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Altar Mayor Nº - 137 (08)
Monday, 07 March a las 11:43:45

Altar Mayor artículos REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 137  - septiembre / octubre de 2010

 

CICLO DE VIDA Y CICLO DE MUERTE: LOS DERROTEROS DE LA SOCIEDAD OCCIDENTAL
José-Fernando Rey Ballesteros*



 
La Naturaleza es un ámbito maravilloso, un ciclo ininterrumpido de vida en el que el Hombre no es un visitante extraño. Desde que nace, el ser humano tiene reservado un puesto esencial en la extraordinaria orquesta de la Creación: de algún modo, él es el solista, la voz llamada a entonar el aria con la que se acompasan los demás instrumentos.

Algo le distingue del resto de su entorno; la libertad de que está dotado hace que él sea el único elemento en la Naturaleza que debe elegir jugar su papel. También por ello, es el único que puede gozarlo. Ni gozan las nubes al derramar la lluvia, ni goza el río al devolver las aguas al Mar. Tampoco goza, aunque experimente un placer sensible, el animal al aparearse ni al apacentar a sus crías. El gozo espiritual que experimenta el Hombre al interpretar su partitura en la Gran Sinfonía de la Vida lo convierte en un ser único, dotado de una capacidad para el júbilo y el éxtasis que no disfrutan los seres de su entorno.

La moneda, como siempre, tiene dos caras: sólo el Hombre es capaz de sufrir, de experimentar el vacío interior, de sentir la angustia y de odiar su propia vida, cuando el ciclo se rompe, cuando la orquesta desafina, cuando él mismo fracasa al desgranar las notas de su aria. Merced a su libertad, el ser humano es el único elemento de la Naturaleza capaz de romper la partitura, de apoderarse de los demás instrumentos, y de frustrar el ciclo de la vida hasta convertirlo en un macabro ciclo de muerte. Nos guste o no, tenemos en nuestras manos un terrible poder.

I. El ciclo de la vida

1. Adolescencia y sexualidad

Por aquello de la gallina y el huevo, podríamos comenzar la descripción del ciclo en cualquiera de sus fases. Tomaremos como punto de partida la adolescencia, como esa primavera de la existencia que hace brotar en el ser humano el germen de vida afectiva y sexual, latente durante los años de la infancia.

Habría que comenzar diciendo que se trata de una primavera violenta, tormentosa y a menudo huracanada. La vida afectiva y sexual, en numerosas ocasiones, no nace suavemente, sino que explota de forma brusca. De la noche a la mañana, el adolescente se ve sometido a fuertes impulsos emotivos y físicos que, hasta entonces, sólo conocía por haberlos visto en otros.

Ha llegado la hora del solista. La orquesta se detiene; todos los músicos clavan sus ojos en el intérprete. Hasta ese momento, su vida ha estado controlada por sus padres y resguardada en el entorno familiar. Pero ahora debe comenzar a desgranar sus notas, y nadie las desgranará por él. Tiene que elegir. Puede sumergirse en la orquesta y dejarse ahogar por los demás instrumentos, renunciando a interpretar su papel, o puede alzarse e intentar estar a la altura de la Sinfonía, comenzando a dibujar sus notas en el aire.

Su situación, llegado este momento, es crítica. Se encuentra ante unas fuerzas muy superiores a él: tanto la pulsión sexual como la tormenta afectiva que lo envuelven amenazan con arrastrarlo como una riada, y la gran tentación es no esforzarse, dejarse llevar, sucumbir a la seducción del vértigo de las pasiones y, simplemente, «lanzarse a sentir».

Aquí es donde el ser humano se distingue del resto de los seres vivientes: para ellos, ese «lanzarse a sentir» es lo normal. El animal se mueve por instintos, nada frena en él las pulsiones físicas o afectivas (en formas superiores de vida animal), y con ello interpreta correctamente su papel en el ciclo de la vida. Sin embargo, el hombre ha sido dotado de unas capacidades superiores que lo elevan por encima de la tormenta y lo hacen capaz de caminar sobre las aguas. Merced al entendimiento y la voluntad, sólo el ser humano tiene los recursos suficientes para enseñorearse de sus instintos, canalizarlos, y, en su caso, entregarlos como una dádiva. Sólo el hombre es capaz de amar, porque sólo él es capaz de poseerse y entregarse gratuitamente.

Por ello, la adolescencia, además de ser la primavera de las pulsiones, debe ser, también, la primavera del espíritu. Aquí es donde entra en juego la educación, sin la cual el ser humano desperdiciará sus bazas y se verá abocado a vivir en el nivel de un animal superior, nunca en el de un ser espiritual. La educación no brota sola, como los instintos; es fruto de un esfuerzo llevado a cabo por los padres, los maestros, y por el propio joven.

La adolescencia es la hora de aprender a enseñorearse de la propia vida. Ésta es la lección número uno de esa asignatura del amor en la que el hombre se juega su felicidad. Por eso, es de suma importancia que al adolescente se le haya dotado de los recursos necesarios para emprender la lucha que lo lleve a encauzar sus instintos y su afectividad: una voluntad recia, forjada desde la niñez, unos conocimientos fiables sobre la vida y sobre la condición humana, un discernimiento nítido entre el bien y el mal, y el inicio de una vida espiritual que lo abra al mundo interior. Sin estos recursos, la guerra de la adolescencia está perdida antes de entablar la primera batalla.

Y, con ellos, no se trata de una guerra fácil. Conlleva esfuerzo, sacrificio, y muchas derrotas que, si no van seguidas de rendición, acabarán en victoria. Por eso es crucial que al adolescente se le prevenga, sobre todo, contra el desaliento; debe aprender a levantarse mil veces de sus caídas, y a volver a intentarlo con la misma fuerza del principio y con la humildad de quien sabe dejarse ayudar. Vivida así, la adolescencia tiene toda la épica de una conquista, la conquista de uno mismo. Y es que, cuando se afronta de este modo el despertar de la vida afectiva y sexual, hasta las derrotas tienen su sitio en la partitura del ciclo de la vida, que deja sonar ahora las notas más vibrantes de una marcha bélica.

2. Juventud, noviazgo, y los comienzos del amor

A lo largo de la adolescencia, la sexualidad del joven se ha desperdigado en mil frentes, como una fuerza desatada y sin cauce: la televisión, el cine, Internet, el autoerotismo, los jóvenes de su entorno, la música, el ambiente hedonista que recubre, como una capa de aire sucio, toda la sociedad occidental... En todas partes encuentran invitaciones seductoras la sexualidad y la afectividad del adolescente. No es extraño, y no debe constituir motivo de alarma, el que incluso se haya visto tentado de experiencias con personas de su propio sexo; es relativamente normal a esa edad en que la riada anda buscando su cauce. En medio de tal desconcierto, la lucha del joven es, a menudo, una lucha sin cuartel.

Súbitamente, alguien surge en el escenario. Y, de repente, todas esas fuerzas que se habían esparcido a lo largo y ancho del enorme campo vital parecen detenerse, girarse, y congregarse en torno a esa persona que ha llegado sin invitación. Los ojos se clavan en ella, el pensamiento tiende hacia ella con una fuerza inusitada, la afectividad se convierte en hambre de ella, y la sexualidad, afectada por esa aparición, se paraliza momentáneamente, presa de la perplejidad. El joven se ha enamorado.

No es, ni mucho menos, un descanso en la batalla, aunque lo parezca. Enamorarse todavía no es amar, y es muy fácil que el joven confunda ambas realidades si no ha sido educado adecuadamente. El enamoramiento es un paso previo y necesario, un paso más en el ciclo de la vida, pero es, también, el comienzo de una tarea tan ardua como gozosa: la del amor.

La diferencia entre el enamoramiento y el verdadero amor reside en que el enamoramiento es una pasión más; muy superior, desde luego, a las pasiones que el joven ha conocido hasta el momento, pero también muy peligrosa y dolorosa si no se sabe vivir como es debido. El joven enamorado no elige; es elegido. No se entrega; es arrebatado. No da; es robado. No se esfuerza; se deja llevar. En el amor verdadero, sin embargo, uno elige entregarse, elige dar la vida cada mañana, elige –muchas veces, con esfuerzo– empobrecerse para enriquecer al ser amado. El enamoramiento, como toda pasión, tiene su auge y también tiene su declive, su comienzo y su final. Si, durante este proceso, el joven no ha hecho nacer el amor verdadero, un día se encontrará con que la pasión ha cesado y ha dejado su lugar a una terrible resaca en la que se dará cuenta de que se lo han robado todo.

Nada más peligroso, en unos novios, que oírles decir: «nos sentimos como si ya estuviéramos casados». Es tan alarmante como si un estudiante de primero de Medicina dijese que se siente médico; uno teme que el paso siguiente sea convencer a algún incauto para operarlo a corazón abierto.

El noviazgo es una escuela, un aprendizaje en el amor. Mucho terreno lleva ganado el joven que ha luchado durante su adolescencia por enseñorearse de sí mismo. El amor verdadero, como ha quedado dicho, consiste en entregarse voluntariamente, y es obvio que nadie puede dar lo que no tiene. Quien no es dueño de sí mismo está existencialmente incapacitado para amar. Pero también, una vez experimentada la violencia del enamoramiento, es preciso que el joven encauce esa pulsión hacia un acto voluntario, y se pregunte si quiere, en verdad, entregar su vida a la persona de quien se ha enamorado. No si lo desea, sino si lo quiere. Y, para responder a esa pregunta, es necesario lograr un conocimiento lo más profundo posible de quien tiene frente a él. Pero eso, el noviazgo es, también, tiempo de conocimiento mutuo.

Cuando hablamos de «conocimiento mutuo» nos referimos a un conocimiento profundo y gozoso, el único en que puede asentarse un verdadero amor. Por eso, durante el noviazgo, la conversación tiene un papel de suma importancia. Los novios deben conocerse y darse a conocer, y, para ello, deben dejar que aflore su mundo interior. La mirada, la sonrisa, y, sobre todo, la conversación pausada y cariñosa son las mejores ventanas por la que ese mundo interior se va convirtiendo paulatinamente en dádiva, y la primera fascinación va dando paso a la ilusión por descentrarse, por salir de uno mismo y adentrarse en el mundo del ser amado.

La lucha, dijimos, no ha cesado, ni mucho menos. Tras el «flechazo» del primer momento, la pulsión sexual se ha contraído y aguarda agazapada un segundo despliegue. El enamoramiento ha supuesto, en principio, la victoria sobre el autoerotismo. El joven que luchó desde la adolescencia por encauzar su sexualidad experimentará una enorme ayuda en ese primer «golpe de amor»: desde que se ha enamorado, la mera idea del autoerotismo le parece sucia, indigna de la empresa en que su corazón se ha empleado y de la persona a quien ha idealizado en su imaginación. Es un paso adelante en el ciclo de la vida, porque el cuerpo del joven ha aprendido su vocación hacia el amor, la entrega y la generosidad. Sin embargo, pasado un tiempo, y superado el primer «romanticismo», la carne volverá a clamar por sus fueros, aunque, esta vez, en dirección hacia la otra persona. Es el momento de una nueva batalla, y es, también, el momento del amor.

Si los novios, llevados por una educación deficiente o por una voluntad débil, desatan prematuramente las poderosas fuerzas de la pulsión sexual sin que aún se haya formado el cauce que las dirija hacia su fin, la serenidad necesaria para el profundo conocimiento mutuo se verá enturbiada de forma irremediable. Por eso, es la hora de sacrificar, por verdadero amor, las propias pasiones en favor del respeto hacia el ser amado. Se trata de una lucha maravillosa, porque el joven sabrá que se niega a sí mismo por respetar a quien ama, y eso le situará en la pista del amor verdadero. «Sé que te amo porque me sacrifico por ti». El verdadero amor es siempre sacrificial.

En ese enriquecedor combate, surge también el sentido profundo de la responsabilidad. Dar rienda suelta a la pulsión sexual conllevaría enfrentarse a la posibilidad del surgimiento de una nueva vida, cuando todavía los jóvenes no están preparados para hacerse cargo de ella. Esta posibilidad opera como contrapeso, a la manera de la enorme piedra que equilibra en el aire a un ascensor, y actúa de freno ante la llamada de la pasión. Eso es responsabilidad: saber que, si se lleva a cabo, un acto, se debe afrontar sus consecuencias. Puesto que aún no es el momento de hacer frente a esas consecuencias, uno elige voluntariamente abstenerse de llevar a cabo ese acto.

Vivido así, el noviazgo es la verdadera escuela de amor, de respeto, de conocimiento y de gozo en la que los novios aprenden mil formas de manifestar su cariño antes de lanzarse a aquélla que ya conocen, porque va inscrita en su propia naturaleza. Todo ello enriquece la relación, y hace que los jóvenes lleguen al matrimonio con un bagaje de sacrificio, de responsabilidad, y de conocimiento mutuo que será la mejor garantía de una convivencia feliz.

3. Matrimonio, amor y vida

Se nos dice que son pocos los jóvenes que llegan vírgenes al matrimonio... Lo siento por ellos. La «noche de bodas» tiene un especial sentido cuando se llega a ella con un misterio por desvelar. Tras la celebración de la boda, y la fundación de una nueva familia, se han dispuesto los cauces para que la pulsión sexual pueda liberarse y recorrer el camino que lleve el amor hacia el gran milagro de la vida. Se desvela, entonces, el misterio del cuerpo del ser amado, y la unión de los amantes en una sola carne brilla en toda su dignidad. Cuerpo y alma, amor y vida, generosidad y entrega se dan cita en una fiesta en la que ambos, esposo y esposa, resultan gozosamente enaltecidos e introducidos en ese santuario donde llegan a ser, no sólo amantes, sino también co-creadores. Pocas veces resulta el hombre elevado a dignidad más alta. Ha llevado años de lucha, de esfuerzo y de abnegación, desde la adolescencia, el crear ese escenario para el amor, pero –ahora se ve claramente– ha valido la pena.

No hay tiempo para aburrirse, ni para dormirse en los laureles. Pronto, el misterio desvelado de la unión de los cuerpos deja su lugar a otro misterio que surge en el horizonte de los esposos: una vida nueva se está gestando, y todo en ella está por descubrir. El ciclo de la vida prosigue, gozoso, su curso.

A quienes, durante años, se han ejercitado en el amor verdadero, vivido como donación de sí, no les extrañará darse cuenta de que se acerca un «pequeño ladrón». El hijo viene pidiendo amor, y eso significa que llega a este mundo reclamando la vida de sus padres, su atención, sus cuidados, y todo el cariño que puedan atesorar en sus corazones. Para ellos, no es una mala noticia, sino, al contrario, el mejor de los sucesos. Ya conocen el poso de alegría que se remansa en el alma cuando uno lo ha entregado todo, y acogerán al recién llegado con los brazos abiertos de par en par. Los esfuerzos económicos, las estrecheces, las noches sin dormir, las horas empleadas en cuidar de su pequeño, los desvelos sin cuento y las mil atenciones que el recién nacido requiere les dejarán tan cansados como gozosos. Es hermoso dar la vida, y descubrir cómo esa vida florece en el ser querido a cambio de la propia.

Ahora los esposos saben, cada vez que se unen amorosamente, que ese acto no es la búsqueda egoísta de un placer carnal más o menos intenso: es la plasmación corporal misma del amor generoso que busca alcanzar al amado y abrir la puerta a la vida que lo hace fecundo. En medio de todo ello, el placer corporal se experimenta como un don más, un regalo festivo que hace brillar al amor también en los miembros de carne.

Cuando la sexualidad matrimonial se vive de este modo, no hay peligro de que la pulsión física pueda desbocarse y convertir la unión conyugal en una búsqueda egoísta del placer. Recogiendo la imagen del ascensor a la que recurrimos más arriba, la consciencia de que el acto conyugal está abierto generosamente a la vida hace que no se pierdan de vista sus consecuencias. La responsabilidad, una vez más, será la piedra que mantenga en el aire al ascensor sin permitir que se despeñe contra el suelo. Es lícito y lógico hablar, en este sentido, de «paternidad responsable». El sexo no es un juego.

Conforme pasan los años, y el amor va mostrando su fecundidad, los esposos se ven convertidos en padres –muchas veces– de una gran familia. La familia numerosa es la mejor escuela, para los hijos, del amor que han vivido y gozado sus padres. En esa familia, la abnegación, el sacrificio, la cesión en favor de otro y el espíritu de mutua colaboración son valores que se viven a diario. No es fácil compartir espacios, hay que distribuir tareas, no siempre se logran tener tantas cosas como se desearían, y siempre, cuando se llega a casa, se encuentra a alguien que ofrece una presencia y reclama la vida de uno. La convivencia nunca es sencilla, pero quienes han crecido en el seno de una familia numerosa reconocerán la impagable lección de vida y de amor que han aprendido durante años: saben, ellos mejor que nadie, que una persona nunca está sola en el mundo.

4. Muerte o entrega de la vida

A todos nos llega el momento de abandonar este mundo. Sin embargo, no todos lo abandonan de la misma forma. Cuando, desde la adolescencia, la batalla de la vida ha sido el amor, la propia entrega, la dádiva de uno mismo y el permanente mirar por los demás, la palabra «muerte» se queda pequeña y suena a hueco. De una persona así no se puede decir que «se muere», sino que «entrega la vida», lleva su culmen la tarea de muchos años de abnegación y ofrenda.

En ocasiones, la última etapa de la vida puede ser dolorosa y ardua: una enfermedad terminal largamente prolongada, una agonía lenta en la cama de un hospital o del propio hogar, una imposibilidad para valerse por sí mismo... Es la hora de recoger lo que se sembró. Lo normal será que quien ha vivido en entrega permanente y amor fecundo se encuentre rodeado, en esos últimos momentos, de una multitud de seres queridos: hijos, nietos y amigos para quien esa persona es un tesoro cuya existencia supone, en sí misma, un don. Queda patente, en vidas así, que ninguno nos pertenecemos, que vivimos entregados a los demás, y casi les pertenecemos más a ellos que a nosotros mismos. La «propia vida» es de todos, menos propia. Por eso, las personas que concurren junto a la cama de un enfermo, o quienes diariamente le ayudan en sus tareas de aseo o de alimentación, a menudo experimentan esa labor como un lujo, nunca como un fastidio; se sienten agradecidos porque el enfermo, imposibilitado o sufriente, es un regalo para ellos. La mera idea de cortar abruptamente la vida de esa persona resulta aberrante... ¿cómo privarse de un tesoro así? Se aceptará con dolor la hora de la muerte, pero jamás se apresurará esa hora, porque la existencia del ser amado es un don de enorme valor.

Y, cuando esa hora llegue, se dirá de él que «entregó la vida». A cambio, dejó en el mundo un rastro abundante de fecundidad, de muchas vidas agradecidas y alegres que son testigos de cómo la existencia de un ser humano puede hacer que el mundo sea un lugar mejor. El ciclo de la vida continúa, y lo hace gracias a personas que han vivido y entregado la vida en amor.

II. El ciclo de la muerte
¿Existe un «ciclo de la muerte»? ¿Se puede hablar de un proceso inverso a ese maravilloso «ciclo de la vida» que va impreso en la misma Naturaleza? ¿Quién es el autor, o, quizá deberíamos decir mejor, el culpable de ese proceso?

Aclaremos primero que la muerte no existe... Al menos, por sí misma. Del mismo modo que la oscuridad no tiene consistencia ontológica propia, sino que se la debe a la luz (la oscuridad no es sino la falta de luz), del mismo modo, la muerte, paradójicamente, se lo debe todo a la vida: ella es la falta de vida. Nada más, y nada menos.

Ya explicamos en el comienzo de este trabajo el papel singular del ser humano en el ciclo de la vida: él es único elemento que, merced a la libertad de que está dotado, debe elegir realizar su tarea. Al realizar su elección, el Hombre dota de alma al Universo. Pero, por el mismo motivo, si él decide romper la partitura y jugar sus bazas sin contar con el resto del proceso, el Hombre es capaz de frustrar el ciclo entero. Y ese ciclo, que antes era de vida, entonces se desmorona, se rompe en pedazos, y se convierte en un ciclo de muerte.

Caminemos sobre las mismas huellas que dejaron nuestros pasos al recorrer el ciclo de la vida, y observemos, ahora, la devastación provocada por el mal uso de la libertad humana. Lo escribí al comienzo de este trabajo, y lo repito ahora: se nos ha otorgado un poder terrible.

1. Adolescencia, sexualidad, y esclavitud

Ya quedó explicado el modo en que las pulsiones sexuales y afectivas eclosionan violentamente en la adolescencia, así como la importancia de una educación seria que dote al joven de los recursos necesarios para canalizar esas fuerzas. ¿Qué ocurre cuando esa educación no se recibe, o cuando, habiéndola recibido, se decide no emplearla y hacer «tabula rasa» de todo lo que se aprendió en la infancia?

Sucede entonces que todas esas fuerzas, desatadas y sin control, se apoderan del hombre hasta esclavizarlo bajo su tiránico capricho. La voluntad del joven resulta anulada por el paso devastador de pasiones e instintos, y su libertad se debilita hasta casi desaparecer. Paradójicamente, una decisión voluntaria, la de «dejarse llevar», supone la aniquilación de la libertad misma. Es el suicidio del libre albedrío.

Una persona así, sometida en todo a sus pasiones e instintos más primarios, resulta fácil de manipular, del mismo modo en que se manipula el comportamiento animal: responde infaliblemente a estímulos concretos, calculados y previstos. No hay más que hacer aparecer esos estímulos para desencadenar la respuesta buscada. Recordemos que lo único que nos hace imprevisibles y nos protege contra cualquier manipulación son las potencias superiores, a saber, la inteligencia y la voluntad. Si la falta de control de las pasiones ha cegado la inteligencia y debilitado la voluntad, el hombre responde a los mismos parámetros de conducta que un animal superior. Está, por tanto, indefenso ante cualquier manipulación.

A la vista de esto, tendríamos que preguntarnos qué se persigue cuando, desde la infancia, se impone en los colegios una educación sexual orientada al goce más que a la libertad. Cuando se enseña a los niños a masturbarse sin dotarlos de medios para encauzar sus instintos, cuando el maestro niega ante los alumnos la existencia de leyes naturales, dejando su orientación sexual al arbitrio de una libertad sin referencias, cuando se les dice que «da lo mismo» dirigir su sexualidad hacia uno u otro sexo, y que no hay más norma que una pretendida «libertad», lo que se busca, en el fondo, es acabar con la propia libertad humana en su mismo germen, y formar hombres y mujeres indefensos ante los estímulos, sujetos a la manipulación de quien sepa mover adecuadamente los hilos... Quien diseña, para toda una sociedad, semejante sistema educativo, está pretendiendo anular a los miembros esa sociedad desde la juventud, privándoles de su libertad, para así poder someterlos. Es la eterna tentación del hombre: dominar a sus prójimos, apoderarse de sus semejantes. Ser, en definitiva, el amo.

En materia moral, es mucho más fácil, aún requiriendo grandes dosis de lucha, mantener a raya los impulsos que, una vez cruzada la línea de la rendición y entregada la voluntad, desandar el camino andado y sustraerse a su tiranía. De algún modo, estamos ante una pendiente inclinada y resbaladiza. Un solo paso en falso nos puede precipitar hacia el suelo en cuestión de segundos, pero el ascenso hasta retomar la posición inicial puede ser tarea de años, o no realizarse nunca. Cuando, a través del sistema educativo, y con la ayuda de unos medios de comunicación repletos de estímulos sensuales, se empuja a toda una generación joven hacia esa rampa, podemos decir que se está cometiendo un genocidio moral. La fuerza motriz del desarrollo psicológico y social, que debería ser la entrega generosa, ha invertido su polaridad para tornarse en egoísmo y búsqueda del propio placer. El ciclo de la vida acaba de transformarse, merced a la manipulación humana, en un macabro ciclo de la muerte.

2. La relación de pareja

Cuando la adolescencia se ha vivido bajo la pauta del «dejarse llevar», y se ha entregado al joven en manos de la tiranía de sus propios instintos, resulta prácticamente imposible entablar una relación de pareja que se desarrolle bajo las claves del amor, que son las de la generosidad y la entrega. En su lugar, las líneas maestras de la relación serán las del placer, el egoísmo y el aprovechamiento. Ya no se busca enriquecer al otro, aún a costa del propio empobrecimiento, ni tan siquiera se busca el enriquecimiento personal, sino el mero disfrute de una relación más o menos epidérmica que proporcione sensaciones y gozos «a flor de piel». Se medirá la calidad de una relación por su intensidad, por la cantidad de placer sensible o afectivo que proporcione. En resumidas cuentas: el joven ha quedado incapacitado para el amor verdadero.

Se agrava más la situación cuando la sociedad pone al alcance del adolescente herramientas como el preservativo, la píldora anticonceptiva, o la píldora postcoital. De algún modo, se está enviando a los jóvenes un mensaje letal: «No os preocupéis. Se puede practicar el sexo sin tener que afrontar consecuencias incómodas. Basta con que obedezcáis y toméis las precauciones que os aconsejamos: usad un preservativo, tomad la píldora anticonceptiva o, en el peor de los casos, recurrid a la píldora postcoital para evitar embarazos no deseados».

Semejante mensaje tiene unas consecuencias demoledoras en la salud moral de la juventud. Retomando el ejemplo del ascensor, al que recurrimos más arriba, podríamos decir que, al suprimir las consecuencias naturales de una relación sexual, la piedra que mantenía el ascensor en suspensión ha sido eliminada cortando su cuerda, y el ascensor se precipita a toda velocidad hacia el foso. Mientras cae, el joven experimenta una sensación de vértigo que se le antoja muy placentera, pero alguien ha cegado sus ojos para que no descubra hacia dónde está cayendo ni el futuro que puede esperar. La banalización del sexo no es nada «banal»: desata fuerzas muy poderosas que arrojan al ser humano violentamente hacia su propia degradación como persona.

Pensemos en las consecuencias que tiene, para un médico o para un farmacéutico, el que se les imponga el deber de recetar píldoras abortivas, de expender preservativos o compuestos capaces de matar a un ser humano no nacido. Con ello se les está obligando a negar la esencia misma de su profesión, destinada a procurar salud en las personas, y se los está convirtiendo en causantes de enfermedades o de la misma muerte. Debería verse con claridad que un preservativo, un anticonceptivo, o una píldora postcoital no son fármacos. Los fármacos son compuestos creados para curar, y estos artículos han sido creados para enfermar o para matar. Es preocupante el que una sociedad entera desee convertir sus farmacias en armerías, y sus quirófanos en patíbulos. Y lo es, más aún, el que esa sociedad trate el embarazo, síntoma de salud, como una enfermedad, cuya pretendida «curación» venga de manos de unos «medicamentos» que no son sino armas homicidas, mientras llama «salud reproductiva» a la esterilidad provocada.

En un sistema de «valores» en el que la supremacía la ostenta el capricho, la búsqueda de la verdad se convierte en una actividad sumamente peligrosa. Se ha enseñado al niño que la verdad absoluta no existe, salvo para los más fanáticos, y que lo realmente importante es lo que cada uno desee. Por eso, la sexualidad no cuenta con un «manual de instrucciones» que pueda ayudarnos a tener una vivencia plena del sexo; ese manual no existe, y ha sido reemplazado por los consejos de las autoridades sanitarias en aras de la erradicación de embarazos no deseados. Lo único que, al final, importa, es la opción que realice cada uno. Sobre las espaldas del joven recae el peso de tener que realizar una elección: si desea compartir su sexualidad con hombres, con mujeres, o con ambos, del mismo modo que puede elegir la carrera universitaria o el postre de la comida. Lo que se deja claro es que todas las opciones son iguales, con tal de que le proporcionen placer. Semejante planteamiento es tan letal como dejar al joven en medio de un cruce de caminos e invitarle a tomar el que más le plazca, sin decirle qué le espera al final de cada senda.

Junto a ello, se impone, por la vía de lo «políticamente correcto», en escuelas e institutos, un concepto de «madurez» basado en el más puro egoísmo. La madurez ya no consiste en afrontar valientemente las consecuencias de los propios actos, sino en librarse cobardemente de ellas. Si vas a «hacer el amor», no te compliques, evita los hijos; si te has quedado embarazada, no te compliques, haz que maten a tu hijo; si tu matrimonio no es como tú quisieras, no te compliques, divórciate; si el final de tu vida es doloroso, no te compliques, hazte matar... ¿Que tipo de relación personal puede entablar una persona educada bajo estos parámetros?

Cuando el joven llega a tejer una relación de pareja, ya no busca amar, porque nadie le ha enseñado lo que es; busca «sentir», «experimentar». Una vez desatadas prematuramente las poderosas fuerzas de la pulsión sexual, la serenidad necesaria para el profundo conocimiento mutuo se ha visto enturbiada de forma irremediable. La relación se asentará en la epidermis tormentosa de la sensualidad, y muy difícilmente se podrá cavar más hondo para cimentar un diálogo profundo y estable. Arrastrados por sus instintos y cegados por ellos en lo más hondo de su espíritu, los jóvenes ya no querrán «conocerse» sino «sentirse». Es la muerte del amor. La mirada, la sonrisa, la conversación serena, habrán perdido todo protagonismo para cedérselo a las sensaciones intensas y explosivas. Como es de esperar, una relación así no puede ser estable, como no es estable la euforia de una noche de embriaguez, y el joven irá cambiando de pareja o, incluso, de sexo, conforme alcance mayores cotas de hastío o aburrimiento. Es muy frecuente, en nuestros días, escuchar a personas que, tras una ruptura afectiva, alegan: «ya no sentía nada». Fuera del campo de visión de estos hombres y mujeres han quedado valores como la abnegación, el sacrificio, el perderlo todo para darlo todo, el olvido de sí, el señorío sobre la propia persona y la entrega generosa. Quizá muchos de ellos ni tan siquiera han oído hablar de estas actitudes.

El más descarnado egoísmo ha asentado sus reales donde debieron imperar el amor y la entrega. Y, si el amor y la entrega orientan sus cauces siempre hacia la vida, el egoísmo no es sino la pasión de la muerte. El macabro ciclo sigue su curso.

3. La convivencia

Uno de los resultados más devastadores de este modelo de educación es el hecho de que cada vez más personas, en nuestra sociedad occidental, vivan solos. El «loft», el «estudio», el «ático», o el «apartamento individual» se han convertido en una de las grandes opciones de nuestro mercado inmobiliario. Y nuestros supermercados se han provisto de alimentos conservados en envases de «una sola ración», para atender a todo un sector de la clientela que hacen la compra para una sola persona. Si este dato, con todo lo que conlleva de abandono de la estructura familiar como célula de la sociedad, no nos mueve a una profunda reflexión, nadie podrá decir que no nos merecemos nuestro futuro.

No obstante, son muchos, también, quienes optan por formas de convivencia ajenas al matrimonio, incluso civil. Si se les pregunta por qué han decidido no formalizar su relación a través de la institución matrimonial, gran parte de ellos responderán que no quieren ataduras, y que el afecto que se profesan es bastante para mantenerlos unidos, sin necesidad de los «barrotes» de un contrato o de un sacramento.

No es difícil entender este modo de pensar, si reparamos en cuanto ha quedado escrito más arriba. Cuando lo que se desea es formar un hogar estable a lo largo de los años, un ámbito humanamente cálido que cobije y ofrezca descanso a los seres más queridos, y que sea capaz de albergar la frágil vida de los recién nacidos, esa tarea requiere una labor de edificación que no se lleva a cabo en dos días ni sin esfuerzo. La vida en pareja es de todo menos estática: crisis personales y matrimoniales, problemas económicos, retos profesionales, fracasos afectivos, complicaciones familiares por ambas partes, épocas de cansancio o de falta de entendimiento... Todo ello, o cualquiera de estos factores, puede hacer saltar en pedazos una relación de convivencia si no se la ha dotado con las seguridades necesarias, del mismo modo que un automóvil que circulase con las puertas abiertas por una autopista sin que los viajeros se hubiesen abrochado el cinturón de seguridad se convertiría en una lanzadera cuyos ocupantes saldrían despedidos al trazar éste la primera curva. Cualquiera que se disponga a emprender un viaje en automóvil sabe que debe cerrar las puertas y abrocharse el cinturón de seguridad; del mismo modo, quienes se disponen a emprender el maravilloso viaje de la vida matrimonial deben saber que no podrán llegar al final del camino si antes no proveen al «vehículo» familiar de los necesarios mecanismos de protección. La firma de un contrato matrimonial de carácter indisoluble, o la recepción de un sacramento que une a ambos cónyuges con un vínculo sagrado no constituye, para quien esto desea, una «atadura» que merme su libertad, sino un refuerzo que protegerá el ámbito familiar en tiempos de crisis. Para este tipo de personas, el matrimonio es una sublime expresión de la libertad que un hombre tiene para entregar su vida por amor.

Algo más habría que decir a este respecto: a nadie le extraña que los ordenamientos jurídicos occidentales castiguen con graves sanciones a quienes incumplan las normas de seguridad en el tráfico rodado. Está bien visto que se penalice a quienes conducen sin abrocharse el cinturón, a quienes transportan a niños sin llevar el asiento adecuado para ellos, o, con mayor razón, a quienes conducen con las puertas abiertas. Sin embargo, se está produciendo una aceptación social de las leyes de divorcio, que permiten, e incluso facilitan, que los miembros de una familia salgan despedidos de ésta al producirse la primera crisis, con grave perjuicio, en especial, para los niños, que son los primeros en estrellarse afectivamente cuando los padres se divorcian. Si el Estado impone normas que protejan a quienes viajan en un vehículo, con mayor razón debería proteger una realidad tan crucial y tan sometida a vaivenes como es la institución familiar, poniendo todas las trabas posibles para que un matrimonio se disuelva. Las «puertas» del divorcio deberían permanecer cerradas desde el mismo momento en que el matrimonio emprende su marcha, y el Estado debería hacer lo posible para que esas puertas no pudiesen abrirse durante las curvas más violentas del camino. Por eso sorprende que unas leyes intrínsecamente perversas, como son las que regulan actualmente el divorcio en los países occidentales, hayan obtenido tan amplio grado de aceptación social.

La explicación de este fenómeno se nos antoja obvia: cuando se ha conseguido convertir el egoísmo, disfrazado de «bienestar», en la fuerza motriz de toda una sociedad, tanto la convivencia de dos personas como el propio matrimonio queda reducido a un «pacto», ya sea verbal o escrito, que se resume en los términos del «do ut des». Quienes viven juntos lo hacen porque ello les satisface y les reporta un beneficio en términos afectivos, sociales, o incluso meramente sexuales. La estabilidad de ese tipo de satisfacciones es, en sí misma, enormemente frágil, y, tarde o temprano, llegará el momento de la crisis: un desacuerdo en un asunto a veces trivial, una sucesión de discusiones, o el mero hastío que siempre sigue a la euforia, serán suficientes para que la pareja se pregunte si sigue obteniendo beneficio de esa relación. Se llevará a cabo un balance entre los momentos de satisfacción y los sufrimientos que la relación conlleva, del mismo modo que se hace el balance entre el activo y el pasivo en la contabilidad de una empresa, y, si el pasivo resulta mayor que el activo, o el sufrimiento mayor que la satisfacción, se decidirá que no vale la pena seguir adelante. Y es que es, precisamente, la pena aquello de lo que se trata de huir. El balance se formulará en términos de «ya no le quiero», «no me hace feliz», «no me enriquece la relación», o «no tengo por qué soportar esto», pero la realidad de fondo es la que queda explicada: un egoísmo frustrado.

Algunas parejas se asombran de ver cómo amigos suyos, que convivieron sin casarse durante años, se divorciaron, precisamente, al año de contraer matrimonio. Este hecho, que es real y verificable, hace que muchos tengan «miedo al anillo», y decidan no casarse. Sin embargo, el dato tiene una explicación bastante sencilla, a tenor de cuanto llevamos considerado: cuando una pareja está conviviendo «a prueba», con la intención de contraer matrimonio en un futuro, la seguridad afectiva de ambos se encuentra, de alguna manera, hipotecada. Cualquier error puede hacer que la otra persona decida no casarse y uno se vea abocado al sufrimiento de la soledad. Por eso, hasta que la boda se celebra, los «novios» se cuidan más el uno al otro, tratando de asegurar el cariño de la otra persona. Sin embargo, una vez celebrada la boda, esa otra persona pasará a ser «pieza cobrada», y los cuidados disminuirán en cantidad y en intensidad. Se ha alcanzado la meta, y, ahora, la vida se abre con nuevos retos, mientras el cónyuge queda relegado a un segundo plano, como ese juguete que tanto gustó al niño mientras no lo tuvo, y acabó en el fondo de un armario dos meses después de que se lo regalasen.

4. Esterilidad y niños-objeto

Si la generosidad es esencialmente fecunda, porque la vida se multiplica al entregarse, el egoísmo es, de por sí, estéril, porque la misma vida se marchita cuando se la quiere retener. Por eso estamos asistiendo al drama de una sociedad occidental envejecida, incapaz de renovarse a sí misma, y a punto de ser invadida demográficamente por civilizaciones como la islámica, que elevan la fecundidad a la categoría de precepto religioso. Hay muchos estudios al respecto, a cual más inquietante, y no es hora de detenernos en ellos. Tampoco es momento de hablar del papel esencial que en esta crisis demográfica ha tenido el proceso llamado de «liberación de la mujer». Para el objeto de este trabajo, bástenos con apuntar un dato decisivo y comprobable: en términos generales, el ciudadano de Occidente no quiere tener hijos; y, si quiere tenerlos, no quiere tener muchos. Haciendo honor a la verdad: la paternidad y la maternidad asustan, y son vistas como una amenaza. Somos la primera sociedad en la Historia de la Humanidad que ha considerado, entre sus grandes problemas, el de los «embarazos no deseados».

El resultado está a la vista: mucha parejas planifican su convivencia pensando, simplemente, en un «disfrute mutuo», que consiste en hacerse compañía y paliar la soledad. Es una unión cerrada en sí misma, aderezada, quizá, con ocasionales encuentros con amigos que viven en la misma situación, pero no deja de ser una forma de «egoísmo a dos». Si el egoísmo individual consiste en que una persona se atrinchere en su mundo, negándose a mirar más allá de su propio interés, este «egoísmo a dos» es el resultado de una unión en que los participantes tejen una red alrededor de sí para «protegerse» del mundo exterior. Durante un tiempo, el experimento puede resultar agradable, pero la propia índole de esa forma de convivencia la aboca al aburrimiento: no somos tan sorprendentes como para encerrarnos en un ámbito mal ventilado con una sola persona sin que, a lo largo de los años, acabe cansada de nosotros.

Surge, entonces, el momento de pensar en el niño. Hay que introducir a alguien más en ese ámbito para que aporte un «refresco» a la relación, haga renacer ilusiones nuevas, y otorgue sentido a una existencia que languidece en la monotonía. No quisiera generalizar, pero, a juzgar por los muchos casos que he tratado, puedo escribir sin miedo a equivocarme que son muchos los niños que han venido a este mundo como fruto de un terrible aburrimiento. Otras veces, se trata de calmar el ansia de maternidad de una mujer, que necesita tener a un hijo en los brazos para entregar un cariño embalsado durante años en el corazón. Pero, por desgracia, en parejas como las que vengo describiendo, la fecundidad no es fruto de una disposición a dar la vida, sino de una necesidad imperiosa que se quiere calmar. En esa «fecundidad» del egoísmo, el niño es concebido, desde el mismo pensamiento de sus padres, como un objeto, un instrumento destinado a satisfacer una demanda.

No debe extrañar que, en casos así, se piense en el hijo como en un derecho, y no como un don. Si la naturaleza no permite la concepción, a causa de una esterilidad biológica, se recurrirá a métodos artificiales como la fecundación in vitro o la reproducción asistida, que convierten el proceso natural de concepción y gestación en una dinámica de producción. Reparemos en esto, porque es de suma importancia: una vida que no es acogida como dádiva, sino producida como un objeto, nace «cosificada» desde sus comienzos más tempranos. Ya no es un misterio el que se recibe y se contempla, sino un problema el que se resuelve. Esto marcará, de manera definitiva, la vida del recién nacido. Es bien sabido que, en un proceso de reproducción artificial, se selecciona sólo uno de los embriones resultantes, mientras los demás son «desechados» como si se tratara de residuos, a los que se da el nombre de «sobrantes». Otros son congelados para una posterior utilización, o de cara a la experimentación. Fijémonos en el lenguaje: ya no hablamos de «seres humanos», ni de «personas», sino de «embriones», palabra con menos carga emotiva que permite su cosificación. Por eso empleamos verbos como «desechar», «congelar», o «implantar»... La razón es obvia: nuestra sensibilidad no resistiría un encontronazo con la verdad tan fuerte como para pronunciar la frase: «matamos seres humanos», «congelamos seres humanos», «tiramos a la basura, como desperdicios, seres humanos», o «implantamos seres humanos». El que nos hayamos cubierto los ojos con una venda eufemística no quita ni un ápice de gravedad a los efectos devastadores del egoísmo. El ciclo de la muerte avanza de forma imparable.

Se han realizado, modernamente, varias películas como «Gattaca» (1997) o «La Isla» (2005), que nos sitúan en un mundo donde el niño es un artículo de diseño: los padres elegirán el sexo, el color de los ojos, la estatura y demás condicionantes físicos. Cualquiera que abra un poco los ojos sabrá que esa «ciencia-ficción» no es tan lejana como pudiera parecer. El niño, en muchas parejas, es más parecido a un juguete caro que a un ser humano asombroso a quien amar.

El tipo de educación que estos niños, normalmente, reciben, es, como cabría esperar, el mismo que recibieron sus padres: el hijo no debe sufrir, debe tenerlo todo, debe ver satisfechas sus necesidades en el mismo momento en que éstas surgen... Pero, al haber sido concebido y haber visto la luz en un ámbito fuertemente «cosificado», los cuidados que este niño reciba vendrán más del lado de las cosas que del de las personas. De hecho, muchos de estos hijos viven rodeados de objetos destinados a su entretenimiento, mientras se da la paradoja de que apenas ven a sus padres. Éstos pasarán la mayor parte del día ocupados en un trabajo que les permita seguir proporcionando cosas al niño, quien será cuidado, normalmente, por una mujer ajena a la familia y contratada al efecto. De este modo se cierra sobre sí mismo el ciclo de la muerte, porque el ámbito cosificado en que el hijo es introducido desde su nacimiento lo abocará al egoísmo de forma inexorable y le privará del necesario testimonio de generosidad aportado por unos padres que le entregasen su amor y su vida de forma gratuita.

5. La muerte como fracaso

Cuando se ha pasado la vida entera huyendo del dolor y del sacrificio; cuando la meta existencial de una persona ha consistido en esquivar el sufrimiento, en desterrar la enfermedad, y en cuidar la apariencia física para evitar los estragos de la vejez, el encuentro inexorable con la decrepitud y con la muerte constituye el más amargo de los fracasos. Poco puede hacer una persona cuya educación se ha basado en el aprendizaje del placer, pero ha omitido esa asignatura tan crucial que consiste en aprender a sufrir, cuando este momento llega.

Mientras se es joven, uno puede moverse y planificar, hacer y deshacer con sobrada energía. Pero, al llegar la vejez, el hombre se ve necesitado de la ayuda de los demás para seguir viviendo. Levantarse de la cama, hacer la compra, preparar el almuerzo, e incluso hacer uso de un cuarto de baño o asearse pueden convertirse en tareas irrealizables para un anciano que está solo. Es entonces cuando personas como las que acabo de describir se encuentran con una situación dramática: no quisieron, en su juventud, tener hijos, y descubren, en la vejez, que se han quedado solos y no pueden recibir más ayuda que el frío trabajo de quien los asiste a cambio de un salario. Otros, que sí tuvieron hijos, los educaron rodeados de cosas y ayunos del cariño personal, y recogen ahora el amargo fruto de lo que sembraron, porque esos hijos no estarán dispuestos a hacerse cargo de sus padres: poniendo en práctica las enseñanzas recibidas en la niñez, decidirán pagar para ellos el internamiento en una residencia donde a sus padres no les falte «cosa» alguna, aunque ellos apenas los visitarán, del mismo modo que apenas vieron a sus padres durante los días de su niñez.

El final de la vida del egoísta es un piélago de soledades. Y si surge la enfermedad con toda su carga de dolor físico y moral, muchas veces la persona no está preparada para resistirlo. Actuará, llegado ese momento, como ha venido actuando durante toda su vida, y buscará el modo de eludir el dolor a toda costa, incluso aunque la única salida para ello consista en precipitarse a sí mismo en la muerte. Ésta, la muerte, ya no se presentará como el logro final de una vida entregada, sino como la terrible puerta de escape de quien ha pasado la vida huyendo. Es el fracaso postrero. No es de extrañar, aunque sea lamentable, que, en los últimos años, el debate sobre la eutanasia esté abriéndose paso a toda velocidad en nuestra sociedad occidental.

III. Conclusión

No es mi intención, al menos de forma directa, extraer una conclusión, a modo de «moraleja», de cuanto llevamos considerado. El único propósito de este trabajo es sacar a la luz un proceso que está teniendo lugar en Occidente, y aportar, en la medida de mis posibilidades, claridad a muchas conductas y actitudes que se están convirtiendo en habituales. Al mismo tiempo, he querido gritar una verdad que jamás debiéramos haber olvidado: que sólo la generosidad y la entrega de la propia existencia dotan de sentido a una vida y hacen feliz al ser humano, mientras el egoísmo y la búsqueda insaciable del placer lo precipitan hacia la muerte.

Una vez sentado esto, cada cual debe elegir el camino que sigue en su vida. Pero debe hacerlo con los ojos bien abiertos, conociendo, no sólo el tramo del sendero que están pisando sus pies mientras camina, sino la meta a la que ese camino le conduce. Creo que Occidente, en términos generales, ha emprendido la ruta de la muerte, y camina con paso firme hacia su suicidio. Pero creo, también, que hay más fuerza en la generosidad que en el egoísmo, y que bastaría un puñado de personas empeñadas en llevar hasta las últimas consecuencias su opción por la vida para que este macabro viaje cambiase de rumbo en el transcurso de una o dos generaciones.

¿Qué es, por tanto, lo que, a mi entender, necesitamos? Que ese puñado de personas sean conscientes de la importancia que tienen en una sociedad como la nuestra, y huyan, a toda costa, de su único y mortal enemigo: el aburguesamiento. Que no se conformen con optar por la vida, sino que animen a las personas de su entorno a realizar la misma opción, mostrándoles, sin miedos ni falsas vergüenzas, la alegría de una existencia vivida en plenitud. Todo un reto.


* José-Fernando Rey Ballesteros es director de Espiritualidad Digital.

 
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