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Altar Mayor - Nº 113 (16)
Jueves, 07 junio a las 20:55:13

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 113 – Marzo / Abril de 2007

A TRAVÉS DE LA CANCIÓN
César P. de Tudela y Pérez*

Con la canción nace el sentimiento, surge la promesa, renace el recuerdo, se fortalece el deseo. Las distintas voces son notas musicales que nos elevan el alma, y ésta alcanza la dignidad. La tensión arterial baja, la garganta se potencia y la amistad, entre los compañeros se fortalece.

En la canción, como en tantas otras actividades de la vida, hay que plantarse con claridad y reciedumbre, ante las canciones groseras, soeces o vulgares; canciones que pueden ser castizas y hasta populares, pero que no expanden alegría, ni contribuyen a la dignidad del alma. Hay que saber distinguir bien las canciones.

La canción tiene que ser poesía. Composición en verso que se canta. Música que se entona. El canto es también oración y plegaria. La canción es el viejo nombre de la composición poética: oda, cantar de gesta, elegía...

Si la canción no es poema no es canto.

La canción es poesía.

Y como León Felipe me dijo una tarde en México, tirando la poesía al viento: la luz será nuestra si cantamos.

La canción que acoraza el espíritu, que descarga la emoción, que produce escalofríos... casta en los pensamientos, honesta en las palabras, enamorada de la concordia del mundo...

Ya estás con esa canción. Cantar es un impulso muy cerca de lo irreprimible, cuando la alegría nos invade. Es una adhesión a los demás. La melodía que se repite...

Cantor, cantarín, verseador...

Cantar es realizar un sueño y preparar el alma para la próxima vicisitud del viaje de la vida. La canción es el eje de la vida sublime.

Las leyes tendrían que ser canciones para que llegaran a la conciencia de los ciudadanos.

Cantar es una alegre forma de rezar y elevar los deseos, y aún los sueños, frente a la vida y ante los demás. Se canta cuando tienes miedo y elevas la plegaria, se canta cuando la superación te ha llevado a la paz. Se canta cuando estás vencido y cuando has ganado.

Se canta para recibir a los amigos y para despedirlos...

Para aflorar a la conciencia el sueño callado y secreto.

El canto es la meditación olvidada y prohibida: «el adiós del que nunca volvió», «el canto de la soledad», «los recuerdos de la infancia», «las consejas de la madre», «la tierra callada», «la promesa de la novia», «los dolores del paisano», «las esperanzas del pueblo».

Cantar es caminar por la hierba alta entre los grandes silencios...

Yo canto para vivir, yo canto para sufrir.

«Cantalé tu pena al viento y el viento la cantará», dice Yupanqui.

«Lo que anda mal es la vida, que sangra por sus heridas cuando es mentira el amor».

«El viento me hizo cantor. Y en una noche serena he de dormirme cantando la pena que me quedóۚ».

«Quiero morirme cantando mi destino de cantor».

El pueblo que canta se fortalece, ganando la mayor riqueza que se puede ambicionar: la educación, que es la confluencia del «sentimiento» y la «razón».

Canto es existencia que busca la esencia.

Y el cantor nos reintegra al «ser», haciendo compatible la «razón» con los «sentimientos». Los que cantan son los seres que se adentran en el mundo de lo abierto, al viento y al riesgo, que sostenía Heidegger, cuando descifraba la metafísica poética de Rilke.

La canción es el medio de traer la luz al espíritu cuando todo es confusión, buscando el «renacimiento del ser»: el reencuentro.

En los tiempos de catástrofe, desesperación y angustia, sólo los cantos del poeta pueden ayudar a encontrar el camino...

«Nunca estaremos solos si cantamos». «Van caminando firmes y resueltas...».

«Para burlarnos de la mala suerte». La canción de promesa, susurro de melodía: en la guerra, en el calabozo, en la ermita, siempre la armonía y el gemido del verso, susurro...

Yo he cantando en todas las latitudes de la Tierra, sobre las cornisas de cien paredes y aristas, perdido en la inmensidad de los Andes, en las perfiladas agujas de la Patagonia, en los difíciles Alpes, en los altos picachos del Himalaya, en los Cárpatos cárdenos, en las cimas blancas del Cáucaso...

Y la canción me ha traído sosiego, fuerza, ilusión...

Las estrofas del amor lejano, la sonrisa del amigo que murió...

La canción me ha traído, al fin, esa «esencia» que buscamos en los versos de Hölderlin.

«Allí dónde está el peligro, crece también lo que salva»



* César Pérez de Tudela es explorador alpino y académico de la Real Academia de Doctores de España, así como abogado y doctor en Ciencias de la Información.


 
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