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Altar Mayor - Nº 111 (24)
Miércoles, 31 enero a las 10:40:53

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 111 – Enero de 2007 (Extraordinario)

TRES POEMAS ANTE CASTILLA
José Mª García de Tuñón Aza*

Desde el siglo XVIII, el tema de España, sus tierras y costumbres, ha sido siempre abordado con enorme pasión en nuestra poesía. La España que descubrió a América y derivó hacia ella la parte de su savia más pura, aunque ahora aquel árbol frondoso de ramas tan fuertes, tan lozanas, lo hayamos perdido. La España donde el sol no se ponía en nuestros dominios, la España que llevó su cultura a Alemania, a Inglaterra, a Francia, a Italia, a Portugal. Sin embargo, viajando Larra por los páramos deshabitados de Extremadura en el año 1835, después de haber recorrido –en la soledad y el desamparo– los viejos, pedregosos y polvorientos caminos de Castilla, preguntaba, haciendo un alto en su peregrinación: «¿Dónde está España?». Ahora, a la vista de lo que está ocurriendo en nuestra patria no parece que podamos contestarle a quien ya entonces España le inspiraba cada vez mayor pesimismo. «Aquí yace media España: murió de la otra media», decía un hombre que con gran dolor de corazón le preocupaba en carne viva, en alma viva, la España que sentía. Después se han seguido podando todas las ramas, y España queda como el tronco negruzco de un árbol desmochado. Hay quien asegura que este tronco tiene vida, hay quien dice que está muerto.

Y así parecía verlo Pedro Laín Entralgo cuando un día, en un periódico madrileño, manifestaba que hoy, a Miguel de Unamuno, el meditador de los hombres del 98, España le produciría un grito de dolor. A un Unamuno a quien Ángel Ganivet, que decía tener fe en el porvenir espiritual de España, le escribía en cierta ocasión: «Usted, amigo Unamuno, que es cristiano sincero, resolverá la cuestión radicalmente, convirtiendo a España en una nación cristiana, no en la forma, sino en la esencia, como no lo ha sido ninguna nación en el mundo». Su amor a España –«soy español, español de nacimiento, de educación, de cuerpo, de espíritu, de lengua y hasta de profesión u oficio», escribía en Niebla–, porque Unamuno ama a España que es su patria universal y eterna y no puede rechazar toda su historia. Un hombre que viene de los suaves y verdes valles y que se asentó en la ciudad plateresca de Salamanca, la que soñaba en su destierro de París, le condujo a escribir un poema dedicado a Castilla. El campo de Castilla, elemento esencial de la España del vasco Miguel de Unamuno. La Castilla que ha hecho la nación española, la que ha forjado la verdadera unidad. Ese cuerpo de España que es, principalmente, Castilla, el gran hallazgo, la gran creación paisajista de la generación del 98 que tienen un gran amor a los campos de España:

Tú me levantas, tierra de Castilla,
en la rugosa palma de tu mano,
al cielo que te enciende y te refresca,
                al cielo, tu amo.

Tierra nervuda, enjuta, despejada,
madre de corazones y de brazos,
toma el presente en ti viejos colores
                del noble antaño.

Con la pradera cóncava del cielo
lindan en torno tus desnudos campos;
tiene en ti cuna el sol, y en ti sepulcro,
                y en ti santuario.

Es toda cima tu extensión redonda,
y en ti me siento al cielo levantado;
aire de cumbre es el que se respira
                aquí, en tus páramos.

¡Ara gigante, tierra castellana,
a ese tu aire soltaré mis cantos;
si te son dignos, bajarán al mundo
                desde lo alto!

Asimismo otros hombres de España que nacieron lejos de aquella Castilla, «que hizo a España», y que la descubren –«la Castilla descubierta», dice Laín Entralgo–, porque la llevan dentro, porque anhelan no un paisaje donde recrear la mirada, sino un paisaje para meditar, como también es el caso de Manuel Machado que le dedicó lo mejor de su poesía, aun siendo él andaluz: «Yo soy como las gentes que a mi tierra vinieron / –soy de la raza mora, vieja amiga del Sol– / que todo lo ganaron y todo lo perdieron...», escribía en uno de sus poemas. También escribió en el prólogo a Cante hondo: «…yo mismo andaluz, sevillano hasta la médula (de allí soy, de allí mis padres y mis abuelos)». Sin embargo, la Castilla primitiva de Berceo y el Arcipreste fue para Manuel Machado el manantial de la historia de España que representó en sus mejores momentos una de las formas supremas de la poesía contemporánea. Fue un clásico y romántico, bohemio y exquisito, apasionado y distante, también periodista, bibliotecario del Ayuntamiento de Madrid, crítico teatral, académico de la Real Española y poeta, que dedicó este bellísimo poema a Castilla donde hay drama y delicadeza, aspereza y ternura:

 

El ciego sol se estrella
en las duras aristas de las armas,
llaga de luz los petos y espaldares
y flamea en las puntas de las lanzas.

El ciego sol, la sed y la fatiga.
Por la terrible estepa castellana,
al destierro, con doce de los suyos
–polvo, sudor y hierro–, el Cid cabalga.

Cerrado está el mesón a piedra y lodo…
Nadie responde. Al pomo de la espada
y al cuento de las picas, el postigo
va a ceder… ¡Quema el sol, el aire abrasa!

A los terribles golpes,
de eco ronco, una voz pura, de plata
y de cristal, responde… Hay una niña
muy débil y muy blanca
en el umbral. Es toda
ojos azules y en los ojos lágrimas.
Oro pálido nimba
su carita curiosa y asustada.

–¡Buen Cid! pasad… El rey nos dará muerte,
arruinará la casa,
y sembrará de sal el pobre campo
que mi padre trabaja…
Idos. El cielo os colme de venturas…
¡En nuestro mal, oh, Cid, no ganáis nada!

Calla la niña y llora sin gemido…
Un sollozo infantil cruz la escuadra
de feroces guerreros,
y una voz inflexible grita: «¡En marcha!»

El ciego sol, la sed y la fatiga.
Por la terrible estepa castellana,
al destierro, con doce de los suyos
–polvo, sudor y hierro–, el Cid cabalga. 

Como su hermano Manuel, andaluz y romántico, fue Antonio Machado considerado por algunos como el poeta español más importante del pasado siglo y uno de los poetas españoles más leídos y amados de todos los tiempos y, según Agustín de Foxá, el poeta favorito de José Antonio. Lo mismo que su hermano, nació en Sevilla: «Esta luz de Sevilla. Es el palacio / donde yo nací…». La poesía de Antonio Machado alcanza su mayor pureza cuando sugiere la belleza de Castilla, la Castilla gentil presente siempre a los ojos del poeta. El campo castellano lo presenta rebosante de imágenes, de sonidos, de aromas. A Castilla le dedica un conjunto de poemas porque la Castilla, que Machado no sabe si espera, duerme o sueña, le dice grandeza pretérita y postración presente. Su paisaje guerrero, sus alcázares en ruinas, sus catedrales, dicen la historia que fue, en medio de la falta de vitalidad y la pobreza circundante. Castilla es para él, además, uno de los símbolos más conocidos y más utilizados como emblema de España y Soria, donde fue catedrático de Francés, como emblema de Castilla. Y a los campos de Soria –¿no es el alma de España esa que el poeta cree adivinar bajo la tristeza de las tierras sorianas?– dedica este poema desde el recuerdo y la lejanía:

¡Colinas plateadas,
grises alcores, cárdenas roquedas
por donde traza el Duero
su curva de ballesta
en torno a Soria, oscuros encinares,
ariscos pedregales, calvas sierras,
caminos blancos y álamos del río,
tardes de Soria mística y guerrera,
hoy siento por vosotros en el fondo
del corazón, tristeza,
tristeza que es amor! ¡Campos de Soria
donde parece que las rocas sueñan,
conmigo vais! ¡Colinas plateadas,
grises alcores, cárdenas roquedas!...

He vuelto a ver los álamos dorados,
álamos del camino en la ribera
del Duero, entre San Polo y San Saturio,
tras las murallas viejas
de Soria –barbacana
hacia Aragón, en castellana tierra–.
Estos chopos del río, que acompañan
con el sonido de sus hojas secas
el son del agua, cuando el viento sopla,
tienen en sus cortezas
grabadas iniciales que son nombres
de enamorados, cifras que son fechas.
¡Álamos del amor que ayer tuvisteis
de ruiseñores vuestras ramas llenas;
álamos que seréis mañana liras
del viento perfumado en primavera;
álamos del amor cerca del agua
que corre y pasa y sueña,
álamos de las márgenes del Duero,
conmigo vais, mi corazón os lleva!

¡Oh, sí! Conmigo vais, campos de Soria,
tardes tranquilas, montes de violeta,
alamedas del río, verde sueño
del suelo gris y de la parda tierra,
agria melancolía
de la ciudad decrépita,
me habéis llegado al alma,
¿o acaso estabais en el fondo de ella?
¡Gentes del alto llano numantino
que a Dios guardáis como cristianas viejas
que el sol de España os llene
de alegría, de luz y de riqueza!

Los poemas de Miguel de Unamuno y Antonio Machado son poemas en los que están muy directamente presentes sus autores que, en cierto modo, hablan de ellos a través de su visión de Castilla, sea Salamanca o sea Soria. Distinto de ellos es el poema de Manuel Machado que echa mano de la historia del Cid: de un episodio de ella según lo cuenta el poema medieval, muestra, por tanto de culturismo. El tono de los tres poemas resultan ser poemas de afecto y de entusiasmo hacia la tierra y los hombres de Castilla, tratados una y otros por compatriotas nacidos en otros lugares de España. Además de las notas o rasgos comunes advertidos en los poemas, hay algunas diferencias apreciables entre ellos, por ejemplo: el carácter descriptivo en el de Miguel de Unamuno y en el de Antonio Machado, sustituido en el de Manuel Machado por el carácter narrativo pues su autor lo que hace es fundamentalmente contar con una pequeña y breve historia tomada a préstamo, no inventada por él. También cabe destacar que los hermanos Machado son primordialmente poetas, mientras que Unamuno cultiva diversos géneros. Pero los tres son coincidentes en que han amado a España como nadie, y también a los tres les dolía como a nadie ha podido dolerle jamás patria alguna. Ellos aman a España y a su cultivada condición de españoles. España no es el Ateneo ni los pequeños círculos donde hay alguna juventud y alguna inquietud espiritual. El problema nacional les parecía irresoluble por falta de virilidad espiritual; pero estaban seguros que se debía luchar por el porvenir y crear una fe que muchos españoles no tienen. Es pues, un deber... el acudir en defensa de la España futura.



* José Mª García de Tuñón Aza es Licenciado en Empresariales y escritor.


 
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