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Altar Mayor - Nº 114 (13)
Jueves, 07 junio a las 22:21:41

Altar Mayor

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 114 – Mayo / Junio de 2007

PROPUESTAS CRISTIANAS PARA UNA CULTURA DE LA CONVIVENCIA
José Tomás Raga Gil 
*

1. Un trecho de cien años, bien que fructífero, separa esta reunión de hoy de aquella otra acontecida en el mes de mayo de 1906 en la que, con el apoyo del Papa Pío X –San Pío X– y de los obispos españoles, se celebrara en Madrid el Curso de Cuestiones Sociales, que más tarde se consideraría como la primera Semana Social de España.

A través de este período, las «Semanas Sociales» se han manifestado como cátedra itinerante para la difusión del magisterio social pontificio, representando «...un importante ejemplo de institución formativa que el Magisterio siempre ha animado. Éstas –sigue diciendo el Compendio– constituyen un lugar cualificado de expresión y crecimiento de los fieles laicos, capaz de promover, a alto nivel, su contribución específica a la renovación del orden temporal. La iniciativa [...] es un verdadero taller cultural en el que se comunican y se confrontan reflexiones y experiencias, se estudian los problemas emergentes y se individúan nuevas orientaciones operativas».


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. La Junta Nacional de Semanas Sociales ha elegido en esta ocasión a Toledo, como sede para su centenaria celebración, de un lado, por su gran significado histórico-cultural y, de otro, porque el beneplácito entusiasta de su Cardenal Primado, ha convertido en tarea sencilla, la organización, siempre dificultosa, de un evento semejante.


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. El tema elegido para la conmemoración del centenario de las Semanas Sociales de España, «Propuestas cristianas para una cultura de la convivencia», es de indubitada relevancia para la sociedad actual, resaltando que entre «las cosas nuevas» de hoy, la cuestión cultural ocupa un lugar destacado. La cultura, entendida como cultivo del hombre, de las relaciones de los hombres entre sí, de éstos con el mundo que les ha sido confiado, y con Dios mismo, experimenta hoy un proceso acelerado de transformación.

La interdependencia creciente entre los hombres y los pueblos, la promulgación de una normativa internacional de protección de los derechos y las libertades humanas, la constitución de una comunidad internacional organizada en instituciones encargadas de velar por la paz, la proliferación de instituciones socioeconómicas y de organismos no gubernamentales de ámbito supranacional, la mundialización de los mercados, así como el impacto de las Nuevas Tecnologías de la Información y la Comunicación, ha alumbrado una sociedad mundial multiforme que genera tantas oportunidades y esperanzas, como interrogantes y peligros.


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. La razón, pues, del tema elegido, parece más que evidente. La humanidad está inmersa en estos momentos, y el mundo desarrollado tiene que asumir la responsabilidad que le corresponde en un modelo que hemos dado en llamar «globalización» o, por algunos, «mundialización». Para nuestros propósitos hoy, baste destacar un rasgo que caracteriza el proceso iniciado: el mundo global que estamos implantando, al menos formalmente, es un mundo sin fronteras, un mundo de permeabilidad –precisa para la movilidad que se propone–, un mundo –podría suponerse– de fraternidad.

Sin embargo, la realidad es bien distinta. Si bien se han eliminado, repetimos formalmente, las fronteras para la mayor parte de los bienes y recursos, quedan un buen número de ellos que son objeto de una gran restricción; siguen las reticencias para la movilidad de los servicios, se levantan nuevas barreras proteccionistas de carácter discriminatorio frente a países de bajo coste de la mano de obra, y queda sin acometer la movilidad del recurso por excelencia: el factor humano.

Es quizá por ello por lo que buena parte de los países europeos, y muy particularmente España, están viviendo un clima de conflicto, nunca conocido anteriormente, que se muestra en la dificultad de convivencia, en la violencia y en la tensión social. La razón de este clima social, por lo que a España se refiere, trata de situarse, quizá con cierta gratuidad, en el multiculturalismo que ha impregnado la sociedad española en un corto espacio de tiempo.

De aquí que la XL Semana Social de España, se proponga, a la luz de la Doctrina Social, brindar a la sociedad un análisis riguroso de la realidad actual, interpelando desde el Mensaje de la Iglesia a las responsabilidades que, como actores nos corresponden, a cada uno según los talentos recibidos, para conducir a la sociedad a un modelo de convivencia más humano, que es tanto como decir, para construir una ciudad más digna del hombre.


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. En esa ciudad que nos proponemos construir, «…hay que establecer como fundamento el principio de que […] el hombre tiene por sí mismo derechos y deberes, que dimanan […] de su propia naturaleza. Estos derechos y deberes son, por ello, universales e inviolables y no pueden renunciarse por ningún concepto». Es más, esos derechos que corresponden a la persona en cuanto persona, son parejos, hunden sus raíces y forman parte inseparable de la dignidad que a la persona humana se le asigna ya en la Creación.

Por ello, afirmamos que «…la convivencia civil –a la que aspiramos– sólo puede juzgarse ordenada, fructífera y congruente con la dignidad humana si se funda en la verdad […] cuando cada cual reconozca, en la debida forma, los derechos que le son propios y los deberes que tiene para con los demás. Más todavía […] cuando los ciudadanos, bajo la guía de la justicia, respeten los derechos ajenos y cumplan sus propias obligaciones; cuando estén movidos por el amor de tal manera, que sientan como suyas las necesidades del prójimo y hagan a los demás partícipes de sus bienes, y procuren que en todo el mundo haya un intercambio universal de los valores más excelentes del espíritu humano».


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. Ahora bien, cuando hablamos de convivencia, estamos hablando de una comunidad de personas humanas que aspiran a vivir juntas, es decir, a vivir una verdadera «communio». Es, precisamente, esa comunidad de objetivos, dirigidos al bien de todos, lo que caracteriza la vida en comunidad.

Al margen queda lo accesorio, postergado lo que es privativo, minimizado lo que corresponde a esferas particulares o a círculos restringidos y, sobre todo, desconsiderado todo aquello que no es esencial a la vida humana, todo aquello que ensombrece e incluso dificulta ese realce al reconocimiento de la dignidad del hombre como criatura preferida por la Creación. En otras palabras, estamos hablando del predominio de la dimensión espiritual de la convivencia entre hombres y mujeres, sobre cualquier referencia material. En definitiva, es, precisamente, la dimensión espiritual la que distingue, sin posibilidad alguna de confusión, a la persona humana sobre cualquier otro ser creado.

De aquí que el buen Papa Juan XXIII proclamara con especial clarividencia pastoral que «La sociedad humana […] tiene que ser considerada, ante todo, como una realidad de orden principalmente espiritual: que impulse a los hombres, iluminados por la verdad, a comunicarse entre sí los más diversos conocimientos; a defender sus derechos y cumplir sus deberes; a desear los bienes del espíritu; a disfrutar en común del justo placer de la belleza en todas sus manifestaciones; a sentirse inclinados continuamente a compartir con los demás lo mejor de sí mismos; a asimilar con afán, en provecho propio, los bienes espirituales del prójimo. Todos estos valores informan y, al mismo tiempo, dirigen las manifestaciones de la cultura, de la economía, de la convivencia social, del progreso y del orden político, del ordenamiento jurídico y […] de cuantos elementos constituyen la expresión […] de la comunidad humana...».

Esa es la comunidad y la convivencia de que estamos hablando y a la que conjuntamente aspiramos. Es esa riqueza de orden espiritual la que se derrama, desbordando la singularidad de cada persona humana para inundar, de su bien, a toda la comunidad. Es esa abundancia interior la que, traspasando sus propios confines, se traduce a los asuntos del orden temporal, favoreciéndolos en extremo. No podemos olvidar que, cualquier aspecto de ese orden temporal, salvo aquellos que quedan fuera del control de los hombres, tienen como protagonista al hombre mismo; siendo su conciencia, su conocimiento y su compromiso, el que configurará una acción que le engrandezca o que le humille, para el bien común en el primer caso y para el deterioro de la convivencia en el segundo.


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. Es la comunión en esos valores la que, por decantación, acaba conformando lo que podríamos calificar, sin restricción alguna, de cultura para la convivencia.

Estamos hablando de la cultura de lo permanente, de lo sustantivo para la vida en sociedad; estamos refiriéndonos a la entrega del hombre en cuanto tal, en su capacidad para hacer el bien en beneficio de todos. Como precisaría el Concilio Vaticano II, «Con la palabra cultura se indica […] todo aquello con lo que el hombre afina y desarrolla sus innumerables cualidades espirituales y corporales; procura someter el mismo orbe terrestre con su conocimiento y trabajo; hace más humana la vida social, tanto en la familia como en toda la sociedad civil […] finalmente, a través del tiempo expresa, comunica y conserva en sus obras grandes experiencias espirituales y aspiraciones para que sirvan de provecho a muchos, e incluso a todo el género humano».

En esta cultura, el enemigo, el adversario, el que sirve a objetivos contrarios al proyecto de convivencia diseñado, lejos de ser motivo de marginación, de desatención, se convierte en sujeto privilegiado del amor fraterno que, vivido en comunidad, aspira a corregir sus errores y a mostrarle el camino de la luz, de la verdad. Ésta es una muestra más, y muy cualificada, de la actitud cristiana en ese proyecto de convivencia. Esa es una aportación sin parangón que el cristiano puede realizar para la consecución del bien común universal; una aportación que comienza en la célula más sencilla de la comunidad, la familia, para extenderse, con su riqueza, a toda la familia humana.

De aquí que no quepa discriminación alguna en el seno de esa comunidad –todos somos hermanos, en cuanto que hijos de un mismo padre–. Un arma letal aparece, sin embargo, en este horizonte, y el término que mejor engloba las actitudes que la alimentan sería el de proteccionismo. Proteccionismo en lo económico, en lo político y en lo social, como muestra visible de un vicio encubierto que humilla, tanto más al que lo practica, que al que lo sufre: la actitud perversa no es otra que el egoísmo. En definitiva, exaltación del «yo» con exclusión del «tu» y ausencia del «nosotros».


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. En ese mundo en el que vivimos, los cristianos, por vocación y por respuesta necesaria al llamamiento que nos interpela, tenemos una responsabilidad que en modo alguno podemos declinar. Es la responsabilidad de defender al hombre en su dignidad pues, como miembros de la Iglesia de Cristo, «todo lo que es humano nos pertenece». Una responsabilidad a la que haremos frente con la razón, que no con la fuerza, pues no en vano, el cristiano, asistido por la verdad revelada, está especialmente preparado para el diálogo, a la vez que inclinado a él.

Un diálogo que encuentra su origen trascendente en esa vocación del hombre a la unión con Dios, como respuesta al hecho de que, «Desde su mismo nacimiento, el hombre es invitado al diálogo con Dios». Un diálogo sin arrogancia, con humildad, con la mirada puesta en el bien que se persigue, con el acercamiento al hombre y, en él, a la humanidad.

Diálogo no es, pues, condescendencia irresponsable, no es aceptación de lo inadmisible, no es connivencia o transacción con el error. El diálogo implica respeto, pero no elusión o indiferencia; la indiferencia nunca es comprometida, mientras que el diálogo del cristiano se caracteriza por el compromiso con el hermano y por su bien más preciado, traduciéndose en el acompañamiento en su itinerario por el camino de la verdad, que no es otro que el mismo Cristo; Él es «el camino, la verdad y la vida».

Se trata, en definitiva, de una forma de contemplar la realidad, de ver el mundo y de comprometerse con él; un compromiso que emana de la propia misión apostólica de la Iglesia, en la cual, los católicos todos, tenemos una obligación ineludible: participar, con los pastores y con todo el pueblo de Dios, desde la función a cada uno encomendada en la sociedad, a fin de que ésta sea levadura que fermente y se transforme en frutos abundantes.


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. Una labor apostólica que, especialmente, interpela a políticos, a educadores y a familias. Personas singulares que, desde su singularidad, apoyados en la misión cívica y, en su caso en la institución que les resulta propicia para ello, con voz nítida, proclaman los valores sobre los que se debe asentar la convivencia entre hombres y mujeres, en ocasiones de procedencias y ámbitos culturales bien diferentes.

En la familia, célula primaria y esencial de la sociedad, «…el hombre recibe las primeras nociones sobre la verdad y el bien; aprende qué quiere decir amar y ser amado, y por consiguiente qué quiere decir en concreto ser una persona». Desde estas enseñanzas, está llamado a sembrar en la comunidad esas vivencias que harán un mundo más habitable, más digno del hombre, siendo ésta su aportación más significativa a ese bien común.

Es en esa familia donde el hombre habrá aprendido, aún sin pretenderlo, lo que significa comprometerse con los que nos necesitan. Unas necesidades que, si bien atraen especial atención cuando se representan en carencias materiales, no son menos importantes cuando son de carácter espiritual, cuando conocemos la soledad de muchos, el desarraigo, la ausencia de la experiencia del amor –en su dimensión transitiva, la experiencia de amar, como en la receptiva, la experiencia de sentirse amado–.


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. Junto a las vivencias que se originan en el seno familiar, existe otra fuente de formación y aprendizaje, complementaria a la de la familia, en la que muchos católicos tienen el privilegio de contar con una oportunidad excepcional para sembrar sus enseñanzas y participar en la formación de las generaciones más jóvenes, llamadas a ser los apóstoles para los tiempos venideros. Estamos hablando de los enseñantes, de los numerosos miembros de los cuerpos docentes que, con vocación, desarrollan en los jóvenes la fascinante y grandiosa tarea de desvelar lo que está oculto, de iluminar en el camino de la confusión, de las dudas, de las incoherencias.

La responsabilidad de estos profesionales de la educación formal, no debe limitarse a la enseñanza de las ciencias a las que consagraron su tiempo y su esfuerzo, sino que debe profundizar en el sentido del hombre y de lo humano, debe mostrar la riqueza social y comunitaria que la vida humana entraña, debe, en definitiva, no sólo enseñar sino educar, formar de manera íntegra la personalidad de los jóvenes a su alcance para que, sus lecciones unidas a su testimonio constituyan los cimientos sobre los que edificar el hombre nuevo para una sociedad mejor.

El profesorado todo, más aún si es católico asume, por vocación y por función, ese reto de construir un hombre capaz de aceptar la función que le corresponde en la construcción de una sociedad de la convivencia. En esta materia, la llamada de Juan Pablo II a los profesores universitarios, es de obligada referencia: «Vuestra vocación de estudiosos y profesores que habéis abierto el corazón a Cristo consiste en vivir y testimoniar eficazmente esta relación entre cada uno de los saberes y el “saber” supremo que se refiere a Dios y que, en cierto sentido, coincide con él, con su Verbo encarnado y con el Espíritu de verdad que él nos ha dado. Así, con vuestra contribución, la universidad se convierte en el lugar del “effetá”, donde Cristo, sirviéndose de vosotros, sigue realizando el milagro de abrir los oídos y los labios, suscitando una nueva escucha y una auténtica comunicación».

Ojos y oídos abiertos para que la educación tanto en lo científico, técnico y profesional, como sobre todo en lo humano, no se quede en elegantes teorías o puntos de erudita retórica, sino que se conviertan en algo vivo y práctico para ser asumido como tarea del quehacer cotidiano.

«El paso de la teoría a la práctica –dirá Juan XXIII– resulta siempre difícil por naturaleza; pero la dificultad sube de punto cuando se trata de poner en práctica una doctrina social como la de la Iglesia católica. Y esto principalmente por varias razones: primera, por el desordenado amor propio que anida profundamente en el hombre; segunda, por el materialismo que actualmente se infiltra en gran escala en la sociedad moderna…».

Frente a los atractivos efímeros del mundo, contrarios a la dignidad de la persona humana, frente a la comodidad de dejarse arrastrar por su fuerza cautivadora o simplemente por la inercia de lo general y lo común, nos corresponde como cristianos ser sal y luz, a fin de que nuestra vida sea instrumento para el «effetá» en un mundo en el que se aspira a la convivencia fraterna, aunque, de hecho, poco se haga para conseguirla.

La XL Semana Social de España, intenta adentrarse en esa misión, que desde sus inicios tuvieron las Semanas Sociales, de asumir la función de candelero en el que colocar la luz que emana del Mensaje evangélico y de la doctrina pontificia, para que alumbrando a todos los de la casa, provoque esa «conversión» que nos impulse a la construcción de una comunidad más justa, más fraterna y más solidaria. Así será, con la ayuda de Dios, a través de los temas sobre los que girará el trabajo de los participantes y de las personalidades y profesores que figuran en el programa de esta edición.



* José Tomás Raga Gil es presidente de la Junta Nacional Española de Semanas Sociales. Texto correspondiente a su intervención el 2 de noviembre de 2006, en Toledo


 
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