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Altar Mayor - Nº 113 (01)
Jueves, 07 junio a las 21:40:07

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 113 – Marzo / Abril de 2007

HUMANISMO
Emilio Álvarez frías

Es asombroso el descaro con el que son empleadas las palabras del idioma que a las gentes sirve para entenderse con los demás, para comprender lo escuchado o leído, para dialogar con los semejantes en la seguridad de que todos tenemos la misma interpretación de los distintos términos que se encuentran en el diccionario común. Mas son muchos los que juegan con los vocablos y los manipulan para llevar a su terreno la intención de los hechos que con ellos quieren definir o expresar. En este juego participan de forma muy destacada los políticos y los medios de comunicación que se mueven en el campo de los intereses partidistas o egoístas.

¿Es posible –por poner un ejemplo– que la locución paz pueda ser utilizada por todas las criaturas humanas para llevar a su particular espacio, tan distinto del de los otros, la voluntad de los oyentes? Hablan de paz los que fomentan las guerras, los que sojuzgan a otros países, los que pisotean a sus semejantes para sobre ellos encaramarse a lo más alto, los que desean llevar la felicidad a los desvalidos o intentan poner orden donde falta, o por los que persiguen conseguir el entendimiento entre opuestos o para desear el bien a los otros… A poco que reflexionemos está claro que no todos piden la paz para lo mismo.

Y no digamos si nos fijamos en palabras como amor, democracia, libertad, tolerancia, por señalar sólo algunos de los más empleados en este tiempo que vivimos, con infinitos matices, interpretaciones, tonalidades, componendas, combinaciones. Porque, además, según quien las emplee, el momento en que lo haga, en relación con qué, por qué y para qué, la cuestión cambia.

Por ejemplo, cuando el señor zapatero, presidente del Gobierno español, habla de la paz a conseguir con la banda terrorista ETA, no está pensando en la misma paz que ansía la población española harta de atentados e inseguridad, o la paz de los asesinados por la susodicha horda, o la paz de los propios asesinos que constantemente la pisotean pues su interés no es otro que conseguir las metas que a las claras plantean en cada una de sus intervenciones, o la paz de quienes quieren construirla a todo trance aunque sea luchando con esa bazofia de gente con y por los medio que sean necesarios, o la paz por la que se reza y se respira en un cenobio, en un monasterio, siguiendo el mandato del Señor de amaros los unos a los otros como yo os he amado.

Sin duda la paz en que está empeñado el presidente del Gobierno de España, arropado por sus acólitos y unos cuantos miles de colegas manipulados por las medias verdades engañosas que van sembrando por pueblos y ciudades, no es la misma paz de esos mismos miles y del resto de los miles de miles que componen, que componemos, la población española.

Porque lo que quieren los españoles, lo que queremos, es la desaparición de la camada de asesinos por entender que es la única forma de llegar a la paz verdadera. El diálogo por la paz con ETA, Batasuna, PNV y todos los que quieren romper España, como en otras ocasiones de la reciente historia, debe limitarse a concertar la renuncia a las armas, la integración a la sociedad para el ejercicio de sus derechos democráticos los que estén libres de sangre y para cumplir las penas a que sean acreedores los que han cometido asesinatos, así como trabajar por el crecimiento y mejoramiento de la España de todos los que habitan en la común vieja piel de toro y, si lo creen oportuno, hacer grande su terruño con el trabajo de cada día. Todos los diálogos que lleven a resultados distintos son baldíos, pues la idea de país diferente nacida de mentes desequilibradas, fomentada luego por iluminados, mantenida por desequilibrados orates de ahora o por locos asesinos, no tiene visos de prosperar salvo que se opte por hacerles entrega sin condiciones de todo lo que pretenden.

Y en la pugna por conseguir sus pretensiones, los asesinos, sus compinches y los compañeros de viaje utilizan todas las armas y todas las tretas que caben en sus mentes enajenadas. La bomba, el tiro en la nuca, el ataque a comercios o cajeros, la desobediencia ciudadana, la chulería, el quebrando de la ley, la amenaza, la extorsión, el chantaje… incluso la huelga de hambre.

Y esta gente, y los amigos de esta gente, bastantes de los que quieren la paz y mucho tonto, hablan de que hay que tener humanitarismo con los sanguinarios fanáticos. Por ejemplo, excarcelando antes de cumplir su condena a los que han cometidos múltiples asesinatos, o acercándoles a sus lugares de residencia, o llevándoles a sus casas, de las que se alejaron para ejercer su macabro oficio, con el fin de que puedan recuperarse de los estragos físicos que les ha producido su voluntaria huelga de hambre.

Naturalmente, los españoles no están, no estamos, en ese humanitarismo. Aunque se empeñe el presidente del Gobierno, aunque amenacen los que mueven el árbol o los que recogen las nueces.

Todos los españoles ansiamos la paz. Y nosotros al menos tanto como la mayoría. Por ello elevamos nuestras oraciones desde el Valle de los Caídos, al pie de la monumental Cruz que nos recuerda que Jesús, el Cristo, murió para que la alcanzáramos. Como también por ello murieron cuantos reposan en la cripta de la Basílica, de una u otra trinchera, y que allí se encuentran hermanados en la entrega desinteresada de la vida.

Reservemos el humanitarismo para pedir que las gentes de buena fe que viven en el planeta tierra alcancen la felicidad, y para que no sean asesinados miles de inocentes mediante el aborto, y para que los mayores reciban el cuidado y respeto que se han ganado en los años de trabajo y esfuerzo, y para que cuantos viven en los países del llamado tercer mundo alcancen la categoría de hombres a que tienen derecho y se les niega, y para que la libertad no sea usada para someter a los individuos sino para que disfruten y gocen del don del albedrío.

Para esto sí debemos sacar a relucir la imperiosa necesidad de hacer uso del humanitarismo. No para dar bazas a los asesinos.


 
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