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Altar Mayor - Nº 111 (32)
Viernes, 19 enero a las 14:17:19

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 111 – Enero de 2007 (Extraordinario)

DE VUELTA A LA TRIBU
Jesús Casla *

España no es un accidente de la historia, ni una entelequia filosófica, ni un decrépito andamiaje político artificial, ni una estructura opresora. Tampoco es un conglomerado de naciones o estado plurinacional. Ni lo era cuando lo expuso Dionisio Ridruejo [1], ni lo es ahora que lo pregonan personajes como Maragall, Ángeles Barceló, Gabilondo o Jesús Vázquez (sí, el del «pub» sevillano «Arny», ¿recuerdan?). No son más que tópicos de la izquierda y los separatistas.

La consigna para los títeres que se dan cita en los pseudos-debates televisivos, soldados del pensamiento único que propugna la izquierda, panoplia de los inventores de naciones, mercachifles de realidades nacionales y demás sandeces, es deslizar al terreno de lo «socialmente asumible» la deconstrucción nacional como lo más normal del mundo bajo la apariencia del logro de una mayor libertad y madurez democrática; camuflando –a gritos si es preciso– la sin par ineptitud y perversidad de ZP, el hombre de Maragall en Madrid. Se pongan como se pongan estos bufones disfrazados de comentaristas políticos, España no es otra que una –sí, una– Nación.


España y su trayectoria ininterrumpida

De entelequias, esperpentos y barbaridades está sembrada nuestra historia. No hay más que echar un vistazo a nuestros adorados nacionalismos de aldea. Sólo su inequívoca tendencia totalitaria y represora –con pistolas o sin ellas– [2] es comparable a su conspicuo talento literario cuando se ponen a inventar –y acomodar– la historia a su gusto, convirtiendo en dogmas meros relatos idílicos y pastorales [3]. Es inherente a este aldeanismo retrógrado confundir el pasado con el presente, la realidad con los sueños.

El origen de la nación española, esa que tan alegremente niegan y desprecian a la par la izquierda y los nacionalismos de aldea, se remonta a la Antigüedad. Esto hay que decirlo sin reservas ni complejos. A pesar de la disgregación tribal que encontraron los romanos a su llegada a la Península, les resultaron tan claros y evidentes los rasgos de uniformidad del medio humano y el medio físico que la consideraron como un todo: Hispania, integrada a la sazón por Hispania Ulterior Baetica, Hispania Citerior Tarraconensis e Hispania Ulterior Lusitania.

Se inició entonces una empresa histórica innegable culminada después con la creación del Reino visigodo de Toledo. Empresa que trasciende las generaciones y ha tenido una andadura ininterrumpida a lo largo de los siglos, a diferencia de otros casos de sobra conocidos en Europa, como Polonia, Bulgaria o Serbia.

La nación española es, por tanto, anterior a la reunificación lograda tras la expulsión del islam en 1492. La Reconquista, protagonizada por Castilla, y la culminación de la reunificación peninsular supusieron la restauración cristinano-hispánica del Reino visigodo de Toledo, del que retoma su legitimidad [4]. Al vencer al Islam, Castilla rehizo aquella primera España visigoda. Con la unión de Castilla y Aragón, obrada por los Reyes Católicos, vio la luz la primera nación moderna de Europa, en la que estaban integradas sin ninguna particularidad tanto Vascongadas (Castilla) como Cataluña (Aragón). Castilla aportó elementos esenciales de lo que sería en adelante la nación española, como idioma, orden social e ideales.

La Reconquista deparó la recuperación de una nación española con espíritu fortalecido; con la lengua, la cultura y la religión como estandartes que pronto serían señeras universales. Pero fue también un largo trayecto histórico en el que se inocularon los problemas separatistas que emergerían con fuerza siglos después. Si bien existió desde un principio plena identificación cultural y religiosa (cristiano-hispánica) entre las distintas oleadas que desde el norte fueron ganando terreno al enemigo común –el Islam[5], la fragmentación medieval de los reinos cristianos, aunque transitoria, supuso una diferenciación que sería invocada más tarde como origen de naciones y realidades nacionales.

El reencuentro nacional culminado por los Reyes Católicos se consolidaría y enaltecería con la proyección universal que brindaba la empresa americana; pero aquellos primeros reinos transitorios se convertirían con el tiempo en coartada para quienes ahora, henchidos de sí mismos, invocan hechos diferenciales y preconizan una España plurinacional que nunca existió, poniendo el acento en la anécdota y olvidando un proceso histórico que no podía haber conducido sino a la expulsión del invasor musulmán y la recuperación de señas comunes ya seculares, como la religión, la cultura, la lengua y, por encima de todo, el espíritu nacional que había germinado muchos siglos antes. Porque el proceso de conformación de España se basó en la atracción y acuerdo común, no en el temor y el avasallamiento, como algunos personajes pretenden hacernos creer para instalarnos en una peligrosa regresión histórica de la que esperan ser los únicos beneficiados, aunque para ello tengan que avivar las llamas del odio y el rencor.

De esos pasajes y circunstancias históricas, en unos casos, y de meras ensoñaciones pastorales, en otras, bebieron y beben los sectarios tribales que tergiversan y retuercen la historia para camuflar su sectarismo y su odio a España [6]. Si esos episodios no existieran, los habrían inventado, como es su costumbre.

Muchos intelectuales –es un decir– invocan la España multicultural musulmana como modelo de convivencia. Los Gala y Goytisolo de turno confunden a propósito sueños y realidad. Las sociedades islámicas, antes como ahora, nunca se han caracterizado por su permisividad hacia otras confesiones. La España multicultural musulmana, refinada, culta y permisiva es, por tanto, una entelequia y no merece más comentarios. Determinados episodios históricos, sin aniquilar la nación, bien pudieron trastocar radicalmente la esencia de la misma. ¿Qué sería hoy de España si no se hubiera logrado expulsar al Islam? La intransigencia, el fanatismo religioso, la postración medieval y la exclusión de la mujer serían la norma en España. ¿Quién lo duda? ¿Y si el golpista Largo Caballero o Negrín hubieran logrado instaurar su república soviética? No hay manera de saber cómo sería España hoy; pero seguramente se parecería más a Albania o Rumanía que al país en que vivimos.

Momentos críticos, como las invasiones, primero islámica y Napoleónica después, sirvieron para consolidar y fortalecer a una nación española que con los siglos ha consolidado una trayectoria universal que con el aporte hispanoamericano ha encontrado un vigor sin precedentes con el idioma y la cultura como armas. Por eso no es de recibo que ahora, al socaire de unas circunstancias políticas muy concretas de falta de escrúpulos en Madrid y decidido acoso nacionalista al régimen, con el nefando respaldo mediático del principal grupo de comunicación del país, los personajes de nula talla política y descomunal irresponsabilidad que nos des-gobiernan pretendan voltear sin ambages el concepto y la estructura de España como nación única y común de todos españoles.


Los errores que nunca se debieron cometer

Del mismo modo que debemos reconocer el fortalecimiento de la nación española con la realización de empresas comunes como el descubrimiento de América y la posterior traslación de nuestra religión, lengua y cultura a aquellas tierras, o la expulsión del ejército napoleónico, también estamos obligados a admitir que otros episodios han deparado el efecto contrario. Me refiero, principalmente, al fatídico 1898 o, si lo prefieren, al largo proceso de desaparición del Imperio que se cerró con las funestas derrotas de Cuba y Filipinas. Aquella situación de desastre nacional, de ruina moral, fue aprovechada por el aldeanismo oportunista que apelaba a hechos diferenciales ideados desde la nada con los que solapar sus verdaderos propósitos racistas y sectarios. La figura del abyecto racista Sabino Arana (1865-1903) es la que más proyección ha tenido; pero, desde luego, no fue la única [7].

Entonces, como ahora, unas veces por la mojigata postura de los diferentes partidos políticos españolistas y otras por el hecho de no tomar en serio a majaderos como Arana o Prat de la Riva (1870-1917), se permitió que aquel inicuo germen separatista cobrara vida y se fortaleciera con el paso de los años, consolidando en una parte exigua de la sociedad, principalmente en las Vascongadas y en Cataluña, el orgullo de sentirse diferentes, especiales, elegidos [8]. No importaba que el andamiaje teórico fuera pura entelequia o, como en el caso vasco, se convirtiera en lengua nacional [9] una jerga incompleta y de exclusivo uso en el medio agro-ganadero. Aún estamos pagando las consecuencias de aquel trágico error de cálculo. En verdad, parece que aún no hemos dado con la fórmula para manejar el devastador trauma del ´98. Hoy, aquella errónea infravaloración de los movimientos aldeanos-secesionistas se ha convertido en un complejo que impide, a unos por falta de escrúpulos o cálculo electoral y a otros por falta de coraje, arrostrar las situaciones de falta de libertad y desigualdad que conllevan los nacionalismos en ciertas regiones de España hacia quienes no comulgan con sus propósitos [10].


Don Julián, de traidor a prócer de la izquierda

La izquierda y los nacionalistas de aldea comparten un patrimonio ideológico y una estrategia comunes: el odio a España. Este sentimiento no nace ni se ampara en la apropiación que el franquismo hizo de los conceptos de nación y de España; es anterior y se basa en la idea de que España les ha resultado ajena durante siglos y, por eso mismo, no merece su defensa, su comprensión y su respeto. De ahí el anhelo permanente por impulsar cambios revolucionarios en 1917, en 1931, en 1934, en 1936 o ahora, camino de la regresión medieval hacia el Estado confederal.

No es extraño que la exaltación de la figura de Don Julián por parte del novelista Juan Goytisolo haya sido enaltecida en la izquierda por cuanto supuso la ruina y sacrificio de la España cristiana y unidad conformada bajo el reino visigodo. Tampoco debe extrañarnos, más recientemente, la visita que hizo a Marruecos ZP, esa especie de versión inane y disléxica del Siddharta de Hermann Hesse, cuando aún era líder de la oposición, para fotografiarse, junto al sultán, con un mapa en el que las Islas Canarias aparecían incorporadas al reino alauí. Todo ello en plena crisis diplomática bilateral con retirada de embajadores incluida. Como regla general, todo lo que perjudica o humilla a España –a esa idea secular de España que la izquierda y los nacionalistas juzgan ajena porque no les permitió alcanzar sus objetivos revolucionarios y excluyentes, por un lado, y secesionistas, por otro– debe ser apoyado y bendecido sin miramientos.

La no identificación de la izquierda y los nacionalistas aldeanos con lo que es y ha sido España explica que, antes el Frente Popular y ahora esta suerte de remedo instaurado a raíz del 11-M, con precedentes como el Pacto del Tinell, tengan como objetivo principal crear un modelo de Estado en el que la derecha –a la que identifican con esa España odiada– no juegue sino un papel de comparsa para acicalar la imagen democrática de la confederación tribal que se nos viene encima.


Los mitos de la transición española

Admirada por ejemplar en todo el mundo, la transición española tuvo entre sus méritos la creación de un marco de integración y convivencia adecuado a todas las tendencias políticas e ideológicas de nuestra sociedad. Sin olvidar, claro está, el pacto de silencio para superar rencillas pretéritas y pasar, de una vez, la página de la Guerra Civil (entonces, paradójicamente, más lejana y olvidada que ahora).

Sin embargo, la transición cayó en el mismo error cometido en el siglo XIX al minusvalorar el peligro de los aldeanismos sectarios para la supervivencia de España y adoptar soluciones a corto plazo. Hay que tener presente que algunos, al mando del proceso de transición, pecaron de un excesivo interés personal por legitimarse sobre todo ante las fuerzas políticas que no habían estado presentes durante el franquismo para que ninguna tuviera la tentación de recordar su nombramiento a dedo por Franco o se invocara la recuperación de la República. En esa tesitura (Pactos de La Moncloa, 1979), se antepusieron los intereses personales a los de la nación. Fue así como frívolamente, sin ambages, se ofreció de entrada a los nacionalistas la obtención de sus seculares exigencias, con el único condicionante de que las irían obteniendo paulatinamente, de manera que fuera un proceso lento y, por ende, asumido sin traumas por la sociedad española. Mientras tanto, la sociedad sería reeducada para que asumiera con gusto la configuración de un nuevo modelo de Estado del que desaparecería uno de los pilares de la Constitución (la igualdad de todos los españoles) en virtud del diferente grado de competencias que irían acumulando las Autonomías. Los máximos de aquella negociación, que ni siquiera fue tal, quedaron relegados a un mañana entonces lejano. Ese mañana es hoy.

Los nacionalismos de aldea son insaciables por su propia naturaleza. La autonomía, lejos de ser una alternativa, no es más que un preludio de la independencia. Conforme acaparan mayores parcelas de poder, los aldeanismos no se dan por satisfechos sino que cobran conciencia de su éxito y la codicia les lleva irremisiblemente a exigir nuevas cesiones. Por eso fue un error de crucial importancia, primero, no poner límite a las cesiones a las comunidades autónomas y, segundo, depositar en sus manos armas como la educación [11], con la que han formateado a su gusto a unas generaciones ya desligadas por completo de España desde la cuna. Este de las cesiones sin límite es, sin duda, uno de los puntos oscuros de la transición.

Los mitificados Pactos de La Moncloa sirvieron de caballo de Troya para los nacionalismos; para que lo que entonces se vislumbraba como una posibilidad lejana sea hoy una amenaza tangible. Los peligros de hoy, ese horizonte de ingobernabilidad más que probable, es el fruto de la irresponsabilidad de entonces.

Otro de los errores emanados de la transición es el marco electoral; la presencia de los partidos nacionalistas en el Parlamento nacional. Además de suponer una clara desigualdad entre las comunidades autónomas en función de si cuentan o no con partidos nacionalistas, viola el principio de igualdad de los españoles a través de la desigual representación de las necesidades de unos y otros en el Parlamento, e implica un continuo saqueo del Estado cuando las formaciones nacionalistas ocupan el papel de visagra para completar mayorías parlamentarias. La ley electoral está confeccionada en la línea de lo acordado en los Pacos de La Moncloa. Recientemente Mateo Requesens exponía, en una interesante conferencia en Madrid, la posibilidad de que, con la ley en la mano, se puede modificar la ley electoral. De acuerdo, pero nada es viable sin un acuerdo al respecto entre PSOE y PP. Así que a seguir con este perverso sistema electoral que premia a las minorías (ERC, PNV y CiU), incluso a las que sufren severos varapalos electorales (BNG 2005). Se anuncia la catástrofe. El mañana posible que se vislumbraba en 1977 ya nos está pasando factura por los complejos de unos (PP) y la falta de escrúpulos de otros (PSOE).


¿Existe el riesgo de balcanización?

Cuesta creer cómo hemos llegado, sin apenas darnos cuenta, a la situación actual de estatutos inconstitucionales que solapan –ningunean– a la Constitución, naciones y realidades nacionales por doquier, y una escasamente disimulada estrategia gubernamental para sentar las bases del futuro Estado confederal-tribal; remedo de la confederación de repúblicas ibéricas proclamada por el golpista Companys en 1934. No ha sido, desde luego, flor de un día. Más bien una lluvia fina y constante.

Al margen de los complejos y errores cometidos a lo largo del último siglo, es el momento de prestar atención a otros más recientes. Entre estos, además de la referida ley electoral, hay que reconocer los efectos drásticos que para la estabilidad política de España está teniendo la inexistencia de un partido de centro. Las ansias totalitarias de las dos grandes formaciones políticas (PSOE y PP), predispuestos más a las mayorías absolutas o al frente común con los nacionalistas –en el caso del PSOE– que a las políticas centristas de consenso, nos han conducido a un bipartidismo virtual y a un callejón sin salida no tan virtual, por cierto. Con nuestra ley electoral, la existencia de una formación nacional de centro sería trascendental para la formación de mayorías sin exponer el Estado a los saqueos nacionalistas. Cae por su propio peso; pero la ley electoral actual no es la más adecuada para un bipartidismo estridente y radicalizado sitiado por pequeñas formaciones tribales atentas siempre al despojo.

Mientras tanto, nos deslizamos indolentes, pero contentos, hacia el precipicio; anestesiados por la estupidez y complacencia de los nuevos ricos. Obcecada por sus instintos más primarios (consumismo) y estúpidos (medios de comunicación basura), la sociedad española hace gala de una pasividad y una carencia de ideales sin precedentes. Parece que mientras no nos toquen el bolsillo estamos dispuestos a tragar cualquier cosa si ésta nos la cocinan a fuego lento. El panorama no invita precisamente al optimismo. Mínima respuesta ante estatutos inconstitucionales que suponen, de hecho, la defunción del Estado y la desigualdad entre los españoles. El estatuto catalán se vota en referéndum con escasísima participación y respaldo de una sociedad supuestamente sedienta del mismo, a juzgar por la importancia que la izquierda y los nacionalistas de aldea dieron al mismo [12]. Donde siempre han existido regiones de la única nación –y, más recientemente, comunidades autonómicas– ahora florecen naciones con pseudónimos en un funesto periplo hacia la confederación tribal. A tal punto hemos llegado que Maragall nos recuerda que el Estado es hoy residual en Cataluña. Residual, pero presto a acudir con el talonario cuando y donde sea preciso, en función de las exigencias e intereses de los nacionalistas retrógrados. Por algo no necesitan, de momento, la independencia.

Por cierto, la distinción entre naciones y nacionalidades/realidades nacionales la puso en práctica por primera vez el Imperio Austro-Húngaro como fórmula para buscar acomodo al galimatías de los pueblos que después conformarían la antigua Yugoslavia [13]. Todos recordamos la hégira tribal que se produjo en la zona a la muerte del mariscal Tito, cuando se destaparon los odios acumulados. Como inciso, apunto la necesidad de estudiar cómo Tito rediseñó las fronteras interiores de Yugoslavia para rebajar la supremacía territorial y demográfica de Serbia, creando con ello el caldo de cultivo para las guerras étnicas de los ´90; y cómo en España, para justificar la falacia de los hechos diferenciales vasco y catalán [14] a través de sendas comunidades autónomas, se amputó Castilla liquidando su potencia y desgajando de ella parte de sus territorios históricos para crear comunidades autonómicas como La Rioja, Cantabria, Andalucía (Castilla Novisima), Galicia, Extremadura, Madrid o las propias provincias Vascongadas, lógicamente.

No faltará, sobre todo entre los bufones de la progresía, quien califique de demencial establecer cualquier comparación entre el proceso de desaparición de Yugoslavia y la posible balcanización de España; pero hay síntomas que indican que estamos entrando en una fase inicial de impredecibles, y quizá funestas, consecuencias.

No estamos en condiciones de asegurar que el PP –el único partido de carácter nacional en la actualidad– pueda revertir la situación porque, además, está por ver si va a regresar al poder y cuándo. Obviamente, sólo podrá hacerlo con mayoría absoluta, opción que se antoja poco probable. Aún así, la ingobernabilidad sembrada por el gobierno del artero ZP y sus socios complicará enormemente las posibilidades no sólo de reconducir la situación sino también de gobernar con normalidad y eficacia [15]. Las movilizaciones por el Prestige, la guerra de Irak (falacia de principio a fin pues España sólo asistió a la posguerra en labores humanitarias) o el acoso del 11 al 14 M sólo fueron ensayos de lo que se avecina si el PP vuelve a La Moncloa. Y luego hablan de crispación. Por otra parte, es más probable que una vez en el poder, la derecha haga gala de sus complejos, una vez más, y se limite a capear el temporal en asuntos de calado, siempre a merced de pancarteros, rosas blancas y bufones [16].

Sin un acuerdo entre el PP y el PSOE no hay nada que hacer y una nación milenaria se nos puede ir por la cloaca preparada al efecto por los tradicionales enemigos de la nación española, de España tal como la hemos conocido, de su historia y de su esencia cristiana [17]. Nada apunta a ese posible acuerdo ni hace concebir esperanzas a corto o medio plazo. Al contrario: el PSOE, con la llave del poder en su mano, está pergeñando firmes alianzas con los secesionistas y un nuevo régimen con la colaboración necesaria de estos últimos. Estamos ante la expulsión del PP del escenario político porque en el nuevo régimen los socialistas no precisarán su colaboración. Asistimos pasivos a la conversión de la agresión (campaña electoral en Cataluña y violencia callejera en Vascongadas), la crispación y el acoso sistemático como elementos habituales de nuestro panorama político. El PSOE, sin referentes ideológicos tras la caída del Muro de Berlín [18], aspira a quedar como amo del tinglado y árbitro permanente a merced de los aldeanos retrógrados; pero se equivoca si cree que éstos, siempre insaciables, le seguirán el juego eternamente, porque sólo le reconocerán ese rol mientras les resulte útil. Sería un triste final para la milenaria nación española sucumbir ante el falaz encanto de la tribu cuando el mundo camina y progresa en dirección contraria.



* Jesús Casla es periodista

[1] Gracia, Jordi: La resistencia silenciosa. Fascismo y cultura en España.

[2] Yanke; Germán: Euskal Herría año cero. La dictadura de Ibarretxe; Gurruchaga, Carmen y San Sebastián, Isabel: El árbol y las nueces.

[3] Lozano Irene: Lenguas en guerra.

[4] Peralta Ramón: Teoría de Castilla. Para una comprensión nacional de España.

[5] Vidal, César: España frente al Islam.

[6] Cruz Prados, Alfredo: El nacionalismo, una ideología.

[7] Elorza, Antonio: Tras la huella de Sabino Arana. Los orígenes totalitarios del nacionalismo vasco.

[8] Elorza, Antonio: Un pueblo escogido. Génesis, definición y desarrollo del nacionalismo vasco.

[9] Molina Aparicio, Fernando: La tierra del martirio española. El País Vasco y España en el siglo del nacionalismo.

[10] Savater, Fernando: El gran fraude; Ezkerra, Iñaki: Estado de excepción. Vivir con miedo en Euskadi.

[11] Ladrón de Guevara López, Ernesto: Educación y nacionalismo: historia de un modelo.

[12] López Medel, Jesús: El estatuto de Cataluña como instrumento jurídico.

[13] Diego García, Emilio de: Los Balcanes ante el siglo XXI.

[14] Moa, Pío: Una historia chocante. Los nacionalismos vasco y catalán en la historia contemporánea de España.

[15] Alonso de los Ríos, César: Yo digo España. Contra la disolución nacional alentada por la izquierda.

[16] Moa, Pío: Contra la balcanización de España.

[17] Bueno, Gustavo: España no es un mito. Claves para una defensa razonada.

[18] Casadei, Rodolfo: Los mitos de la nueva izquierda.


 
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