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Altar Mayor - Nº 114 (14)
Jueves, 07 junio a las 22:19:08

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 114 – Mayo / Junio de 2007

APUNTACIONES
Antonio Castro Villacañas  [1]

En torno a la desigualdad

Confieso que a mí me preocupa el problema de la desigualdad. Me preocupa desde hace muchos años: a partir del momento en que –todavía niño– no sé donde leí o escuché que el lema de los republicanos, tomado de la Revolución Francesa, era «Libertad, Igualdad y Fraternidad». No me pareció incompatible con el que por entonces me enseñaba el filipense que trataba de facilitarnos el camino hacia la Primera Comunión. Todavía hoy pienso que el «Amad a Dios sobre todas las cosas, y al próximo como a vosotros mismos; no hagáis a nadie lo que no os gustaría que nadie os hiciera a vosotros; todos somos hijos del mismo Dios», etc., son la esencia del cristianismo. Sin libertad de escoger el ser o no ser cristiano, carece de mérito alguno el afán por acercarse a Cristo. Si existiesen diferencias sustanciales entre las personas, de modo que unas fueran desde su nacimiento preferidas a otras en lo que respecta a su condición espiritual, Dios no sería el Padre Común de todos los humanos. Si el uso de la libertad, desde la primaria y común plataforma igualitaria, se tradujera en la práctica ruptura de la inicial fraternidad con que comienzan a vivir quienes son miembros de una misma familia, el mundo sería un simple escenario de constantes luchas... Años después, aprendí que la trilogía liberal de origen francés se podía completar con otros dos valores, derechos o aspiraciones de los humanos, que se llamaban –y se llaman– dignidad e integridad. Desde entonces para acá, el eje de toda mi actividad pública y privada está bien definido. Nada debo hacer, nada debo dejar que se haga, si va contra la dignidad del hombre, contra su integridad, contra su libertad... Por el contrario, he de impulsar que se haga, he de hacer yo cuanto pueda, en favor de la sustancial igualdad de los hombres y de su normal y habitual fraternidad.

¿Cuánto debería preocuparnos la desigualdad? No se puede contestar esa pregunta sin responder primero a otra: ¿de qué desigualdad hablamos? Para mí está claro que –ante la inconveniencia de vernos a todos idénticos, cosa tan imposible como desagradable– la desigualdad preocupante por injusta es la que existe en el mundo socioeconómico.

La desigualdad económica y social es uno de los más destacados problemas actuales, tanto si la analizamos a escala nacional como si lo hacemos desde un punto de vista global. El contraste entre las formas de vida de quienes lo tienen todo, o casi todo, y los que tienen muy poco, casi nada, o solamente algo, es realmente grave dentro de cada sociedad –con distinta lesividad en unas que en otras– pero alcanza mayores desniveles a escala universal. Los partidarios de mantener el actual estado de cosas dicen que a lo largo de los últimos 50 años se ha transferido una significativa parte de la riqueza propia de los países ricos a las naciones pobres. La mayor parte de todos nosotros no estamos en condiciones de discutir tal aserto, pero aún dándolo por bueno, y sin disponer tampoco de datos exactos para fundamentar nuestra afirmación, sí que podemos alegar que hay un abismo demasiado profundo entre el modo de vida común de los norteamericanos y los europeos y el de los africanos, los asiáticos y los americanos del sur o del centro…

Tampoco tengo datos concretos sobre lo que sucede a nivel español o europeo, pero pese a todo me atrevo a decir que día a día crece entre nosotros la distancia existente respecto de los ingresos percibidos por quienes han obtenido una titulación postuniversitaria, los simplemente licenciados, aquellos que no pasaron del bachillerato y quienes carecen de estudios... La prima económica y social recibida por los más y mejor educados –en principio lógica y justa– produce una distribución más desigual e injusta de la renta y de la riqueza.

No existen indicios suficientes para sostener que quienes reciben poca educación lo hagan por creer que más educación no compensa, pero sí parece sostenible pensar que si aumentase en España el nivel medio de la educación de nuestros jóvenes ello enriquecería al país y produciría una mejor y más justa distribución de la riqueza y de la renta, porque habría más y mejores trabajadores cualificados y la mano de obra de menor calidad escasearía, lo cual significa que tanto unos como otros estarían más revalorizados. Así parece indicarlo el mundo en que se mueven los inmigrantes.

Los altos dirigentes de nuestras sociedades, y en menor escala sus inmediatos subordinados, ganan hoy bastante más que lo hacían sus equivalentes hace 15 ó 30 años. No es que su trabajo o su calificación profesional sean mucho mejores, sino que en España se ha afianzado a lo largo de ese tiempo la convicción y la práctica de que a los altos directivos y ejecutivos les corresponde una porción mayor de la plusvalía conseguida en cada caso por el esfuerzo conjunto de todos los trabajadores en las respectivas empresas.

Similares modos de distribución de la riqueza producida los encontramos en todas las partes del mundo liberal-democrático. Por lo que respecta a España, la desigualdad creciente se debe sobre todo a los fracasos habidos en las inversiones sociales y a los cambios producidos en el ordenamiento jurídico del Estado. Cierto es que se ha producido una creciente aceleración en el ritmo general del crecimiento económico, pero también es verdad que ello ha redundado sobre todo en beneficio de una desmesurada clase política y de una minoría de propietarios y de quienes con ellos están emparentados por vínculos familiares, sociales o políticos. Este tipo de anormal desigualdad es el que yo denuncio por entender que es naturalmente injusto y preocupante.

Felipe González, Leopoldo Calvo Sotelo, José María Aznar, y la práctica totalidad de los políticos que han gobernado este país desde el más humilde de sus ayuntamientos hasta el conjunto de sus ministerios, pasando por los despachos autonómicos o sindicales, han terminado su quehacer político –alguno todavía lo sigue haciendo desde hace treinta años– mucho más ricos y mejor situados socialmente que todos sus antiguos compañeros de profesión no recolectores del maná político. Lo mismo puede decirse de los Botines, González, Pizarros, y demás multimillonarios que han dirigido y dirigen nuestra economía. De todos esos hombres, cualquiera que sea su filiación política, podemos y debemos decir que son brillantes, muy trabajadores y con razón ricos, pero no creo pecar de injusto si me atrevo a señalar que sólo un pequeño tanto por ciento de su riqueza se puede justificar como adecuada recompensa a su afán emprendedor, a su capacidad de trabajo y a su entrega al servicio de la comunidad española. El máximo porcentaje de su bolsa crearía más felicidad y proporcionaría mayor número de beneficios y oportunidades si en vez de satisfacer los gustos y apetencias de sus actuales poseedores –de los que hemos citado algunos ejemplos– se repartiera equilibradamente entre el conjunto de cuantos forman la comunidad nacional.

Una sociedad desigual es una sociedad injusta. No es lícito, aunque sea explicable, que los políticos, los financieros, los artistas, los futboleros, los ases del cine y la televisión, etc., ganen cien veces, mil veces, más que sus inmediatos vecinos de barrio o de trabajo

En cualquier sociedad, los ciudadanos que podemos considerar normales se afanan por cubrir sus necesidades primarias, darse de uvas a peras alguna satisfacción excepcional, y proporcionar a sus hijos las oportunidades a su alcance. Cuanto más ricos sean, mayores facilidades de vida tendrán sus próximos y parientes. Por consiguiente, cualquier sociedad que promueva, defienda o intensifique la desigualdad de oportunidades, es una sociedad injusta. No es lícito, no puede permitirse, que cada día se incremente más y más la diferencia existente entre las formas de vida de una minoría de privilegiados y las del resto de sus conciudadanos
 

En torno a la Cultura española

Uno de los más fiables indicadores del verdadero «estado de la nación» se encuentra en el ámbito de lo que se conoce como «el mundo de la Cultura». Dentro de él, ¿dónde está hoy España? Desde luego, no en puestos de vanguardia. Nuestros científicos se cuentan con los dedos de una mano, y lo mismo podemos decir respecto de los músicos, pintores, escultores, dramaturgos, poetas, novelistas, arquitectos –salvo los que juegan a llamar la atención con el cristal y el acero–, actores, etc. Pocos son, en verdad, los intelectuales y pensadores que traspasan nuestras fronteras.

Contrasta nuestra actual situación con las sucesivas y continuas esperanzas que iluminaron –a pesar de los trágicos avatares políticos– nuestro siglo XX. Desde su comienzo hasta los años 80, nombres como los de Ramón y Cajal, Menéndez Pidal, Juan Ramón Jiménez, Rafael Alberti, García Lorca, Benavente, Picasso, Miró, Juan Gris, Jardiel Poncela, Falla, Albéniz, Fleta, Gaudí, Severo Ochoa (y algunos otros que no me vienen ahora a la memoria) figuraban en las más acreditadas listas de las personalidades contemporáneas... Hoy, salvo dos o tres nombres que por excepcionales confirman la regla, nadie nos representa en el mundo de la Cultura.

¿Sucede esto por casualidad o por castigo divino? ¿Es el lógico resultado de una política cultural «progre» y «democrática» basada en el partidismo político, el nepotismo, la exclusión de quienes «no son de los nuestros», y la protección y exaltación de amiguetes, lameculos y paniaguados?

Dejo al juicio de los lectores la adecuada sentencia.
 

En torno al maridaje de la Izquierda con los nacionalismos

Una de las cosas que más sorprenden a cuantos examinan la realidad política española con un mínimo de sentido común –y de también mínimas dosis de conocimiento– es el hecho de que la izquierda española se haya emparejado con los nacionalismos separatistas, cuanto más radicales mejor, a partir del momento en que un leonés seguidor del Barça logró alzarse con el santo y la limosna del Poder...

Quizá todo ello se deba a que, por culpa de sus ancestros, el citado leonés –como una pequeña parte de sus paisanos– no haya digerido aún el que hace diez u once siglos unas gentes de frontera y avanzada fueran poco a poco relevando en la realización de una tarea de impulso histórico, por entonces llamada Reconquista, a otras gentes más cortesanas y propicias a estar o quedarse en Babia.

El hecho es que tanto el leonés de referencia como sus diferentes tipos de cortesanos juran y protestan que ellos no son de ninguna manera nacionalistas, sino todo lo contrario. Es posible que tengan razón, pero también es un hecho que en todas partes de España, desde Canarias a Vasconia y desde Baleares a Galicia, apoyan a los nacionalistas, hablan como estos, votan junto a ellos, con ellos forman lo que todos bautizan como «mayorías de progreso», y combaten a cuantos creen que el nacionalismo es un grave error político e histórico...

El babieca mayor y los babiecas secundarios proclaman y perjuran que ellos son de izquierdas, pero que nunca han sido ni serán nacionalistas. A lo mejor creen, por estar en Babia, que los nacionalistas son como ellos, también de izquierdas; o más izquierdistas que quienes nada o muy poco quieren tener que ver con los que todo lo subordinan a «lo suyo»...

Hasta hace diez o quince años, la izquierda de nuestro país poseía dos o tres signos inequívocos de identificación: uno de ellos lo ha perdido de modo clamoroso desde que la encabeza el señor Rodríguez Zapatero. El desprecio por el nacionalismo era una constante señal de cordura histórica, debilitada a partir de 1934 por las conveniencias de quienes en Cataluña apoyaron el golpe de Estado de Companys y sus muchachos por miedo a quedarse en la calle, y a partir de 1936 por el común interés de participar en el botín político y económico. Los babiecas lo tienen hoy como el mejor aliado posible –en sus formas más radicales y separatistas– en todas partes de España. De ahí que el nacionalismo disgregador se haya extendido de norte a sur y de este a oeste, hasta el punto de constituir un auténtico peligro para la supervivencia de una Patria común.

Otro rasgo inequívoco del izquierdismo, en casi todos los países del mundo y muy particularmente en el nuestro, ha sido el laicismo, interpretado en España no como indiferencia o neutralidad ante los asuntos religiosos, sino como punto de partida para un ataque intenso y constante hacia las creencias católicas y la Iglesia que las define, enseña y propaga. Todo nuestro siglo XIX y la mitad del XX están llenos de diversos ejemplos de persecuciones laicas, unas veces legales y otras veces ilegítimas, casi siempre injustas. Desde el año 2004 se ha incrementado esa persecución. El PSOE, bajo la dirección de Rodríguez Zapatero, quiere eliminar de la vida pública española el mayor número posible de créditos o fórmulas religiosas católicas.

Su particular forma de entender y practicar lo que llama laicismo, sin embargo, le lleva a favorecer el proselitismo y la intensificación de cualquier otra clase de creencias y prácticas. Las islámicas tienen hoy por hoy su preferencia, sin querer darse cuenta de lo peligrosas que resultan para el inmediato futuro de la convivencia nacional y para el entendimiento de nuestra historia.

El tercer componente de la identidad izquierdista era su preocupación social, vista desde una alta atalaya económica. A nuestro PSOE se le oye hablar poco de este asunto. No resulta fácil saber si ello se debe a que el socialismo internacional ha llegado a algún tipo de pacto con el capitalismo, a que esta clase de contubernio se ha forjado en España, o –lo que tengo por más probable– a que el socialismo español decidió en los primeros tiempos de la tra(ns)ición posponer cualquier tipo de reivindicación realmente socialista –la republicana y la económica, por ejemplo– a la lenta y progresiva ocupación del Poder (municipal, regional, nacional) y al mayor y más rápido enriquecimiento de sus dirigentes. Ya llegará el tiempo, cuando convenga, de hablar del Rey y de los bancos.

 


[1] Antonio Castro Villacañas es periodista y escritor.


 
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