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Altar Mayor Nº - 124 (8)
Tuesday, 04 November a las 16:02:47

Altar Mayor artículos REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 124 - Noviembre de 2008

 

PRADA Y NOVELLE VISTEN A JOSÉ ANTONIO
José Manuel Cansino*



Huyendo de la canícula agosteña, dejé el asfalto derritiéndose y me fui a la costa con tres libros por delante.

La reputada Revista Aportes me pidió, ya con el equipaje embalado, una reseña de Por los caminos del adiós (Ed. Barbarroja), del profesor de la Universidad Pontificia de Comillas, Luis López Novelle. El diagnóstico de cáncer de un familiar, puso en mis manos la obra de otro profesor universitario, Randy Pausch, de la Universidad estadounidense Carnegie Mellon, The last Lecture (La última lección) (Ed. Hyperion. Nueva York. Aún no existe traducción al español). Por último, desde hacía diez años tenía pendiente Las máscaras del héroe de Juan Manuel de Prada (Ed. Seix Barral) y coincidiendo con su reedición, había decidido leerla.

Tres libros sin más conexión que el capricho del azar. Una crónica sui generis de la vida política española entre 1937 y 1978, el legado de un profesor a sus hijos sabedor de que no los verá crecer y un retrato descarnado de la fauna literaria de Madrid sobre el bastidor del decadentismo de tertulias, teatros y gacetillas de comienzos del XX.

Toda escena humana es poliédrica. Ian Pears lo retrató magistralmente en Las cuatro caras de la verdad, en la que un suceso luctuoso era contado de forma completamente dispar por sus protagonistas. La Historia también es necesariamente poliédrica, digámoslo así para no echar mano del socorrido cristal de Clara Campoamor.

La perspectiva elegida por López Novelle es la de un falangista que observa cómo los sucesos mundiales primero y domésticos después, impactan en el papel que la Falange Española (la oficial y la contestataria con Franco) jugó entre el segundo año de la contienda civil, y el de la proclamación de la Constitución de 1978.

Como en el Pedro Páramo de Juan Rulfo, los protagonistas de Por los caminos del adiós están todos muertos. Apenas superviven quienes protagonizaron la Transición política. Bien es cierto que no conversan entre ellos sino que se someten al juicio, «falangistómetro» en mano, del autor.

El «falangistómetro», según cuentan quienes lo han visto, es un artilugio de métrica sospechosa (a saber si cabalística), capaz de medir la «calidad» ideológica del evaluado.

Los falangistas, que ganaron la guerra, perdieron la batalla de la Historia. Ni los tempranos y sinceros afanes de reconciliación (es llamativo que permanezca sin estudio monográfico el papel reconciliador de la Revista Escorial), ni la repatriación por la llamada Falange Exterior de miles de niños españoles sacados por la frontera durante el conflicto, ni la nacionalización del Banco de España, ni la vertebración de un sistema de Seguridad Social con el mismo planteamiento que el célebre Informe Beveridge sin el cuál, hubiera sido imposible llegar al actual sistema nacional de salud, ni, en fin, la política social del Régimen, han servido para compensar la leyenda negra de la Falange que, como toda organización convertida en milicia, también tiene. Nadie que participa del fragor del combate cosecha sólo victorias limpias como las que invocaba Rafael Sánchez Mazas en la Oración por los caídos de la Falange.
Profesor universitario, como López Novelle, era Randy Pausch; un tipo que con una sentencia de muerte a ejecutar por fascículos, concluyó que si fuera pintor, legaría a sus hijos un cuadro, si fuese compositor una pieza musical, pero como era profesor, dejaría una lección; su última lección –The Last Lectura–. Una lección sobre cómo conseguir los sueños de la infancia; una infancia cuyos hijos –tres– vivirían sin él. Pausch, ingeniero informático experto en realidad virtual, decidió compartir con los demás su lección, quizás sin imaginar que acabaría siendo un éxito mundial.

Entre los milicianos de la guerra civil española, como entre los literatos en ciernes que probaban fortuna a comienzos del XX en Madrid, habrían también quienes llenarían el morral de sueños; muchos de ellos con poco más. Juan Manuel de Padra retrata el hambre y la necesidad sentida a cambio de publicar un solo verso.

Igualados en su indignidad y desprovistos de cualquier áurea de divos literatos, los personajes de «Las máscaras del héroe» desfilan delante del lector con un libelo por delante y dando cuchilladas por detrás. Todos comparten un sentimiento de vacío, de indiferencia de una sociedad que minusvalora a los poetas.

Así discurren las vanguardias literarias entre envidias biliares, ditirambos, críticas mordaces y plagios mortales, alcanzando momentos verdaderamente memorables como el de la inauguración del ultraísmo a manos de Rafael Cansinos Asens (en quién la «s» de su segundo apellido era sólo una pose fonética sin soporte genealógico alguno; se lo digo yo que conozco el paño).

De la mano de Pedro Luis de Gálvez, Armando Buscarini y Fernando Navales, Prada introduce a José Antonio Primo de Rivera como personaje coral de una novela, por lo demás, endecasílaba; soberbia. Lo hace más como poeta que como político. Probablemente lo fuera o quizás lo fuese al alimón en su íntima convicción de que «alos pueblosno loshan movidonunca más que lospoetas», aserto que sirvió de fundamento al metafórico título de «Los secretos legisladores del mundo» que le valió al también poeta, Antonio Rivero Taravillo, el mejor artículo escrito en el centenario del nacimiento del fundador de la Falange.

Primo de Rivera participa del coro de personajes novelados durante casi el tercio final de la novela. Incluso cuando el autor le devuelve a su boca la invocación de la dialéctica de los puños y las pistolas, la coloca también y perfectamente asumida en la de Luis Buñuel, después de que el cineasta aragonés saludara a José Antonio en la sede que Falange tenía en la calle Marqués de Riscal. Con la misma finura desliza una coartada robusta a Ramiro Ledesma con la frase de André Bretón.

Prada viste a un José Antonio con la exactitud del dato histórico y con licencias literarias cercanas a lo que pudo ser. Sólo es de reprochar la actitud que le imputa ante los atentados sufridos por sus camaradas y por su carne propia.

Recurriendo al título de la novela de Lauren Weisberger, llevada al cine por David Frankel, desde su tribuna en L’Osservatore Romano, Juan Manuel dePrada tituló «El Papa no viste de Prada» para hablar de los zapatos rojos de Benedicto XVI, y he aquí la procedencia del mío aun a riesgo de ser acusado de pereza imaginativa o plagio manoseado.

Terminé mi lectura en Bajo de Guía, donde la mar es mujer. Entre Sanlúcar y el Puerto de Santa María, la realidad es igualmente poliédrica con muy diferentes formas de contemplar la misma desembocadura del Guadalquivir.

Frente a Doñana, después de un año esperando el oasis veraniego, unos lo hacen desnudando langostinos de trasmallo en Casa Bigote, otros, niños-hombre con ojos vidriosos de hachís, lo hacen escrutando el futuro sorbo a sorbo, a la espera de esa oportunidad por la que cruzaron El Estrecho mientras tiraban por la borda, como fardos inútiles, la carne muerta de los deshidratados. Y también hay, en esta colección de miradas contemplativas del Guadalquivir agónico, la de los viejos marineros sentados en el portón de la Capilla del Carmen, a la vera de la antigua fábrica de hielo –hoy, inevitable museo del hielo–, de entre los que saludan dos viejos divisionarios, esos mismos que recuerda López Novelle. Gente de permanente lumbre nicotínica que asoma prendida de unos labios ajados, por los que se derrama un aliento de mollate remontado tan espeso como coágulos. Son la gente del Régimen, ya ven, la extrema derecha de gabardina y gomina. Alguno incluso diría, que niñatos del Fascio por la camisa negra de uno de ellos. Es el luto por el hijo naufrago; tributo cobrado por la mar, que es mujer este agua; tan mujer como la muerte fría a las orillas del Volchov.

Los mejores sueños son los propios, aunque nos pasemos la vida soñando los de los demás. La lección de Randy Pausch es sumamente útil para reponderar la importancia de las cosas y afrontar los obstáculos cotidianos. Pausch murió a mitad de agosto. Soñaron los milicianos anarquistas con un «sin Estado», y los milicianos falangistas con la Revolución Nacional Sindicalista. Soñó Muñoz Seca con el salvoconducto de Pedro Luis de Gálvez y soñarán los hijos de Randy Pausch, aunque para concluir sobre la realización efectiva de los sueños, tendríamos que volver al poliedro.

Y asomado al poliedro, López Novelle, desde su interesante libro, podría hacer suya la acusatoria frase de Diane Setterfield, «he espiado las fechorías de los poderosos y he sido testigo de la nobleza de los sumisos».

*  José Manuel Cansino es doctor en Economía, Profesor Titular de Economía Aplicada. Universidad de Sevilla.

 
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