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Altar Mayor - Nº 117 (13)
Sunday, 13 January a las 21:42:10

Altar Mayor artículos

REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 117 – Noviembre / Diciembre de 2007

EL MITO DE LA SUPERIORIDAD CULTURAL MUSULMANA
Mateo Requesens
  *

El nuevo descubrimiento «progresista», que en mucho ha querido dar respuesta a la teoría del llamado «choque de civilizaciones» y al creciente fenómeno de la inmigración en Europa, ha sido eso que se ha dado en llamar multiculturalismo. Tendencia que pretende un igualitarismo cultural que juzga con idéntico valor a todos los pueblos y culturas, para, desde un humanismo relativista, llegar a la conclusión de que en Occidente debemos sustituir la idea de la superioridad cultural, cristiana y europea, por una especie de paritarismo cultural universal, cuya máxima aspiración es el mestizaje. Con razón el famoso pensador y antropólogo Claude Levi-Strauss afirmaba no hace mucho que «es la ceguera de nuestro mundo actual la que no permite ver las diferencias entre los pueblos».

El máximo exponente de estas teorías lo encontramos, especialmente en España, en la moda de minusvalorar la cultura cristiana y europea frente a la musulmana, con la disculpa del repetitivo argumento de que tras la caída del imperio romano Europa se sumió en la oscuridad y el atraso de la Edad Media, mientras en el Islam se hizo florecer una cultura muy superior, a la altura de la civilización grecorromana, hasta el punto de que no es extraño encontrar en todo tipo de foros, políticos, sociales o culturales, a quienes sostienen que a través de Al Andalus esa cultura islámica llegó a convertirse en la precursora del Renacimiento europeo.


Influencia del cristianismo en el nacimiento del Islam

Pero si hay que hablar de influencia, con lo primero que nos topamos es con la del cristianismo en el mismísimo nacimiento de la religión musulmana.

En la época de Mahoma, La Meca era un crisol de religiones, donde el cristianismo, junto al judaísmo y los diversos cultos paganos de las tribus árabes convivían en una tierra de paso para el comercio entre Oriente y Occidente.

Egipto y Siria, que habían sido las provincias más ricas y populosas del Imperio Romano, poseían los principales centros industriales y comerciales, y su cultura, no sólo por sus largas tradiciones, sino por el mismo dinamismo, las situaba incluso a la par de la misma Roma. Tras la embestida de los bárbaros el impero Romano de Occidente se vino abajo, no así el de Oriente, que subsistió como Bizancio. En los aledaños estaba la Arabia de Mahoma, habitada por clanes y tribus primitivos, que llegaban a practicar sacrificios humanos o el infanticidio de niñas, pero que gracias al comercio se habían enriquecido y empezaban a notar la influencia civilizadora de Bizancio y el imperio Persa.

Los cristianos ortodoxos predominaban en el Asia menor, y su influencia se extendía hasta el Sinai y Petra, el reino caravanero de los nabateos. Pero otras sectas heréticas cristianas se habían desarrollado y arraigado por todo Oriente Medio. Los arrianos (que negaban la divinidad de Cristo) habían alcanzado una considerable notabilidad en todo el imperio bizantino. Los nestorianos (que afirmaban que en cristo había dos personas, de tal manera que el hombre Cristo no es Dios, sino portador de Dios) se habían afincado ampliamente dentro de los dominios persas de los sasánidas y los monosofistas (cuya doctrina se puede resumir en la negación de la humanidad de Jesucristo), eran mayoritarios en Egipto y muy importantes en Siria. El monosofismo se podía encontrar en todas las rutas caravaneras, hasta los confines últimos de la península arábiga, Yemen y Hadramaut. De hecho muchas tribus árabes, como los Banu Ghassan o Banu Taghlib, habían abrazado esta desviación del cristianismo ortodoxo.

Sin duda Mahoma tuvo la ocasión de conocer a fondo las religiones del mundo civilizado, especialmente las doctrinas cristianas heréticas, que de hecho influyeron poderosamente en él. Los hadies, o «tradiciones» musulmanas, hablan de un viaje de Mahoma a Siria donde un monje cristiano lo reconoció como Siloh, o profeta no judío cuyo advenimiento se predecía en el libro del Génesis. Este monje podía haber sido un fraile nestoriano que lo inició en el conocimiento del Antiguo Testamento en la ciudad de Bosra.

Mahoma pertenecía a un clan árabe criado en las tradiciones del monoteísmo hanif, opuesto al politeísmo pagano de los qoraishitas, por lo que no es de extrañar que inicialmente se sintiera poderosamente atraído por el cristianismo monosofista, que reducía la personalidad de Jesucristo a su sola divinidad. Sin embargo el dogma de la Trinidad no acertaba, por su complejidad teológica, a casar con las simplistas y elementales concepciones monoteístas árabes que veían en la doctrina trinitaria una especie de adoración a varios dioses. Por ello el Islam acabará negando tajantemente la divinidad de Cristo, convirtiéndolo en un profeta, reducido a la condición de hombre, tal y como venían predicando los cristianos arrianos, de cuyas concepciones teológicas la religión musulmana inicial, al fin y a la postre, sólo se apartaría en la aceptación de la condición de profeta de Mahoma y la ley coránica.

Así pues la religión musulmana parte de las primitivas tradiciones monoteístas de algunas tribus árabes, a las que se agrega una amalgama de conceptos teológicos tomados del judaísmo y de las herejías cristianas, a las que paulatinamente Mahoma fue añadiendo postulados político-religiosos, hasta construir El Corán. Se trata de una religión adaptada a un pueblo sencillo y con rudimentarios conceptos filosóficos, que no trata de profundizar en la creación de un sistema de pensamiento ético y metafísico, sino que dicta las concretas pautas de comportamiento para ganar el paraíso en el otro mundo y crear un orden social justo en éste.

Porque El Corán no sólo contiene máximas y ejemplos edificantes, normas morales de conducta, sino normas para el gobierno y un completo código de leyes. Se trata de una religión totalitaria que dicta las normas que rigen la vestimenta, la economía, el comercio, los pesos, las medidas, el cuidado de animales domésticos y ganado, la dieta, la cocina, las normas de saludo, la hospitalidad, la educación, los impuestos, la familia, las relaciones sexuales, la higiene corporal. Incluso la manera en que se ha de beber un vaso de agua tiene su apartado reservado en El Corán. Libro sagrado que Mahoma acierta a articular como un código de conductas personales y sociales rígido, pero lo suficientemente sencillo para ser aceptado por contemporáneos árabes y lo suficientemente universal para ser exportado en la posterior expansión.

Una expansión que desde el inició se basó en la guerra santa. Al contrario del cristianismo, que se difundió a base de proselitismo y siempre predicó una paz que posteriormente no siempre sería capaz de mantener, el Islam se presentó sin rubor alguno con el alfanje en la mano como principal medio de predicación. Mahoma mismo encabezó ejércitos conquistadores que primero dominan y después convierten. De hecho únicamente a través de la yihad se explica cómo en el año 622, año de la Hégira, los seguidores de Mahoma eran sólo un puñado y diez años después dominaban Arabia. En el año 638 el califa Omar toma Jerusalén, y en los años sucesivos Iraq y gran parte de Asia menor, así como toda la África romana, incluido Egipto, pasan a manos de los musulmanes, que acaban entrando en Europa, conquistando España en el 711, apenas noventa años después de la fundación de su religión.


Occidente como fuente de la cultura islámica

La primera marea expansiva musulmana se consuma a costa del imperio bizantino. Los conquistadores árabes se asientan en un territorio de enraizada cultura helenístico-cristiana, donde la cultura musulmana es muy inferior a la de los pueblos que acaban de conquistar. Por ello no es de extrañar el gradual proceso de ósmosis de esa tradición greco-romana en la esfera administrativa, y de la herencia helenístico-cristiana en la esfera cultural.

Si hablamos de administración, los primeros califas Omeyas utilizan mayoritariamente funcionarios cristianos de habla griega para cubrir los puestos técnicos no militares de su gobierno. Durante décadas las cuentas del imperio se llevaron en griego. No en vano, la lengua y literatura árabes clásicas experimentarán un sustancial empuje gracias a poetas cristianos árabes que, como An Nabigha, Abi Ibn Zaid o Imru ul-Qays, fueron influenciados por la lengua y tradición literaria griega.

Y si nos centramos en la cultura, artistas y artesanos cristianos y bizantinos fueron los artífices de las más importantes obras arquitectónicas del naciente imperio musulmán. La Cúpula del Peñasco en Jerusalén (la famosa mezquita de la cúpula dorada), terminada por el califa Abdul-Malik en 691 es un ejemplo de arquitectura bizantina. Sus mismos mosaicos, al igual que los de la gran mezquita de Damasco, son una obra cumbre del refinado arte bizantino. La influencia helenística llega hasta el punto de que en el pabellón de caza del califa Walid I, constructor de la gran mezquita, situado en Kasr al Amra, actualmente en Jordania, se representa la figura humana y desnudos en el más puro estilo greco-bizantino, en contra de las inflexibles enseñazas del profeta. La importancia de tales representaciones radica en que se reflejan como habituales escenas más propias del mundo greco-romano que del musulmán, lo que nos da una idea de hasta qué punto la cultura occidental dio alas a la nueva clase gobernante musulmana. Esta influencia griega en los Omeyas llega hasta el mismo emirato de Córdoba, donde de nuevo Al-Hakam acude a artesanos bizantinos para elaborar los mosaicos que adornaban la mezquita de Córdoba.

Los Omeyas eligen Damasco como capital, ciudad que como el resto de Siria seguía siendo mayoritariamente cristiana y culturalmente griega. Pues bien, con este precedente cultural, no es raro que el pensamiento griego, representado por Platón y Aristóteles, llamase la atención de la naciente elite intelectual árabe. El hecho de que fuera el griego la lengua de los documentos escritos oficiales de su nuevo imperio, permitió a los árabes cultos hacer suyo el inmenso tesoro intelectual almacenado en esa lengua. De este modo tuvieron acceso a la filosofía aristotélica y la neoplatónica (la segunda, de hecho, había absorbido a la primera), que eran conocidas en Siria, tanto en griego como en siríaco. Precisamente fueron cristianos sirios los que vertieron esos textos al árabe en lo que sería el primer eslabón de la introducción en el Islam de la obra filosófica de los pensadores griegos.

En definitiva, las aportaciones de la cultura helenística, bizantina y cristiana, son tantas y tan fundamentales, además de tan tempranas, que el posterior esplendor cultural musulmán no puede entenderse sin este ascendiente occidental.

El otro pilar sobre el que se asienta la cultura musulmana pertenece también a una civilización también anterior. Se trata de los persas. Es decir, toda la riqueza cultural del Islam no procede de una creación original propia de los árabes, sino que se asienta sobre dos influencias, una occidental representada por la herencia helenística y otra oriental, representada por la cultura persa.

En efecto, con la decadencia de los Omeyas, el imperio musulmán se sumió en el desorden de la guerra civil, que para Siria y Palestina supuso persecuciones contra los cristianos y conversiones forzadas. La victoria de los abasidas en 750, significó la vuelta al orden, pero también un cambio radical en la orientación de la cultura islámica, que basculó indudablemente hacía oriente. Bagdad, la nueva capital que sustituyó a Damasco, se hallaba en el antiguo reino sasánida, y al igual que los griegos y cristianos ocuparon los cargos de la administración Omeya, ahora serían los persas quienes se encargarían de los puestos claves de la administración abasida. Se adoptaron los ideales persas en el arte y las costumbres persas en la vida cotidiana. Los abasidas, musulmanes más rígidos que los omeyas, eran más intolerantes con los cristianos y tan solo mantuvieron relaciones de confianza con los cristianos nestorianos.


El mito del Islam como difusor de la obra cultural de los clásicos

Ya hemos visto que fueron cristianos sirios quienes suministraron a los musulmanes su primer contacto con la filosofía griega y la traducción al árabe de los textos de Aristóteles, Platón y los pensadores neoplatónicos. Con los abasidas, de nuevo serán los cristianos quienes se encargarán de la difusión de las obras filosóficas y técnicas de la antigua Grecia en el mundo musulmán. Los nestorianos de la escuela de Yundi-Chapur, en Babilonia, desde la que se desplegaría una poderosa actividad intelectual y científica, especialmente en cuanto a la medicina se refiere, se encargarán de ello. En dicha escuela, además, es donde los filósofos árabes de la escuela de Basora entran en contacto con la filosofía griega, en especial Aristóteles.

Igualmente en la Casa de la Sabiduría de Bagdad se estimuló la traducción al árabe de obras que se difundirían por todo el mundo islámico, a la vez que se fomentó la venida de matemáticos y científicos de Bizancio para enseñar en ella. Su director y «alma mater» fue Yahyah-ben-Masanaih, un cristiano nestoriano, que también era médico de palacio. Más tarde, hacia el 850, serían los sabeos de la ciudad de Harran, actualmente Turquía, quienes también se dedicaran a la  tarea de la traducción de los textos griegos al siríaco y al árabe.

Pero no hay que dejarse engañar. Aunque la corte abasida tenía en su conjunto, más interés por las cuestiones culturales, especialmente en materia científica y médica, que la de los omeyas, su atención hacia la filosofía griega no pasaba de ser superficial o anecdótica. El interés cultural del gobierno abasida estaba fundamentalmente orientado hacia las tradiciones de los reinos de Mesopotámica e Irán, más que hacia el pensamiento griego. De hecho únicamente en España, a donde habían ido a parar los omeyas para refugiarse tras su derrocamiento, siguió perviviendo el helenismo dentro del mundo musulmán.

El caso es que esas versiones arábigas del pensamiento griego llegaron también a España (y en menor medida también a Sicilia), enriquecidas con los comentarios y desarrollos de filósofos árabes como AlKindi (Bagdad, mediados del s. IX), AlFarabí (de origen turco, muerto en Damasco el 950), Ibn Sina o Avicena (persa, 980-1037, creador del primer corpus sistemático de filosofía árabe, basada en el aristotelismo neoplatónico), Al Ghazali o Algazel (1058-1111, opuesto a la recepción de la filosofía griega por el Islam) y, sobre todo, Ibn Rushd o Averroes (Córdoba, 1126-1198, artífice de los comentarios sobre Aristóteles más rigurosos de todo el Islam).

Pero antes de seguir adelante, no hay que perder de vista que con el averroísmo se da por concluida, no sólo la historia del pensamiento filosófico del Islam en España, sino, en general, de toda la filosofía árabe, puesto que el impulso racionalizador de la filosofía griega, tras Averroes, pierde su fuerza en el Islam, para no ser recuperado jamás. Estamos hablando por tanto tan solo de unos 300 años de esplendor cultural islámico.

El caso es que de aquella floreciente época islámica nace el mito actual de la superioridad cultural musulmana frente a una oscura e inculta Europa, sumida en la brutalidad de la Edad Media.

En primer lugar la brutalidad de la época no era patrimonio precisamente de los europeos. Por mucho énfasis que se quiera poner en la importante labor de conservación y difusión de los textos del pensamiento griego por parte de los musulmanes, tampoco se puede ocultar que Omar I, sucesor de Mahoma, destruyó lo que quedaba de la Biblioteca de Alejandría tras la conquista de Egipto (642), por uno de sus generales, Amr ibn al-As, o que Almanzor llegará a quemar los volúmenes de la biblioteca de Al-Hakam II en Córdoba. Por no hablar más tardíamente de la destrucción de la sabiduría acumulada por Bizancio en sus bibliotecas, completamente destruidas tras la toma de Constantinopla.

Por otro lado, en Europa, a diferencia de lo que dice el mito, persistía una importante inquietud por recuperar la tradición cultural greco-latina, adaptada, eso sí, al cristianismo. Precisamente fue la Iglesia la responsable de salvaguardar la lengua latina hasta nuestros días y de conservar en sus monasterios las obras del pensamiento clásico, además de impulsar la cultura europea hasta la llegada de la ilustración. Precisamente gracias a la Iglesia antes del 1300, había fundadas en Europa 44 universidades, una cifra bastante superior a la de centros de estudios superiores existentes en el orbe musulmán.

El interés por los textos escritos en griego en Occidente era muy antiguo y en los siglos anteriores a la llegada del Islam no era raro que circularan, mientras que en el mundo bizantino se desconocían prácticamente los textos latinos. Tal separación cultural será un signo de la decadencia de la unidad del pensamiento greco-medieval, pero en modo alguno de oscurantismo o de falta de inquietudes culturales en la Europa de la Alta Edad Media.

La corte de Carlomagno representa un temprano ejemplo, que refuta la teoría de una inculta Europa medieval frente al Islam. Carlomagno tenía, como los califas musulmanes abasidas y omeyas, un gran interés por la cultura, e hizo todo lo posible por convocar alrededor de su corte a los mejores eruditos de su tiempo. Él mismo se interesaba por el estudio de la retórica, cálculo, astronomía... El renacimiento carolingio responde a su propia iniciativa y estaba al servicio de la Iglesia y de la fe cristiana. La labor traductora de la Europa carolingia no sólo representa un eslabón determinante en la historia del pensamiento medieval latino, sino que muestra el interés por la cultura griega en estos presuntos siglos oscuros, que se extiende a través de un eje que va desde el sur de la Galia a Irlanda, con Gregorio Magno, Alcuino de York y Beda el Venerable, pasando por Lombardía con Paulino de Aquileya o Pablo diácono, hasta Teodulfo de Orleáns, autor de los Libros Carolinos, que procedente de España, viene huyendo de los musulmanes, recibiendo de Carlomagno el obispado de Orleáns.

De aquella época se han conservado unos 7.000 u 8.000 manuscritos, pertenecientes a autores clásicos. Si hoy sobreviven los clásicos latinos es, en gran medida, mérito del interés carolingio, es decir de la Europa medieval.

Por otro lado, y coherentes con ese antiguo deseo ardiente de libros, los cristianos mozárabes se preocuparon de llevar del Norte de España, de Navarra al parecer, diversas obras entre las que destacan La Ciudad de Dios de San Agustín, la Eneida de Virgilio, las Sátiras de Juvenal y Horacio, los Tratados de Porfirio, las Fábulas de Avieno y otras muchas obras de Filosofía, Teología, etc. No en vano San Isidoro de Sevilla (560-636) conocía y enseñaba a Aristóteles, a pesar de que supuestamente se había perdido el interés por los filósofos griegos en Occidente.

En los siglos posteriores Europa podrá haber perdido la unidad política del Sacro Imperio Romano Germánico a que aspiraba Carlomagno, pero no el interés por la cultura. El monasterio benedictino de Montecassino se transformó, a partir del XI, en un centro traductor latino sobre temas científicos. En el mismo siglo inicia su labor la escuela de Salerno, en una época en que comenzaba a formarse el corpus del Aristóteles latino en el norte de Francia. Pero, sin duda, el centro de traducción más importante del mundo cristiano es Toledo. A partir del 1126 la ciudad se transforma en un foco de la cultura occidental, gracias a la fundación de la escuela de traductores por el obispo Raymundo de Sauvetat, que aprovechó el rico material bibliográfico de las bibliotecas de Al-Andalus.

Por supuesto que el Islam tuvo una gran importancia en al difusión de los textos del pensamiento griego. Un papel que naturalmente no tenemos por qué repudiar. Pero tampoco mitificar y menos aún usar para minusvalorar y despreciar nuestra propia herencia cultural, europea y cristiana. Muy a menudo olvidamos que la transmisión del conocimiento de la Grecia clásica al mundo musulmán se produce gracias a Bizancio y de las comunidades cristianas de Siria, y que precisamente, debido a esa misma vía de influencia cultural, el Islam nunca tuvo acceso a los autores latinos, cuya conservación se debe en exclusiva a la Europa Occidental, donde por el contrario también existía, aunque fuese en menor medida, un acervo cultural helenístico que se cultivó y conservó.

No podemos concluir sin resaltar otro dato muy importante sobre los brillantes análisis que de la filosofía griega pudieron realizar los pensadores islámicos. Y es que en muchos casos sólo se cultivaron en la medida que servían a la dialéctica religiosa e íntimamente unida a ella, a la interpretación jurídica, que en el mundo islámico adquiere la categoría de teología, debido a que la Sharia se considera ley divina. Sin embargo, a diferencia de lo que sucede en Occidente con la «Escolástica» que supone un impulso cultural que transciende lo religioso, en el Islam, a medida que los pueblos conquistados van asimilándose a la cultura árabe y musulmana, y las raíces helenísticas occidentales se van diluyendo en el tiempo, el pensamiento se cierra en torno a las ciencias religiosas, en concreto en el Corán, lo que al final se traduce en un agotamiento intelectual que anquilosó la sociedad musulmana a partir del siglo XIV hasta nuestros días.



* Mateo Requesens es miembro del Consejo Editor de Minuto Digital y Secretario de Actividades de España y Libertad.


 
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