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Altar Mayor Nº - 138 (19)
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Altar Mayor artículos REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 138  - noviembre / diciembre de 2010

 

A PROPÓSITO DE EL FANTASMA DE HARLOT
Joaquín Albaicín*



  
Seguiremos las trayectorias del proyectil hacia atrás,
hasta las vidas que moran en las sombras,
hombres de carne y hueso que gimen en sueños.

                                          Don DeLillo (Libra)

 
El fantasma de Harlot es (o, cuando menos, su autor –Norman Mailer– pretendió que fuera) a la literatura de espionaje lo que El buen pastor, de Robert De Niro, al cine del mismo género. Quizá –no entiendo de meritocracias– ese honor corresponda más en puridad a La Compañía, novela de Robert Littel a la que aún no he podido hincar los dedos, y no sólo por lo voluminoso… No lo sé. Lo cierto es que esta clase de narración tiende siempre al tocho (¿no lo era El honorable colegial, de Le Carré?), y, en el caso que nos ocupa, al primus inter pares o Tocho entre los Tochos, por cuanto a lo intrincado de las tramas y el incesante cruce de personajes súmanse la ambición y espíritu demiúrgicos de un escritor que se había ya aproximado con afán omnívoro a las figuras de Lee Harvey Oswaldy Marilyn Monroe y para quien la confección del manuscrito tuvo también, pues, mucho de cruce de caminos vital.

La investigación en torno al asesinato de JFK más sugestiva que conozco es la emprendida por William Reymond sobre la figura de Billie Sol Estes, recogida en su libro JFK. El último testigo, de portada bien familiar a los asiduos de las secciones de saldo de las librerías. Ignoro si sus conclusiones –que señalan a Lyndon B. Johnson como autor intelectual del magnicidio de Dallas– son o no correctas, pero toda la pesquisa, lo mismo que el ritmo con que está contada, es magnífica. En la historia de Oswald hilada por Mailer –publicada, como El fantasma de Harlot, por Anagrama– cabe subrayar, entre innumerables datos importantes, el de que el francotirador del Texas School Book Depository, al igual que los pilotos del 11-S, había recibido en su momento clases de vuelo de un instructor llamado David Ferrie, un colaborador de la CIA que apareció muerto antes de poder el fiscal Jim Garrison tomarle declaración a propósito del asesinato de Kennedy. Contra lo que pudiera pensarse, estos episodios de pilotos aficionados a la autoinmolación que, casualmente, se topan con profesores bien relacionados con el mundo del espionaje, son más frecuentes de lo que parece: por ejemplo, los dos terroristas sikhs que en 1985 hicieron estallar en pleno vuelo un Jumbo de Air India debían su instrucción «profesional» a la escuela de mercenarios que, con todos los papeles en regla, regentaba por entonces en Alabama un tal Frank Camper, ex boina verde e informante del FBI y la CIA.

En el fondo, dadas las similitudes operativas antedichas, y pese a que todos nos modelen a Lee Harvey Oswald en base, podríamos decir, al perfil arquetípico de Travis, el taxi driver de Scorsese, la pregunta del millón es si tanto el atentado del 11-S como el de Dallas respondieron a un diseño del maquiavélico programa de operaciones de la CIA bautizado como Cointelpro. En Libra, su novela sobre Oswald, Don DeLillo abre una interesante puerta: el plan de los conspiradores incluía un atentado contra Kennedy a fin de culpar del mismo a Castro y desencadenar la invasión de Cuba, vengando así el fracaso de Bahía de Cochinos, pero el tirador… debía fallar. Al leer esto, nos llegan, claro, ecos de la aseveración soviética acerca de que Agca, teledirigido en última instancia por los norteamericanos, jamás habría pretendido matar a Juan Pablo II, sino herirlo con intención intimidatoria.

Claro que los paralelismos entre el 11-S y el magnicidio de Dallas podrían constituir «nada más» que una de esas misteriosas serendipias o sincronías nada ajenas al mundo del terrorismo y el espionaje. Una muy llamativa, por ejemplo, es la que, a través del tiempo, hermanaría el asesinato por un chekista del embajador alemán en San Petersburgo, Conde von Mirbach, en julio de 1917, con el de otro von Mirbach, a su vez agregado militar alemán en Estocolmo, a manos de la Fracción del Ejército Rojo, en abril de 1975. Ambos murieron en la legación y en circunstancias prácticamente calcadas, salvo por el lapso temporal de cincuenta u ocho años que separa los dos incidentes. En este contexto, es extraño que todavía nadie haya traído a colación los muchos y profundos rasgos comunes que, a tenor de las investigaciones llevadas a cabo por el diario El Mundo y otros sabuesos independientes, sería de recibo subrayar entre el 11-M y la masacre de la estación de Bolonia, macroatentado del que durante años se estuvo culpando a bombo y platillo a un grupo de extremistas neofascistas que, a la hora de la verdad, salieron absueltos, en tanto daban con sus huesos en la cárcel un puñado de financieros, políticos y agentes secretos italianos…

Supongo no ser el único que no termina de asumir que sincronías como las citadas constituyan simples productos del azar. Como declarara uno de los principales implicados en la quiebra del Banco Ambrosiano y el enfangado de la investigación sobre el atentado de Ali Agca, Francesco Pazienza, colaborador de la inteligencia italiana y, por cierto, sentenciado a prisión por la matanza de Bolonia: «Ante todo soy un hombre de los servicios secretos, porque en la actualidad los asuntos de importancia internacional se fabrican y se resuelven exclusivamente gracias a esos organismos». De hecho, prácticamente todos los corresponsales de guerra que, en el siglo XX, representaron en lejanos campos de batalla a los más influyentes diarios occidentales, compaginaron su labor reporteril con la de informador del servicio de inteligencia de su país (no lo decimos nosotros, sino que así lo escribieron ellos mismos en sus memorias: recuérdese a Kim Philby, que vino a España bajo la tapadera de enviado de The Times y, ya defenestrado, se trasladó a Beirut bajo la de corresponsal de The Observer). Como a cuento de su ataque a Juan Pablo II señalara Ali Agca, que en la asignatura de servicios secretos anda bastante ducho:

Pero para los centros de poder no existe ningún secreto, sólo existen tabúes, cálculos políticos y preocupaciones varias que la verdad de lo ocurrido puede provocar.

Simon Peres, presidente de Israel, se ha expresado en muy parecidos términos en una entrevista concedida este año:

Hoy, las relaciones secretas entre los distintos países son mucho más reveladoras que las diplomáticas. Tienes más sentido y resulta mucho más poderoso mantener relaciones entre las distintas organizaciones de inteligencia, porque ya no se lucha contra ejércitos, sino con los servicios secretos. No se limita a un país. No se limita a una nación. Es una batalla de cerebros, más que de tropas. Y no se trata de ganar después del enfrentamiento, sino antes.

Puesto que el relato de espionaje se nutre de las premisas intelectuales propias del mundo que le sirve de inspiración, es por estos pagos por los que se mueve El fantasma de Harlot, parte de cuya acción transcurre, no en vano, en el Berlín de posguerra, campo de reclutamiento de ex agentes nazis por la OSS. Cada pieza de la narración está, pues, bien engrasada. Cierto que uno está dos o tres veces a punto de abandonar su lectura debido a la obsesión del difunto Mailer por las escenas de mariconeo (o de «amor» entre varones «sin perder la condición de machos», que diría Boris Izaguirre), pero, con saltarse los patéticos y cenagosos párrafos en cuestión, puede perfectamente el lector entregarse a la lectura de una novela escrita con la ambición de retratar y abarcar todo un universo de bastante más calado y más abisales sombras que las proyectadas por los fetiches de su autor. Una de las fuentes fundamentales para la elaboración de la obra fue, sin duda, un ensayo sobre la historia de la CIA debido a un antiguo agente, David C. Martin: KGB contra CIA. De ahí ha salido todo el capítulo de la fiesta en casa de Philby, con el enfrentamiento entre Burgess y Harvey, así como los materiales para la urdimbre del capítulo referente al túnel excavado por los americanos en Berlín para captar todas las comunicaciones radiadas del sector oriental. Entre los principales personajes, descollan figuras de solera como Allen Dulles y, sobre todo, E. Howard Hunt, alto oficial de la CIA que jugó un gran papel en el caso Watergate y el golpe de Estado en Guatemala y fuera identificado como uno de los «mendigos» supuestamente detenidos por la policía como sospechosos potenciales del asesinato de Kennedy. Aquella detención, por supuesto, nunca existió. La foto recoge a unos cuantos operativos de la CIA muy mal disfrazados de indigentes que, en un alarde de «humor» bastante inquietante, teniendo en cuenta que se acababa de volar la cabeza de un balazo al hombre cuya vida tenían la misión de proteger, posaron con fines nunca aclarados para la ocasión.

Hugh Montague, el protagonista de fondo de la novela, se nos antoja una suerte de Kim Philby que nunca hubiera trabajado para los soviéticos ni, pues, desertado… o que jamás hubiera sido descubierto. Para el otro papel protagonista, el que no es de fondo y oficia como hilo conductor, resultaría magnífico Matt Damon, aunque supongo que no aceptaría la inclusión en el guión de la antedicha escena protagonizada en el piso franco por el agente locaza (y se lo agradeceríamos). Las historias de amor de Mailer –si se nos permite confesarlo– nunca nos han interesado, por la sencilla razón de que no son tales: siempre se trata de tíos calzonazos con querencias hacia la acera de enfrente y a los que entusiasma que sus novias o mujeres les pongan los cuernos. Paja, en fin, de la que el lector puede también prescindir sin por ello perder provecho en el disfrute del grano. Ese grano no es, por supuesto, el de mostaza ensalzado por el Evangelio, pero en el mundo de ambigüedades del espionaje todo es reciclable. Y, hasta el momento de la verdad, nadie sabe nunca la sorpresa que pueda deparar la última muñeca rusa.


* Joaquín albaicín es escritor, conferenciante y cronista de la vida artística, autor de –entre otras obras– En pos del Sol: los gitanos en la historia, el mito y la leyenda (Obelisco), La serpiente terrenal (Anagrama) y Diario de un paulista (El Europeo).

 
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