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Altar Mayor Nº - 137 (01)
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Altar Mayor artículos REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 137  - septiembre / octubre de 2010

 

UNA SOCIEDAD FALAZ
Emilio Álvarez Frías



 
Muchos habitantes del planeta Tierra están convencidos de que viven en una sociedad cuasi maravillosa, idílica; en una sociedad que les aporta cuanto precisan para vivir y desarrollar sus actividades de la forma que consideran mejor y más adecuada de acuerdo con sus preferencias y deseos; en una sociedad que discurre y funciona a tenor de unos propósitos preestablecidos que impulsa la convivencia entre unos y otros, el disfrute de las relaciones con los semejantes y con la naturaleza en su conjunto, que fomenta y cuida la paz entre todos, así como el amor, la intención de progreso individual y colectivo, el avance de la ciencia, de la cultura, del saber intelectual. Y esos habitantes, sumidos en esa creencia, se dejan llevar por el flujo que empuja su devenir en un movimiento continuo difícil de contener, prestando atención a los promotores de esos latidos constantes, otorgando una considerable credibilidad a lo que dicen, a lo que hacen, a lo que sugieren, a sus acciones, a lo que callan con intención de ser comprendidos en las bondades que emanan a través de sus gestos.

Lamentablemente, para empezar, hay que decir que la sociedad que nos hechiza es profundamente egoísta, y se deja llevar de la comodidad que supone fiar en que los otros se ocupan de hacer todo lo preciso y necesario para la colectividad, sin sentirse abocada a participar en los actos puntuales para su mejor discurrir; sin advertir que es una sociedad que se tapa los ojos para no ver lo que no la interesa siempre que los acontecimientos no rompa su sestear; que se tapa los oídos para no escuchar la música discordante de un conjunto musical que surge con ínfulas de creativo de novedosos sonidos cuando no es otra cosa que un conjunto de notas discordantes; que se tapa la boca para no manifestar sus opiniones, si es que las tiene, dejándose conducir, por pereza, por los líderes que prometen soluciones para todo, como los antiguos vendedores ambulantes que ofrecían pócimas igualmente válidas para el crecimiento del cabello, para incrementar la fertilidad, influir en el amor o sanar el hígado maltrecho.

No es cierto que vivamos en una sociedad maravillosa, idílica, plena; lamentablemente no. Vivimos en una sociedad plagada de falacias, que se revuelve en un estercolero de mentiras, que camina pisoteando sobre lo que tradicionalmente se ha tenido por valores permanentes, con la intención de enterrarlos entre el lodo, mientras encumbra como hallazgos maravillosos ideas que estima novedosas (si es que hay alguna idea nueva a estas alturas); opera con intenciones perversas elaboradas y desarrolladas maniqueamente para ser presentadas como Bálsamo de Fierabrás, definitivas para curar el cáncer que corroe a los hombres, limpiar los estercoleros que van surgiendo en las instituciones, lavar los frontispicios de los Ateneos de la cultura comidos por la carcoma, levantar altares a los dioses nuevos que se multiplican para saciar los más extravagantes deseos o conceder todas las apetencias de los individuos que no quieren usar ni los ojos, ni los oídos, ni la voz, dejándose seducir por la oferta con objeto de disfrutar, sin esfuerzo aparente, de todos los bienes posibles en una actitud plenamente nihilista.

Esa sociedad obstruye sus entendederas y no advierte la intencionalidad de las voces maléficas que la aseguran que hay que romper trabas, que es preciso liberarse, que determinadas instituciones a lo largo de los siglos la han estado coartando sus impulsos naturales, impidiéndola el goce al que tiene derecho, sin limitaciones, porque ha nacido –¿de la nada?, ¿por generación espontánea?– únicamente para el disfrute. Y con su acostumbrada falacia, las voces malévolas la impulsan a poner en uso todas las ocurrencias imaginables para el deleite del cuerpo, mediante el sexo, porque lo uno y lo otro están exclusivamente para cumplir ese fin; y si se produce un episodio no previsto ni deseado, pero natural en las relaciones de pareja, mediante la concepción de un nuevo ser, único y diferente de ellos, pero como ellos, obviando esta circunstancia tan importante y categórica, se elimina, sin preocupación ni pudor, para continuar en la carrera irreflexiva y monstruosa emprendida.

Porque execrables son las intenciones de las mentes que proyectan y las voces que pregonan esos derechos inhumanos y crueles. Y la sociedad que admite sin discusión como hecho normal que cuando se concibe un ser humano, sin deseo expreso, considera que basta con suprimirlo como si fuera una verruga que empobrece la belleza del cuerpo, luego se comporta falazmente ante el torneo público que se produce entre toro y torero en una pugna entre la vida y la muerte, tanto de uno como de otro, o llora compungida ante la triste imagen de un perro vagabundo, o levanta pasiones por el uso de prendas de vestir confeccionadas con pieles de animales, o clama porque desapareció un humedal que servía de lugar de descanso de las aves en su migración estacional.

Y esa misma sociedad, instalada en su comodidad egoísta, engañada por arteras maquinaciones de mentes perversas, contempla, impávida, cómo cada día las noticias traen la muerte continua de cientos de seres humanos como consecuencia de hambrunas en determinados lugares de la Tierra; o cómo son asesinados numerosos seres humanos por la acción de unos individuos enloquecidos que no encuentran otra forma, para conseguir sus disparatadas intenciones, que poner sangre inocente en las calles de cualquier parte del mundo. Es una sociedad falaz porque habla incansablemente de paz y se vale de las guerras, en sus más variados aspectos y matices, para romper, precisamente, la convivencia pacífica entre semejantes.

Como es, en definitiva, una falacia de parte de la sociedad querer imponer su criterio a los otros por considerar que sus puntos de vista son distintos a los propios, y los fundamentos en los que se basa son discordantes.

Y es una falacia de la sociedad pretender arriar los símbolos que no concuerdan con la representación de sus ideas motrices; olvidando que esos signos que se pretende arriar con engaño y violencia son parte misma del ser humano, fundamento de su existencia, principio de su origen y meta de llegada; o páginas de la historia, y símbolo de la cultura o marca del arte conseguido, o recuerdo de hazañas o tradiciones, o llamada a la conversión, o hitos alcanzados por otros durante una vida de entrega y sacrificio, o de conmemoraciones que a todos conviene tener presentes para imitar o para que no se vuelvan a producir.

No vivimos, ciertamente, en una sociedad ideal, maravillosa, inmejorable, digna de todo encomio. No. La sociedad en la que vivimos está sumida en la falacia, en la mentira, en no querer saber lo que molesta nuestra sensibilidad, tapándose los sentidos que solamente permanecen atentos al disfrute en un ejercicio ahincado profundamente en el nihilismo.

Mas no hemos de caer en el desánimo. Desde que el ser humano lleva construyendo historia, siempre sale adelante venciendo los momentos de desfallecimiento, de baja estima, de cambios de rumbo. En la galería de retratos de hombres (varones y mujeres) que han sido importantes en el discurrir de los tiempos, en uno u otro sentido, en lo que a unos les puede gustar o en lo que otros prefieren, podemos encontrar no pocos que han marcado una época, que han creado novedosas ideologías, pero que, si esas ideas no han respondido a las leyes naturales de la creación, siempre han caído reemplazas por los principios inmutables que la rigen, y que son respetados invariablemente por los seres irracionales. Por ello, aunque a determinadas generaciones les toque vivir bajo códigos que marcan los enanos, estos tiempos caerán y se impondrán de nuevo los perdurables, si bien adaptados a los nuevos signos, pues también hay que asumir que la evolución de los tiempos es imparable.

Llegará el momento, pues, en el que desaparecerán los enanos encaramados en los lugares donde está el poder para dejar el sitio a quienes saben estar y mantienen el estilo de vida requerido por los principios que rigen la naturaleza, al margen de las acciones de los hombres. Y el retrato de los enanos difícilmente colgará en la galería de la historia.


 
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