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Altar Mayor - Nº 111 (18)
Miércoles, 31 enero a las 11:01:05

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 111 – Enero de 2007 (Extraordinario)

LA DESTRUCCIÓN DE ESPAÑA
Ceferino L. Maestú Barrio  [1]

Por la paz de Westfalia tuvimos que reconocer la independencia de Holanda en 1648. Por la de los Pirineos en 1659, entregamos a francia el Rosellón, parte de la Cerdaña y el Artois, en el norte galo. En 1688 se separó Portugal y, por el tratado de Utrecht, perdimos Flandes, Luxemburgo, Milán, Nápoles, las islas de Cerdeña, Sicilia, Menorca y Gibraltar. En la primera mitad del siglo XIX se suceden las rebeliones de las regiones hispanoamericanas. En 1898, por el tratado de París, perdimos Cuba y Puerto Rico, en América, así como Filipinas y la Isla de Guan, en el archipiélago de las Marianas, en Oceanía. En 1899, lo que quedaba de las Marianas, las carolinas y las Palaos se lo vendimos al Imperio alemán por cuatro perras.

De España nos quedaba un trozo de la Península Ibérica, las Baleares y las canarias, Ceuta y Melilla, el Peñón de Velez, Alhucemas y las Chafarinas, más la Guinea Ecuatorial y los derechos históricos de la Antigua Santa Cruz de Mar Pequeña, en el sur de Marruecos.

La generación del 98, en el Gobierno, en la economía y en el pensamiento social, tuvo que enfrentarse a la realidad de la destrucción del Imperio y la necesidad de rehacerse como nación.

Paralelamente, fueron surgiendo románticos nostálgicos de situaciones históricas superadas que pensaron que vascos y catalanes no tenían que asumir sacrificio alguno para salvar a España y sí para aprovechar su penosa situación y resucitar como naciones, lo que nunca existió.

Es decir, continuar cuanto había ocurrido en Ultramar, aunque con diferencias fundamentales. Mientras que San Martín, Bolivar e Iturbide querían conquistar el futuro, los nacionalistas de aquí pretendían que reverdeciera el pasado.

La invasión napoleónica y el exilio obligado de la Familia Real habían dejado en las manos del pueblo la responsabilidad de la defensa de España.

Y las Cortes de Cádiz fueron una ocasión estelar. Diputados de todas las regiones del territorio peninsular europeo y de los virreinatos y capitanías de Ultramar acordaron un texto constitucional revolucionario en el que se proclamaba la unidad igualitaria de todos los pueblos de las Españas.

Pero, dos años después, la derogación de la Constitución de 1812, que había sido acogida con entusiasmo por los liberales, y la restauración del autoritarismo, provocó una auténtica guerra contra los partidarios del antiguo régimen.

Como en América había ocurrido, españoles contra españoles. Los liberales con el apoyo de la Masonería internacional y los conservadores con el apoyo de la Jerarquía católica.

La sublevación de Riego, para evitar el envío de refuerzos españoles al territorio americano, fue pactada con Bolívar y le sirvió.

Ambos eran miembros de la Masonería que movía los hilos de la insurrección para destruir el Imperio y abrir los mercados de Ultramar al comercio internacional.

La victoria de los liberales americanos y la insurrección de los de Europa suscitaron períodos largos de enfrentamiento entre las nuevas nacionalidades, por problemas de fronteras y de revueltas internas, mientras que, aquí, sufrió nuestro pueblo las guerras carlistas, la I República, el terrorismo anarquista, la dictadura de Primo de Rivera y, otra vez, la República. Al final, la sublevación civicomilitar de 1936 y el establecimiento del régimen autoritario de Franco, durante cuarenta años, que no resolvió el problema.

Los vencidos en la guerra civil, ahora gracias a la alternación de partidos, han encontrado la ocasión para reintentar lo que, con la II República, fracasó. La Constitución de 1978, parecía ser la solución, como la de 1812, pero tampoco ha sido así. Y la reforma de los estatutos regionales ha destapado la caja de los truenos que avisan del temporal.

Para ello, cuentan con el apoyo de los nacionalistas. Se dice, también, que disponen de la masonería que si ya no cuenta en España con la implantación de hace años sí que, sin duda, como antes, tiene el respaldo de su Internacional.

Los catalanes aprovecharon la sublevación socialista de 1934 para defender no la vigencia de su estatuto republicano sino la consecución del Estat Catalá. Y el Partido Nacionalista Vasco, de derechas de toda la vida, a pesar de los miles de asesinatos de obispos, curas, frailes y monjas, mas católicos seglares, no dudaron, entre 1936 y 1939, en apoyar a la República contra Franco y la Jerarquía eclesial, a cambio de reforzar su Estatuto. Ahora, en la primera ocasión que se les presente, es posible que repetirán la faena.

Claro que si España está en la Unión Europea no les ofrecerá muchas facilidades ya que sería, o podría ser precedente peligroso para Francia, Bélgica, Inglaterra, Alemania, Italia, con problemas regionalistas en sus propios países.

¿A quiénes beneficiaría y, por ello, apoyarían, aun sin quererlo, los nacionalismos independentistas? ¿Quiénes se beneficiaron de las guerras hispano-americanas del siglo XIX?

Desde luego, no los indígenas, ni los pueblos de origen español y tampoco los idealistas que pronto fueron desplazados del protagonismo principal. San Martín se exilió en Francia, Bolívar tuvo que ampararse en casa de un español, a Iturbide lo fusilaron, y a los indígenas se les arrebataron derechos y libertades garantizados por España. ¿Ocurrirá lo mismo, ahora, aquí?

¿A quién beneficiaría la pérdida del mercado español de las industrias vasca y catalana? ¿A los trabajadores, al pueblo?

Los estados Unidos de América, directamente o a través de Alemania o Inglaterra, han intervenido ampliamente en la moderna política nacional española. El PNV y la ELA-STV han sido apoyados por los norteamericanos. Y los comunistas chinos o soviéticos a otros también. ¿Por qué?

La Europa Unida puede ser, o lo es, un competidor comercial y financiero en el juego de Estados Unidos con los nuevos imperios emergentes. A los norteamericanos les interesa entenderse con los europeos pero no con una Europa fuerte, a base de naciones históricamente consolidadas, que quieran disponer de una gran autonomía de decisión, sino con un batiburrillo de países débiles por la acción de los nacionalismos regionalistas que sobrevivirían gracias al apoyo de Washington.

Y los nuevos imperios emergentes están pretendiendo ganar también los mercados europeos al tiempo que discuten la hegemonía de su relación con los norteamericanos.

Lo que está ocurriendo ahora empezó en América y Filipinas en el siglo XIX. Las lecciones de la Historia deberían ser aprovechadas en el siglo XXI para tratar de evitar daños irremediables.

El gran problema de la supervivencia de España no puede ser un argumento falso de utilización partidista sino un grito profundo capaz de conmover las entrañas del dormido pueblo español.

Habría que recordar la trágica experiencia de la ruptura del Imperio y la posibilidad de que pueda continuar, en la España nación, con todas las consecuencias.

Dicen que San Benito opinaba que hay que escuchar no sólo a los sabios sino también a los tontos porque Dios se vale muchas veces de ellos para decir las grandes verdades.

Yo me conformaría con ayudar a pensar.



[1] Ceferino L. Maestú Barrio es periodista.


 
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