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Altar Mayor - Nº 111 (15)
Miércoles, 31 enero a las 11:08:11

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 111 – Enero de 2007 (Extraordinario)

SOCIALISMO RADICAL
Luis Buceta Facorro  *

La errática y contradictoria política del gobierno actual de España, avanzada y progresista para unos, irracional, irreflexiva, desintegradora y aislacionista para otros, pone de manifiesto que, en su mayoría, choca con la realidad que nos circunda y con la tendencia general del mundo de hoy. Los que afirman que la política del Gobierno de España es irreflexiva, improvisada y sin rumbo, creo que, aunque así aparezca, por errática y contradictoria, están equivocados. Podemos considerarla, desde otra perspectiva, de choque con la realidad que nos circunda, e, incluso, totalmente equivocada y contradictoria con las tendencias por las que va el mundo y ajena a los riesgos y peligros que amenazan la sociedad occidental, pero responde a una línea con antecedentes existentes.

No nos engañemos, hay ideas, hay objetivos, otra cosa es que podamos considerar, desde nuestra perspectiva, que son ideas y objetivos equivocados. El gobierno de España está formado por el ala radical del partido socialista que es la que se ha impuesto en el partido y por ende en el gobierno, con una tendencia «totalitaria» evidente.

Desde siempre en el socialismo ha existido un ala «moderada», un socialismo reformista, y un socialismo radical revolucionario. Como conocemos, esta división se puso de manifiesto de una manera trágica en los años de la segunda República. Sólo hay que recordar el enfrentamiento antes y durante la guerra civil entre Largo Caballero de la parte radical y Besteiro de la parte «reformista moderada» que era, hoy ya comprobado, más realista y prudente y que hubiera quizás evitado la catástrofe de la Guerra Civil.

Pues bien, la Constitución de 1978 y la transición fue producto de la sensatez de todos, aparente o real y en verdad que de algunos grupos políticos tardía y con reticencias, para evitar rupturas que podrían suponer renovar las heridas del pasado, superando los enfrentamientos, con el compromiso de mirar hacia adelante y vivir en convivencia pacífica. En una palabra, superar la guerra civil y sus consecuencias. La transición y su pacto de convivencia se llevó a cabo por los que hicieron la guerra y sus hijos, unos que la vivieron como niños y otros que soportaron las consecuencias inmediatas y fueron protagonistas sufridos de las dificultades y carencias de la postguerra. Lógicamente unos y otros estaban muy cercanos a la tragedia y deseaban vivir en paz, independientemente de ideologías y convicciones personales. Triunfa la sensatez, no sin vencer posturas radicales, exigencias del pasado por ambas partes, que se superaron gracias al bien hacer, el acierto y la capacidad de encaje del Gobierno del Presidente Suárez y la prudencia y pragmatismo de algunos lideres de la llamada oposición.

Mi tesis en síntesis es como sigue. Cuando surge la transición no sin duros avatares aparece un Socialismo democrático, reformista, pragmático y muy realista, consciente del mundo de aquellos días y del papel posible de España en el mismo. Pero los años pasan y las generaciones se suceden. Los nacidos en las décadas del cincuenta y del sesenta son personas que ya desarrollan su juventud en una España en proceso acelerado de desarrollo y con circunstancias lejanas de la República y de la Guerra Civil. Sus planteamientos son más teóricos e idealizados por las corrientes prevalentes en nuestros institutos y, sobre todo, en nuestra universidad, que nunca dejó de ser «progresista» con un  fondo anticapitalista y con frecuencia, marxista. Estamos en los años del auge de la guerra fría. Entre Felipe González y José Luis Rodríguez Zapatero, hay un salto generacional cualitativo. Suavemente, dentro del socialismo se va haciendo patente una corriente más radical que siente que hay que enlazar con el socialismo y las ideas del ala más progresista y revolucionaria de los combatientes vencidos en la guerra. Son los nietos que quieren hacer realidad ideas y planteamientos que sus abuelos no pudieron llevar a cabo y que sus padres, en cierta manera, renunciaron a ellas, por cansancio o temor o, simplemente, porque con gran lucidez no querían volver a un pasado de tan nefastas consecuencias. Creo sinceramente que los que hoy superamos los sesenta años constituimos unas generaciones de españoles que nos empeñamos en trabajar por y hacia el futuro y, en nuestro fuero interno, con nuestra convivencia diaria, sin interesarnos por el pasado de cada cual, llevamos a cabo la reconciliación real, sin necesidad de sacarla a colación diariamente.

Toda situación histórica tiene sus antecedentes. Ya en diciembre del 1919, en un Congreso del Partido Socialista Obrero Español, Besteiro, en una moción, expresa su satisfacción por ser derribado el zarismo y triunfante la revolución socialista, declarando que se opondría con todas sus fuerzas a que el Gobierno español realizara su promesa de participar en el bloqueo decretado por la Entente y secundado expresa o tácitamente por toda la burguesía. «Sean las que quieran las deficiencias del gobierno de los sóviets, el Partido Socialista Español no puede hacer otra cosa sino aprobar la conducta de las organizaciones proletarias que desde la Revolución de Octubre vienen ocupando el poder en Rusia», se lee en aquella moción, en la que se admite también «la dictadura del proletariado como condición indispensable para el triunfo del socialismo», aunque esa dictadura no deba revestir necesariamente la misma forma en todos los países.

Ante la III Internacional se envían a Rusia a Anguiano y De los Ríos para hacer efectivo el ingreso en la misma y recoger cuantas impresiones convinieran al partido. En 1921, Fernando de los Ríos, publica un libro que podemos considerar demoledor para la revolución rusa y para el partido socialista español. Después de un profundo análisis de la situación soviética, en la que se viene a decir que todo el poder para al Partido Comunista sólo se podría conseguir «si se amordazaba la conciencia social» y por tanto «si se instauraba un régimen de terror», advirtió del «eclipse de los derechos del hombre» y llega a la conclusión de que los principios bolcheviques no podían ser aceptados por los demás partidos socialistas de Europa, «ya que significan la negación de los valores culturales que, no como elementos variables sino con el carácter de constantes, se dan en toda la civilización moderna».

Cuando posteriormente se rechaza la adhesión a la III Internacional se produce una escisión en el partido socialista y se funda el Partido Comunista. Como recoge Fernando Suárez (2003), la magistral capacidad de síntesis de Julián Marías permite resumir la situación del socialismo español: «la revolución rusa radicaliza los movimientos obreros; el Partido Socialista se escinde para formar el Comunista (de mínimo volumen hasta el comienzo de la Guerra Civil), pero dentro de aquél va a quedar un foco extremista que irá adquiriendo crecientemente influjo e introducirá en él una honda disociación».

Esta honda disociación se produce por la extrema radicalización de la facción liderada por Largo Caballero. Los textos son abundantes y claros y están reflejados en multitud de obras sobre la época. Pondremos algunos sacados del trabajo de Fernando Suárez (2003) sobre Largo Caballero. No hay que olvidar que el socialismo colaboró con la Dictadura de Primo de Rivera y el propio Largo Caballero fue miembro del Consejo de Estado. Llegada la República fue Ministro de Trabajo y según Fernando Suárez, «fue un gran ministro de trabajo y se ha reconocido así por todos los historiadores objetivos» (Suárez, 2003; 214). Ya en 1933, Largo Caballero dice: «El Partido Socialista va a la conquista del poder legalmente si puede. Nosotros deseamos que pueda ser legalmente, con arreglo a la Constitución, y si no, como podamos». Y ante las elecciones de 1933: «Vayamos a las elecciones con nuestros propias fuerzas, pocas o muchas, ya lo veremos, pero a luchar por el socialismo. Y el día que tengamos fuerzas para conseguir una mayoría de diputados tendremos un Gobierno socialista y gobernadores y alcaldes para ir realizando, a medida que podamos, nuestro programa». «La dictadura proletaria no es el poder de un individuo, sino del partido político expresión de la masa obrera, que quiere tener en sus manos todos los resortes del Estado, absolutamente todos, para poder realizar una obra de Gobierno socialista». «A los que se llaman comunistas yo les digo que la diferencia entre ellos y nosotros no es nada más que de palabra. Nosotros tenemos la base de nuestras doctrinas, al igual que ellos, en el Manifiesto Comunista y en El Capital. Quiero decir con esto que lo que más nos separa son cuestiones externas y no internas y que no vale la pena que luchemos entre nosotros mismos, dando ese gusto al capitalismo. Y lo mismo podemos decir de los anarquistas». «Nosotros declaramos que queremos vivir en la legalidad; pero si se nos cierran los caminos, apelaremos a la violencia revolucionaria».

Ante el triunfo de las derechas, el 31 de diciembre de 1933 presenta una proposición para «la inmediata y urgente organización […] de un movimiento de carácter nacional revolucionario para conquistar el poder político para la clase obrera». Triunfante la revolución, el Partido Socialista y la Unión General de Trabajadores se harían cargo del poder político para desarrollar un proyecto «mínimo», que incluía la estatalización de todas las tierras de España, la disolución de todas las órdenes religiosas y la incautación de sus bienes, con expulsión de las «más peligrosas para las nuevas instituciones» y la disolución del Ejercito y de la Guardia Civil y su reorganización democrática.

La división en el PSOE se acentúa a partir de este momento. Besteiro y Fernández de los Ríos no comparten los proyectos revolucionarios. Esta división permanece hasta, durante y después de la Guerra Civil, y está patente, en nuestros días.

Se puede pensar que en la transición las actitudes y objetivos habían cambiado en la izquierda española y los grupos nacionalistas, pero la realidad es que se presentaron, inicialmente, como si desde 1939 no hubiera pasado nada. El 21 de julio de 1976, la llamada Coordinadora Democrática hace público un documento que significa el triunfo del sector más duro y exige la ruptura pactada como único camino viable para la democracia.

El 15 de agosto de 1976, en un mitin en Gijón, Felipe González define al Partido Socialista Obrero Español como un partido marxista, democrático, federal, autogestionario internacionalista, de clase, de masas y revolucionario. Al día siguiente, en el Escorial, señala que debe quedar claro que lo que se negocia no es la reforma, sino la ruptura.

El 25 de septiembre de 1976 la Comisión de Enlace de Coordinación Democrática, emite un documento que resume la exigencia de la oposición para la ruptura democrática: 1. Gobierno de consenso democrático. 2. Legalización de todos los partidos políticos y organizaciones sindicales. 3. Reconocimiento de las libertades de reunión, manifestación, huelga y expresión. 4. Libertad para presos políticos y amnistía laboral. 5. Estatutos de autonomía para nacionalidades y regiones. 6. Programa económico concertado contra la inflación y el paro y de reactivación económica. 7. Elecciones para la Asamblea Constituyente que decidirá la forma de Estado.

Cuando ya se está elaborando la Ley para la Reforma Política, el pleno de los organismos unitarios de la oposición presentan un programa, prácticamente con los mismos puntos anteriores pero sin hablar de forma de Estado y exigiendo elecciones para una Asamblea Constituyente.

La Ley para la Reforma Política, elaborada por el Gobierno de Adolfo Suárez, se aprueba con 425 votos a favor, 54 en contra y 13 abstenciones. Los Procuradores de aquellas Cortes demostraron estar más en la realidad y con visión de futuro para la convivencia pacífica de los españoles que la llamada oposición, que obstaculizaba el proceso con huelgas, algaradas y exigencias. El referéndum para ratificar la Ley para la Reforma Política se realizó el 15 de diciembre de 1976. La participación alcanzó el 77,47 por ciento del censo electoral y fueron afirmativos el 94,2 por ciento de los votos emitidos. Se cumplía así la certera visión del profesor Tierno Galván que, en agosto de 1976, manifestó que la oposición no está interesada en un proceso revolucionario porque considera que el pueblo español no está dispuesto a ello.

Parece evidente que el pueblo estaba más tranquilo y esperanzado por el futuro que algunos partidos y sus dirigentes, tanto de un lado como de otro, obsesionados con alcanzar y dominar el poder. Alguna parte de la oposición, a pesar de lo evidente de los resultados, «se obstinó en descalificar al Gobierno y tratar de deslegitimarlo. El PSOE (renovado) denunció el referéndum ante el Parlamento Europeo con la pretensión de que fuera descalificado. El Parlamento Europeo rechazó tajantemente la petición» (Ortiz, 2006; 130).

En diciembre de 1976 se celebra en Madrid el XVII Congreso de PSOE, en el que cerca de dos mil congresistas reciben puño en alto a Felipe González, Willy Brandt, Olof Palme, Pietro Nenni y Nicolás Redondo. Se aprobaron una serie de resoluciones que forman el programa de la Transición. En él se define al PSOE «como socialista porque su programa y su acción van encaminados a la superación del modo de producción capitalista mediante la toma del poder político y económico y la socialización de los medios de producción, distribución y cambio por la clase trabajadora». Se rechaza cualquier camino de acomodación al capitalismo o la simple reforma de este sistema. En definitiva, el  PSOE preconiza en este congreso, que abre una nueva época, la sociedad socialista autogestionaria y reafirma su carácter de partido de clases y, por tanto, de masas, marxista y democrático. Se contempla el Estado federal como la solución lógica a la cuestión de las regiones y las nacionalidades; se denuncia la renovación de las bases militares estadounidenses que constituyen una «agresión permanente del capitalismo imperialista». Se explica que el programa de la Transición, al que antes nos hemos referido, será entendido en tres fases. La primer nos llevará del Estado fascista a otro de libertades y democracia formal; la segunda nos llevará desde la democracia formal a un Estado en el que la hegemonía corresponda a la clase trabajadora; y, finalmente, la clase trabajadora construirá una sociedad sin clases en la que la totalidad de los aparatos del poder sean sustituidos por la autogestión a todos los niveles. Se preconiza la escuela pública y el neutralismo en el orden internacional, con la condena explícita a la política de bloques dirigidos por las potencias imperialistas. Felipe González es elegido secretario general y los gritos en la clausura son «España está de suerte, el PSOE es el más fuerte» y «España mañana será republicana».

Como analiza Ortiz (2006), «visto con la perspectiva de hoy, este congreso del Partido Socialista de diciembre de 1976, este congreso de banderas rojas, de anticapitalismo militante, de denuncia del imperialismo, de socialización de los medios de producción, de federalismo para consumo interno y neutralismo para la política internacional se percibe como un congreso desfasado con la realidad. A Felipe le costó mucho esfuerzo, muchos sinsabores y una dimisión espectacular desandar aquel camino para llegar al socialismo comprometido con la libertad. A Felipe González le costó también una penosa rectificación: “OTAN, de entrada no” tuvo que ser sustituido por “donde dije digo digo Diego”, es decir, OTAN sí. Felipe González tuvo que salvar graves dificultades en esta etapa y, en general, lo hizo muy bien. Rectificó cuando pudo y consiguió llevar a su partido desde una estéril dialéctica marxista a una templada social democracia europea; esa transformación fue, precisamente, la que permitió a los socialistas españoles llegar a ser el gran partido que hoy es, con vocación permanente de Gobierno» (Ortiz, 2006; 135-36).

Personalmente pienso que las observaciones que, indudablemente, le efectuaron Brandt, Palme y Nenni, hicieron comprender a Felipe González que por ese camino no estaba en el acertado de un socialismo democrático europeo. Triunfó y así se mostró a partir de 1982 la tendencia reformista y pragmática conforme a las evidentes circunstancias.

En el PSOE actual ha triunfado la línea radical, revolucionaria de Largo Caballero, aunque mitigada por las actuales circunstancias y con una estrategia no de acción violenta, sino de acción desde el poder del Estado, apoderándose de todos los resortes del Estado de Derecho y de los instrumentos sociales de dominio en la sociedad. Las ideas de federalismo enlaza con la republica «democrática» de 1931, memoria histórica, pacifismo con alianza de civilizaciones, antiimperialismo (léase antiamericanismo), antisistema (léase otro mundo es posible y anticapitalismo), populismo demagógico, laicismo, comprensión y apoyo al Islam, política exterior de apoyo a Castro, Chavez o Morales, son la versión actual de las consignas y objetivos anarco-sindicalistas y marxistas integradas en el socialismo revolucionario de Largo Caballero.

Conviene recordar, aquí, una idea fuerza de Largo Caballero manifestada en un mitin de enero de 1934. «A mí me extraña que haya socialistas que se pregunten qué hay que hacer después de conquistar el poder político. Para mí es la cosa más sencilla. Se tiene el poder político y el número uno del programa es éste: Inutilizar al adversario». Para esta generación de políticos socialistas, nacionalistas e izquierdistas, la transición, la Constitución de 1978, fue un compromiso necesario pero que no cubría sus expectativas ni objetivos de ruptura, inutilizando y arrinconando al adversario. Eso explica que sea necesaria una memoria histórica y una segunda transición que consiga el triunfo aplastante de sus ideas. Por cierto que recuerdo el acierto de un chiste que leí en algún periódico que decía: «una buena memoria histórica es la que abarca desde donde me conviene hasta donde me  perjudica».

El Presidente Zapatero representa y encarna la continuidad de aquella corriente, adaptada muy sutilmente al mundo de hoy, cuyas circunstancias son radicalmente distintas a las de aquellos años, pero no impiden el sueño del triunfo del socialismo del siglo XXI, que haga realidad lo que no pudo ser con el fracasado de la URSS.

Esa corriente radical, dentro del socialismo se ha fortalecido con la crisis que el partido comunista sufre en los setenta y sobre todo en los ochenta del siglo pasado, que dio lugar a un trasvase continuo de militantes comunistas al PSOE. Este trasvase se incrementa por oleadas tras el triunfo del PSOE en 1982 y la baja electoral sensible de la formación comunista. Recordemos que en esas elecciones el PCE pasa de veintitrés a cuatro escaños. Cuando se decide la no ruptura con el sistema liberal capitalista, se produce una pérdida de capital humano en el partido comunista, pues una parte considerable de los militantes se inclinan por el posibilismo político y pasan a integrarse en el partido socialista. Muchos de estos «ex-comunistas» piensan que es posible hacer la revolución desde el poder y, por consiguiente, hay que estar en un partido que llegue al mismo y no en un partido puramente testimonial. Son muchos los nombres, pero según el reportaje de Castillo en La Clave (2-8 junio, 2006), tenemos, entre los más activos e influyentes a Francisca Sauquillo, líder de la ORT, luego senadora del PSOE y más tarde eurodiputada. Pilara Bravo que fue Directora General de Trafico con Felipe González. Procedente de CCOO se incorpora, su exsecretario General, Antonio Gutiérrez, hoy diputado por el PSOE. En el ámbito autonómico tenemos, como ejemplo, a Emilio Pérez Touriño, hoy presidente de la Junta gallega y su consejero de Economía José Ramón Fernández Antonio. Por último, señalemos que los actuales portavoces socialistas en el Congreso y Senado, Diego López Garrido y Enrique Curiel respectivamente, fueron y proceden del Partido Comunista. Indudablemente, parece que esta pléyade de pragmáticos «excomunistas», afianza la línea dura y nostálgica del Socialismo en el poder.

No estoy pensando, como algunos podrían acusar, en conspiraciones. Lo que he tratado de mostrar y sostengo es que el actual gobierno del Sr. Rodríguez Zapatero no es el de quien no sabe lo que quiere y actúa a tontas y locas, erráticamente y a bandazos, sino que, por el contrario, tiene ideas y objetivos y no da puntada sin nudo y va logrando muchos de sus propósitos. Otra cosa es que yo, como muchos, podamos pensar que son ideas y objetivos trasnochados, utopías del pasado unas e ignorancia del presente, otras. Podemos pensar, y así lo creemos, que está equivocado y no se encuentra en el camino adecuado para lo que España necesita hoy y en un futuro próximo que parece, en aspectos fundamentales, bastante claro. Dejemos, pues, de pensar en ingenuidad e incompetencia, saben lo que quieren y están tratando de alcanzarlo, removiendo, suavemente en apariencia, pero drásticamente en la acción, todos los obstáculos que se les presentan, y, de momento, no sabemos a qué coste y con qué consecuencias van, en gran parte consiguiendo, lo que denomino el «totalitarismo democrático» o la «democracia totalitaria», concepto que son dignos de ser analizados y estudiados serenamente en otro momento y lugar.

Quiero terminar transcribiendo dos párrafos del artículo que Ignacio Camacho publica en ABC (20-7-2006), bajo el título «Tardoprogresía». «Vienen de una izquierda antigua, setentañista, de póster del Guernica en el dormitorio, de gorra del Che y canción de Víctor Jara, y abrigan en el alma el imaginario reduccionista de la Guerra Fría, el antiamericanismo simplón, el tercermundismo de conferencia de No Alineados, el pacifismo beatífico y hippy de aquel icono de la flor en el casco, los disco de Quilipayún, el cancionero de la Guerra Civil, La Nueva Trova cubana. Un perfume de tardoprogresía que regresa por el túnel del tiempo junto a la chompa de Evo Morales, el uniforme oliva de Chávez, la estrella del Polisario y el turbante de Gadafi.

»El pañuelito palestino, en el peor momento, en la circunstancia más inoportuna… En su fiebre adanista, el zapaterismo quiere ganar la guerra perdida por sus antepasados, agitar las banderas polvorientas de un internacionalismo populista, apuntarse a causas abandonadas por la izquierda de la “tercera vía” blairiana y resucitar el imaginario confederal y republicano arrumbado en una Transición de la que esta “gente moderna” no se siente heredera… Es un síntoma de irritante inmadurez política y de torticero fundamentalismo ideológico. Y es, también, retrato de una generación descolocada que ignora que no hay nada más antiguo que un moderno trasnochado».

 

Bibliografía

CAMACHO, I.: «Tardoprogresía». ABC, 20 julio 2006.

CASTILLO, G.: «La Marea Roja Inunda el PSOE». Rev. La Clave, 2-8 junio 2006.

ORTIZ, M.: Adolfo Suárez y el Bienio Prodigioso. 2006. Planeta, Barcelona.

SUÁREZ, F. y SILVA, P.: Francisco Largo Caballero. 2003. Ediciones B. Barcelona.



* Luis Buceta Facorro es doctor en Ciencias Políticas, licenciado en Derecho, y diplomado en Psicología y Sociología, así como Catedrático de la Universidad Complutense y de la Universidad Pontificia de Salamanca.


 
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