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Altar Mayor - Nº 111 (11)
Miércoles, 31 enero a las 11:20:06

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 111 – Enero de 2007 (Extraordinario)

SOBRE LA ESENCIA ECONÓMICA DE ESPAÑA
Juan Velarde Fuertes  *

Todos sabemos que España, como tal, nace, escindida del Imperio Romano, en el III Concilio de Toledo. Precisamente entonces se inaugura una línea económica de justificación de lo ocurrido. Un típico hispanorromano, San Isidoro –su padre había sido un alto funcionario del Imperio, que ya residía fundamentalmente en Bizancio–, fue quien en las Etimologías hizo un canto de España como un lugar de maravillas en recursos y en producciones de bienes. ¿Por qué había de compartirse tal conjunto de maravillas?

Así se inicia una literatura conocida con el nombre de «laudes Hispana». Esas alabanzas, esos loores, señalaban que un reino hispano sería, en el Occidente europeo, una maravilla. Ese recuerdo, e incluso esa manifestación explícita, como la que se encuentra en la Crónica General de Alfonso X el Sabio, junto con otros factores, también actúa como un espoleador de la Reconquista. El factor económico no fue algo despreciable en aquella empresa, aunque, evidentemente, no resultó el único.

A finales del siglo XV, dos reinos españoles, Castilla y Portugal, como muy bien sintetizan Marx y Engels al comienzo del Manifiesto comunista, con sus descubrimientos conectaron nada menos que toda la economía mundial. Amberes enviaba plata que llegaba de México o de Perú vía Cádiz, al Extremo Oriente chino, ávido de este metal. Las sedas chinas dejan de llegar a través del complicado y carísimo mecanismo de las caravanas hasta Bizancio, para desde allí ser transportadas a Venecia y repartidas por Europa. De Filipinas a Acapulco –lo que exigía mantener el control del Pacífico– y desde Acapulco a Veracruz, donde en sus ferias se adquirían los productos orientales para su expedición a Europa, se había iniciado una nueva ruta. Toda la periferia africana subsahariana se controlaba por los portugueses, para el tráfico con la India. Ese fue el momento en que los teólogos morales de la Escuela de Salamanca bendijeron el naciente capitalismo. La teoría económica, a su vez enlazada con la economía de mercado, viene de ahí, con sus Pedro de Valencia, sus Domingos de Soto, sus Tomás de Mercado. La teoría cuantitativa del dinero, más que en Bodino, nace en ese ámbito. Esa potencia económica, bien visible a lo largo del siglo XVI, se pone al servicio de la creación de una economía imperial. Goa, Filipinas, Nápoles, el Milanesado, Flandes, México, Perú, Castilla, Aragón, Navarra, el Tirol, Portugal, constituían un todo, firmemente aliado con el Imperio de los Habsburgo de Viena, que intentó colocarse, con su fuerza colosal, enorme también en lo económico, por tanto en posición hegemónica mundial, al servicio de un orden católico universal.

La Reforma, Francia, poco a poco Inglaterra y Holanda, dieron al traste con este intento. La economía imperial que regía en esa anfictionía resultó seriamente dañada. El siglo XVII, en ese sentido, resultó una muestra de cómo un esfuerzo bélico tan enorme como el que tuvo que desplegar Felipe IV, dañó a la economía de todo el conjunto. Eso produjo una literatura muy abundante sobre cómo se había producido el daño –recordemos al jesuita padre Mariana y la inflación o los motivos catalogados por Sancho de Moncada, o los análisis de Covarrubias, y así sucesivamente– y también cómo volver a la opulencia pasada. En buena parte eso es lo que nutre la abundantísima literatura de los arbitristas, que comenzaron a ser criticados por Cervantes en El coloquio de los perros y que Quevedo los envía al infierno en sus Sueños.

Carlos II comenzó a recomponer la situación económica, con cesiones importantes –la de Portugal fue la principal–, y con cesiones prosiguió Felipe V –la de Flandes y el Milanesado fueron las de mayor calado–, hasta concluir en 1783 dando paso a una potencia nueva, los Estados Unidos, que comenzó a deglutir territorios hispanos en América en un proceso que sólo concluiría al final del siglo XIX.

A finales del siglo XVIII estalló la Revolución Industrial que iba a cambiar la historia del mundo. Simultáneamente, aparecen las doctrinas de la economía clásica –su representante más destacado en España será Flórez Estrada– que pronto van a unirse a las tesis del desarrollo de una economía nacional española. En el siglo XIX termina de perderse la vinculación con Nápoles en Italia con el Risorgimento; se independizaría a lo largo de todo él la América hispana; se abandonaría el Pacífico en manos de norteamericanos y alemanes, y del viejo imperio, sólo quedarían unos minúsculos restos en África. Un intento para ampliarlos gracias a la II Guerra Mundial, fracasaría. Apareció así el relevo de la economía imperial por una economía nacional y, simultáneamente, los «laudes Hispanæ», que poco significaban –algo en su Historia de España los había recordado Mariana–, tornaron a tener un gran papel muy importante.

Efectivamente la doctrina de los clásicos llevaba consigo la teoría de los costes comparativos, de Ricardo. Pero ante sus tesis comenzó a alzarse la convicción, primero en los Estados Unidos, después en una recién nacida Alemania, finalmente en todo el continente europeo, de que el librecambismo que se desprendía de esa teoría convenía al auge de Gran Bretaña, pero no al de casi todo el resto del mundo. Surgió, frente a ese intento de liberalismo económico global, la tesis del «fomento del trabajo nacional», primero en Francia y muy pronto en España.

En ese momento, en nuestro país se formuló un triple pronunciamiento: habían renacido los «laudes Hispanæ», y por eso se consideró que con una ayuda arancelaria protectora, nuestra patria, con las materias primas, con las posibilidades básicas más inigualables, podría alcanzar un muy importante desarrollo; gracias a él, era posible que España se convirtiese en una gran potencia económica. Por otro lado eso que se denominaba Revolución Industrial, debería asumirse, si se deseaba ser neutrales en lo económico. Como decía Ganivet, era preciso «no depender del granero ajeno». El proteccionismo agrícola e industrial es defendido por la opinión militar mayoritaria –alguna excepción, como la de Luaces, en la Marina, confirma la regla–, en una línea que, iniciada con la Guerra francoprusiana, se acentuará con la I Guerra Mundial. Finalmente, Cánovas del Castillo percibe cómo también en España funciona el famoso pacto puesto en marcha por Bismarck para provocar la aparición del Imperio alemán, gracias a la Zollverein, o unión aduanera. Se trataba del pacto denominado por Hirschman «del acero y del centeno». Prusia aceptaba pagar por encima del precio internacional el acero renano, pero Renania asumía la compra, también a precios superiores a los internacionales, del centeno prusiano. En España eso fue articulado por Cánovas del Castillo, al proteger fuertemente al trigo castellano pero, simultáneamente, a los textiles catalanes, a los productos siderometalúrgicos vascos y al carbón asturiano. La unidad del mercado interior pasaba, por eso, a ser esencial, y eso combatiría cualquier escisión política.

Pronto se observó que eso no producía convergencia con la economía europea. A pesar de lo que nuestros proteccionistas predicaban como continuadores de los laudes, esa política no parecía ser suficiente para impulsar a nuestra economía. Desde mediados del siglo XIX funcionaba un mecanismo tributario basado en el modelo aconsejado por Verri para impulsar la economía del Milán recién perdido por España, en tiempos de María Teresa: un sistema fiscal de base real, no personal. Tenía la gran ventaja de molestar poquísimo los grandes avances de renta. Hasta 1978, en sus líneas generales, perduró lo fundamental de este modelo, a pesar de las críticas que hubo de soportar a lo largo de todo el siglo XX, de la escuela de Flores de Lemus, a más de las efectuadas, desde su fundación en 1943, por parte de la Facultad de Ciencias Políticas y Económicas, de la condena explícita en el Congreso de la Falange en 1953, de las campañas de prensa, y de la elaboración del proyecto Monreal-Fuentes Quintana. Pero este apoyo fiscal muy suave para las empresas, no parecía tampoco ser suficiente para nuestro desarrollo. El déficit que lo acompaña y el deseo de borrar cualquier freno al incremento del crédito, obligan a que la peseta, ni forme parte del sistema bimetálico de la Unión Monetaria Latina, ni, después, del Patrón Oro. El leve escarceo del Bloque Oro en la etapa de la II República fue eso, un leve y desgraciado escarceo.

Se buscó pronto otro mecanismo impulsor. Se encontró en el cártel que había tenido un papel importante en el desarrollo industrial alemán. El mercado se dividió entre las empresas. No habría competencia, sino monopolio, en áreas del territorio nacional español. En 1923, se funda la Unión Española de Explosivos, un cártel –luego transformado en sociedad anónima– de las empresas de química pesada que entonces atendían tres aspectos muy importantes de la vida española: los explosivos para la III Guerra de Cuba y, pronto con Norteamérica; los explosivos imprescindibles para el que entonces era nuestro fundamental sector industrial, el minero; finalmente, los abonos para una agricultura en expansión, a causa del descubrimiento de las leyes de Liebig. Pronto apareció otro cártel, la Central Siderúrgica de Ventas, y siguieron los del papel, del cemento, del alcohol, y así sucesivamente.

Tampoco así se veían desarrollos fuertes, ni incluso con el apoyo derivado de la aparición, a partir de 1900, de la Banca mixta española, la que con dinero colocado en ella a corto plazo, lo invertía en operaciones a largo plazo. Gracias al Banco de España y al déficit del sector público, esto se reforzó de modo notable, pero no se percibía un claro auge en nuestra economía.

Para alcanzarlo se decidió que, a más de lo anterior, la mano de hierro del Estado, a través del intervencionismo debía sustituir a la mano invisible del mercado. Todo comenzó en 1907 con la Ley Osma de Azúcares y Alcoholes, que pronto se amplió de forma colosal, hasta penetrar estas regulaciones en los intersticios más insospechados de la economía nacional. Como esto tampoco parecía proporcionar los avances precisos, se pensó que el momento había llegado de crear empresas públicas. El propio Estado se comprometía así, empresarialmente, en la tarea. La apoteosis casi tuvo lugar a inicios de los 40: estatificación de los ferrocarriles y de la Telefónica y aparición del INI.

Al mismo tiempo, toda esta estructura económica que así se creaba, cargaba la mano sobre las economías más pobres y favorecía con claridad a los ricos. La difusión de doctrinas derivadas de las dos vertientes de la Internacional –la de Marx y la de Bakunin– crearon desde mediados del siglo XIX una situación de enorme tensión social en España. Se la intentó acallar con medidas coercitivas, así como con concesiones desde el punto de vista social nada cicateras. Pero éstas generaban, ya inflación, ya paro, y con ello, se acentuaba la tensión social. Nuevas concesiones, que se aliviaban para los empresarios con auxilios, ya arancelarios, ya fiscales, ya crediticios, ya intervencionistas, ya cartelizadores, a través de un complicado sistema corporativo, conducían exactamente al mismo lugar: mayor radicalización proletaria, en un proceso que iba a transcurrir desde el Congreso sindical de Córdoba de 1873 al Pacto de La Moncloa en 1977.

La importancia de 1959 viene determinada porque, ese año, con el Plan de Estabilización, se dio un giro absoluto a nuestra economía, en un proceso que, por ahora, concluye con nuestra participación en la fundación del área del Euro en la primavera de 1998.

Frente al proteccionismo se puso en marcha, en 1959, la apertura progresiva del mercado al exterior. Los pasos sucesivos fueron, ingreso en el GATT, Carta de Castiella a las Comunidades Europeas (1962), Tratado Preferencial Ullastres en 1970, ingreso en las Comunidades Europeas en 1985 y la participación de España en la fundación de la Unión Económica y Monetaria o área del euro, en 1998. El sistema fiscal se sustituiría por uno personal y progresivo a causa del planteamiento de Fuentes Quintana. Lo puso en marcha Fernández Ordóñez en 1978. En 1959, al ingresar España en el Fondo Monetario Internacional, aceptó el que la peseta ingresase en el patrón oro-dólar. Cuando éste se vino abajo en 1971, por la decisión del presidente Nixon, para escapar de la libre flotación, España ingresó primero en el Sistema Monetario Europeo y, en 1999, sustituyó la peseta por el euro. El abandono de la soberanía nacional en este sentido fue clarísimo. Desde 1959, con suerte varia, pero de forma continua, se ha premiado una marcha hacia una economía libre de mercado, con el menor papel posible del Estado. La estatificación del Banco de España (1962) y la gestión de la crisis bancaria (1977-1993), han creado un sistema crediticio nuevo y eficaz. Actualmente, en él es clave el papel del Banco Central Europeo. A partir de 1996 el proceso reprivatizador fue tan colosal que hoy en día el papel de las empresas públicas es muy reducido, con clara ventaja para la economía nacional. La combinación del nuevo sistema fiscal, la aparición de uno de Seguridad Social con Romeo en 1963, con cambios posteriores tan importantes como la aparición del Sistema Nacional de la Salud, creado por Ernest Lluch, mejoraron de modo radical la distribución de la renta, al tiempo que, a partir del Pacto de La Moncloa, la política social se planeó desde la concertación.

El resultado final es un avance espectacular del PIB por habitante desde 1959 a 2005, lo que supuso una práctica convergencia no sólo con Europa, sino también un avance respecto a la economía más poderosa del mundo, Norteamérica. El cuadro 1 muestra la profundidad de nuestro progreso económico, en el que participa, de modo claro, el salto que damos de una política nacional a una comunitaria, como antes había sucedido, al pasar de una imperial a una nacional.

 

Porcentaje del PIB por habitante español, medido en dólares con paridad de poder adquisitivo (PPP)
País 1959 2005
Alemania 42’5 90’7
Francia 42’9 90’2
Austria 50’4 80’1
Bélgica 46’2 83’3
Dinamarca 35’3 79’4
Finlandia 53’0 87’1
Grecia 100’3 117’3
Holanda 39’4 79’3
Irlanda 75’5 70’9
Italia 54’0 94’7
Portugal 109’2 137’8
Reino Unido 37’0 84’6
Suecia 37’7 82’8
Estados Unidos 27’2 65’7
Japón 85’8 89’5
Cuadro 1

Salvo Irlanda, que aún lo hace mejor que España, el progreso español, gracias a ese conjunto de medidas, tomadas, sucesivamente, por los Gobiernos de Franco, de Carrero Blanco, de Arias Navarro, de Suárez, de Calvo Sotelo, de González y de Aznar, es uno de los más notables del mundo, como se observa en el cuadro 2.

 

Incremento porcentual del PIB 2005 sobre 1959, en dólares en paridad de poder adquisitivo (PPP)
Nº de orden País Incremento porcentual
1 Irlanda 701’6
2 España 652’8
3 Japón 621’6
4 Grecia 543’9
5 Portugal 496’6
6 Austria 373’6
7 Finlandia 358’1
8 Italia 329’7
9 Bélgica 317’5
10 Holanda 274’0
11 Francia 258’0
12 Alemania 252’7
13 Suecia 242’8
14 Reino Unido 229’2
15 Dinamarca 224’7
16 Estados Unidos 211’7
Cuadro 2

Pero nos equivocaríamos si también no señalásemos que el actual Gobierno no ha tomado ni una sola medida de política económica continuadora de los cambios estructurales de sus siete antecesores. En los casi tres años de la actual Administración, lo que se han dado han sido pasos atrás en temas tan importantes como el fiscal, el de la desregulación, o el de la unidad de mercado. ¿Es éste, pues, el preludio de un retroceso? En dinámica económica, todo es posible. Existen en la economía mundial Irlandas, pero también Argentinas.



* Juan Velarde Fuertes es Catedrático, de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, y Premio Príncipe de Asturias.


 
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