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Altar Mayor Nº - 138 (01)
Tuesday, 08 March a las 12:48:09

Altar Mayor artículos REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 138  - noviembre / diciembre de 2010

 

HA NACIDO DIOS
Emilio Álvarez Frías



 
Hace pocos días, en una película proyectada por televisión, un personaje desesperado pronunciaba unas tremendas palabras: Dios nos debe odiar, o no quiere saber nada de nosotros. Quien compartía la conversación y las palabras de ese personaje de ficción desmoralizado ante los problemas que sobre él se abatían, le respondió con palabras razonadas en el sentido de que éramos nosotros, los hombres, los que le habíamos dado la espalda, no queríamos saber nada de él ni con él, y continuamente lo negamos. Naturalmente, la película no era española, sino americana, pues los cineastas españoles no se ocupan de menudencias como buscar algo positivo de la vida, pensar esperanzados en que los mortales hemos de poner al menos un poco de nuestra parte para merecer que el Hijo del Hombre valore nuestros actos y nos ayude en el camino hacia la Vida; pues esos cineastas están obsesionados en sacar toda la porquería posible de las alforjas de sus personajes en los que quieren representarnos; o ensañarse con hechos y acontecimientos del pasado de los que no nos sentimos orgullosos y con ello enfrentar a los españoles de hoy con rencillas cercanas al odio; o reflejar situaciones o personajes anteriores en unas circunstancias engañosas, un comportamientos ciertamente falsarios y tramposos, con interpretaciones revisadas desde el tiempo actual olvidando que el tiempo pasado pertenece a su momento y no se lo puede juzgar escapándose arteramente de él…

Pero volviendo a nuestro tiempo de hoy nos dolemos de que el Hijo de Dios, que traemos al recuerdo en estas fechas tan entrañables de la Navidad, esté abandonado en el Portal de Belén, en la posada en la que quiso venir al mundo como pobre entre los más pobres, contando apenas con la paja de un pesebre para recostar su cuerpo recién nacido a la vida entre los mortales, y con el calor emanado de una vaca y un jumento que apenas templan el ambiente. Luego llegarían unos modestos pastores que dormían a la intemperie, y, más tarde, unos Magos de Oriente, que habían intuido el mensaje de la buena nueva, para ofrecer al recién nacido oro, incienso y mirra en señal de respeto y reverencial aceptación. Nadie más.

Ni los poderosos, ni los líderes del cercano Jerusalén, ni los fariseos, ni los saduceos, ni los sacerdotes del Templo custodios del Arca de la Alianza, ni los rabinos que enseñaban la ley mosaica, ni la sociedad judaica, ni el pueblo elegido que ofrecía sacrificios, ni los pobres de solemnidad. Nadie. Como ahora.

El Dios encarnado en Jesús niño estuvo solo durante los primeros momentos después del nacimiento. No lo supieron reconocer las gentes de su tiempo, se empeñaban en buscar la felicidad por caminos distintos a los marcados por Yahvé, habían olvidado el mensaje recibido a través de Moisés, tenían taponados los oídos a los recordatorios que periódicamente les hacían los profetas, centraban y limitaban su compromiso con lo divino en el sacrificios de animales y aves. Esas gentes habían olvidado quién era Dios y lo buscaban entre lo material. Como ahora.

En el tiempo de hoy, como en aquél tiempo, nos hemos olvidado de Dios. No es que él se haya olvidado de nosotros, sino que como queremos hacerlo a imagen de nuestro gusto, no lo encontramos, está en otro lugar distinto de donde lo buscamos. Pues, aunque esté ínsito en nosotros, como hacemos ampliamente uso del libre albedrío con que nos dotó, esa libertad la ejercemos de forma distinta y por otros caminos diferentes a los que nos conducen a él, no lo hallamos. Sólo lo queremos para pedirle o exigirle cuando no tenemos otra salida, sin humildad, sin fe, sin aportar un bagaje positivo, o aunque sea escaso, y lo hacemos con exigencia, no con arrepentimiento del olvido en el que lo tenemos.

Mas no hemos de olvidar que Dios ha nacido para redimirnos, para ayudarnos a vivir, para acompañarnos en el camino hacia la Vida que cada día se acerca un poco más.

Por ello, acerquémonos al Portal de Belén con fe para acompañar a los pastores, saludar a los Magos de Oriente, y, juntos, adorar al Niño Dios ofreciéndole humildemente los presentes que se encuentran en nuestro corazón, y, luego, en la hoguera con los pastores, cantar con José María de Llanos,

Luz en tu frente, Niño, luz en tu frente
Luz de plata, luz de ángel.
Y yo contigo.
Sombras en mi frente, Niño, sombras y noche,
Sombras en surcos de carne.
Y tú conmigo.


 
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