Bienvenido a la Hermandad del Valle
    Búsqueda

    Menú
· Inicio
· Presentación
· Recomendar
    Publicaciones
· Altar Mayor
· El Risco de la Nava
· El Brocal
Altar Mayor T
Altar Mayor - Nº 112 (11)
Miércoles, 07 febrero a las 22:34:27

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 112 – Febrero de 2007

SECTARISMO CON REFLEXIÓN, Y VERDAD
Arturo Robsy

Es de suponer que los aficionados leyeran con interés una Tercera de ABC a cargo de José Varela Ortega, catedrático de Historia Contemporánea, donde se reflexiona sobre el sectarismo. «Las leyendas que los políticos fabrican con el tiempo pretérito no enseñan tanto de la historia del pasado que fabulan como del presente que construye», frase magnificada bajo el título, da la clave del análisis del catedrático.

Explica la importancia de la experiencia de las generaciones anteriores a los episodios terribles, por los terribles episodios que vivieron. Cita a Maura, confiándole, en 1925, a su hijo Miguel, que «el pronunciamiento (de Primo de Rivera) produciría el fin de la monarquía; una república; luego el caos; y después, claro, los militares». Opinión que remacha con otro argumento de autoridad no menos parcial: que Alfonso XIII terminó por reconocer que Primo de Rivera había traído buenas carreteras y la república. Todo explicado.

Donde sí se comprende la clave de nuestros siglos negros es en algo de Maura; no en lo que dice sino en la mentalidad desde la que lo dice: «…trabajaron con éxito (Restauración y Regencia) para suprimir de nuestro léxico la palabra pronunciamiento, que nos deshonraba ante todas las naciones civilizadas». Palabras, sin duda, pensadas para descalificar la dictadura de Primo de Rivera.

Es evidente que Maura, ni José Varela Ortega que lo cita, pudieron pensar que el origen de todos los males estaba en el generalato y en sus pronunciamientos, pero parece como si ninguno de los dos hubiera querido ir más atrás y dar, por ejemplo, la parte de la culpa que le cupo a Alfonso XIII ni, tirando del hilo, llegar hasta el catastrófico cambio de dinastía de 1700, cuando potencias extranjeras, guerreando durante tanto, impusieron a España una monarquía que acabaron pactando entre ellas a cambio de importantes posesiones cuya pérdida inició el silencio y la desaparición de España del concierto europeo.

No parece que se observe por demasiados que la imposición extranjera de la Casa de Bordón tuvo características de revolución. Tampoco que se haya leído al Padre Isla con su Fray Gerundio. El afrancesamiento fue absoluto: en el lenguaje, la organización social y administrativa, la política exterior (éramos ya comparsas y estábamos obligados a comportarnos como tales), el sistema de valores y hasta en la disposición de la mente a la hora de ver el mundo, el sentido de la vida y la misión del hombre. Sus Católicas Majestades conservarán el título pero no lo llenarán: no serán ya universales (católicos), y pondrán las fuerzas de España a disposición de los intereses aliados, uniendo nuestro destino al de Francia, ya monárquica, ya napoleónica.

No conviene adelantarse en la búsqueda del drama histórico. El catedrático José Valera Ortega, cargado de argumentos de autoridad y de interpretaciones fuera de contexto, elige su punto de partida temporal y traslada suavemente la «palabra pronunciamiento» al «Suceso Franco» y la génesis del caos republicano (mencionado apenas) a Primo de Rivera. O sea, qué pena, los generales aplicando modos del Siglo XIX en pleno Siglo XX. Extemporáneos. Y así ha ido la cosa.

Lo extemporáneo es muy curioso, porque es bueno o malo según las conveniencias del observador y del momento; eso que llaman relativismo. La democracia de 1978 es buena –sin duda– pero extemporánea si nos fijamos en que procede de mediados del Siglo XVIII y en Estados Unidos. Entiéndase «la Democracia Liberal», única posible. La instauración de la monarquía de Juan Carlos I, luego II Restauración, es extemporánea al volver no sólo a la Casa de Borbón sino también al parentesco político con los partidos viejos y con las repúblicas fracasadas, los dos siglos de fracasos e incivilidades. Pero es hecho indiscutible y ahí está.

Rondando por estos parajes históricos, a nadie parece ocurrírsele que «a mismas causas, mismos efectos». Lo piensan todos, pero no lo firma nadie. Conste que la Monarquía Borbónica tampoco es causa, ni última ni suficiente, para las constantes recaídas en nuestros males. Si se empieza el recuento de catástrofes en 1923, Primo de Rivera trajo la República, y ésta al caos y a los militares encabezados por el pertinaz Sanjurjo y no por Franco.

Los hechos que se contemplan desde la pluma notable de D. José Varela Ortega son plausibles si no percibimos su secuencia y que todos ellos acabaron siendo el mismo: el mal funcionamiento de la nación, su vieja renuncia a no hacer historia católica, o sea, universal, y la explotación particular de intereses distintos a los del pueblo español. El «mal funcionamiento de la nación (desarticulada más que invertebrada) impuesto tras una victoria de las armas –las victorias hoy son muy feas– ha generado tres siglos de injusticias acumuladas. Tres siglos, o sea, una memoria histórica casi completa, de transmisión oral, victimada por el centralismo, el afrancesamiento, la Ilustración con su Despotismo, el liberalismo, la francesada y la España afásica y cansada que resultó de ello hasta hoy.

¿Cuáles son las causas que obligan a España a repetir casi la misma secuencia histórica? Ese es nuestro asunto fundamental desde 1700: identificar el origen de los males para poderlo cauterizar con garantías y librarnos de los continuos pactos que nunca se cumplen. ¿Qué nos pasó a principios del Siglo XVIII que no nos ha terminado de pasar?

Es necesario insistir: no fue la Casa de Borbón, que sólo sirvió de excusa. También estuvo presente la Casa de Austria y ambas hicieron algo abominable: que se enfrentaran los españoles, los unos en compañía de los ejércitos franceses y los otros en la de los ingleses y holandeses. En la lucha por los derechos y legitimidades pasó algo nunca visto y luego común: que fuerzas extranjeras vinieran a batallar en nuestro suelo y en su beneficio.

¿Cuáles fueron y son las causas de la constante inestabilidad española que repite –y repetirá– errores impropios de una nación con vocación universal? La invasión, antesala de otras muchas que con las armas, las costumbres y las ideas torcieron el desarrollo de una organización española para España. Se encerró a la nación en un molde francés, por el momento. Copiando modelos vecinos tuvo que pasarnos lo mismos que a ellos: nos infectamos de lo mismo al ser semejantes y sólo el hecho de no ser el pueblo español como el francés nos permitió librarnos de la revolución de los cortadores de cabezas. No se puede conseguir que un español se sienta como un francés, como no se consiguió que se sintiera como un ruso ni se logra que ahora sea como un norteamericano. Nos faltará siempre la historia previa, la tradición, la comprensión de su mundo.

Y mientras se organizaba España como nunca lo estuvo, llegaron las Internacionales del momento, las sociedades secretas, que tanto y tan bien se entramaron que no son distinguibles de nuestra historia desde entonces. Hay constantes que delatan iniciativas secretas, como la expulsión de órdenes religiosas, asonadas que costaron un imperio (oh, Riego), desamortizaciones por motivos bastardos y demasiados hechos que se han confiado ya al olvido. Si la I República, que sólo duró once meses, tuvo tiempo, por ejemplo, para asesinar religiosos, acusándoles de envenenar las aguas, ¿es lógico que la Segunda los asesinara por dar caramelos envenenados a los niños, siendo como dicen hoy que eran repúblicas lideradas por grupos tan opuestos como liberales y marxistas?

Tras las sociedades secretas, las invasiones de España han llegado en oleadas, como los vándalos y los demás. Y han perpetuado inevitablemente la inestabilidad española, cuyos actores cambian pero no la partitura tozuda que exige ofrecer lo mismo a los españoles desde hace más de dos siglos. Esa inestabilidad constante que ofrece siempre remedios iguales sin mirar de frente el problema que todos ven, no es española sino partidista, y nos ha dejado con sólo dos opciones, las dos extranjeras e hijas de las revoluciones: O liberales o marxistas, ya solapados, ya manifiestos.

No parece importar que la gente quiera tranquilidad, que pase de ella el cáliz del enfrentamiento casi atávico. Ambas fuerzas, que ofrecen libertad pero no la definen, se ven obligadas por la dinámica histórica a no buscar, identificar ni resolver el origen de nuestros tambaleos recurrentes. Lo cambian todo menos su objetivo y justo su objetivo importado es el origen de nuestros problemas.

Si atendemos a lo que dice, resaltado a principio de artículo, don José Varela Ortega, o sea, que las atribuciones históricas de nuestra moda actual no enseñan tanto del pasado como del presente que construyen, parece claro que fabrican de nuevo lo de siempre. Un intento más, por si la comedia esta vez no fracasa y nos «reconciliamos», también como siempre, liberando a los asesinos y siguiendo pensamientos estrábicos mientras ninguna gran organización homologada nos quiere dar razón del origen de nuestros problemas de ayer y de hoy.

¿Se puede creer que nuestros rectores no conocen la incompatibilidad entre los intereses de todos y los suyos? ¿Creen que alguna de las partes interesadas dejará los tópicos oficiales y nos dirá la verdad sobre ella misma? Bien: de la Tercera de ABC se desprende el intento liberal de remover y enturbiar la memoria histórica al grito de claridad y razón. Tan fuerte fue la sospecha de estar ante otra explicación amañada que se sintió júbilo al leer –al día siguiente y también en Tercera– otro trabajo de D. José Varela Ortega: «La Reconciliación», donde sostiene que hay que hacer lo que se está haciendo, «evitando el clarinete del Boletín Oficial y el tamborileo de la revancha», o sea, quitad los símbolos que os parezcan –cruces incluidas–, pero en silencio, sin presumir, que parezca que no.

Cualquier sospecha sobre la buena fe de don José se disipa al leer el principio de su último párrafo: «…como ciudadano me encuentro entre los que lamentan que los americanos no hicieran con el General Franco en 1944, lo mismo que hoy otros les acusan de haber hecho con Sadam Husein; a saber: librarnos de él». Y un recuerdo, quizá nostálgico, quizá indicativo del deber: «En la Europa liberada por el Ejército americano, nombres y monumentos fascistas o petainistas fueron, efectivamente, reemplazados en horas a punta de bayoneta. Las mismas que asesinaron a miles de “colaboracionistas” sin juicio previo».

O sea, la vieja cantinela de siempre: reconciliación pero, antes, venganza.

Porque el hombre no se creó para la mentira, es tan a menudo su víctima. Nos pasan, sencillamente, tres siglos de España agusanada. Tres siglos de vida peligrosa y a veces mortal, en los que acaban imperando los moderados como el catedrático Varela, que forma, con derecho propio, junto a Aznar que, al referirse también a 1944, se quejó de que España no desembarcara en Normandía ni hiciera la Segunda G.M, sin considerar el precio en vidas españolas. Todo sea por la ortodoxia, que vale más que la existencia. Como en otros sitios que nos sabemos.


 
    Opciones
· Versión Imprimible
· Enviar a un Amigo
    Otros enlaces
· Más Acerca de Altar Mayor


Noticia más leída sobre Altar Mayor:
Altar Mayor - Nº 81 (12)


Hermandad del Valle de los Caídos (hermandaddelvalle.org)
Colaboraciones, comentarios, sugerencias: