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Altar Mayor Nº - 137 (06)
Monday, 07 March a las 12:16:09

Altar Mayor artículos REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 137  - septiembre / octubre de 2010

 

FE, RELIGIÓN Y MAGIA
Isaías Díez del Río
*



           Aquél será dichoso y de buena ventura, que en su ayuda
 pone a Dios poderoso, que en solo Dios se escuda, 
 y nunca su fiducia de Dios muda.                                  
Fray Luís de León

 

Es muy corriente entre los mismos creyentes confundir fe con religión, y, a la vez, no saber distinguir perfectamente entre magia y religión. Y, sin embargo, ni la fe se confunde con la religión, ni, mucho menos, la religión con la magia. ¿Hemos pensado alguna vez que, cuando nos dirigimos a Dios, no pocas veces lo hacemos desde una actitud mágica más que religiosa? Es oportuno, por eso, clarificar nuestros conceptos, para, de ese modo, purificar nuestras actitudes, y, así, dirigirnos más correctamente a Dios en nuestras acciones e invocaciones. ¿Qué son, pues, cada una de estas evocaciones: fe, religión y magia, en qué se parecen, y cómo se distinguen entre sí? Aclarar estos interrogantes, es el intento de estas líneas.

1. La fe

Fe, en el sentido de creer, es asentir a lo que no hemos visto o conocido por nosotros mismos. Si nos atenemos a su semántica, fides en el latín clásico es sinónimo de fidutia, confidentia y fidelitas. Fidutia, es confianza/seguridad; confidentia, es confianza/esperanza firme; fidelitas, es fidelidad, lealtad. Etimológicamente, pues, «fides» significaría confianza esperanzada, esperanza confiada,o incondicional confianza; y, como consecuencia de esta confianza, asentimiento, crédito o creenciaen el testimonio de la persona que nos merece tal grado de confianza.

Cualquier diccionario castellano que consultemos (v.gr., el conocido de Julio Casares), recoge, entre las acepciones básicas de fe, la de «creencia basada en el testimonio ajeno», y la de «confianza en una persona o cosa». Es evidente que la «creencia» en el testimonio ajeno se fundamenta en la «confianza» que se tiene depositada en la persona que testifica. Es decir, tanto y más creemos lo que«alguien» nos dice, cuanto mayor es nuestra confianza en ese alguienque nos lo dice. La fe, pues, en «alguien» (fe personal) nos lleva a la fe en «algo» (fe objetiva); en terminología clásica, «crer en» (fides qua) comporta «creerque» (fides quae).

En las relaciones humanas –alguien ha escrito– la fe-confianza («creo en ti») desemboca necesariamente en la aceptación de lo que nos dice la persona en quien confiamos («creo que...», «tengo por verdad lo que me dices y me prometes»). La fe entonces es creer unos contenidos, concretamente las afirmaciones y los hechos que se nos proponen. Esas verdades son aceptadas, no porque se tenga un conocimiento o una experiencia directa de ellas, sino sólo porque las ha «revelado aquel en quien ponemos responsablemente nuestra confianza».

Todo en la fe humana indica que se trata de una relación entre personas, y que el grado de intensividad de la fe está estrechamente asociado al mayor o menor grado de credibilidad o fiabilidad de la persona en y a quien se cree. Lo que se dice de la fe humana, puede decirse por analogía de la fe religiosa. Decimos «por analogía», porque el presupuesto fundamental del acto de fe religiosa es obra de Dios. La gracia de su amor es quien inicia, capacita, acompaña y termina, de principio a fin, el acto de fe cristiana. Por la sencilla razón de que las verdades de fe pertenecen a otra dimensión de realidad, la dimensión trascendente.

La fe cristiana, a semejanza o analogía de la fe humana, abarca estructuralmente dos elementos esenciales: creer en Dios (credere in Deum): confiar incondicionalmente en Él; y creer a Dios(credere Deo): tener por verdadero lo que Dios, a través de su Palabra, Cristo, nos ha dicho o revelado. El acto de fe, pues, es una unidad vitalen la que caben distinguirse dos aspectos: la confianzaen Dios y el asentimientoa su mensaje. Es evidente que «confiar en Dios» es el factor  primario y prioritario, ya que la aceptación de las verdades reveladas es una consecuencia de la confianza puesta en Él.

San Agustín, en comentario ya clásico, que, luego, ha sido reiterado hasta la saciedad, hace notar que, en relación a Dios, pueden darse tres clases de creencia, de credere: credere Deum (creer que Dios existe),credere Deo (creer a Dios), credere in Deum (creerenDios). Son tres actos –comenta H. de Lubac– que van encadenándose el uno con el otro, siguiendo una progresión necesaria. Únicamente el tercero, que supone e integra a los dos anteriores, caracteriza a la verdadera fe. Únicamente él constituye al cristiano. Toda la tradición posterior asumirá esta doctrina agustiniana. Así Tomás de Aquino escribirá que «lo que aparece como principal, y en cierto modo con valor de fin, en cada acto de fe es la persona a cuya palabra se presta la propia adhesión».

En los textos sagrados de la Bibliase recogen los dos elementos antes señalados. Sin embargo, como dice un reconocido autor, «en la fe veterotestamentaria el acento cae sobre el aspecto de confianza; en la fe neotestamentaria se resalta el aspecto de asentimiento al mensaje». La acentuación unilateral/fragmentaria de uno de estos dos aspectos del acto de fe dará origen, con el correr del tiempo, a las dos máximas divergencias confesionales dentro del cristianismo: el protestantismo y el catolicismo. La concepción protestante subrayará la fe como acto de confianza y abandono en Dios; laconcepción católicaenfatizará los contenidos o artículos de la fe.

Apoyados en su propia hermenéutica/interpretación, algunos de los teólogos protestantes modernos más relevantes, como K. Barth y D. Bonhoeffer, han llegado a denegar al cristianismo el carácter de religión, provocando, desde entonces, la problemática de la relación entre fe y religión. Actualmente parecen aproximarse las posturas protestante y católica, hasta el punto de, prácticamente, coincidir. Así lo dan a entender, por ejemplo, posturas como la del protestante W. Pannenberg, quien ha escrito: «Sólo el confiar incondicionalmente en Jesús y en Dios que se revela a través de Él puede llamarse acertadamente fe. Pero ese confiar incluye también dentro de sí un tener por verdadero, del que no puede separarse y sin el que no puede subsistir». Por parte católica está, por ejemplo, el teólogo J. Alfaro, quien también ha escrito que «el cristianismo no es principal ni definitivamente una doctrina; es la persona misma del Hijo de Dios, hecho hombre, muerto y resucitado por la salvación de todos los hombres».

2. Fe y religión

Tras las aclaraciones precedentes, es obvio que, aunque estén estrechamente unidas, no debe confundirse nunca la fe con la religión cristiana, pues, aparte de existir una clara distinción entre ambas, contar con esa diferencia es el único modo de poder y saber distinguir lo «central» de lo «periférico», lo «esencial» de lo «secundario» o no tan sustancial del mensaje cristiano. Contar en nuestra mente con estas diferencias, nos ayudará muy mucho, para comprender los posibles cambios que pueden darse en la religión sin sufrir nada la fe. Para clarificar más esa diferencia, que no deja de iluminar no poco el tema aquí propuesto, no estará de más seguir haciendo algunas precisiones sobre sus principales diferencias.

Así como la fe deviene graciosamente al hombre de parte de Dios, la religión, en cambio, brota del hombre hacia Dios, y abarca todo el ámbito manifestativo del hombre religioso en cuanto religioso, es decir, la fe de la que arranca su actitud religiosa, y todo el amplio y variado conglomerado de manifestaciones en las que el hombre ha explicitado y sigue patentizando su actitud religiosa o relación con Dios. Abarca la «totalidad histórica» manifestativa de la fe: desde el gratuito impulso generador (fe-confianza) y su mensaje (fe-creencia/s), hasta las múltiples y variadas mediaciones(ritos, sacrificios, doctrinas, leyes, instituciones,...), a través de las cuales el hombre ha expresado y canalizado su vinculación con el Dios revelado en Jesucristo.

Como religión histórica que es, la religión cristiana, tras veinte siglos de «evolución», ha llegado a la plenitud de su desarrollo/institucionalización. Esto quiere decir que posee todos cuantos elementos pueden configurar a una religión, que ha llegado a la plenitud de su desarrollo institucional, es decir, un credo,una doctrina,un culto, una moral, una comunidadde fieles organizada en forma de Iglesia, y otras manifestacionesinherentes a la experiencia religiosa, tanto individual como comunitaria.

El drama de la religión es que, por una parte, apunta a lo suprasensible e incomprensible, a lo del más allá, al Totalmente-Otro; y, por otro lado, la acción religiosa tiene que definir, ubicar, reificar y temporalizar lo no-definible, lo no-mundano, lo no-reificable, lo eterno. A lo inefable lo formula en palabras humanas, a lo inespacial le busca lugar sagrado, a lo intemporal le prepara los tiempos festivos, a lo invisible lo venera en la imagen sagrada. Los dos aspectos (lo interior y lo exterior), sin embargo, forman una unidad inseparable, que afecta a la persona integralmente. Como alguien ha escrito, «Fe y creencia, fe y religión: estas dos parejas de nociones se hallan estrechamente vinculadas. El que disocia uno de estos dos pares está disociando –por este mismo hecho– el otro par. Así como la religión no vive sin creencias, tampoco las creencias subsisten sin religión; y creencias y religión son igualmente indispensables para la vida de la fe». No hay que olvidar que fruto de la fe-confianza (vínculo afectivo) es la fe-creencia: adhesión al mensaje de la fe (vínculo volitivo-cognitivo). La fe en sí misma, en su mismo núcleo, comporta, pues, confianza en Dios y, de ahí, fe en su mensaje.

Sólo teniendo en cuenta las nociones expuestas, serán comprensibles expresiones como «únicamente la fe salva, no la religión», y otras similares. Sólo desde estos presupuestos, es comprensible el problema del cambio en la religión. Si la religión, en todo aquello que no es el don de la fe y el mensaje revelado, es creación del hombre; si, por otra parte, el mismo kerigma/mensaje exige su constante actualización o acomodación a los tiempos y lugares en que se anuncia, para hacer plausible el mensaje, es obvio que la religión está sujeta a evolución. No sólo está sujeta al cambio; está obligada a evolucionar, si quiere sintonizar y responder adecuadamente a los grandes desafíos de nuestro tiempo.

De todo lo dicho, aunque en forma sintética, se desprende que en la religión existen unos elementos inmutables y otros mutables; unos, dinámicos, y otros, por naturaleza, estáticos. Es inmutable la fe y el «depositum fidei», es decir, el caudal de verdades de fe. Son mutables todos aquellos elementos configuradores de la fe en forma de religión que, en el transcurso del tiempo, el hombre ha ido creando y acumulando, para manifestar su relación con el Absoluto. Al responder estos elementos a los condicionamientos del tiempo y del espacio en los que fueron creados/formulados, es normal que muchos de ellos, con el paso del tiempo y el cambio de circunstancias, queden obsoletos.

Para evitar que estas «mediaciones» queden trasnochadas, y sean un lastre para la religión, es preciso su constante revisión y actualización o puesta al día. Es lo que desde el Papa Juan XXIII, se viene llamando aggiornamentode la religión al mundo moderno, y que fue el mensaje nuevo y central del Concilio Vaticano II. Sólo con el «aggiornamento» pueden, en efecto, sintonizarse las formulaciones de fe con las exigencias de las nuevas situaciones en las que el mensaje de la fe quiere proclamarse e inculturarse. Los pensadores creyentes más avizores del momento reconocen que la crisis del cristianismo occidental es –en gran parte– de orden cultural, al estar ligado de forma muy profunda a una cultura que ya no es actual. Por eso, se impone un esfuerzo de «inculturación» de la fe, haciendo de manera que la Iglesia llegue a ser de verdad «una casa intelectualmente habitable» (E. Alberich). Parece un hecho histórico evidente –desgraciadamente, no lo suficientemente considerado– que el declive de la religión/Iglesia en occidente, ha ido de la mano de su declive cultural.

3. Religión y magia

Si importante es saber distinguir entre fe y religión, para poder comprender y valorar el cambio en la religión, no lo es menos saber en qué se diferencia la magia de la religión, para poder, así, distinguir en qué medida nuestros actos religiosos son realmente magia y/o religión. Porque, uno de los fenómenos más estrechamente relacionados con la religión es la magia. Su conexión, de hecho, es tan antigua, real y corriente, que algunos autores llegan a sostener que la religión es una evolución de aquélla, mientras que otros consideran que la magia es una degeneración de la religión. Hoy, parecen descartarse ambas hipótesis, y se tiende a considerarlas como dos fenómenos afines y paralelos, ya que en todos los pueblos coexisten magia y religión, formando lo que Mircea Eliade llama un complejo «mágico-religioso».

La magia ha aparecido y sigue apareciendo en todas las sociedades y en todas las épocas. Aparece en los pueblos primitivos, como uno de los elementos constitutivos más definitorios de su cultura. Surge en los pueblos más desarrollados de nuestros días, ordinariamente como una desviación de las religiones establecidas. Es decir, en cualquier caso siempre es un intento por parte del hombre de relacionarse con un mundo superior.

La importancia de saber distinguir entre religión y magia, arranca y se sustenta en que, entre las actitudes y prácticas religiosas, y las actitudes y prácticas mágicas, existen muchas connotaciones y degradaciones. Hay ceremoniales mágicos parecidos a ceremoniales religiosos, y actitudes y ritos religiosos con no pocos componentes mágicos. Y es que los límites entre religión y magia son extremadamente lábiles. Es importante, por ello, contar con ideas claras y distintas, para saber distinguir no sólo la magia de la religión, y viceversa, sino también para poder discernir cuándo, porqué y en qué medida una actitud o acción personal o colectiva es auténticamente una expresión religiosa o mágica. Nos interesa, por tanto, saber qué es la magia, por qué surge y para qué sirve o qué función desempeña, y, finalmente, cómo distinguirla de la religión.

Existen muchas y muy diferentes interpretaciones de la magia, entre otras razones, porque también son muchas las clases o variedades de magia existentes. A pesar, no obstante, de las diversas opiniones, todas las interpretaciones coinciden en reconocer que las distintas actitudes y manifestaciones mágicas, son otras tantas distintas formas de manifestarse, en los diversos pueblos, la relación entre el hombre y el mundo de lo sobrenatural.

El parecido entre magia y religión les adviene de tener ambas una función psicosocial muy parecida. La magia de las sociedades primitivas, y mucho más todavía la que aparece en las sociedades desarrolladas modernas, viene a ser el recurso, al que ordinariamente se acude, para encontrar respuestas a una situación de incertidumbre y de crisis personal. Por eso, precisamente, las creencias y las prácticas mágicas surgen y prosperan generalmente en situaciones en las que los individuos o las colectividades no encuentran respuesta a sus ansiedades y tensiones internas en el marco sociocultural y religioso de su tiempo o de su circunstancia vital. Como alguien ha escrito, cuando se desmorona un cosmos religioso, entre los escombros suelen pulular los ciempiés y gusanos de la superstición. Prueba de esto la tenemos en la «explosión» del fenómeno mágico que, a partir de la década de los años 60, ha tenido lugar en las sociedades occidentales, como consecuencia de la profunda crisis religiosa y de valores por la que desde entonces atraviesa esta sociedad.

¿Qué es, entonces, la magia? Es un conjunto de creencias, de prácticas, de ritos, en relación con lo sobrenatural, cuyo fin es dominar las fuerzas sobrenaturales ocultas –interiores y exteriores al hombre–, y obligarlas a orientar su poder en beneficio propio, es decir, a la consecución del objetivo concreto que se desea alcanzar.

Tanto el «homo magicus», como el «homo religiosus», reconocen una Realidad suprema. Sin embargo, a diferencia del «homo religiosus» que, ante esa realidad suprema y misteriosa, se siente pobre criatura anonadada y dependiente, el «homo magicus» se considera a sí mismo como dueño y señor de la voluntad de esa Realidad, ya que cree poder dominarla, dirigirla y controlarla, obligándola, por medio de unos ritos determinados, a actuar en beneficio propio.

La magia, a diferencia de la religión, coarta, en cierto sentido, la libertad de las potencias sobrenaturales, ya que supone que su voluntad está, en alguna manera, obligada a actuar en conformidad con la voluntad de quien realiza los ritos mágicos apropiados, para conseguir unos objetivos determinados. Por eso, la invocación del «homo magicus» es imperativa, en el sentido de que, a través de una técnica ritual, pretende manipular la voluntad de la Realidad suprema, obligándola a la ejecución de la petición. La invocación, en cambio, del «homo religiosus» es siempre implorante, pues acepta, en todo momento, la voluntad libérrima de esa Realidad ante la petición que le ha sido dirigida. El fin de la magia es la utilización de las fuerzas sobrenaturales para interesespersonales. El fin de la religión es el perfeccionamiento interior del hombre y su salvación. La magia aparece como una técnica y apela a unas fuerzas sobrenaturales que no rebasan la inmanencia, mientras que la religión postula la pureza de corazón y siempre hace referencia a la transcendencia de lo sagrado.

Dada la frecuencia con que se dan elementos mágicos en nuestras acciones religiosas, y la importancia que entraña el limpiar de magia nuestra religión, para, así, poder dirigirnos a Dios con la más pura intención, ofrecemos a continuación, en contraposición, los rasgos específicos que las distinguen, con el fin de poder purificar, de ese modo, nuestra relación con Dios. Nos serviremos del esquema que William J. Goode hace ya tiempo elaboró. Según ese esquema, los rasgos específicos de la magia, en contraposición a los de la religión, serían los siguientes:

1º) Los fines de la magia son más específicos; los de la religión, más globales;
2º) En la magia predomina una actitud «manipulativa», mientras que la actitud en la religión es de súplica, de impetración, de veneración;
3º) En la magia, la relación entre los responsables religiosos y el pueblo fiel es del tipo cliente-profesional, mientras que en la religión es más bien la de pastor-rebaño, o profeta-adeptos;
4º) En la magia predominan los fines individuales, mientras que los fines sociales son los propios de la religión;
5º) En la magia los ritos se practican de ordinario más individualmente, en la religión, en cambio, se hacen de un modo preferentemente colectivo;
6º) En el caso de fracaso de una operación mágica, se tenderá a sustituirla por otra, mientras que la religión insiste en el valor intrínseco del ritual, que mantiene una relación con los dioses;
7º) La actitud mágica es más impersonal, la religiosa más emocional;
8º) En la magia, es el mago el que determina el rito que se ha de practicar, así como si es o no el momento oportuno, mientras que los ritos religiosos se realizan en tiempos fijos;
9º) La magia puede ser dirigida contra las autoridades, y personas; no así la religión;
10º) La magia es instrumental, la religión ofrece ritos que son fines en sí mismos

Al abordar el conocido especialista Milton Yinger la relación entre magia y religión, afirma que tanto la religión como la magia «constituyen un intento de luchar con las frustraciones, el miedo, los imponderables de la vida, y de conseguir una mayor participación en los valores positivos. Pero, se pueden distinguir tanto por la índole de sus objetivos, como por las actitudes asociadas a los esfuerzos por conseguir esos objetivos». Así, siguiendo a Malinowski, el autor sostiene que la religión se refiere a los temas fundamentales de la existencia humana, mientras que la magia gira siempre en torno a problemas específicos, concretos y detallados. La religión se interesa por la salvación, la muerte, el sentido de la existencia. La magia se ocupa de objetivos inmediatos: el control del tiempo, asegurar una buena cosecha, vencer en la batalla, la buena salud. Los que se entregan a la magia y a la religión tienden a diferenciarse también por su actitud hacia lo no empírico o sobrenatural. La religión ora y ofrece sacrificios; la magia manipula y controla.

Si tener ideas claras y distintas es un medio y modo de caminar con seguridad por la vida, tener ideas claras y distintas en el ámbito de la religión, es la mejor, si no la única, manera de purificar y mejorar nuestras relaciones con Dios. Y, ¿a quien no le interesa mantener una correcta y buena relación con Dios? Estas líneas se darían por satisfechas, si contribuyen, en alguna medida, al logro de este objetivo.


* Isaías Díez del Río es agustino y licenciado en Lenguas Clásicas.

 
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