil, Rusia, etc., y, en poco tiempo, estos nuevos actores se han apropiado de todo el escenario. La génesis del estado actual ha seguido pasos regulares bien definidos y condicionantes. El fin la Guerra Fría marcó la aparición de la globalización USA, por simple desaparición de los contendientes reales que frenaban su dominio en exclusiva. Esta globalización supuso un endurecimiento de las condiciones laborales de la propia metrópolis, el cual provocó, en diciembre de 1999, y durante la reunión anual de la OMC en Seattle, la aparición del movimiento que se definió a sí mismo como «antiglobalización». Estas dos actitudes dirimieron sus dificultades durante algún tiempo, aunque sin demasiada virulencia, tal vez porque, al fin, las dos tenían un origen USA común. Sólo en Europa dieron alguna prueba de existencia y, en Davos, la «anti-» pudo alcanzar su consagración política, que más tarde se consolidó como el movimiento social de la ciudad brasileña de Porto Alegre. De la convivencia entre ambas posturas surgió esta globalización de hoy.

Esta segunda globalización no pone hoy las cosas nada fáciles para la U.E. porque ahora las actuaciones globales están muy condicionadas por los intereses de los mega-estados recién llegados. Todo el proceso se incubó durante la década de los años 90, en gran parte motivado por la obsesión, y hasta el hechizo, que los EE.UU. sentían por China. China era un gran mercado, un inmenso mercado, que tuvo la habilidad de pasar de cliente a socio. Ahí están las colosales cifras del crecimiento chino, un crecimiento que no habría sido posible sin la colaboración americana, y las cifras de su habilidad invirtiendo en bonos USA para sostener el terrible déficit americano, lo que en el fondo se convirtió en una especie de chantaje al mismo Congreso de Washington. Paso a paso, China ha ido remontando posiciones y marcando pautas globales de gobierno para la globalización, la cual globalización, gracias a esas normas, y como venimos repitiendo, se ha convertido en la gran amenaza de la Unión Europea.

Estos prolegómenos nos sirven para llegar hasta hoy y, quemando etapas, tratar de adentrarnos en las realidades presentes. Entre estas realidades están, de un lado, las propias noticias de la Unión, tales como la situación particular de los distintos estados miembros y las actividades y gestiones de Bruselas, y, de otro, los recientes acontecimientos políticos y, entre estos y presidiéndoles, el colapso definitivo y la cancelación de la Ronda de Doha.

Estos datos, sin embargo, están en la mente de todos por su difusión en los medios de comunicación y, por eso, se podría prescindir de ellos sin hacerles mas que una rápida referencia para insistir en su influencia en los difíciles momentos de la Unión. Sin embargo, puede merecer también la pena formular de pasada algunos rápidos comentarios. En el balance de los últimos meses, destacan favorablemente los logros de la canciller alemana, doña Ángela Merkel, desde que en septiembre de 2005 se hiciera cargo del gobierno. En su momento, no faltaban nubarrones y, desde España, se la tildó de «fracasada»: «Que Dios nos coja confesados». Vamos. Desde entonces, ha sorteado un incómodo escollo contencioso con Rusia para el suministro de gas al centro de Europa y, en la misma Alemania, ha puesto orden en una difícil disputa con los «landers», reduciendo su influencia en la gobernación con el estado central; ha mejorado las relaciones con los EE.UU., que le dejó deterioradas su predecesor, y ha llegado hasta el «descaro» de sugerir al Presidente Bush la conveniencia de introducir algún maquillaje en Guantánamo; arbitró una solución definitiva en la pasada reunión de Jefes de Estado de la Unión, cuando los Presupuestos para el periodo 2007-2013 estaban estancados y se corría el peligro de que se tuviera que levantar la sesión sin que el conflicto se resolviera y «quedara para septiembre»; sus exportaciones de maquinaria pesadas y precisamente a China, han explosionado, y el hecho, aunque por la misma naturaleza de los bienes afectados es muy contingente y no conviene echar las campanas al vuelo, ha supuesto una inyección de vigor para el euro y quién sabe si hasta habrá posibilitado su fortaleza frente al dólar. Esta Alemania ofrece una situación económica saneada, pero los analistas le echan en cara que su consumo interior es bajo –la gente desconfía de la bonanza y del panoramas y se decanta por el ahorro– y que esa austeridad puede alentar al fantasma del paro. Por otro lado, en 2007 ocupará la Presidencia Rotativa de la Unión y en Bruselas ya se especula con que pueda tener algún as en la manga para replantear el tema del fallido referendo sobre la Constitución Europea y aún de proponer algún gesto sobre algún tipo de integración parcial entre algunos de los estados del núcleo duro de la Unión. No cabe olvidar que este tema de la integración es un asunto que cuelga sobre los organismos de Bruselas, donde no deja de sentirse la tremenda incongruencia que supone el que, mientras las relaciones internacionales exigen de los países actores una masa crítica mínima, todas las sociedades propias rechacen visceralmente cualquier llamada a la integración. Este potencial papel fundamental de Alemania se resaltaría a sí mismo porque los demás países se desenvuelven en medio de situaciones muy difíciles.

Los restantes países punteros de la Unión presentan situaciones mucho menos prometedoras, y aún preocupantes, a corto plazo. Francia, donde se rechazó en la primavera de 2005 el Proyecto de Constitución, anda como huérfana de ideas, y la población está muy preocupada con que su sistema de Seguridad Social corra algún peligro de no poderse financiar. Luego, ha tenido la explosión de los disturbios de toda una juventud descendiente de inmigrantes, que no se ha integrado en la sociedad, y el rechazos por los interesados del Plan del Primer Empleo del Sr. Villepin. Además, la próxima primavera tendrá elecciones legislativas y no es fácil anticipar el posible resultado cuando competirán cuatro primeras espadas de la política nacional: la socialista Segolene Royal, y los señores. Villepin, Sarkozy y Le Pen. Italia se mueve acosada por una elevada deuda interior y unas dificultades económicas que no se pueden disimular. El Reino Unido debe celebrar también elecciones legislativas y, además, ve cómo su alianza con los EE.UU. sufre importantes embates. Y, por lo que se refiere a España, ya hemos llegado al nivel en que hemos conseguido que nadie nos escuche y, mucho menos, que nos haga caso.

El salto adelante que la Unión Europea necesita se incuba, fundamentalmente, en Bruselas, donde reside el espíritu de la Unión, y es lógico que sea allí donde florezca y crezca la inquietud comunitaria. Los países singulares tienen todos suficientes problemas particulares para desviar sus esfuerzos hacia la supra-nacionalidad. Muchas veces, no es ya la falta de imaginación para aflorar nuevos proyectos, sino incluso un rampante desconocimiento de la realidad y una lamentable carencia de espíritu de aventura. En Bruselas, en cambio, parecen gestarse iniciativas prometedoras. Tal vez sea porque a fuerza de vivir en su entramado haya nacido un verdadero espíritu europeo de cooperación y ambición. Son los proyectos que allí se gestan los que dan sentido y futuro a la Unión. Casi nunca son definitivos y espectaculares y casi siempre, en cambio, tropiezan con oposición y resabios. Pero en general, y entre unos y otros, el sistema marcha y progresa. El lanzamiento del euro, el consorcio EADS con el «Airbus» como producto estrella y la ampliación de la Unión a veinticinco miembros son metas alcanzadas que nadie discute hoy. Los grandes trabajos actuales siguen la senda de los grandes hitos americanos, pero cuando la diferencia tecnológica es evidente, lo primero es tratar de alcanzar y conectar con la cabeza. Así, se manejan el programa «Galileo», remedo del GPS, pero con treinta satélites, en lugar de los veinte del sistema americano, los que le permitirán aumentar sus capacidades de resolución y precisión; el proyecto «Quaero», concebido como sistema de búsqueda en Internet y en la línea de los servicios de «Google», y hasta la creación de un «Instituto Europeo de Tecnología» orientado en la linea del MIT, y anunciado ya por el Presidente de la Comisión Europea, Sr. Barroso. No es necesario señalar que casi toda esta cooperación es franco-alemana que, por supuesto se extiende a otros campos menos espectaculares –la persecución del avance en tecnología de la información, TI; la redacción de una Historia Conjunta de la Unión Europea; etc.– pero no menos esenciales a la hora de promover el progreso de toda la Unión.

La Política de la Unión se programa y define en las Reuniones Ordinarias y Extraordinarias de Jefes de Estado que organiza y convoca el país que, en cada momento, ostenta la Presidencia semestral Rotativa de la Unión, y se conocen con el nombre de la ciudad donde tienen lugar. Ahora mismo, el asunto que más colea es el de la fracasada Ronda de Doha, de la OMC. Todo el mundo estaba convencido de su importancia y de la trascendencia de su posible fracaso y, por eso, se la ha mantenido abierta durante cinco años, a pesar de los tropiezos de Cancún (2003) y Hong Kong (2005), en espera de un imposible milagro. La cancelación de la Ronda el 24 de Julio pasado, con el levantamiento de la reunión por su Presidente, Pascal Lamy, sin señalar fecha de nuevas conversaciones, supone una amenaza para el futuro mucho mayor de lo que trasciende a la sociedad. Tal vez se quieran evitar movimientos de pánico, y acaso se confíe en que, de forma análoga a como sucedió en la Ronda de Uruguay, en la década de los años 90, antes de la creación de la OMC, las negociaciones se reanuden sin mayores perjuicios que los del tiempo perdido. La Ronda de Doha ha gastado casi cinco años –desde el otoño de 2001 hasta el pasado verano– tratando de comprometer con nuevas reglas y más eficacia el comercio mundial con un propósito de que todos los pueblos resultaran beneficiados. Claro que ese noble propósito de que todos mejoren es una imposible coartada bien intencionada dadas las situaciones concretas del mundo, y así se ha desvelado, o ha sido visto por algunos, como utópico. Todo estaba muy bien, pero cuando perjudicaba a alguien –fueran Ghana o los EE.UU.– enseguida surgía el veto. La Unión Europea era de las más vulnerables en el envite y desde aquí nos parece que el delgado de la Unión, el británico Peter Mendelson, ha realizado una buena defensa de sus intereses. Tal vez todo haya sido fruto de un equívoco y un mal planteamiento inicial. Al principio, los EE.UU. debieron pensar, como tantas otras veces y sobre todo en Hispanoamérica, que les sería fácil manipular las reuniones y llevarse el gato al agua: no ha sido así y, al final, el grupo de países emergentes y en desarrollo estaba imponiendo sus criterios. Ahora se nos adoctrina con los males que resultarán para todos con los daños que el fracaso de la Ronda acarreará para el comercio mundial. Tal vez, pero parece que hay demasiada demagogia y simplismo en esta visión unilateral del proceso. Porque, aunque todo ello es cierto, también lo es que los estados emergentes estaban adquiriendo un control no sólo numérico, sino también de calidad, con la incorporación de China (Hong Kong) y Rusia (San Petersburgo) a la Organización, y que los acuerdos buscados suponían unas reglas claramente discriminatorias a favor de esos países en los procesos de globalización. La situación amenazaba con imponer riesgos inasumibles para los EE.UU. y la Unión Europea: de ahí la absoluta falta de acuerdo y, en última instancia, el fracaso. Se ha planteado, así, una nueva difícil tesitura porque es esencial algún tipo de acuerdo. Por ello, en este momento, la cuestión es: «Y Ahora ¿qué?».



* Carlos Pérez Martínez es doctor Ingeniero de Construcción.

[1] Creo que uno de estos años se debe cumplir, en el 12 de octubre, el Centenario de la primera declamación de la «Salutación del Optimismo», de Rubén Darío.

[2] Yo nací a la Hispanidad en el Monasterio de Oña (Burgos), en 1943. Aquel año recorrió toda España un grupo de jóvenes hispanoamericanos que, a pesar de la Segunda Guerra Mundial, venían en una especie de peregrinación y congreso bajo los auspicios de una cierta «Pax Romana» y, luego, todos fuimos a recalar a Oña. Recuerdo, entre todos los participantes, especialmente, a un boliviano –Jorge Siles– y a tres argentinos –Hugo Marconi, Carlos Burundarena y Armando Puente– que me impactaron tremendamente. Uno de ellos, y aún conservo el testimonio escrito, dejó un mensaje en mi cuaderno de autógrafos de aquella época: «Que la Hispanidad sea tu sueño, y, su servicio, tu destino». Fue como un flechazo que me conmocionó y me impactó para siempre.


 
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