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Altar Mayor - Nº 113 (14)
Jueves, 07 junio a las 20:59:19

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 113 – Marzo / Abril de 2007

ARGENTINA, A UN LUSTRO DEL COLAPSO
Jesús Casla  *

Aquello ya era demasiado; los ahorros de la clase media, no. Que en el granero del mundo, el país del tango, la tierra del mate, el bife de chorizo, el dulce de leche y los verdes pastos perpetuos la pobreza hubiera atrapado a más de la mitad de la población en sólo unos años parecía algo tolerable para esa clase media empeñada en mantener la entelequia de su europeísmo como rasgo diferenciador con un atávico tufo clasista. Pero ahora resultaba inaceptable que, en vísperas de la navidad de 2001, el Gobierno de Fernando De la Rúa, con el célebre y denostado Domingo Cavallo al frente del Ministerio de Economía, tocara el bolsillo a los argentinos más cancheros decretando la incautación temporal de sus depósitos de ahorros a través del «corralito» ante el colapso del sistema financiero. La clase media se dio cuenta entonces de que la crisis iba en serio porque les golpeaba en el rostro con toda crudeza y se presentaban unas navidades con el cinturón encogido hasta el último agujero. Y quién sabe si podían peligrar hasta las vacaciones de enero y febrero en las playas de Mar del Plata, Necochea, Pinamar o Punta del Este. Hasta ahí podíamos llegar. No, no, eso era demasiado. Cacerola, cucharón, y a la calle. Se van a enterar estos.

Fue tal el desbarajuste y la indignación de esa decadente clase media, insensible a la debacle que ya había engullido a más de la mitad de los argentinos, que en apenas dos semanas desfilaron cinco presidentes por la Casa Rosada: Fernando De la Rúa, que tuvo que huir en helicóptero; Puerta; Camaño; Rodríguez Saá y Duhalde que llegó para quedarse con la patata caliente dos años.

El mundo se estremeció con las caceroladas; pero más desgarradores resultaron, sin duda, los asaltos a supermercados de esos desheredados que, dirigidos por el peronismo para desbancar a De la Rúa, hacía tiempo que habían sido expulsados del sistema, marginados, denigrados, olvidados; y no tenían con qué llenar ni sus cacerolas ni sus estómagos. La debacle de la navidad argentina de 2001 fue uno de los ejemplos más cínicos en la historia reciente de cómo la clase media permanece distante e insensible a los sufrimientos ajenos, en una actitud clasista inaceptable y de cómo ésta se moviliza y pone patas arriba al sistema sólo cuando se tocan sus ahorros, sus intereses.

Desde entonces, la situación ha cambiado sustancialmente. Hoy, cinco años después, el entusiasmo se percibe en la calle. Crece el ahorro familiar, aunque sólo el 10% de las familias tienen capacidad de ahorro, cuando ese índice llegó al 20% en los años noventa. El nivel de consumo ha crecido notablemente, aunque tampoco iguala, por el momento, los niveles previos al colapso. Las ventas en cuotas, sobre todo de electrodomésticos, están obrando el milagro; pero es sintomático de la desconfianza hacia el sistema bancario que por cada 100 pesos que se prestan sólo 58 salen de los bancos; el resto, de otro tipo de prestamistas. La clase media –siempre la clase media– llenó los shopping de Buenos Aires el pasado día 23 de diciembre hasta las cinco de la madrugada en una borrachera consumista desmedida. Todavía resuenan en mis oídos las palabras de una señora de mediana edad que, eufórica, aseguraba ante las cámaras de televisión «estar chocha» ya que, habiendo dejado las compras de navidad para el último momento, pudo hacerlas a tiempo, aunque fuera de madrugada.

Y no son sólo las compras navideñas. La construcción está levantando el vuelo. Las ventas de autos se han incrementado un 16’7% en el último año hasta las 450.000 unidades. El nivel de riesgo del país ha bajado en diciembre hasta los 205 puntos, cuando comenzó el año en 492, si bien sigue siendo el más alto de la región. Naturalmente, crece el optimismo en el futuro de la economía del país. Las encuestas –realizadas entre la clase media, naturalmente– señalan que el principal deseo de los argentinos para este 2007 es «disfrutar más que en 2006». Los sondeos no especifican de qué desean disfrutar. Las quinceañeras, al menos, parece que lo tienen más claro y en los últimos años han puesto de moda pedir como regalo de cumpleaños «las lolas», forma alegre y festiva de referirse a los implantes mamarios de silicona que ayudan a ver la vida de otro modo, tanto a quien las porta como a quien las observa –puedo dar fe de ello–.

Sin embargo, no es oro todo lo que reluce. Lejos de haber implementado reformas de calado, el gobierno de Kirchnner se está limitando a aprovechar la inercia económica. Argentina aprovecha la devaluación y sus recursos de siempre para beneficiarse del efecto rebote que sigue a toda crisis y, de hecho, los productos primarios, sin valor agregado, siguen acaparando casi todo el protagonismo en sus exportaciones.

Podríamos estar asistiendo a la creación de un nuevo espejismo. No sé si como el de los años noventa. La presente prosperidad, asentada en la devaluación de principios de 2002 (superior al 300%), ha devuelto la competitividad a productos clásicos, como la carne y los granos, en los mercados internacionales. También al turismo. Oleadas de «mieleros» europeos (viajes de luna de miel) recorren el país de norte a sur. Las grandes firmas de moda han observado el boom turístico y grupos como Hermenegildo Zegna, Valentino Fashion Group, Giorgio Arman SpA o Tiffany & Co. han desembarcado en el país con la esperanza de atraer las divisas de los turistas y, por qué no, a la revitalizada capacidad adquisitiva de la clase media autóctona.

Hemos entrado en año electoral y Kirchnner, centrado ya únicamente en la reelección, bien con él como candidato o con su esposa (Cristina Fernández), maquilla los números y todos tan felices soñando de nuevo con el primer mundo. Los precios y los mercados son constantemente intervenidos y regulados para los índices macroeconómicos no agüen la fiesta. La inflación fruto de los índices intervenidos ronda el 9’8%; pero la real ronda el 14 ó 15%. Es de libro; pero el gobierno no debería olvidar que así está contribuyendo a gestar una fuerte inflación reprimida, pérdida de rentabilidad y caída de las inversiones. Por arte de magia, los benefactores de los subsidios sociales contra la pobreza (Planes Jefas y Jefes de Hogar), cientos de miles de personas que subsisten con apenas 40 € mensuales, ahora son reconocidos como empleados, aunque su contribución laboral es nula. Como resultado, el desempleo al cierre de 2006 ronda el 10’2% (12’1% si se considera como desempleados a los beneficiados por los planes mencionados) y este año podría bajar hasta cerca del 8%.

Pinamar, Mar del Plata, Necochea, Mar Chiquita y Santa Clara del Mar están a rebosar. Las míticas arrogancia y autocomplacencia de la clase media argentina se hacen presentes de nuevo. Pero las sombras nunca andan lejos de la luz. Si no te dejas deslumbrar por las tasas de crecimiento de alrededor del 8% en los últimos años (7’5% en 2006), es fácil percibir que los niveles de delincuencia siguen por las nubes y el acceso al crédito bancario prácticamente no existe para la mayor parte de la población. La economía sumergida alcanza niveles inimaginables en Europa y, cuando cae la noche, los cartoneros toman Buenos Aires. Aquí y allá, piqueteros de una u otra condición, con una u otra causa, pero siempre con un semblante de desesperación, cortan rutas y avenidas para exponer sus reclamos. Y es que para los expulsados del sistema, de la sociedad, que son millones, todo sigue igual; pero ahora, en lugar de socios estratégicos para ayudar a echar a De la Rúa, vuelven a ser unos «negros boludos hijos de re-mil putas» que tienen la desfachatez de recordar, un día sí y otro también, lo dura que puede ser la vida, lo jodido y feo que resulta ser pobre o tener una dieta a base de mate y polenta. Para olvidar esa cara desagradable de la vida, nada mejor que unas vacaciones en la costa, lejos de tanto negro exaltado en calles, rutas y avenidas. Aunque con las ventanillas subidas, el aire acondicionado a tope y la música de bailanta sonando en el auto, el panorama no es tan dramático. Basta imaginar que las villas miserias que circundan Buenos Aires son las idílicas playas marplatenses. ¿Los «negros»? Que se jodan.

Mientras tanto, Maradona, ese «negro» villero pero con plata, ha vuelto a su peso normal y hace exhibiciones a cámara lenta –cosas de la edad– que reverdecen viejos tiempos gloriosos. Y, claro, qué mejor que recuperar al otrora rechoncho autor del célebre gol con «la mano de Dios» en el Mundial de México ´86 para volver a creer que el «barbas» es Argentino. Nuevamente, los argentinos –algunos argentinos– tienen motivos para creer que Dios es compatriota suyo.



* Jesús Casla es periodista.


 
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