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Altar Mayor Nº - 130 (03)
Friday, 04 September a las 21:36:47

Altar Mayor artículos REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 130  - Septiembre - Octubre de 2009

 

EN EL 75 ANIVERSARIO DE LA LA REVOLUCIÓN DE ASTURIAS
José Mª García de Tuñón Aza*



 

Se cumplen ahora 75 años de aquel nefasto octubre de 1934 en que el socialismo desencadenó en España una revolución. Pero ¿qué se proponía esta revolución? ¿Qué fue este movimiento revolucionario? ¿Adónde y con qué garantías iba aquella revolución? ¿Adónde iba la revolución como justificativo de sus inmensos crímenes? Después del triunfo, si el triunfo hubiera sido posible, ¿qué? La masa estaba en la creencia de que después de la victoria vendría la socialización de la riqueza, la estatificación en masa de los instrumentos de trabajo; algo muy confuso que se llamaba comunismo libertario y que consistía en la inocente adjudicación de títulos rimbombantes: «comisario del pueblo», «comités revolucionarios», etc., y en expedir vales contra el comercio, bien repleto por el esfuerzo privado. Pero los dirigentes no podían creer eso. Y si lo creían no por ello iban a ser menos responsables; porque ¿qué garantías habían dado al pueblo de estar preparados esos dirigente y de tener tomadas todas las medidas para que, arrebatado de las manos privadas, el complejísimo instrumento de la producción y de la distribución siguiera funcionando sin entorpecimientos de catástrofe?

La Revolución de Asturias fue insincera e insinceros y desleales con el país y con la gran masa fueron los líderes socialistas. De ahí la inmensa responsabilidad que tuvieron ellos y que setenta y cinco años después sus herederos ideológicos siguen sin querer reconocer que aquello fue un tremendo delito de lesa Patria. Sus máximos responsables, Largo Caballero e Indalecio Prieto, no sólo no dieron garantías al país de que tras el triunfo no vendría el caos –¿primer acto para la implantación del comunismo?–, sino que, en fechas no lejanas, habían afirmado resueltamente todo lo contrario, es decir, derribar la República burguesa e instaurar una especie de República soviética. Por creerlo así no se sumó el moderado Julián Besteiro porque entendió que era una terrible equivocación histórica de la izquierda, provocada por su partido a la que se unirían otras fuerzas que, siguiendo consignas de sus jefes, hicieron de la capital del Principado de Asturias una ciudad totalmente devastada. Lo habían anunciado los revolucionarios en el manifiesto firmado por el Comité de Alianzas Obreras y Campesinas de Asturias: «Tras nosotros el enemigo sólo encontrará un montón de ruinas. Por cada uno de nosotros que caiga por la metralla de los aviones, haremos un escarmiento con los centenares de rehenes que tenemos prisioneros».

Y para muestra valga el ejemplo de unos diálogos de los que ha dejado testimonio José Díaz Fernández en su libro escrito en 1935, donde relata cómo los mineros de las cuencas asturianas de Langreo y Caudal iban concentrándose para partir hacia la capital del Principado, la ciudad brillante y atractiva a la que muchos de ellos sólo habían visitado en alguna ocasión y que ejercía sobre los revolucionarios una atracción irresistible, hasta tal punto de que su único deseo era someterla y humillarla. Para ello nada mejor que comenzar tomando el edificio de las Consistoriales, algo que llegaron a lograr el día 6 a las cuatro de la tarde después de una lucha encarnizada, bajo el mando de un tal Feliciano Ampurdián quien, segundos antes de caer abatido por las balas de los guardias, les dijo a sus compañeros:

–Hay que acabar con los que están arriba. Entonces Oviedo es nuestro.

Inició [Feliciano] el ascenso por la escalera principal. Pero antes de llegar al primer piso caía acribillado a balazos. Arrojando sangre por la boca, con la cara destrozada, aún gritó.

–¡Quemarlos vivos!

El grupo lleno de rabia, subió disparando sus mosquetones. Varios guardias perecieron en la defensa y otros huyeron por las puertas laterales.

Así se apoderaron los revolucionarios del Ayuntamiento de Oviedo...

Más tarde a uno de los insurrectos capturado por las tropas leales, le preguntaban:

–Bueno ¿y qué pensáis hacer con Oviedo? Estáis destrozándolo.

–Nosotros lo que queremos es tomarlo. Los del comité dicen que se procure hacer el menor daño posible; pero hay que tomarlo. Y como hay que tomarlo... No le quepa duda que lo tomaremos, cueste lo que cueste.

En un artículo publicado en el diario Abc José Manuel Otero Novas, ministro de la Presidencia y también de Educación con Adolfo Suárez, escribió:

La noche del 30 de abril al 1 de mayo de 1976, le pedimos a Felipe González y otros dirigentes socialistas que suprimieran de un libro en ciernes una reivindicación orgullosa de su golpe de Estado de 1934. Les argumentamos que no era un buen comienzo de la democracia defender un ataque violento a las instituciones democráticas. Y se negaron. Salió la reivindicación. Y en 1984, el PSOE ya en el poder celebró en muchos puntos de España el cincuentenario del golpe, después de haber erigido estatuas a Prieto y a Largo Caballero, junto a la de Franco, al pie de los Nuevos Ministerios.

Juan José Menéndez García, autor de un libro sobre el socialista asturiano Belarmino Tomás –el hombre al que no le tembló el pulso cuando tuvo que utilizar métodos violentos para que triunfara la primera huelga convocada por su sindicato en 1911 y a quien le achacan «el haber utilizado en el exilio fondos republicanos»–, en las páginas que dedica a la Revolución de Asturias, dice que las fuerzas gubernamentales al mando del general López Ochoa, al entrar en la localidad de Carbayín el 19 de octubre fusilaron a 21 prisioneros sin juicio previo enterrándolos más tarde en unas escombreras, algunos de ellos aún con vida, tras torturas y vejaciones. Sin embargo, de los crímenes cometidos por los socialistas con la muerte, por ejemplo, de los Hermanos de la Salle de Turón –que conoceremos después con más detalle–, no escribe una sola palabra. También se queja de que «el Ateneo Obrero fue saqueado, siendo públicamente quemados medio millar (el subrayado es mío) de libros»; pero nada escribe sobre los miles que quemaron los revolucionarios, pertenecientes a la biblioteca de la Universidad de Oviedo y de otras bibliotecas ovetenses. Tampoco habla sobre la dinamita que los sediciosos hicieron explosionar para arrasar varios edificios nobles de la ciudad de Oviedo. La lucha en la calle Uría, principal arteria de la ciudad, fue terrible, y los insurrectos, según el que fue vicesecretario y secretario del PSOE, Juan-Simeón Vidarte, «tuvieron que conquistarla casa por casa».En alguna ocasión para cometer algún asesinato como fue el del magistrado jubilado Adolfo Suárez que vio cómo el día 7 un grupo de personas irrumpía violentamente en su vivienda que estaba situada en el número 76, piso 3º: «Los revolucionarios armados entraron en el piso. El que parecía hacer de jefe preguntó al anciano magistrado: «¿Cómo se llama usted?». Al responderle que Adolfo Suárez, le disparó un tiro en la cabeza». Terribles vicisitudes que iremos glosando y que en su día había recordado la publicación británica The National Review:

...excepto en la región minera de Asturias, donde los mineros se apoderaron de la capital de la provincia, Oviedo, que ocuparon durante diez días, causando gran mortandad y cometiendo muchas atrocidades, además de destruir con dinamita y petróleo la mayor parte de los mejores edificios de Oviedo, incluyendo la Universidad y su biblioteca, los tribunales de justicia, el palacio del obispo, dos conventos, una iglesia, y los hoteles más importantes. Oviedo permaneció durante esos diez días bajo un reino de terror, mientras una guerra civil comenzaba en las montañas entre un destacamento del ejército español y los revolucionarios. Se estima, por fuentes fidedignas, que de unas 2.000 a 3.000 vidas se perdieron antes de que la ley y el orden fueran restablecidos, pero no hay ninguna evidencia que demuestre que las tropas cometieran abusos, según han intentado probar los socialistas extranjeros, apologistas de los revolucionarios.

Existen testimonios que dicen que la ciudad de Oviedo fue bombardeada con cañones que los insurrectos habían sustraído de la Fábrica de Armas de Trubia (Oviedo): «Entre ellos 18 del primer lote de los inventariados por el comandante de Artillería Ramírez Arellano, [ya que] los obreros especialistas de cada taller, pusieron la gran industria en plena actividad. Se dio el caso curioso de que los cañones Ramírez Arellano, recién declarados de uso reglamentario para la infantería por su poco peso, no se habían disparado más que en las pruebas de la Escuela Central de Tiro y los revolucionarios los utilizaron por primera vez contra Oviedo y contra su propio inventor que se encontraba entre los defensores de la capital». Alguno de estos cañones expoliados fueron emplazados en el monte «Naranco y por el lado del barrio San Lázaro. La misión deunos y otros era atacar la Catedral...». Los sediciosos intentaron que alguno de ellos fuera manejado por un oficial de Artillería y casi consiguen su propósito con el capitán Placido Álvarez-Buylla López-Villamil que, junto a su padre también llamado Plácido, habían sido hechos prisioneros junto con otros ovetenses. El primero fue conducido hasta el monte Naranco, desde donde se divisa toda la ciudad amenazándolo con la muerte si se negaba a disparar el cañón. Para Álvarez-Buylla el dilema que se le planteaba era muy grave: por un lado estaba en juego su propia vida y por el otro, en Oviedo tenía a toda su familia y tampoco quería ser el responsable de la destrucción de la milenaria catedral ovetense verdadera joya arquitectónica de estilo gótico. El problema que se le planteaba era, pues, muy grave. Pero es el autor de un libro quien nos cuenta cómo se las ingenió el artillero para no disparar un solo tiro: explica que Álvarez-Buylla «tiene una idea perfecta de lo que ha de hacer. Los rebeldes observan que se dispone a estudiar el cañón formidable (sic), y sin que nadie pudiera verlo nipercibirlo, lo inutiliza y demuestra a los rebeldes que le faltaba una pieza microscópica y que sin ella se convierte en un objeto de cosas inservibles». De todas las maneras, si hacemos caso a Margarita Nelken, diputada socialista y defensora acérrima del sector de Largo Caballero, cabe también la posibilidad de que no bombardearan la Catedral por problemas sentimentales. Fue en el Cine Europa de Madrid cuando la diputada Nelken pronunció estas palabras: «No podemos ser sentimentales. Por sentimentalismos renunciamos a destruir la catedral de Oviedo».

Una voz discordante

Indalecio Prieto, en un gesto que le honra, se declaró culpable de su participación en la Revolución porque sabía que los socialistas habían roto los cordones que circundaban la legalidad, y porque sabía también que jurídicamente la acción de los tribunales podía descargar implacablemente su rigor si fracasara la misma, como así fue, aunque también se declaró exento de toda responsabilidad inicial. Las palabras que pronunció Prieto en el Círculo Cultural Pablo Iglesias, de México, el 1º de mayo de 1942 fueron las que siguen:

Me declaro culpable ante mi conciencia, ante el Partido Socialista y ante España entera, de mi participación en aquel movimiento revolucionario. Lo declaro, como culpa, como pecado, no como gloria. Estoy exento de responsabilidad en la génesis de aquel movimiento, pero la tengo plena en su preparación y desarrollo. Por mandato de la minoría socialista, hube yo de anunciarlo sin rebozo desde mi escaño del Parlamento. Por indicaciones, hube de trazar en el Teatro Pardiñas, el 3 de febrero de 1934, en una conferencia que organizó la Juventud socialista, lo que creí que debía ser el programa del movimiento. Y yo –algunos que me están escuchando desde muy cerca, saben a qué me refiero– acepté misiones que rehuyeron otros, porque tras ellas asomaba, no sólo el riesgo de perder la libertad, sino el más doloroso de perder la honra. Sin embargo las asumí.

La prensa española recogía, al poco tiempo de ser sofocada la Revolución, unas manifestaciones que desde París –donde se encontraba huido– hacía el propio Prieto en las que responsabilizaba de ella al partido:

El Partido Socialista es el único responsable de los recientes acontecimientos de España [...]. En cuanto a su carácter dice que no ha tenido la tendencia extremista que se le atribuyó. Prueba de ello es que no se ha desarrollado en las provincias donde predominan los anarquistas. Estos han llegado incluso a comunicar al Gobierno que eran ajenos a la sublevación socialista».Se debe aclarar también que Prieto admitió siempre el triunfo de la revolución, aunque se mostró pesimista con el día después, ya que en su opinión el partido no contaba con hombres lo suficientemente preparados para hacer una política socialista, y temía que pudieran ser desbordados por gentes situadas a la izquierda del Partido Socialista.

«A salvo y en París»,eran los titulares, en última página, de un artículo que publicaba otro diario ovetense y de cuyo texto merece la pena reproducir algunos párrafos:

Ya se sabe dónde está uno de los jefes de la revolución, el orondo y opulento don Indalecio Prieto, a quien las autoridades españolas buscaban. Tuvo buen cuidado, después de armar a los incautos obreros y lanzarlos a la sangrienta aventura que tantas vidas ha costado, de ponerse a salvo más allá de las fronteras [...].

¿El único responsable del partido socialista? Prieto ha de saberlo bien: y sabrá el grado de responsabilidad de cada cual, dentro del partido por su actuación en el movimiento subversivo. Porque unos fueron iniciadores, directores y otros fueron actores. Por lo visto Prieto deja que la responsabilidad se haga efectiva sobre los actores; él, director y empujador de la masa, se pone fuera del alcance de la ley, para que no se le exija esa responsabilidad de que blasona. La valentía hubiera sido estar al frente en la línea de fuego, y seguir la suerte de quienes estuvieron en tal puesto [...].

Hubiérase encontrado Indalecio Prieto en una casa de la calle de Policarpo Herrero cuando la explosión del Instituto; o en otra de la calle de San Francisco cuando el incendio; o en otra de las tantas zonas de peligro de la ciudad y sus arrabales y hablaría de otro modo.

Sin embargo, quien no parecía estar dispuesto a cargar con ninguna clase de culpa fue Largo Caballero –aspirante a una «República socialista» porque lo dejó muy claro cuando dijo aquella de «...la dictadura del proletariado, hacia la cual vamos»– que, como consecuencia de las dimisiones de Besteiro, Saborit y Trifón Gómez, se había reintegrado como secretario general de la UGT, y desempeñaba, en el momento de la Revolución, el cargo de presidente del partido. Cuando fue detenido y conducido a la cárcel, sería interrogado por el Juez Instructor militar que se presentó en la prisión para, entre otras cosas, hacerle las siguientes preguntas:

–¿Es usted el jefe de este movimiento revolucionario?
–No, señor.
–¿Cómo es eso posible, siendo Presidente del Partido Socialista y Secretario General de los Trabajadores?
–¡Pues ya ve usted que todo es posible!
–¿Qué participación ha tenido usted en la organización de la huelga?
–Ninguna.
–¿Qué opinión tiene usted de la revolución?
–Señor juez, yo comparezco a responder de mis actos, y no de mis pensamientos.

A preguntas del fiscal, Largo Caballero todavía seguía negando su responsabilidad:

–¿Quiénes son los organizadores de la revolución?
–No hay organizadores. El pueblo se ha sublevado en protesta de haber entrado en el Gobierno los enemigos de la República.

En sus memorias arremete contra Prieto por unas declaraciones que éste había hecho, en el sentido de quejarse de que nadie se hiciera responsable del movimiento. Largo Caballero no se muerde la lengua:

Nadie con menos autoridad podía pronunciar tales palabras. ¡Él, a quien en la huelga de agosto del 17 le faltó tiempo para cruzar la frontera dejándonos a los demás en la brecha! ¡Él, que en diciembre del 30 se apresuró a salir al extranjero, dejándonos a los demás miembros del Comité revolucionario para que respondiéramos de lo hecho por todos! ¡Él, que habiendo aprobado quedarse en Madrid para el caso en que fuera necesario reunirse, sin decir nada ni consultar con nadie, en octubre del 34 se escapa a Francia dejándonos a los demás en las astas del toro! ¡Él censuraba a los que estábamos bajo la amenaza de sufrir penas gravísimas!... Era el máximo de la frescura.

Había mentido, obviamente, al fiscal al decir que la Revolución se había producido porque habían entrado los enemigos de la República en el Gobierno. Por esta razón hay quien no ha tenido más remedio que escribir: «De modo que los republicanos se sublevaron contra la República para defenderla. Ya lo hemos leído muchas veces. Pero fue una defensa suicida porque terminaron con ella» dice el periodista José Ignacio Gracia Noriega. El mismo periodista escribió más tarde: «En 1934, el PSOE, descartado por el fracaso electoral de 1933, llegó a la conclusión de que era el momento de prescindir de formalidades burguesas para poner en marcha la vieja aspiración societaria de la revolución, y en este despropósito incurrieron incluso dirigentes con sentido común como Indalecio Prieto, el cual tuvo tiempo de arrepentirse de ello en su exilio mexicano».

Por otro lado, el propio Largo Caballero, según nos cuenta el historiador de izquierdas George Soria, cuando asistió a la reunión de la UGT en enero de 1934 se manifestó partidario «de una línea revolucionaria que preconizaba el recurso a lainsurrección». Por esos mismos días el corresponsal en Madrid del diario barcelonés La Veu de Catalunya en la crónica que envió a su periódico, 22 de enero de 1934, al hacer referencia a un discurso de Largo Caballero, escribió que éste había pronunciado «un discurso groseramente revolucionario, de franca excitación a la rebelión. Esta vez el señor Largo basó sus afirmaciones en textos de Pablo Iglesias».

También El Socialista escribía el 13 de enero de este mismo año:

Si la necesidad nos obliga a acudir en ayuda de la República, no acudiremos por hacer un servicio a los republicanos, sino por impedir la pérdida de una trinchera que nos importa conservar, a pesar de los republicanos. Estos han perdido la República... No somos republicanos, no lo hemos sido nunca. Somos socialistas. Sólo socialistas. Sabemos lo que queremos y a dónde vamos.

Por su parte, Josep Pla publicaba una nueva crónica el 4 de febrero:

Madrid está saturado en estos momentos de rumores catastróficos. Nos encaminamos, si lo que dicen estos rumores es cierto, a una conmoción extremista de una gran intensidad. El frente único revolucionario parece que, a estas alturas, es un hecho: me refiero al frente socialista-anarquista-comunista. Diferentes sectores políticos de izquierdas están en notorio contacto con el movimiento. El Socialista afirma a diario que, previa al estallido del golpe, se producirá la retirada de la minoría socialista del Parlamento. Hay personas de responsabilidad política que afirman que se ha fijado incluso la fecha para comenzar. Dicha fecha está muy próxima, y una de las mayores personalidades socialistas decía hoy que todos los preparativos están listos. Ya veremos qué pasará. Este movimiento puede ser, naturalmente, algo serio; puede ser también un chantaje cuyo fin sea la eliminación del señor Lerroux de la dirección política del país…

Así pues, esa teoría de la entrada en el Gobierno de miembros de la CEDA no la comparten la inmensa mayoría de los historiadores y demás estudiosos del tema. En tal caso, como diría años después el secretario de la CNT, Ramón Álvarez Palomo, «esa sería la señal». Por otro lado, las autoridades británicas llegaron a decir que «la entrada en el gobierno del partido radical de cuatro (sic) ministros católicos de la Ceda de ningún modo justificaba la violenta respuesta socialista». Con el punto de vista de Largo Caballero sí está de acuerdo Ángel Ossorio, el monárquico sin rey –según decía–, cuando escribe en sus memorias que la constitución de un Gobierno español claramente anti-republicano, presidido por Lerroux y caracterizado por el ingreso en el mismo de Gil Robles «originó la revolución de Asturias yprovocó una tempestad separatista en Cataluña». Pero aparte de que Gil Robles no entró en el Gobierno sino que quienes entraron fueron tres miembros de su partido, también dice Ossorio que en agosto de 1932 el general Sanjurjo se sublevó en Sevilla y Madrid «al frente de la Falange Española...».Semejante disparate histórico no tiene disculpa en un político que vivió aquella época, porque de todos es sabido que Falange todavía tardaría más de un año en aparecer en el mapa político español, lo cual quiere decir que este abogado y político o escribió a sabiendas que mentía o no se enteró de lo que pasaba entonces.

Asimismo, no está demás recoger unas líneas de lo que el periódico El Socialista llegó a publicar el 30 de septiembre y que Juan-Simeón Vidarte tiene por trascendental artículo:

Transigir con la CEDA en el poder es conformarse buenamente con la restauración borbónica. Es admitida como inevitable. ¿Se avienen a eso los republicanos? Nosotros, no. Seguimos siendo intransigentes en alto grado. La CEDA es el desafío a la República y a las clases trabajadoras. Y nadie puede jactarse hasta ahora de habernos desafiado con impunidad y sin que le ofreciésemos, inmediata y eficaz, nuestra respuesta.

Pocos días antes, el 27 de septiembre, el mismo periódico escribía en su editorial:

Las nubes van cargadas camino de octubre: repetimos lo que dijimos hace unos meses: ¡Atención al disco rojo! El próximo mes puede ser nuestro octubre. Nos aguardan días de prueba, jornadas duras. La responsabilidad del proletariado español y sus cabezas directoras es enorme. Tenemos nuestro ejército a la espera de ser movilizado. Y nuestra política internacional. Y nuestros planes de socialización.

Todo estaba previsto

En definitiva, está claro que la entrada en el Gobierno de los tres miembros de la CEDA no fue la causa para desencadenar la Revolución, sino más bien el pretexto o, si se quiere, la chispa. Era, pues, algo que se venía incubando desde hacía mucho tiempo. Lo prueba además, entre otras cosas, la creación de milicias de las Juventudes Socialistas, uniformadas, provistas de armas cortas y de granadas de mano adiestradas por García Oliver, y que sus jefes les habían entregado vacías. Juventudes a las que había pertenecido el que llegaría a ser presidente del PSOE, Ramón Rubial cuando entonces le cautivaba «la teoría de la insurrección armada, un enamorado de las revoluciones clásicas, en la que el Poder era conquistado por un hecho insurreccional». Esto es, pues, una muestra más de que los jóvenes socialistas se venían ejercitando en el uso de las armas desde que sus mayores perdieron el Poder, prueba manifiesta de que esta Revolución no tenía nada de improvisación ni de espontaneidad después del volumen del armamento requisado anteriormente a los insurrectos. Así lo demuestran también las opiniones no sólo de historiadores de distintas tendencias políticas, sino la mayoría de los políticos que vivieron aquella época, como por ejemplo quien presidió el consejo de Ministros a últimos de 1935 y principios de 1936, Manuel Portela Valladares:

La Revolución no fue, pues, consecuencia de la crisis política, sino que estaba preparada de antes; y por lo tanto aquellas notas que amenazaban con ella sirvieron de pretexto o de santo y seña para lanzarla. Y no podía ser de otra manera porque sin aquella preparación no se concebiría, de la noche a la mañana, el movimiento revolucionario. ¿Cómo no establecer entonces connivencias entre los autores de las insólitas notas y los revolucionarios que a su voz se echaron a la calle? O aquellos políticos cayeron de primos al suscribirlas o entraban en el secreto y en la danza. (Sí que entraban, y el mediador Prieto era el alma del cotarro).

«Hacia finales de septiembre, la cuenca minera asturiana era un polvorín presto a explotar en cualquier momento. La crisis ministerial que concluyó el 3 de octubre con el nombramiento de tres miembros de la CEDA encendió la chispa»,nos dice en su tesis doctoral publicada en España el estadounidense Adrian Shubert. En una conferencia que pronunció en La Felguera (Asturias) con motivo del cincuentenario de la Revolución, dijo también: «…la insurrección de octubre no fue algo espontáneo, ya que venía organizándose desde un año antes». «La entrada cedista en el gobierno presidido por Lerroux fue la señal de la revolución de octubre, no su causa»,opina el historiador inglés Raymond Carr, quien añadió al mismo tiempo: «…los trabajadores de Asturias luchaban por el poder soviético bajo la dirección de los comunistas». Por otro lado, Santiago Carrillo, entonces secretario general de la Federación de Juventudes Socialistas, cargo para el que había sido nombrado a principios de 1934, puntualiza que «habíamos resuelto que precisamente la entrada de la CEDA sería la señal para desencadenar el movimiento, porque si dábamos tiempo a que ese partido actuase desde el Gobierno haría más difícil, si no imposible, el levantamiento».Estas palabras de Carrillo dejan muy claro que la revolución socialista tarde o temprano tenían pensado ejecutarla, todo dependía del momento propicio para ellos, «porque no basta con ir a laRevolución; es menester que se vaya a tiempo», escribía Ramos Oliveira que, por cierto, no hacía otra cosa que seguir las palabras que ya había publicado el diario El Socialista cuando este órgano del partido, al referirse al movimiento violento de sus compañeros austriacos, se pronunciaba en el sentido de que «el camino es el mismo que han seguido los socialistas austriacos con la sola diferencia de elegir el momento psicológico con el máximo rigor: ni antes ni después de lo conveniente».

Otro que tampoco comparte la teoría de la entrada de la CEDA en el Gobierno como causa principal de la Revolución, es el historiador y catedrático Julio Aróstegui, quien dice que la idea de la insurrección empezó a considerarla el socialismo en febrero de 1934, y no le cabe duda de que la radicalización es muy anterior a esa fecha:

Formalmente la amenaza de la insurrección la situó el socialismo en el contexto de su negativa a que la CEDA participara en el gobierno. Ello colmaría el vaso de lo que se consideraba como una entrega de la República a sus enemigos. Por eso se ha dicho que laamenaza de la insurrección podía ser una estrategia para impedirese gran corrimiento a la derecha en el Gobierno de la República. Pero la entrada de la Ceda en el gobierno se produjo el 4 de octubre...

Que la designación –dice asimismo el historiador Jesús Pabón– de esos tres ministros de la CEDA –esos tres nombres en esas tres carteras– guardase relación de causa efecto con el movimiento revolucionario, aunque fuese en calidad de provocación, es afirmación que, por reiterada, no puede disminuir un legítimo asombro [...]. Ni el número, ni las personas, ni las carteras, podían producir inquietud alguna. Eran tres ministros en un Gobierno de quince. Ninguna de las carteras era «clave» para los propósitos que se decían temer de la CEDA.

Asesinatos en Turón

Quiero referirme a algunos de los 34 sacerdotes y religiosos, muchos de ellos «matados como conejos», que fueron inmolados en Asturias y que nada tenían que ver con las reclamaciones de todo tipo que nos han contado algunos historiadores. Los religiosos martirizados en el pueblo minero de Turón, ocho Hermanos de La Salle y un P. Pasionista perteneciente al convento que esta orden tiene en la localidad de Mieres y que, casualmente, se encontraba en aquel pueblo llamado por los Hermanos para preparar a los niños que iban a celebrar el primer viernes de mes y que coincidía con la fecha 5 de octubre. Estos religiosos no eran héroes de una guerra humana en la que no participaban, como así dijo Juan Pablo II refiriéndose concretamente a estos mártires. Su muerte fue un crimen perfecto planificado a sangre fría, desde un anticlericalismo irracional «...cuando el horizonte se presentaba rodeado de peligros y la persecución había empezado con saña satánica en nuestra patria y una losa de plomo oprimía nuestros espíritus», según recuerda el cardenal Tarancón. Era pues, un anticlericalismo que seguía el camino que les había marcado Pablo Iglesias durante el VI Congreso celebrado en Gijón y que nos recuerda el político Gómez Llorente al recoger unas palabras que aquél pronunció en la citada celebración:

Nosotros vamos más lejos que los radicales burgueses. Queremos la muerte de la Iglesia, cooperadora de la explotación de la burguesía; para ello educamos a los hombres, y así les quitamos conciencias. Pretendemos confiscarle los bienes. No combatimos a los frailes para ensalzar a los curas. Nada a medias tintas. Queremos que desaparezcan los unos y los otros.

La primera víctima religiosa que se produjo en la Revolución en Asturias fue el párroco de Valdecuna, un pueblo del concejo de Mieres, Manuel Muñiz Lobato. La noche del 4 al 5 de octubre se detuvo un auto frente a su casa. Llamaron a la puerta y el sacerdote, temiendo lo peor, corrió a esconderse en un pajar separado de su casa unos 15 metros, creyendo el infeliz que así podía salvar su vida, pero allí lo encontraron y allí mismo lo asesinaron, permaneciendo el cadáver tres días cubierto con una sábana en el mismo lugar donde tuvo lugar este hecho vil. A continuación, los asesinos se dirigieron a la iglesia donde profanaron los enterramientos que había en el templo y después de sacar los restos allí depositados los dejaron tirados por todo el pueblo. Entre estos restos estaban los de la abuela paterna de quien esto escribe, Zoila San Román López.

Los religiosos asesinados en Turón lo fueron por el «odio desatado contra la religión en algunos líderes más exaltados de la revolución del 34» y que en este pueblo ya venía arrastrándose desde hacía tiempo porque en septiembre de 1932 unos «revolucionarios» penetraron en la ermita «donde se venera el Santísimo Cristo de la Paz, y lo volaron con un cartucho de dinamita». Meses más tarde «fue incendiada la iglesia parroquial». Todos ellos fueron beatificados el 29 de abril de 1990 sin la presencia en Roma de ningún miembro del Gobierno de Asturias, en poder de los socialistas, ni tampoco del Ayuntamiento de Mieres, también en poder de los mismos. Su alcalde, Eugenio Carbajal, cuya familia había participado en la lucha de Octubre del 34 al lado de los revolucionarios, manifestaba que «es muy respetable la actitud de la Iglesia, pero nadie recuerda a los mártires del otro lado».

Por su parte, el presidente del Gobierno asturiano rechazaba la invitación que le había cursado el ministro socialista de Asuntos Exteriores, Francisco Fernández Ordóñez, en estos términos:

Agradezco ante todo su deferencia de integrarnos en la delegación oficial. No obstante, no vemos ni necesario, ni conveniente esa representación, que creo no convocaría el sentimiento de comprensión de todos los asturianos, dadas las múltiples tragedias que en todos los sectores sociales implicados comportaron los sucesos de 1934, y la voluntad máxima de considerarlos superados.

La Cámara Santa

El historiador y sacerdote, Vicente Cárcel Ortí, escribía que la persecución habida en España se puede considerar la mayor vergüenza de la República y que, por esta razón, fue desacreditada totalmente ante el mundo occidental. También dice que «las atrocidades del octubre rojo del 34 en Asturias –con destacada intervención de socialistas y comunistas– no permiten considerar aquella revolución como una defensa de libertades, sino como un verdadero ensayo de la futura persecución religiosa». Recordaba este sacerdote las palabras del cardenal Vidal i Barraquer, de Tarragona, cuando denunciaba que «hasta el momento presente la Iglesia no ha recibido de parte del Gobierno (republicano) reparación alguna, ni siquiera una excusa o protesta». Y Cárcel Ortí terminaba con esta gran verdad: «Hasta ahora ningún partido o personaje político, heredero de las ideologías que provocaron la persecución, lo ha hecho». Éste mismo historiador recogía un largo artículo firmado por Álex Rosal, quien criticaba el que se hubiese constituido, sesenta años después, un «tribunal popular» encargado de decidir quién es culpable y quién no, y preguntaba:

¿Acaso el laicismo militante no tiene de qué arrepentirse? ¿No deben pedir perdón el PSOE, PCE, POUM, CNT, FAI, Estat Catalat... por su implacable y recalcitrante persecución religiosa? ¿No es motivo de arrepentimiento los más de siete mil asesinatos de eclesiásticos...?

Tampoco han pedido perdón los socialistas de antes ni de ahora por el enorme daño material que hicieron a la Cámara Santa de la Catedral, la Universidad y la Real Audiencia: los tres pilares de la civilización de Occidente: Religión, Cultura y Justicia, inmolados en aquellos días trágicos. Hablaban de terminar con cualquier vestigio capitalista y con lo que terminaron fue con todo lo que representaba la cultura a pesar de que el catedrático David Ruiz declarase que «el 34defendía los ideales de una clase obrera educada». Está claro que lo único que iba de la mano de los insurrectos y la única educación que conocían era la dinamita con la que hicieron añicos lo más preciado de la cultura ovetense. Dinamita a la que sin ningún rubor ni sonrojo el poeta Rafael Alberti le dedicó un poema que termina de esta manera: Mi mano y mi corazón, / ¡contigo!, que Asturias grita, / como ayer: ¡Viva el Nalón / y viva la dinamita. Años más tarde, el poeta decía recordar su presencia en el Oviedo revolucionario y declaraba: «Asistí entonces a una reunión memorable de mineros, en la que algunos que pedían la palabra, levantaban el brazo y les faltaba la mano. Yo tengo una imagen heroica de Asturias». Sin embargo, a pesar de esta declaración de Alberti no existe ninguna constancia de su presencia en Asturias por aquellas fechas y mucho menos en Oviedo.

Con la dinamita que Alberti quiere que viva, explosionaron los revolucionarios la Cámara Santa de la Catedral construida en el siglo IX por el rey Alfonso II llamado el Casto para guardar en ella el arca de madera de cedro, cubierta con placas de plata sobredorada, de 0,70 metros de alta, 1,19 de larga y 0,93 de ancha, que contenía las reliquias que los cristianos habían traído de Jerusalén cuando los musulmanes invadieron Palestina, y que al llegar a Asturias primero estuvo resguardada y escondida en una cueva del monte denominado Monsacro, en el concejo de Morcín, inmediato a Oviedo, para ser traída, según las antiguas crónicas, por Alfonso II a la catedral que levantaba en la capital del principado de Asturias. También se guardaba en la Cámara Santa la Cruz de los Ángeles, símbolo de la ciudad de Oviedo, que la imaginación popular consideraba una labor angélica.

El que fue Deán de la catedral de Oviedo, Maximiliano Arboleya, en una carta que escribe el 30 de octubre de 1934 a su amigo Severino Aznar, creador de Paz Social,que servía para estimular la fundación de sindicatos católicos agrarios y fundador después del grupo Democracia Cristiana, le dice respecto a la voladura de la Cámara Santa:

Lo de la Catedral me dejó anonadado, pues yo […] creía que se trataba de un simple derrumbamiento de la techumbre de la Cámara Santa, y se trata de su destrucción total […] Los revolucionarios, dueños de casi toda la ciudad, no lograron entrar en la Catedral. Pero sí en la Sala Capitular, uno de cuyos ventanales bajos volaron o abrieron con dinamita. Allí quemaron la sillería del coro, la mesa del secretario y varios libros de Actas y otros objetos. De la Sala Capitular se dirigieron al lado del claustro donde está la cripta de Santa Leocadia, sobre la cual se levanta la preciosísima Cámara Santa. Iban muy bien dirigidos los bárbaros. Se culpa demasiado a los mineros, pero ellos no fueron más que el brutal brazo ejecutor. ¿Qué sabían esos infelices de tales rincones? Acumularon en la cripta mencionada, de bóveda muy baja, muchas cajas de dinamita y la explosión fue tal que voló la tal bóveda, muy gruesa y pesada, y con ella, la Cámara Santa, también muy resistente. Todo subió a tal altura que en los tejados vecinos quedaron tremendos bloques de piedra.

Una de las obras de arte más preciosa, la Caja de las Calcedonias, del año mil, quedó intacta sobre los escombros, mientras ayer descubrimos con la emoción más intensa la Cruz de los Ángeles, a pocos centímetros sobre el suelo de la cripta bajo varios metros de escombros pesadísimos. Y está muy poco deteriorada […] El Arca Santa sale en pedazos lamentables; la Cruz de la Victoria no apareció aún. El Santo Sudario fue de las primeras reliquias encontradas y en buen estado. También hemos sacado otras muchas reliquias y obras de arte en general con grandes desperfectos.

Por otro lado, Arboleya también recibió interesantes cartas de arqueólogos alemanes e ingleses en las que hacían patente su enorme preocupación y disgusto, y también protesta, por lo ocurrido con la Cámara Santa, acto que calificaban de monstruosidad. Decían que «ha sido una de las pérdidas más considerables que pudo acontecer en el mundo, porque España, que guardaba un tesoro artístico romano-bizantino, tenía su mejor representación en la Cámara Santa de Oviedo».

Una de estas cartas procedía del erudito arqueólogo inglés W. M. Whitehillo que venía acompañada de otra que este arqueólogo, junto con la firma de otros tres colegas, habían dirigido al director del prestigioso periódico londinense The Times:

Señor: En la información publicada hoy sobre la reciente revolución española, se dice que los rebeldes, en Oviedo, volaron, deliberadamente, con una carga de dinamita, un lado de la Cámara Santa, donde se guardan los tesoros de la Catedral, destrozando tres de las celebradas estatuas de los Apóstoles.
Si ello es cierto puede afirmarse que se trata de la mayor catástrofe sufrida por España en estos tiempos, pues la Cámara Santa era una de las más preciosas obras del genio hispano. Comenzada en la novena centuria, para salvaguarda de las notables Reliquias de la Catedral de Oviedo [...]. Únicamente en España podía hallarse una tan soberbia colección de trabajo románico en metal...

La Universidad

Fundada en el siglo XVI por el arzobispo Fernando Valdés Salas, Inquisidor General de los Tribunales del Santo Oficio, vio cómo después de varios siglos el incendio convertía el alma máter en un montón de piedras y escombros, y entre ellos, en pie, como si fuera sólo un símbolo, la estatua del Inquisidor que estaba y está ubicada en el patio. Este detalle provocó en Miguel de Unamuno una de aquellas frases tan características en él: «Allí estaba Valdés, advirtiéndonos con el dedo: Ya os lo dije yo». Palabras que algunos quieren hacernos olvidar, porque esta tragedia provocada por los revolucionarios en el templo de la sabiduría ovetense, suele ser recordada hoy de esta manera: «...en 1934, el edificio sufrió un incendio que sólo dejó en pie los muros gruesos y la arquería del patio de lado norte». Y que siguen por este camino tantas veces se les presenta la ocasión a historiadores, periodistas, etc. de izquierdas como es el caso de las coordinadoras de un libro donde han dejado escrito este párrafo: «El 13 de octubre de 1934 un incendio asoló el edificio universitario, reduciendo sus muros a ruinas y trazando un punto y aparte en la historia de la Universidad de Oviedo, al destruir el fuego todo cuanto se había acumulado a lo largo de más de tres siglos de trayectoria académica».

El incendio trajo consigo la pérdida irreparable de su biblioteca con la desaparición de unos 55.000 libros, «cifra que hacía de la Universidad ovetense uno de los establecimientos mejor dotados bibliográficamente del país. En ese conjunto destacaban más de 250 manuscritos, 66 incunables, valiosas obras impresas en el siglo XVI y muchos miles de libros de los siglos XVII y XVIII», dice el bibliotecario de la Universidad, Ramón Rodríguez, en declaraciones posteriores, que en el caso de poder recuperarse algún libro de los quemados en aquel incendio, él recuperaría «una biblia medieval miniada, del siglo XIII. Un ejemplar único. En aquel incendio absurdo ardieron casi cien incunables y todo el archivo de la Universidad desde su fundación». El que fue catedrático de Historia del Derecho, Ramón Prieto Bances, declaraba a los periódicos a los pocos días de la destrucción de la Universidad:

Lo que más siento es la desaparición de las dos bibliotecas de la Universidad: la biblioteca general y la biblioteca especial de la Facultad de Derecho. Los laboratorios desaparecidos son de fácil reconstrucción. Lo que no puede reconstruirse son esas dos bibliotecas que tenían un fondo antiguo valiosísimo e inapreciable.

Y más adelante añadía:

Se han perdido notables obras de arte, como cuadros de Zurbarán, de Ribera y de otros pintores estimables del XVIII y XIX. Retratos de antiguos alumnos como Martínez Marina. Muebles y tapices del siglo XVII verdaderamente notables.

Por su parte, quien llegaría a ser rector de la Universidad de Oviedo, Valentín Silva Melero, bibliotecario en su época de estudiante, comentaba a la prensa que la biblioteca de la Facultad de Derecho, absolutamente independiente de la general, comenzó a formarse en el año 1878 y tenía como donantes, entre otros, al prestigioso catedrático ovetense Víctor Díaz Ordóñez y a la Universidad de Bolonia. Según cálculos, esta biblioteca poseía unos 14.000 ejemplares, aunque no se podía saber la cifra exacta porque también fueron destruidos los ficheros y los catálogos. Valentín Silva concluía con estas palabras a la prensa:

Contaba con las mejores enciclopedias jurídicas del mundo y con las colecciones de revistas más interesantes, algunas de las cuales habían iniciado su publicación hace más de un siglo y va a ser dificilísimo encontrar.

En 1936 se publicó una novela con el título Sangre de Octubre: UHP, que incluye una sucinta autobiografía del escritor comunista Maximiliano Álvarez Suárez, nacido en Teverga, localidad asturiana; hay un momento de la novela en que el autor reproduce un diálogo de dos personajes que comentan el incendio de la Universidad, y uno de ellos, después de reflexionar, llega a la siguiente conclusión: «Si perdemos, ¡que se joda la Universidad! Y si ganamos, ¿para qué queremos sus textos?».

El incendio que produjeron los revolucionarios no solamente trajo la pérdida de la biblioteca de la Universidad, sino también la valiosísima del Seminario Conciliar de Oviedo que albergaba más de 22.000 volúmenes. Entre los mismos se encontraba la colección completa del editor y escritor francés Jacques Paul Migne, en griego y latín, que recogía todo lo dicho por los Santos Padres; una colección completa de todos los escolásticos. En Sagrada Escritura se conservaban los comentarios del escriturista y teólogo español, el jesuita Juan Maldonado; todo el Cursus de la Universidad de Lovaina; una edición del Nuevo Testamento impreso en 1517 que constaba de seis volúmenes, tamaño folio, dedicados los cinco primeros al texto, y el último a temas de lexicografía y gramática, como un vocabulario hebreo-arameo-latino y otro greco-latino.«La obra fue muy apreciada por los eruditos, en atención a su docto contenido, y sirvió de base a la Políglota de Amberes, publicada años más tarde, entre el 1569 y el 1573», recordaba como joya bibliográfica el profesor de Lenguas Clásicas, Enrique López Fernández. Pero lo más grave de lo ocurrido en el seminario fue el asesinato de seis seminaristas y un subdiácono que respondían a los nombres de Mariano Suárez, Jesús Prieto, José María Fernández, Juan Castañón, José Menéndez, Gonzalo Zurro y Ángel Cuartas que fueron «cazados» como alimañas cuando trataban de esconderse. También la barbarie quemó la biblioteca de los dominicos; su superior, Fray Emilio González, declaraba que «el Convento de Oviedo, tenía unos 15.000 ejemplares con secciones importantes de Teología Dogmática y Moral. Derecho Canónico y Civil. Historia, Ciencia, Literatura...». Después, otro dominico, Fray Vidal Luis Gómara, escribiría estas palabras: «La furia revolucionaria no perdonó tampoco lo que en la ciudad representaba a la tradición y la cultura». Es decir, lo que según los revolucionarios estaba planeada para alcanzar una mejora social de todos los trabajadores, se convirtió en una persecución de seres inocentes y en la destrucción de cualquier vestigio cultural precisamente por aquellos que no se cansan en repetir que la izquierda es la que mejor y más defiende la cultura.

* José Mª García de Tuñón Aza es licenciado en empresariales y escritor.

 
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