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Altar Mayor Nº - 139 (46)
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Altar Mayor artículos REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 139  - Extraordinario -  enero / febrero de 2011

 

UNA SOCIEDAD ALUCINADA
Enrique Hermana Tezanos*



 
La Revolución Francesa, con su mentora intelectual, la presuntuosa Ilustración dieciochesca, rompieron exitosamente la continuidad cultural de la Cristiandad, previamente sacudida por la Reforma protestante. Desde entonces, la Sociedad Occidental vive alucinada por sus propias elucubraciones mentales, sin disponer de una polar racional a la que ajustar su trayectoria intelectual. Habiendo adoptado la premisa de que no existe Verdad aparte de la deducible por la razón humana, se ha sometido a la servidumbre de adoptar como válida cualquier idea, por alocada que sea –cualquier parida mental, se diría en lenguaje coloquial–. El resultado es un desconcierto de incongruencias entre lo que el hombre siente como deseable y conveniente y lo que la Sociedad le fuerza a admitir y sostener como norma incontrovertible. Siendo ahora el único criterio de calidad de dicha norma el mero hecho de que la misma haya sido adoptada correctamente por la mayoría de sus representantes legalmente elegidos.

Al desprenderse de la sujeción a la Ley Divina, interpretada por la Iglesia, y descartada la Ley Natural como un mero remedo de esa Ley Divina, desaparecieron los criterios inamovibles a los que ajustar todas las acciones de las Sociedades humanas. Pero, como siempre es preciso disponer de arquetipos de calidad a los que atenerse para procurar la excelencia en las actuaciones y calificarlas, las clases intelectuales dirigentes han elaborado desde entonces una cadena de ideales a los que ajustarse para elaborar criterios de calidad.

Inicialmente se adoptó el triple lema de los revolucionarios franceses de «Igualdad, libertad y fraternidad». Una expresión simple de aspiraciones aparentemente excelsas, pero rápidamente trastocadas por la realidad que se impuso. La fraternidad fue conculcada siempre que fue preciso en las pugnas para imponer los otros dos objetivos. Las campañas de La Vendee originaron los primeros propósitos deliberados de genocidio para erradicar la oposición, algo que estaba abandonado desde que el Cristianismo se impuso en Occidente. Las sucesivas guerras de la Convención y napoleónicas, esparcieron por toda Europa el criterio de que todos los que se opusieran, o incluso resistieran moderadamente, a la implantación de las ideas revolucionarias debían ser aniquilados contundentemente. Los españoles de la época se enteraron cumplidamente de ello, con los seis años de pesadilla que fue la francesada y, previamente, las repetidas derrotas, vejaciones y humillaciones que les impuso Francia tras el fracaso de las guerras contra La Convención. La imposición de la Libertad siguió consecuentemente pautas semejantes, pues los revolucionarios no dudaron en reglamentar en todos sus dominios normas de comportamiento con los disidentes, es decir, represión, que permitían a éstos percatarse rápidamente de la limitación a sus posibilidades de expresión. La igualdad, por último, quedó afectada por el establecimiento de dos niveles de calidad personal que permanece en nuestros días: Por un lado, los progresistas, que deben ser ensalzados, apoyados y protegidos por quienes controlan intelectualmente la sociedad, y, por otro, los reaccionarios, esa especie intelectual abyecta, condenable y perseguible, cuya erradicación debe ser procurada por todo bienpensante, o correctamente pensante. Esta división enconada de toda Sociedad en dos fracciones irreconciliables ha tenido un éxito sorprendente, que se mantiene en nuestros días, sin que sea fácil establecer un campo de convivencia entre ellas; muy al contrario, han sido un semillero permanente de odios, que ha originado catástrofes humanas. Constituye la expresión palmaria de una voluntad de enfrentamiento, sin posibilidad de convivencia bajo un techo intelectual común.

Pasada la hegemonía militar francesa con la derrota definitiva de Napoleón en Waterloo, el triple lema revolucionario perdió fuerza, siendo sustituido por la exaltación del imperialismo europeo como generador del progreso en todo el Mundo. Ese imperialismo, protagonizado por el Reino Unido y, en menor escala, por USA, Francia y Alemania, justificó la intervención de los países poderosos en el resto del mundo como el medio de hacer avanzar a los pueblos atrasados –o de apartar de la historia a los obsoletos, como se dijo sin rebozo para celebrar la derrota española en la guerra hispanoamericana–. Las pugnas entre los protagonistas derivaron en el nacionalismo exacerbado, algo que motivó los intensos movimientos sociales y dos guerras mundiales del siglo XX. Las consecuencias de ello propiciaron la hegemonía en Rusia de la idea rectora del marxismo, presentado como panacea de todos los conflictos humanos, pero instigadora de la más feroz controversia política desde la hoguera de la Revolución Francesa. Apoyados por los inmensos recursos naturales de la URSS, los dirigentes comunistas propiciaron la idea de que el triunfo del marxismo era inexorable. Esa idea consiguió tal penetración en el mundo occidental que muchos dirigentes de éste, sin excluir altos dignatarios de la Iglesia Católica, propugnaron la resignación ante lo que consideraban inevitable y propiciaron un ajuste paulatino a ese futuro.

La resistencia ante tal falacia intelectual, apoyada en la gran vitalidad de la sociedad USA, condujo a un enfrentamiento militar, económico e intelectual, como resultado del cual la URSS, agotados sus recursos materiales en sostener la tramoya ficticia de su eficiencia, tuvo que reconocerse derrotada y el comunismo se desmoronó como ideal procurable de perfección social. La Iglesia Católica se redimió de sus errores anteriores de aproximación intelectual al marxismo gracias al ingente pontificado del Juan Pablo II, uno de los principales contribuyentes a la victoria global sobre el Comunismo.

Sin embargo, esa controversia no amainó con la derrota del comunismo soviético sino que pasó a sustentarse en nuevos dogmas políticos, la ecología, la solidaridad con los países pobres y el buenísmo generalizado, justificador de cualquier acción, por depravada que pueda parecer con «ojos anticuados». Otro aspecto de ese alocamiento es la implantación del animalismo, que llega a colocar los derechos de los animales en categoría superior a la de los hombres.

Ello ha abocado a una situación de confusión, en la que los progres huyen hacia adelante, llevando a sus últimas consecuencias sus elucubraciones, independientemente de que las consecuencias sean convenientes o no para el bienestar humano. Las incongruencias que se pueda objetar son obviadas mediante dictámenes emanados de la hegemonía intelectual que han conquistado. Así, el salvajismo del aborto es proclamado un «método de mejora de la salud reproductiva»; la sumisión a las prácticas restrictivas del Islam es una «aceptación de tolerancia intercultural»; la cesión ante terroristas en casos de rehenes, un acto de humanismo y la sumisión a la violencia ejercida por los niños y adolescentes sobre sus mayores, un reconocimiento de los derechos humanos de aquéllos.

Histórica y paradójicamente, USA y su pujante sociedad se habían librado de ese desconcierto propiciado en Europa por el triunfo de la Revolución Francesa. La Revolución americana, antecesora en una década de la Francesa, mantuvo la Religión y la fe en el Dios encarnado como norte intelectual de su propósito de igualdad entre los hombres y propugnó esa igualdad con innegable éxito, manteniendo los valores y creencias tradicionales, sin conflicto con la vida política. La sociedad norteamericana fue capaz de conseguir bienestar económico masivo e igualdad de oportunidades, manteniendo una cultura estructurada en torno a los valores, creencias e ideas cristianas.

Sin embargo, ese logro se malogró en los años sesenta como consecuencia de haber recaído en la misma alucinación que Europa. Los «progres» echaron mano de la frialdad de las leyes y propiciaron campañas políticas de confrontación con la cultura cristiana a la que se adhería la mayoría social, que no supo responder adecuadamente. Así, empezando por la prohibición del rezo en las escuelas públicas y acabando con la legalización de la salvajada del aborto, la sociedad norteamericana ha terminado en situación de alucinamiento colectivo similar al de la europea. Agravada en este caso porque ellos, dada su hegemonía cultural, han propiciado la caída progresiva de las naciones europeas en los errores en que ellos habían incurrido.

El resultado: Una sociedad occidental, previamente cristiana, desconcertada, que ve con impotencia cómo se le impone socialmente un acatamiento a normas y valores de los que abomina personalmente, una incongruencia entre la educación familiar y la pública, una opresión a la persona por parte de la colectividad, cuya cúpula rectora está copada por una minoría maligna que la mayoría, incomprensiblemente, se siente incapaz de expulsar.


* Enrique Hermana Tezanos es doctor en Ciencias Químicas, especialidad en Química Industrial, y articulista.

 
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