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Altar Mayor Nº - 138 (04)
Tuesday, 08 March a las 12:39:05

Altar Mayor artículos REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 138  - noviembre / diciembre de 2010

 

FUE UN 24 Y 25 DE DICIEMBRE DE 18…
Luis Launay*

 


 
En la inmensidad de la Pampa un gaucho va montado en su tostado, al tranco, sin apuro, como quien da un paseo, de las ancas del caballo, cuelgan a cada lado, dos bolsas grandes. Su figura se recorta en la poca sombra que refleja en los pastos, paso a paso, su fiel matungo avanza por la llanura.

A la distancia, entre unos altos pajonales un infiel (indio, no cristiano), parado sobre las ancas de su bagual, vigila pacientemente al gaucho. Este sigue a su paso, cada tanto, hace una parada, prende un fuego, calienta un poco de agua en su ennegrecida pava, para tomar unos amargos, mientras su mancarrón (caballo) pastorea cerca de él.

Al llegar la noche, tranquilo el gaucho, acomoda los aperos a modo de cama y después de masticar charque (carne seca salada), meterle un sorbo a su giniebra y pitar un chala, se tira a dormir. Al alba lo despierta el grito del tero (pájaro), se levanta y dirige una mirada a su alrededor, a lo lejos divisa algunas figuras, acomoda sus manos a modo de visera, para evitar el reflejo, y los ve, allí está la indiada, ahora el vigía, no está solo, un grupo de una veintena, lo acompaña. Sin preocuparse dobla su cojinillo (pellón del apero), acomoda sus pilchas y comienza a colocar el recado a su tostado. Aviva el fuego, acomoda la pava y pausadamente toma unos amargos.

Al rato, monta y sigue su camino, la indiada lo observa, manteniéndose a la distancia, después de algunas leguas, como para calentar el cuerpo, ensaya un trote corto y tranquilo. Y así sigue su camino, hace su parada, y nuevamente emprende su viaje, hasta que lo vuelve a sorprender la noche.

Busca un buen lugar para acampar, desensilla, junta un poco de leña para el fuego, y otra vez unos amargos acompañados con un poco de charque, unos sorbos de giniebra y el placer de pitar un chala. Acomoda sus pilchas y se duerme bajo el arrullo del agua de un arroyito cercano y el coro de los grillos y sapos en su noctámbulo canto, mientras un cielo muy azul, refleja a millares de estrellas y como nunca brillan las refulgentes tres Marías (constelación Orión) que guían su destino.

Apenas las primeras luces alumbran el día y el grito vigilante del chajá (ave grande que grita al menor movimiento: cha já, cha já), rompe el silencio de la llanura, y nuevamente la rutina diaria, avivar el fuego, acomodar la negra, cebarse unos amargos y ensillar a su fiel amigo. Montar y al tranco seguir por ese imaginario camino. Mira a su alrededor y no hay indicios de la indiada, otro trote, algún galope y otras leguas pasan. Al llegar la tarde de frente en el horizonte, divisa algunas figuras a caballo, son varios jinetes, mientras más se acerca, se va aclarando su visión, es una indiada, son muchos, sus chuzas (Lanzas) se agitan amenazantes, largas melenas, gestos austeros, fieras miradas, pieles curtidas, manos rústicas, cuerpos tensionados…

Sin desviar su camino, sigue adelante, los gritos de la indiada, cada vez son más estridentes, al llegar frente a ellos, se van abriendo, formando un largo pasillo, las chuzas lo apuntan, no hay miedo en sus ojos, no hay movimientos bruscos, sólo sigue su camino.

En el final del largo pasillo, lo esperan dos jinetes, por su aspecto y altivez, son el Calcu (curandero y adivino) y el Cacique, los jefes…

Gaucho corajudo, su mirada recorre los rostros de los salvajes, y a medida que sus ojos se posan en los de ellos, la ferocidad de éstos, se va aplacando. Una mano en las riendas y con la otra, acomoda y acaricia su blanca y larga barba, echa su sombrero para atrás y su encanecida cabellera, parece aparecer de la nada. Los gritos salvajes parecen cambiar por gritos de bienvenida. Llega hasta el final y allí están, el Calcu, sabio curandero indio y a su lado, altivo, noble, el Cacique jefe.

Se miran, sin intercambiar palabra, el gaucho, hace a un lado su largo poncho rojo y desmonta, su barba y cabellera blanca, contrastan con el poncho rojo. Sus botas de cuero de potro crudo avanzan hacia los imponentes jinetes, se detiene frente a ellos y le dice al cacique: Anca Lien, peñi (mitad blanco, hermano). Y el jefe le responde: Lonco Ligh, peñi (cabello blanco, hermano), el Cacique desmonta y coloca ambas manos sobre los hombros del gaucho, en señal de afecto, y estalla un gritería de júbilo de la indiada.

Los dos caminan juntos hacia la toldería (rancho de los indios hechos de cuero), seguidos por los jinetes indios que corren a galope tendido en derredor, levantando sus chuzas en señal de alegría y bienvenida. Al llegar a la toldería, mujeres y niños, reciben al gaucho con mucha alegría y respeto, hasta la perrada, parece conocerlo y sus colas se agitan alegremente.

Llega la noche y todo es júbilo, el cacique y el gaucho, sentados en unas osamentas de vaca, dialogan amistosamente, mientras toman mate. Esa noche hay una manera distinta de celebrar, no hay golin (borrachos) no hay excesos, hay mucha calma. Los dos hombres se ponen de pie y miran al cielo, todos enmudecen y dirigen su mirada hacia arriba, mientras una huangelen (estrella) cursa la azulada noche. El gaucho sonríe y se dirige hacia su caballo, baja de su lomo dos amplias bolsas, y vuelve a estallar el griterío, los pichis (niños) lo rodean y extienden sus manitos, las mujeres lo abanican con ramos de flores silvestres.

Cuando llega donde lo espera el cacique, le han improvisado un pequeño mangrullo, el gaucho se sube a él, y todos se sientan y hacen silencio, Lonco Ligh, como le dicen al gaucho, es decir cabellos blancos, les habla: Peñis (hermanos), esa huangelen (estrella) que cruzó el cielo, nos está señalando, que ha llegado el día, todos golpean el suelo con sus palmas, alegremente. Peñis (hermanos), dice con voz más fuerte, esta noche, celebramos la llegada de un Peñi Cume (hermano del bien), hace mucho tiempo atrás en otras Mapu (tierras), nació un pichi, al que llamaron Jesús, de él son las palabras Peñi Cume (hermanos del bien), hoy quiero compartir con ustedes en nombre de Jesús, estos regalos. Volcando sus bolsas el gaucho cabellos blancos, dejó caer juguetes, caballos de madera, muñecas de trapo, dulces, y rollos de telas.

A la mañana siguiente, todos despertaron tarde, cansados por los festejos, y comenzaron a buscar a Peñi, cabellos blancos, pero no pudieron encontrarlo, sólo el Cacique Anca Lien sonreía sabiendo que su Peñi, hermano, cabalgaba tranquilamente hacia otra toldería.

Dicen, «las malas lenguas» que el Lonco Ligh, hace que al llegar a otra toldería, en el almanaque celestial, vuelva a ser 24 y 25 de diciembre.


* Luis Launay es escritor argentino.

 
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